Instituto de Historia Eclesiástica Isabel la Católica
Vicente Rodríguez Valencia

Libro

Perfil moral de Isabel la Católica.
Parte I: Síntesis biográfica

1974


  • Introducción
  • I. Primeros años
  • II. Princesa heredera
  • III. Matrimonio de la Princesa
  • IV. Liberación de la Princesa: de Ocaña a Valladolid; su casamiento
  • V. Reacción de Prancia: el desheredamiento de Isabel
  • VI. El calvario de los Príncipes. Embajada de Luis XI a Castilla
  • VII. Camino hacia el trono. 1471
  • VIII. Reina de Castilla. 1474
  • IX. Vida de perfección. Dos tratados de perfección cristiana. 1475
  • X. Primeros sucesos del reinado: La Concordia de Segovia. La invasión de Castilla
  • XI. Portugal invade Castilla. 1475
  • XII. El perdón a los vencidos. La paz y las paces
  • XIII. La paz, obra de dos mujeres. La Reina Isabel y la infanta Beatriz. El destino de doña Juana, "La hija de la Reina".
  • XIV. La paz electiva. 1490. Matrimonio del Príncipe de Portugal con la Infanta Isabel de Castilla
  • XV. Primeros pasos de gobierno en paz
  • XVI. Granada: Empresa de fe. La "Causa de Dios" (Inocencio VIII)
  • XVII. Cristóbal Colón. Descubrimiento y prirnera evangelización de América
  • XVIII. La expulsión de los judíos. 1492
  • XIX. El Patronato Regio de Indias
  • XX. La reforma del clero y de las Ordenes Religiosas
  • XXI. El "Libro de los descargos de la conciencia de la Reina Nuestra Señora" y la Audiencia de los descargos
  • XXII. La santidad de la Reina en las cartas de conciencia a su confesor
  • XXIII. Sus hijos
  • XXIV. "Genealogía y descendencia de los Reyes Católicos de España... hasta nuestros tiempos", fines del s. XVI
  • XXV. La Corte de Isabel. Preparación deliberada del futuro, para el s. XVI
  • XXVI. Isabel la Católica y el Papa Borja
  • XXVII. Su unión con Dios. Vida de oración
  • XXVIII. 1504. Enfermedad y muerte

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    CONMEMORACIÓN

    El 13 de diciembre de 1474 salía del Alcázar de Segovia la Princesa Isabel para ser proclamada Reina de Castilla en el pórtico de la iglesia de san Miguel, contigua a la plaza mayor de la ciudad.

    Antes de ser jurada, juraba ella, por Dios, por la Cruz, por los Evangelios, que sería «obediente a los mandamientos de la santa Iglesia», que honraría “a los Prelados e Ministros de ella”, defendería las iglesias «a todo su leal poder», miraría por el bien común de sus súbditos y les mantendría «en justicia como Dios mejor le diese a entender».

    Después de ser jurada Reina en el exterior del templo, pasó al interior, portando el pendón de Castilla y abrazada a sus pliegues; allí hizo oración y «ofreció el dicho su pendón a Dios» en manos de un sacerdote que lo recibió junto al altar. Estaba presente el Nuncio de Su Santidad Sixto IV. (Acta de la Proclamación. Arch, Munic. de Segovia; en Estudios Segovianos, 1, 1949, 24-36).

    Ofrecimiento nunca fallido en treinta años de reinado. Tenía veintitrés años de edad.

    Valladolid, 13 de d¡ciembre de 1974.

    PROLOGO

    I

    Atendemos el deseo, manifestado por numerosas personas, de editar una obra compendiaria y breve. Terminada hace tiempo, en nuestro Instituto "Isabel la Católica" de Historia Eclesiástica, la Colección documental inédita, llegando ya al número 9 la Colección documental impresa, y al núm. 5 la Sección de Monografias, se comprende el deseo de tener una Vida de Isabel la Católica. Mientras ese momento llega he accedido con gusto a anticipar este PERFIL MORAL, o Vida abreviada para satisfacer, en parte, a esos deseos.

    El título define el propósito. La historia de los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, pide una biografía, independiente, de los dos. Para entender su historia civil es indispensable una historia eclesiástica; sin la una hay que renunciar a comprender la otra. Y todo lo necesaria que sea la biografía para explicar la historia, se acrecienta en el caso de la Reina Católica, cuya vida interior se diluye y casi desaparece en la ingente masa de los hechos y de los papeles; con lo cual nos quedamos a medio camino de la explicación.

    Por todo ello, valga este anticipo corto de un perfil moral biográfico, que parte y avanza de los hechos históricos hacia la entraña de una realidad interior, espiritual, del alma.

    El alma de la Reina suscita un interés intimo, no solamente en el que a ella se acerca con un sentido religioso, sino también en el que busca un solaz humano en el mundo del espíritu, bien sea al abrigo de la sensibilidad y de la ternura, o al amparo común que ofrece la altura de las ideas o la grandeza de los hechos: "Es admirable la íntima dependencia que la felicidad de las Naciones tiene, a veces, de las virtudes de ciertos individuos... Fue el suyo uno de los más puros espíritus que jamás gobernaron la suerte de las Naciones”, dice de la Reina W. Irwing (Vida y viajes de C. Colón, L. I, cap. II).

    II

    Ofrezco una síntesis desigual si la obra ha de tender a sus fines; unas veces se ciñe demasiado hasta parecer una sugerencia; otras, se extiende en exceso hasta parecer una historia. Dos ejemplos de esto último. Los años de ISABEL PRINCESA, que comprenden su camino hacia el trono, constituyen uno de los puntos más desconocidos y más zarandeados; va, sobre ello, una exposición más amplia, en servicio del fácil diálogo...; y, en auxilio de la historia civil, se acentúa aquí una historia eclesiástica; porque no bastaría con insinuar o citar la intervención de los Papas en la cuestión sucesoria castellana, sino que es necesario de una vez exponer con precisión la historia de las dos Legaciones Pontificias que pusieron a Isabel la Católica en el trono de Castilla.

    También extendemos la exposición en el caso de la paz y las paces con Portugal (1479) que la Reina inicia personalmente en Alcántara, y que tienen el refrendo, e intimación "en virtud de santa obediencia", de los Papas Sixto IV e Inocencio VIII

    Son hechos que justifican una mayor extensión de la síntesis, porque insinúan, dejándose caer, la necesidad de una Historia del Papado en España en tiempo de los Reyes Católicos.

    III

    En la cuestión crítica, esta obra tendria que pedir disculpas; por una parte, al público al que principalmente se destina; por otra, al grupo de lectores profesionales de la historia y del método critico histórico.

    Para los primeros, no es posible evitar el desarrollo de una masa documental críticamente exhibida; no pudiera ir la obra desguarnecida, ni aun advirtiendo genéricamente que está concebida y realizada a la vista de una larga investigación conjunta de un selecto equipo de investigadores, con la responsabilidad inmediata de quien la escribe.

    Para los otros, los historiadores, será fácil la excusa de haberles colocado el aparato crítico no a pie de página, sino en el cuerpo de ella. Las más de las citas remiten a los tomos de una Documentación que vamos a llamar doméstica, y que está aquí a su disposición, y en la obra expresamos con la sigla D. Otras citas son ya entrega directa de la fuente al lector. Unas y otras van en el cuerpo de página, como formando parte de la lectura. Quede esto asi, con el beneplácito de todos.

    VALLADOLID, 13 de diciembre de 1974

    5º Centenario de la proclamación

    de la Reina en Segovia.

    I. Primeros años

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    La biografía es parte y explicación de la historia. Sin el estudio de la índole y de las cualidades personales de Isabel tendríamos que renunciar a entender su historia, su reinado. "La influencia de la genealogía sobre la biografía, es evidente" (M. de Lozoya, Historia de España Salvat, III, Barcelona 1967, p. 6).

    Comenzamos por unas notas genealógicas.

    Isabel la Católica está en el tronco de los Trastámaras. Tiene de ellos, las mismas cualidades físicas de la princesa blanca y rubia, que tenían su padre y su abuelo, su abuela paterna doña Catalina de Lancáster y su bisabuela materna doña Felipa, media hermana de la anterior, hijas del duque de Lancáster. Su persona y sus hechos encajan más en su abuelo Enrique III, el doliente, cuyo breve reinado prefigura en algo el de los Reyes Católicos, por sí y por la presencia de su hermano, el Infante don Fernando de Antequera; éste hubiera sucedido en el trono a su hermano Enrique III si la fidelidad sucesoria de Castilla no lo reservase para el recién nacido Juan II, padre de Isabel. Pero aprovechó a san Vicente Ferrer, que le consiguió para el trono de Aragón en el Compromiso de Caspe; tío de Isabel, es el abuelo de Fernando el Católico.

    El marqués de Lozoya se inclina a ver "más bien los antecedentes de la figura moral y física de la Reina Isabel en los grandes príncipes de la Casa de Avís", su bisabuelo el maestre de Avís Juan I de Portugal. Y "como antecesora de la reina de Castilla, hemos de evocar la figura de su bisabuela Felipa de Lancáster, aquella que había convertido el pazo de Lisboa en un grande y ordenado monasterio; aquella esposa y madre ejemplarisima, cooperadora de las hazañas de su marido y de sus hijos". (Historia de España, Id. Id.).

    Sin embargo lo singular de su persona nos lleva a la consideración del P. Flórez: "No quisiera te distrajeses a formar inscripción de la nobleza de sus ascendientes; di que sabemos los padres, pero no de quien heredó la heroicidad del ánimo... yo daré la inscripción... lo que dijo el sabio de la temerosa de Dios:

    Ipsa laudabitur: Por sí misma será ella alabada" (Reinas Católicas, II, Madrid 1790, p. 844).

    Nacimiento.

    "Nació la santa Reina Católica doña Isabel.. en Madrigal, jueves 22 de abril... anno Dominí 1451." Así dice el doctor Toledo, su médico particular, en el Diario. (D. XV, 131). Día de Jueves Santo de aquel año.

    Cuatro días después, lunes 26, desde Madrid donde se encontraba, lo comunicaba el Rey don Juan II, su padre, a las ciudades del Reino por que dedes gracias a Dios. (Archivo de Segovia y Arch. de Murcia, D. IV, 3-5). Más clara la letra de la fecha del 26, en la de Murcia.

    Madrigal de las Altas Torres, provincia y diócesis de Avila, ha sido cuna de altos personajes; pero "lo que remonta y encumbra contándola entre las nueve de la fama, dice Gil González Dávila, es el nacimiento de esta muy alta y soberana señora". (Biografía inédita. D. II, 150; IV, 3-10).

    Su madre, doña Isabel de Portugal, tuvo pronto esta sucesión, "y tan feliz, dice el P. Enrique Flórez, que sin dar otro fruto no tenía que envidiar a las más fecundas del mundo; en una sola hija produjo el desempeño del Reino... gloria de Princesas, y una de las famosas heroínas de los siglos. Esta fue, la Infanta doña Isabel". (D. XXII, 274).

    Infancia

    Vivió su niñez, de los tres a los diez años de edad (1454-1461), en Arévalo, asimismo provincia y diócesis de Avila. Allí fijó la residencia su madre desde 1454, en que enviudó, en compañía de su madre, abuela de la infanta, la virtuosísima dama portuguesa doña Isabel de Barcelós. Allí también su hermano el Infante don Alfonso, dos años menor que ella.

    Juan II, su padre, dejó por testamento encomendada la educación de su hija la Infanta, "tutela e administración e crianza e doctrina", a su esposa, "reina tan aparada en castidad... que mujer en sus tiempos fue vista".

    De este modo Isabel "desde su niñez fue así de tan excelente madre en la muy honesta e virginal limpieza criada”, dice un testigo de la Casa Real (D. IV, 35-39).

    En estos primeros años de permanencia en Arévalo, como en las temporadas posteriores, tuvo como maestros de espíritu, principalmente a los PP. Franciscanos de Arévalo y especialmente al virtuosísimo y santo fray Llorente (D. XXII, 213). Una verdadera dirección espiritual de niñez, que ya no abandonó en los días de su vida.

    Tuvo en Arévalo una vida oscura y austera, alejada de la corte. La dotación de su padre el Rey, tanto a su madre como a ella y a su hermano menor el príncipe Alfonso, permitía una decorosa sustentación, pero no una vida de lujo ni delicias. Para rango de príncipes, fue una vida sobria y de privaciones. (D. IV, 43-44). "Faltó a nuestra Infanta la opulencia, el regalo y el fausto que acompaña a los hijos de los príncipes. Quiso Dios que se criase sin delicias para formar una mujer robusta". (Juicio de valoración de textos, en D. IV, 42).

    A los diez años de edad, 1461, es sacada por su hermano el Rey Enrique IV, de la custodia y educación de su madre, y llevada a vivir en la Corte al lado de la Reina consorte, doña Juana de Portugal, probadamente frívola.

    Adolescencia (De los trece a los dieciséis años).

    Isabel quiere desligarse de la Corte. Consigue que una Junta de Grandes de Castilla con el P. General de los Jerónimos, acuerde que se le devuelva a casa de su madre hasta que se case: "según Dios y nuestras conciencias parece que debe ser así". No se consigue este propósito y se concierta con el Rey su hermano que la mantenga alejada de la Corte residiendo en Segovia en palacio aparte con cinco damas que le envíe su madre, "las que a élla placerán" (D. IV, 47-50). Isabel se quedó de este modo en el palacio de Segovia separada de la Corte. "Me quedé en mi palacio por salir de su deshonesta guarda para mi honra y peligrosa para mi vida". Confiesa de sí misma que en este salto a la adolescencia consiguió su alto propósito moral: "por la gracia de Dios, que fué para mí mayor guarda que la que yo en el rey tenia, ni en la reina." Añade: "He de mí dado tan buena cuenta como convenía a mi real sangre." "Las obras de cada uno han dado y darán testimonio de nosotros ante Dios y ante el mundo." (D. nr, doc. 322, PP. 185-215). Son textos retroactivos, escritos en una dolorosa circunstancia en 1471.

    Completa la educación de adolescencia fray Martín de Córdoba, agustino. La Reina madre le encarga una obra educativa para la princesa. Es el "Jardín cte nobles doncellas". Dice el educador a la Infanta: "Vemos la noble Infancia vuestra que en la edad que es, [16 años] tiene tal olor de florecientes virtudes; las cuales muestran que cuando el fruto será maduro tendrá perfecto dulzor de graves costumbres". "Regir es obra divinal".

    "Sí a todas las vírgenes así conviene que hablemos, cuánto más a aquella que debe ser resplandor de castidad y limpieza en todo este reino.” "La Virgen, árbol de la vida. Aunque todos los fieles en élla deben haver, empero en especial la señora Princesa"... (D. IV, doc. 246, PP- 51, 55, 56, 59).

    II. Princesa heredera

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    La Infanta Isabel vivía ajena al destino que le reservaba la Providencia: ser Reina. Estaba en tercer lugar en el orden sucesorio. En el primero, su hermano mayor Enrique IV, o un hijo legitimo de éste; en el segundo, su hermano Alfonso, dos años menor que ella, pero varón; en tercer lugar, ella; no hay ley sálica en Castilla (Testamento de su padre, D. IV, 93-94). No podía pensar que fallasen tales eslabones de la sucesión al trono. Ella habría de ser una Infanta de Castilla; así veía su porvenir.

    La hija de la Reina. - En febrero de 1462, siendo Isabel de 10 años de edad, nace una hija del Rey, Juana, que fue jurada princesa heredera. Los dos Infantes hermanos, Isabel y Alfonso, habían sido llevados a la Corte en poder de la Reina consorte, madre de esta recién nacida y designada heredera. 1461.

    A raíz de esta designación de Juana, y de los hechos políticos y cortesanos que siguieron, un amplio sector de la Nobleza de Castilla comienza a manifestar en público sus dudas de que esta hija de la Reina sea hija del Rey. No era habladuría cortesana, por más que algunos políticos organizasen sus particulares ambiciones a base de esta incidencia. Era una duda fundada en los hechos siguientes:

    1º Enrique IV había estado casado durante trece años con doña Blanca de Navarra, sin tener sucesión.

    2º Este su primer matrimonio fue anulado por la Iglesia, obispado de Segovia, por impotencia perpetua de don Enrique, aunque relativa a doña Blanca; por "legamento diabólico”; así. (11 de mayo de 1453). Sentencia confirmada por el Papa Nicolás V, al conceder comisión para dispensar en un segundo matrimonio del Rey Enrique con la joven Infanta, de 16 años de edad, doña Juana de Portugal; 1 dic. del mismo año (D. IV, 95-110). Doña Blanca, la primera esposa, después de trece años de matrimonio, había quedado virgen (D. IV, 95-110).

    3º Siete años después de este segundo matrimonio, de pocas esperanzas de sucesión, nace esta niña doña Juana en febrero de 1462, quien, a poco de ser jurada heredera en abril, comienza a llevar el mote cortesano de "la beltraneja", así estampado también en documentos de la época; más tarde, en la Corte de los Reyes Católicos, la discreta denominación de “la hija de la Reina". En la pretendida atribución de paternidad a don Beltrán de la Cueva, a los motivos podrían añadirse la suspicacia o la maledicencia; mejor si hubieran dado menos motivos, tanto el Rey como don Beltrán; en cuanto a la paternidad del Rey, subsistía en el Reino la duda razonable.

    En uno y en otro caso, Isabel quedaba al margen. Era su hermano menor, el Infante don Alfonso, de nueve años de edad, el objeto de las tensiones sucesorias de Castilla. Estas tensiones, que pasan a turbulencias y bandos opuestos, van a durar cinco años, hasta 1468. Y no se manifiestan ni se organizan en torno a Isabel, que continúa en su penumbra sosegada de Infanta de Castilla.

    4º En una concordia del Reino, preparada en Burgos y realizada en el campo de Valladolid (entre Cabezón y Cigales), 1464, Enrique IV cede a las razones y a las presiones y designa heredero del Reino a su hermano el Infante don Alfonso, de once años de edad, especificando la razón jurídica de que esta sucesión "le pertenece"; pero debería contraer matrimonio en su día "con la princesa doña Juana". Aquí, paz. (D. IV, 151-162; 163-172).

    La Infanta Isabel, pasaba al lugar inmediato en el orden sucesorio. Tampoco esto modificaba su situación ni el sosiego de su porvenir de Infanta de Castilla. Su hermano, el ya Príncipe Alfonso, tenía la vida por delante y quedaba allá pactado su matrimonio. Tenía Isabel trece años de edad; su hermano el Príncipe, once.

    5º Se rompe la concordia, De la paz de 1464 se pasa a las turbulencias de 1465 al 68, en torno al Príncipe Alfonso. La Reina consorte, madre de la niña doña Juana que lleva su nombre, no se resigna a esta concordia que desplaza de la herencia a su hija. Quien no conozca la influencia que esta reina ejerce sobre el Rey en defensa de su hija, no está en condiciones de comprender la raíz principal, entre otras, de esta rotura de la concordia de 1464. La Infanta Isabel ha pasado en este año, 1465, a residir con Casa independiente, que el Rey Enrique le ha puesto en el palacio de Segovia, con cinco damas que le ha designado su madre. En poder del Rey y de la Reina pero con Casa aparte, hasta que fuese casada. Había sido la segunda parte de la paz de Cabezón y Cigales, por resolución de cinco jueces con el P. General de los Jerónimos, (Sentencia de Medina del Campo en Academia de la Historia, Memorias de Enrique IV, D. CIX, párrafo 1, p. 364).

    Isabel queda así al abrigo de tensiones v ambiciones, al abrir-se a la adolescencia de sus catorce años.

    Ahora la misma facción de nobles algo disminuida en esta fase, pero poderosa aún, no se contenta con la designación de Alfonso como príncipe heredero, sino que le proclaman Rey, abriendo así la división del reino en dos obediencias.

    Unos y otros acuden al Papa, Paulo II. El Pontífice, en principio se pronuncia por la legitimidad Real de Enrique IV. Y envía a Castilla una Legación Pontificia; como Nuncio y Legado plenipotenciario, el que era obispo de León (España) residente en la curia romana, don Antonio de Véneris. El objeto directo de la Legación es intimar la obediencia de ambos bandos al Rey legítimo. El Rey niño, Alfonso, el "tyrannus Alphonsus" de Baronio ("Anales"), tiene doce años de edad. (Las cuatro bulas de la Legación, en D. IV, 242-272) -

    Muere el Príncipe Alfonso. 5 de julio 1468.

    Isabel entra en la cuestión sucesoria.

    Los dos bandos habían llegado a un encuentro armado en Olmedo; los del Príncipe Alfonso, habían dado poco después un golpe de mano sobre la ciudad de Segovia, apoderándose de la Infanta Isabel. La Reina se refugió en el alcázar, pero Isabel no quiso seguirla y se quedó en su palacio. Allí la tomaron los del bando del Príncipe. Desde ese momento, la Infanta pasa a la compañía de su hermano el Príncipe y a una mayor facilidad de pasar temporadas con su madre en Arévalo. También su medio hermano el Rey Enrique, había concedido a la Infanta que pudiera ir a visitar a su madre en Arévalo. Si esta armonía familiar doméstica, no estuviera tan comprometida por la confusión de la política, las relaciones de Isabel con su hermano el Rey, aparecerían más claras.

    No cabe duda, en todo caso, de que Isabel, a pesar de la Casa independiente que disfrutaba en Segovia, prefería desligarse de los contactos cortesanos y de la dependencia que tenía de la Reina su cuñada, Esto ha quedado muy claro en las intenciones de Isabel. Por esta razón, en el golpe de mano sobre Segovia, no se refugió con la Reina en el alcázar, sino que se quedó en su casa, donde la tomaron los del bando del Príncipe Alfonso. (Carta de Isabel a los Concejos del Reino, Rioseco, marzo de 1471, Arch. de Murcia en D. IV).

    Pocos meses después, el 5 de julio de 1468, muere inesperadamente este Príncipe, titulado Rey. La postura de Isabel en esta división del Reino en dos obediencias, con dos hermanos de ella como titulares de cada una, con razones y teólogos por ambas partes, y sometidas estas razones al Papa, fue prudente y sobria sin pronunciamientos teóricos sobre el espinoso tema. No le tocaba entonces a ella este pronunciamiento. Cuando ahora va a tener ocasión de definirse, al entrar ella en la cuestión sucesoria, vamos a tenerla nosotros de conocer su pensamiento, y, sobre todo, su declarada actitud ante esta división y discusiones sobre la legitimidad Real.

    El Príncipe, titulado Rey, muere en Cardeñosa, cerca de Ávila; no sabemos si de pestilencia. La había en la región. La Infanta su hermana iba en la comitiva que había partido de Arévalo hacia Toledo. Asistió al doloroso trance, y comunicó la noticia a las ciudades del Reino (D. IV, 208209, a Murcia).

    Princesa, no Reina. 17 años de edad.

    Esta es su decisión; ésta su postura ante el Reino al morir su hermano y entrar ella, por la ley sucesoria, en la vida pública de Castilla. Termina aquí su vida privada de Infanta en Arévalo, primero con su madre; después en la Corte, con su cuñada la Reina; por último en su Casa independiente de Segovia. Y comienza su vida pública con un acto inicial de cordura, magnanimidad y buen sentido: cortar en seco y dar por terminada la división del Reino en dos obediencias, situándose ella en el camino hacia una nueva concordia y arrastrando hacia la paz y la cordura a sus propios partidarios, que lo eran ahora los que lo habían sido del Príncipe Alfonso.

    Esto ya sobre el cadáver caliente de su hermano en Cardeñosa, en que las ciudades supieron, por ella misma, su condición de “subcesora", no de Reina. Pero aparece más clara y contundente esta su denominación que ella misma se da, en toda la documentación, sin excepciones, que comienza, acto seguido, a producirse con su firma: "Yo, la Princesa"; (D. IV, 222-228); nada de "Yo la Reina", como aparece en la documentación de su hermano el titulado Rey Alfonso.

    Esto queda tan claro y reiterado en la documentación de estos meses de julio y agosto hasta la nueva concordia de Guisando, que no deja zonas oscuras ni margen a discusión de ningún género

    Princesa heredera, ¿de quién? Estaba en el orden sucesorio inmediato de su hermano Alfonso; y, muerto éste, lo estaba en el de su hermano Enrique; pero éste es el Rey, vivo entonces. Ella se manifiesta heredera del Rey legitimo; por lo tanto, no Reina, sino Princesa,, heredera de Enrique IV.

    Claramente dice esto al monarca, en aquellos dos meses, ya en agosto, el mayordomo Andrés de Cabrera: "La virtud y modestia de la Infanta nos obligan a esperar que os será muy obediente y que no tendrá más voluntad que la vuestra, ni alentará la ambición de los Grandes; pues, a no tener este deseo, no hubiera rehusado el titulo de Reina que le ofrecían, conociendo que fuera sin razón quitaros lo que os toca, contentándose con el de Princesa, que, a su entender, le pertenece-" (D. XV, 238).

    Pero Isabel no hace ahora planteamientos nuevos acerca de este “su entender" sobre su condición de Princesa heredera. Todos los planteamientos y las soluciones jurídicas, se habían hecho y dado va en el período que precede, en torno al Príncipe Alfonso; en las discusiones, en las turbulencias, en las asambleas, y en la concordia de Cabezón y Cigales (1464; supra).

    Esto mismo es lo que dice ahora al Rey el propio mayordomo Real y en el mismo documento, al plantearse en el Reino la condición de Isabel como sucesora y Princesa: “El juramento que ahora se pide [para Isabel], es consecuencia del que se hizo a vuestro hermano [Alfonso]... La razón que tuvo para ser jurado, ha recaído en su hermana habiendo él muerto”.

    Por tanto, veleidades aparte, lo mismo en la indudable debilidad del Rey, que en los pronunciamientos o ambiciones de los Nobles, en ella recae la designación estipulada al Príncipe Alfonso; por eso se considera princesa, único titulo válido que ella aquí reconoce a este Príncipe, su hermano.

    Esta es la nueva y ya invariable política de Isabel la Católica, a partir de este momento, en que las Leyes la sacan de la vida privada de Infanta y la introducen en la vida pública de Princesa.

    Todo cambia en el Reino. Se acaban ahora las facciones y banderías en torno a la legitimidad; y, aunque otros las suscitan en ocasiones posteriores, nunca será a base de ella ni tomándola por título de bandería, como en el caso del Rey niño, su hermano Alfonso. Ella ahora lleva rápidamente las cosas (dos meses de negociación) hacia una nueva concordia; más autorizada ésta que nunca, porque va a negociarla el Legado Pontificio.

    Isabel toma contacto con él y pone en sus manos todas las cartas del juego que desemboquen en la concordia que el Papa ha querido y que su Legado va a intimar a los dos bandos “en virtud de santa obediencia”, como veremos después.

    Isabel ha cumplido 17 años en abril; su hermano Alfonso ha muerto antes de cumplir los 15.

    Los grandes ofrecen la corona a Isabel. Ella la rechaza.

    A pesar de la indudable fuerza de los testimonios que vamos a ofrecer, han sido más firmes los citados documentos en que ella ha estampado su titulación de Princesa; no Reina. No obstante, éstos son los nuevos testimonios:

    Los conductores del partido del Príncipe Alfonso, el marqués de Villena, futuro maestre de Santiago, y el arzobispo de Toledo (éste principalmente), ofrecen a Isabel la corona, y con élla proseguir la división pasada. Para éllo "fué muchas veces requerida". Ella "respondió que... en tanto viviese el Rey don Enrique, ella no tomaría la gobernación ni se llamaría Reina"; que esto "nunca plugiese a Dios"; y por muchas insistencias, "nunca le pudieron de su propósito mudar". No solamente los nobles de su partido, sino también las ciudades de aquella obediencia; algunas de la lejana Andalucía se habían precipitado a proclamarla Reina. (D. IV, 229-230: Diego de Valera).

    Una noticia más firme, por documento; ella misma en carta posterior a su hermano el Rey Enrique: "Bien sabe vuestra Señoría cómo... por el muy grande y verdadero amor que ;,o siempre ove y tengo a vuestro servicio y Real persona y sosiego de estos vuestros reinos... quise posponer todo lo que parecía aparejo de mi sublimación" (D. V, 28).

    El Legado Pontificio.

    Había llegado a Castilla el Nuncio y Legado a látere don Antonio de Véneris. Le enviaba el Papa "tanquam pacis ct concordiae nuncium", --'cuí vices nostras cura plena potestate legatí de látere, commitimus” para conseguir una concordia entre el Rey de Castilla y los Nobles, Prelados y pueblo (D. IV, 245-246; y 248-266). Era una legación plenipotenciaria de alto rango.

    Llevaba el Nuncio casi un año en Castilla sin conseguir e! objeto de su misión. Continuaba la división del Reino en dos obediencias, a los Reyes hermanos. El Nuncio había intimado al partido del Príncipe Alfonso el reconocimiento al Rey legitimo don Enrique en virtud de santa obediencia y bajo penas canónicas. No lo había conseguido. Los así requeridos hablaron de apelar al Papa. La cuestión no era tan simple.

    Al entrar Isabel en la vida política, como sucesora de este Príncipe, todo cambia en esta Legación Pontificia con rapidez sorprendente-. en pocos días está la Princesa en contacto con el Nuncio y con el Rey; en pocas semanas están sentadas las bases del acuerdo; en dos meses, la Concordia de Guisando. 18 set. 1468.

    Para los nobles la base de negociación era Isabel como Princesa y sucesora en el Principado de Asturias; sucesora de su hermano Enrique TV en el Reino, después de los días de éste. No podía negociarse a base de "la hija de la Reina', duda y riesgo de una frustración sucesoria y dinástica.

    Esta misma base de negociación que se propone al Rey, es la que se propone al Nuncio. Ambos la aceptan. Podríamos dejar, de una vez, de escribir frívolamente sobre el paso de Isabel la Católica al Principado de Asturias como si hubiese sido una postura personal ambiciosa y no el resultado de una negociación entre el Reino y la Santa Sede, por una Legación a latere. La historia tiene otros respetos.

    El primero, este hecho soberano de la Princesa de 17 años, que, negándose a continuar una división ilegítima del Reino apoyada por un fuerte partido, fuerza la negociación con el Rey y con el Papa. Es la primera vez, y muy temprana, en que Isabel la Católica, doblega a la misma Nobleza en quien se apoya y de quien ha de servirse; y 10 hace con la fuerza de la razón, la unción de la dulzura y las buenas maneras; con esa ya tan temprana "divina maniera di gobernare" (Castiglione).

    La concordia de Guisando.

    El Legado Pontificio.

    En agosto estaban de acuerdo las Casas Nobiliarias de Castilla en unirse en la obediencia a Enrique IV como Rey y a Isabel, su hermana, como Princesa heredera. (Junta de Castronuño). Los Mendoza no habían sido llamados por el Rey a esta negociación. Eran los depositarios de la hija de la Reina. Este consenso de la Nobleza y de los Prelados en aquellas circunstancias sólo se explica por la necesidad de dar una solución que pudiera ser aceptable; no se explica sí en el ambiente de los negociadores no existiese una duda razonable sobre la legitimidad de la presunta hija del Rey. No hay aquí las alharacas y durezas de la Asamblea de Burgos, ni las tensiones de las vistas de Valladolid (Cabezón y Cigales) 1464. Se negocia con la Legación Pontificia; y de cara a la Santa Sede. 1468. Allí, el príncipe Alfonso; aquí, la Princesa Isabel.

    Un hecho fortuito surgió en esas fechas: la fuga de la Reina doña Juana del castillo de Alaejos. Allí estaba en rehenes bajo la custodia de don Pedro de Castilla, sobrino del Arzobispo de Sevilla, Fonseca; este prelado era el mediador entre el Rey y la Princesa para esta negociación. La Reina era rehén del Arzobispo en esta su fortaleza.

    Enrique IV no había llamado a los Mendoza, pero llamó a su esposa la Reina, por más que el trance le fuese a ella tan ingrato. La Reina reaccionó fugándose. Y la historia aquí se recoge en respetos, pero se abre a la realidad de unos hechos que influyen poderosamente no sólo en la negociación presente, sino en todo el trasfondo de la duda sobre la legitimidad de la hija del Rey. La Reina salió del castillo de Alaejos en estado de esperanza de un hijo, que nació en Buitrago el 30 de noviembre siguiente, que no era hijo del Rey. Adelantando la cronología, más tarde tuvo un segundo hijo, del mismo don Pedro de Castilla (D. IV, 348-352; Pulgar y Simancas, Contaduria, 6, 74 y 107). Todavía en el año 1500 la Reina Isabel está ayudando con 20.000 maravedís a este "don Apóstol” que nació en Buitrago (Simancas, Cédulas de la Cámara en D. XIX, 120).

    Esta revelación de asombro, en plena negociación, reforzaba las razones que ya estaban en el ánimo de los negociadores de la concordia de Guisando; sucedía a los ojos del Rey y del Legado Pontificio. Aquellos veían desvanecerse el último subterfugio de la Reina, a saber: que su hija, '-por ser nascida durante el matrimonio del Rey e de la Reyna.. había de ser reputada e tenida por hija del Rey". A lo que podían entonces, y después, contestar los negociadores de Guisando que "por la misma razón habían de ser tenidos por hijos del rey, e con mayor razón heredar estos reynos, por ser varones, don Fernando y don Apóstol (Andrés Apóstol), hijos de la Reyna e de don Pedro de Castilla, que, al presente, (1482?) se criaban en Santo Domingo el Real de Toledo, en poder de la priora de aquel monasterio, tía de aquel don Pedro". (D. IV, íd. Y Pulgar, ed. Carriazo 1, 1&-19). Cuando Isabel ya Reina se ocupó de ayudar a estos jóvenes, éstos estaban en Guadalupe (1484-1486. Simancas Id.) - Tan hijos de Reina eran ellos, aunque fuesen oprobio cierto del Rey, como lo era -'la hija de la Reina", el dudoso oprobio. Pero estos hijos, concretamente este que se reveló en plena negociación de Guisando, hicieron más razonable la duda, y más justificada la solución sucesoria en paz y concordia que, ante la Santa Sede, iba a producirse ahora en Guisando.

    Un Reino que negocia una paz y un acuerdo de esta naturaleza, tiene derecho a establecer los fundamentos de esta paz, que nunca se asentará sólidamente sobre una duda; por lo que a ojos serenos puede verse la prudencia política, en una cuestión sucesoria y dinástica, de dar paso al trono a la hermana cierta (del Rey) en lugar de la hija problemática.

    Los dos hermanos, Rey y Princesa, vistos al margen de la política.

    El Rey, con su partido, negocia desde Madrid La Princesa, con el suyo, desde Ávila. Ambos condicionados por los propios Nobles y Prelados. Pero hay un momento en que los dos hermanos se quedan solos en la negociación, por comunicación escrita autógrafa. Estos datos de intimidad familiar aclaran muchas cosas en las relaciones mutuas de ambos en esta ocasión y en otras.

    Hay un mediador oficial entre Madrid y Ávila, que es el arzobispo de Sevilla; y otro mediador doméstico, que es el mayordomo del Rey, Andrés de Cabrera (decisivo personaje: el futuro marqués de Moya).

    La Princesa escribe personalmente a su hermano a Madrid, en carta que no conocemos sino por la contestación del Rey; en ella dice a su hermano que no hará ni consentirá se haga cosa que pueda deservirle o enojarle. "Tengoos en muy grand merced, contesta él, porque me escribe que no fará cosa de que yo reciba enojo". Continua; "Yo he fablado con el mayordomo largo cerca de esto que a vuestra merced toca... Me remito a lo que él a vuestra merced escribo suplicandole que de mí tenga creido la vida porné por vos complacer y servir”. "Puede vuestra señoría ser cierta que no ay cosa que yo pueda faser por vos servir y complaser que no lo faga asi, como hermana”. ”Lo remediaré muy presto como a vuestra señoría cumple. También, señora, vos suplico siempre se acuerde de mi, puesto que no teneys persona en este mundo que tanto vos quiera como yo". (Sin fecha. Podemos fijar esta carta en agosto del 68. Simancas, Estado-Castilla, 1-2º, 1ª p, f. 8. Toda autógrafa. Nos parece encajar en esta fecha, mejor que en la negociación de Segovia, noviembre 1474).

    Esta carta se escribe en el momento en que la negociación ha inclinado ya al Rey a aceptar la designación pública de su hermana Isabel como Princesa heredera, en manos del Legado Pontificio.

    La carta documenta la limpia actitud de la Princesa, la satisfacción y el sosiego que ésta produce al Rey, después de la división pasada y los sentimientos sinceros de fraternidad de Enrique IV para con su hermana la Infanta. El autógrafo del Rey excluye la intervención de políticos y aun de secretarios domésticos.

    Las vistas de Guisando.

    Para el encuentro y las vistas del Rey y la Princesa, de un bando nobiliario y de otro, se convino un lugar a mitad de camino entre Madrid y Ávila entre Cadalso, por el lado de Madrid y Cebreros por el lado de Ávila, en un "campo cerca de los Toros de Guisando que es de la Orden de sant Jerónimo”, “a un tiro de ballesta" de los toros, que son parte ornamental de un monumento arquitectónico de una de las civilizaciones pre-cristianas de la península Ibérica; junto a una de las ventas o mesones de la ruta de la sierra, y del monasterio de la Orden; campo, venta y monasterio propiedad de los Jerónimos.

    El Rey, con los suyos y con el Legado Pontificio en Cadalso el 18 de septiembre; la Princesa y su séquito, el mismo día en Cebreros. Al día siguiente, 19, fue el encuentro en el Campo. El arzobispo de Toledo llevaba las riendas del caballo de la Princesa. Isabel descendió para besar las manos del Rey su hermano; éste abrazó a su hermana.

    Por fortuna tenemos un documento histórico-jurídico de todo lo acaecido en estas vistas: el ACTA NOTARIAL que extiende el secretario y notario del Rey, a presencia del notario del obispo de León y “Nuncio e embaxador Apostólico~, don Antonio de Véneris, "embiado con poderío de Legado a látere por el muy sanctisimo in Christo padre e señor, nuestro señor el Papa por la divinal providencia Paulo Papa segundo. (Acta; trasl. autenticado, remitido a Murcia con carta original de la Princesa. D. IV, 212-215, de Arch. de Murcia).

    Este documento contiene lo esencial de la concordia y de la. Legación Pontificia: reconocimiento de todos al Rey legitimo Enrique IV y a la Infanta Isabel por su Princesa heredera; sin más aditamentos ni condicionamientos. Ante este documento podríamos olvidar, si quisiéramos al Pacto, el Pacto de Guisando, documento previo y complementario a la concordia que no la condiciona en sus elementos esenciales dichos. Del ACTA de las vistas. "En el nombre de la Santa e non divisa Trenidat Padre e Fijo et Spiritu Sancto, por el qual los reyes reynan, manifiesto sea a todos...”

    Ante el Rey, la infanta Isabel, y los personajes que se citan. de ambos bandos en concordia, "paresció y presente el reverendo in Christo padre e señor don Antonio Jacobo de Véneris, obispo de León, mensajero apostólico... diputado para ordenar e componer la paz en los dichos regnos de Castilla y León "et qual propuso delante de todos e dimo en cómo el dicho nuestro muy Sancto Padre, por piedad e amor paternal que ha especial mente a los dichos regnos e a los súbditos e naturales dellos conmovido por esta razón, enbió a él mismo que con todas sus fuerças trabajase en poner en la dicha paz e concordia...

    Y ante el deseo de esta concordia por parte del Rey y de la Infanta y demás Prelados y caballeros, les bendijo: "bendizientes los en Dios'~, y "por fuerça e abtoridad de la dicha su legación, requirió e amonestó en virtud de santa obediencia a todos los susodichos, asi presentes como ausentes, que todos ellos se reduxesen a la obediencia del dicho señor Rey" y que "disolvia e desataba todos los tratados firmados e compromisos contraidos en contrario”, lo mismo por parte del Rey que por parte de los demás", "e relaxó todos e qualesquier juramentos" anteriores contrarios a esta prestación de obediencia.

    Acto seguido, "la dicha señora Infante” y el arzobispo de Toledo, el maestre de Santiago y demás personajes del bando de la antigua división dieron la obediencia" al Rey 'e juraron e prometieron' tenerle por su verdadero Rey.... todos los dias de su vida".

    ISABEL PRINCESA. Continúa el acta. Ahora interviene el Rey designando a su hermana por Princesa heredera, por razones de la paz, y por la siguiente RAZÓN JURÍDICA que objetiva el derecho sucesorio de Isabel; dice allí el monarca: "E cobdiçiando proveer que aquestos regnos non queden sin legítimos subçesores de tan alta e precelsa generaçión. ." He aquí la cláusula del acta, que se repetirá en otros dos documentos relacionados con estas Vistas; la legitimidad. Si la Infanta su hermana es necesaria para que el Reino tenga legítimos sucesores de la generación Real, de su persona, ello entraña una declaración de que su presunta hija Juana, "la hija de la Reina”, no es considerada legítima, por la razón que sea (de esta razón hablará después el cuarto documento de esta concordia; el pacto). La cláusula, que se repetirá sustancialmente en dos documentos subsiguientes, objetiva el derecho sucesorio de Isabel. En consecuencia, el Rey la reconoce como Princesa heredera y manda que todos los demás la reconozcan: "el serenísimo nuestro señor el Rey... atendiendo perteneçer después de su muerte la subçesión... a la dicha señora Infante su muy cara e muy amada hermana, quiso e ordenó e dió a ello su abtoridad e consentimiento". "E otorgó que... de todos e cada uno se intitulase, nunçiase, nombrase e fuese nombrada, jurada e recebida en PRINCESA PRIMERA LEGíTIMA HEREDERA... e después de la vida del dicho señor Rey, SER REYNA E SEÑORA DE LOS DICHOS REGNOS E SEÑORIOS". La prosa jurídica del acta continúa, reiterativa, hasta el mínimo matiz de la expresión. En consecuencia, el Rey "de su cierta çiençía e poderío Real absoluto”, en el sentido de esta fórmula en el derecho de la monarquía castellana, anulaba los juramentos y compromisos que hubieren hecho los presentes o ciudades o villas en contrario. A continuación todos los presentes reconocieron a la Infanta Isabel por Princesa heredera del Rey y, después de los días de éste, “EN REYNA Y SEÑORA"; y así "todos ellos juraron aver e tener a ella por tal perpetuamente e non a otra persona". Lo mismo el Rey que los Prelados y caballeros presentes, "solepnemente juraron a Dios todopoderoso e a la bienaventurada Virgen María, e a los santos evangelios que con sus propias manos tocaron en un libro misal escriptos, e en una figura e imagen de Nuestro Señor Jhesuchrislo que en una cruz estaba en el dicho misal puesta, sobre la cual pusieron sus manos".

    Para ello, previamente allí en las Vistas, el Legado Pontificio, “por actoridad de la dicha su Legación" "relaxaba e relaxó todos e qualesquier jurarnentos" que el Rey y los demás prelados, caballeros o ciudades hubieran hecho anteriormente "tocantes en qualquier manera a la subçesión de los dichos regnos, en favor de qualquier persona o personas, restituyéndolos al estado primero en que eran antes de los dichos juramentos”. A todos, "asi presentes como absentes".

    Discretamente el texto calla el nombre de la niña doña Juana, "la hija de la Reina" que es la que había sido jurada en abril de 1462, en las Cortes o en torno a las Cortes de Madrid. Juramento válido, lo mismo si fue en las Cortes (que no lo parece), o fuera de las Cortes; juramento que necesitaba ser dispensado por autoridad apostólica, como aquí se hizo, antes de prestarse el nuevo juramento a la Infanta Isabel.

    Esta Legación y estos juramentos de las Vistas de Guisando, nunca habrían de ser relajados ni dispensados por la Santa Sede, única competencia en una Legación Pontificia; no lo fueron en tiempos del Papa Paulo II, mandante de esta Legación, ni en la ceremonia de Val de Lozoya (1471) como se dirá en su lugar. Y fue confirmada esta actuación de Guisando por el sucesor de Paulo II, el Papa Sixto IV en una nueva Legación, la del cardenal Vice-Canciller Rodrigo de Borja (después Alejandro VI) en 1472, como también se dirá en su lugar. Y de hecho vuelve a intervenir Sixto IV cuando ya había sido Isabel proclamada Reina en Segovia (1474) con una nueva Legación pacificadora, la de Nicolás Franco.

    A partir de esta fecha y ceremonia de Guisando, nunca la Princesa Isabel tuvo por acción seria ni legítima cualquier veleidad de los azares políticos sucesivos, sino más bien "túvolo por cosa vana", como en realidad lo era, sin que podamos sobrepasarnos a escribir lo contrario, a la vista de la ceremonia y de los textos a que acabamos de asistir.

    Y, por lo que a ella le correspondía, en lo jurado en la concordia, en contraste con lo que va a suceder pronto, Isabel ha mantenido su palabra y su juramento de obediencia al Rey, ella y sus partidarios. A pesar de todas las veleidades y ambiciones políticas de unos y otros, una voluntad queda en pie con la seriedad de su juventud.

    De aquí en adelante, hasta la fecha de la proclamación como Reina, seis años después, seguirán las veleidades, los intereses y las ambiciones: el drama del Reino. Pero asistiremos a la invariada y seria voluntad de la Princesa Isabel manteniendo lo esencial de la concordia expresada en este acta en que la figura del Legado del Papa la preside y articula; la fidelidad al Rey como soberano, esencia de esta concordia, llegará invariable hasta la proclamación en San Miguel de Segovia.

    Comunicación a los ausentes.

    "Presentes y ausentes" han sido objeto de la intimación de conciencia del Legado Pontificio.

    A partir de esta ceremonia del día 19 de septiembre en Guisando, Isabel deja a los Nobles de su bando, superando en unidad a las banderías, y se va con el Rey su hermano, El día 23 están en Casarrubios del Monte. Desde allí se hace la comunicación a los ausentes; a los Nobles primero; a las ciudades después; 23, 24 y 26 de septiembre respectivamente. Es el contenido mismo, en lo esencial, del Acta de las Vistas.

    Comienza la acción conjunta de los dos hermanos, Rey y Princesa, a iluminar de concordia y buen sentido los documentos. "A los duques, condes y otros caballeros de mis regnos que avedes estado apartados de mi servicio e obediencia": la Princesa mi hermana "me suplico que a mi pluguiese de reconciliar a mi a los dichos duques... e a suplicacion suya, a mi me plogo de lo faser". Es la voz jurídica de la Princesa que sustituía al hermano muerto el Príncipe Alfonso. Por tanto "vos mando"... Manda el Rey legítimo y firman los dos: "Yo el Rey. Yo la Princesa". Casarrubios, 23 de septiembre (Simancas, Div. de Cast., Leg. 9, f. 64).

    A las ciudades y villas. Alude el Rey a la división pasada "de cuatro años a esta parte" a base del Príncipe-Rey niño; "fasta agora que, por la gracia de Dios, la muy illustre Princesa doña Isabel... se vino a ver conmigo cerca de la villa de Cadahalso", en las quales dichas vistas estando ende presente el muy reverendo padre don Antonio de Véneris obispo de León, Legado de nuestro muy Santo Padre, la dicha Princesa mi hermana me reconoscio por su Rey e Señor natural... De lo qual, todos me fesieron juramento"; y después yo "determiné de la rescivir e tomar por Princesa e mi primera heredera e succesora". Y aquí el Rey Enrique estampa de nuevo, como en el ACTA de las Vistas, la cláusula jurídica en que se expresa el derecho objetivo a esta designación: "Porque ella esta en tal edad, que mediante la gracia de Dios, puede luego casar e haver generación, en manera que estos dichos mis regnos non queden sin haver en ellos legítimos succesores de nuestro lina ge". No se nombra en el texto a "la hija de la Reina”, que de ser hija legítima del Rey y reconocérsela como tal, el derecho de Castilla tendría en ella los legítimos sucesores del linage del Rey. El texto es discreto de forma hasta los límites de lo posible.

    Y ahora entra en el documento del Rey, su parte final, que es de la Princesa; es un documento conjunto. "E yo, la dicha Princesa doña Ysabel, primera heredera e succesora en estos dichos Regnos... vos ruego e mando que, por servicio del dicho señor Rey e mio, vosotros fagais e cumplais e pongais luego en obra todo lo que su Alteza, por esta Carta, vos enbia mandar; certijicándovos que en ello me fareis agradable plaser e servicio; e creed que de lo contrario habré grande enojo e sentimiento".

    Casarrubios, 26 septiembre. "Yo el Rey. Yo la Princesa" (traslado autenticado que, del original recibo, reexpide la ciudad de Baeza, con el Acta original de haberlo cumplido. Arch. Histórico Nacional, Frías, C. 13, n. 17. Zurita, Anales, IV, 160v-161v. El texto de Frías, en Mª Isabel del Val, Isabel la Católica Princesa, Valladolid 1974, doc. 6, PP. 388-396).

    El Pacto de Guisando.

    No confundamos este documento con los tres anteriores: Acta, Comunicación a la Nobleza, Comunicación a las ciudades. En el Acta de las Vistas, que es la RELACIÓN OFICIAL de la concordia, ni se le cita ni se le excluye; los hechos del Legado en Guisando, no aparecen en momento alguno proyectados hacía las cláusulas totales del pacto. Este cuarto texto de la concordia, existió, se llevó a Guisando en una segunda redacción (ver el texto mismo) y se firmó un día antes de las vistas, el 18 de septiembre; no se cita lugar, pero el 18 el Rey estaba en Cadalso y la Princesa en Cebreros. Está firmado de los dos, que no se vieron hasta el 19 en el Campo de los Toros de Guisando.

    Es un documento complementario. Lo esencial, lo pactado a presencia del Legado Pontificio, se ciñe al reconocimiento del Rey y de la Princesa como tales.

    El pacto es una concordia entre partes para concertar una serie de problemas políticos; unos, inherentes a la asignación del Principado de Asturias a Isabel; otros, de libre arbitrio entre las partes. Ni las Vistas, en el Acta, dependen del pacto, ni el pacto condiciona a las Vistas. Estas son de una soberana sencillez; el pacto entraña implicaciones políticas; algunas muy comprometidas y de riesgo. El Acta es el documento público de la concordia.

    Fundamentalmente, por el pacto, el Rey queda comprometido con la primacía política del ya Maestre de Santiago don Juan Pacheco; político de altas dotes de liderazgo; comparable al maestre anterior, don Álvaro de Luna en dotes de político, no tanto en la cualidad de gobernante, ni menos en la ética de los intereses y de las ambiciones. Pacheco es un privado del Rey, imprescindible, oscilante por inteligencia y cautela, hábil maniobrero, afortunado y temible. Le temía el propio Arzobispo de Sevilla, uno de los dos que, con el maestre forman la terna fiadora del Pacto de Guisando: "arzobispo e maestre e conde" (el conde de Plasencia, don Álvaro de Stúñiga) - Llegó a tenerle pánico el Papa Paulo II, quien, a pesar de las razones y de sus deseos, no se decidía a arriesgar el honor (!) con Pacheco: "no meter la honor suya en manos del 'maestre de Santiago" (D. V, 127-129). A pesar de ello, nunca Paulo II rescindió los fechos del Legado, a pesar de las presiones (1470-1471).

    Esta prevalencia del maestre en la concordia, suponía desplazar de la dirección política, y del dominio sobre la Princesa, al arzobispo de Toledo. Política de riesgo, antes y después de la experiencia... Podía fundar este desplazamiento la resistencia que el arzobispo, don Alfonso Carrillo, ofreció a la concordia; este Prelado, conductor ex aequo con don Juan Pacheco de la política de resistencia al Rey desde 1464 hasta ahora, se opuso a la concordia negociada entre Madrid y Ávila, porque abrigaba serias dudas sobre la firmeza de cuanto se concordase; no se fiaba de la debilidad de Enrique IV, por las experiencias recientes. Estas recientes experiencias y las que se producirán después, nos ponen en condiciones de juzgar las actitudes del arzobispo de Toledo. Pero aquí las llevó hasta extremos no defendibles; ahora estaba en medio, promoviendo, intimando y garantizando la concordia, un Legado Pontificio de Paulo II. Esta definitiva intimación del Legado "en virtud de santa obediencia" rindió la última resistencia del arzobispo de Toledo. Pero ya no figuró en el triunvirato político del Pacto: arzobispo (el de Sevilla) e maestre e conde". La princesa le tranquilizó y aseguró en lo posible, por una especial capitulación escrita, firmada, digamos ya al estribo, en Cebreros el mismo día 19 de las Vistas. (Simancas, PR, Leg. 11, f. 44). Y podemos admitir las dos cartas al Prelado inclinándole a la concordia; una de la Princesa, otra del Legado, por ser paralelas al documento de esta capitulación (D. de Valera, Memorial, ed. Carriazo 114-145). Ambas cartas se dicen leídas en las Vistas. El ACTA no las menciona. Isabel dice, en la suya, al Prelado: "Yo vos ruego e mando que si complazerme deseays e a mi mandamiento quereys seguir, con igual coraçon querays açetar la concordia... con el Rey mi herrnano, lo mas honesto e a vos mas provechoso que pudieredes". El Legado, en la suya: "E yo, en virtud del poder e por autoridad por nuestro muy Santo Padre a mí dado... e, de parte del Serenísimo Pontífice, mando a vos el arçobispo de Toledo, que al señor don Enrique dedes la obediencia". Así estas cartas, que han llegado a nosotros no por documento, Sino por copia de cronista serio, con toda y sola esta cualidad crítica.

    Esta circunstancia ha sido aprovechada por el astuto Pacheco para alzarse, en el pacto, con el santo y la limosna: con el Rey y con la Princesa, A raíz de este documento, en virtud de él y por virtud de su afortunado pragmatismo político, se constituye y se convierte en la privanza de Enrique IV y en verdadero árbitro del monarca; menos afortunado éste que su padre el Rey Juan II con don Álvaro de Luna. Y Casarrubios del Monte, donde se firman las comunicaciones a los ausentes y a las ciudades, es sólo el camino del itinerario de Enrique IV y la Princesa Isabel, hacia OCAÑA (Toledo), villa del señorío del maestre de Santiago, "que era tenerlos en su casa" (Zurita, IV, 162r).

    El arzobispo de Toledo, Sin arriar bandera, se instala en la vecina villa de Yepes, de su señorío y de su diócesis, para vigilar de cerca, y no alejarse de la Princesa, cuya guardia y posesión acaba de perder en Guisando, El maestre se ha embarcado él, y ha embarcado al Rey, en una política de riesgo que puede dar en desventura, como va a acreditarlo a renglón seguido, el entendimiento que inicia el Prelado con Juan II de Aragón, uno de los políticos más hábiles y de más paciente maniobra de los de su tiempo. Desventura para el maestre y ventura para España, como veremos.

    De todos los modos, tanto Pacheco el maestre, como Carrillo el arzobispo, están en la misma línea ideológica y política del poder de la Nobleza frente a la Monarquía; han sido juntos, y siguen siendo ahora por separado, los dos conductores de la oligarquia nobiliaria: que puede volver a unirles en el interés común de esa línea, que, ciertamente no es la de Isabel. (Suárez, Nobleza y Monarquía, Cap. XII, Valladolid 1959, 161-173).

    Isabel presenta “el Pacto"

    en Valladolid ante la Iglesia.

    En Guisando, además de la ceremonia esencial de las Vistas, existió el Pacto y su instrumento jurídico. Este documento ha llegado a nosotros en dos fuentes coexistentes: 1ª Un texto de ¿a Princesa, de los dos únicos que se hicieron para las dos partes contratantes individuales, el Rey y ella; y 2ª un texto preparatorio, sin firmas, del maestre Pacheco, de letra rigurosamente coetánea al pacto. Este, conservado en su villa de Escalona, hoy en el ducado de Frías (A rata. Hist. Nacional, Frías, c. 13, n.0 15).

    Isabel presentó el Instrumento del pacto en Valladolid cuando fue a contraer matrimonio, un año después (septiembre 1469). No lo presentó en el Municipio ni en la Chancilleria ni en otro cualquier organismo de la administración, sino ante la iglesia; al Provisor y Vicario General de la Abadía exenta (Valladolid no era obispado), en su despacho del claustro de la Colegiata. Allí pidió la Princesa un traslado auténtico del original que presentó.

    El procurador de la Princesa ante la curia abacial de Valladolid, presentó dos documentos: el uno, una concordia con el Rey sobre la dotación de su Principado de Asturias; el otro, el Pacto de Guisando; sobre éste dice la diligencia del Provisor: el Procurador de Isabel 'presentó otro instrumento en nombre de la dicha señora Princesa, por el cual paresçe [aparece] que le fué dado el título de Princesa e jurada e nombrada e llamada e havida por Prinçesa; el tenor del qual. .. es este que se sigue". (Aqui el texto del Pacto).

    El texto presentado era el Original que en Guisando se entregó a la Princesa, como una de las dos partes contratantes: "mandaron facer.... dos escripturas de un tenor, para cada uno de ellos la suya", para el Rey y para la Princesa, (Texto del Pacto>.

    De este original presentado en Valladolid, pidió Isabel al Provisor un traslado autenticado, que es el que ha llegado hasta nosotros, a la Biblioteca Nacional, por trasmisión del P. Burriel (D. IV, 278-298).

    Como tal original lo tiene la diligencia notarial del Provisorato, reconocido por tal según las normas de autenticación: "e luego el dicho Provisor tomó los dichos Instrumentos originales en sus manos e viólos, e católos e examinólos, e reconos§ió e fizo reconosçer los nombres e sellos del dicho señor Rey e de la dicha señora Princesa, e de los dichos señores arçobispo de Sevilla e maestre de Santiago" (Remito a los estudios críticos hechos por extenso, e inéditos, en nuestros archivos de la Causa).

    Isabel ha sido reiterativa en presentar ante la Iglesia, ahora en Valladolid, los textos de su Principado hechos ante la Iglesia en Guisando; en esta circunstancia de su matrimonio en Valladolid, reteniendo el original en su poder, se ha preocupado autenticados eclesiásticos; "un traslado, o dos o tres... quantos le fueren necesarios, e ge los diese signados con mi signo... para que valiesen e ficiesen fe". (Texto del Provisorato).

    Este es el texto del Pacto que ha llegado hasta nosotros; coincidente literalmente con el texto coetáneo del maestre de Santiago; este del maestre, sin el protocolo final ni firmas, como texto preparatorio; el de Isabel, en forma ya, con las firmas y sellos dichos reconocidos en Valladolid. Y además, una copia coetánea de la cláusula tercera (en Simancas, Div. de Cast. leg. 9, fol. 66). No ha presentado en Valladolid la Princesa el ACTA de las Vistas, la que en otra ocasión envió a todas las ciudades del Reino; (1471). Torres Fontes ha editado la de Murcia.

    Para fijar su designación como heredera, intimada por el Legado Pontificio, basta como documento principal, este ACTA de las Vistas, con las comunicaciones que de ella se enviaron a los ausentes y a las ciudades. Esto es lo esencial en orden a la sucesión y a las seguridades de la dinastía; lo del pacto es un complemento relativo a las situaciones políticas que surgieron de esta designación y a las de orden económico.

    El Pacto, como documento, es correcto y útil a la historia; pero no es necesario, ni menos indispensable, para escribir sobre la sucesión de Isabel la Católica al trono de Castilla en manos de la Iglesia.

    Algunas de las cláusulas del Pacto.

    Cláusula primera. Contiene lo esencial de la concordia, relativo al reconocimiento del Rey y de la Princesa Isabel, como en las Vistas. Se repite, tercera vez, o cronológicamente primera, la razón de la legitimidad de Isabel como heredera, con redacción esencialmente coincidente: "cómo estos regnos non ayan de quedar nin queden sin legítimos subçesores del linage del dicho señor Rey e de la dicha señora Infanta, e porque segund la edat en que ella está, puede luego, mediante la gracia de Dios, casar e aver generación”.

    Se añade la obligación de la Princesa de unirse al Rey en su Corte y a los tres grandes del Pacto que aquí empiezan a sonar: arzobispo, maestre y conde. Triunfo del Maestre y peligrosa frustración del arzobispo de Toledo: ambos han luchado por retener en su poder a la Princesa. Se da a ésta un plazo de dos días para unirse al Rey y a los tres fiadores, así como sucedió; el arzobispo de Toledo se retiró frustrado a su feudo de Yepes.

    La quinta. Matrimonio de la heredera. También esto queda a disposición del Rey y de los tres fiadores, “arzobispo e maestre e conde”. La Princesa ha conseguido que en esto se respete su propia voluntad: "de voluntad de la dicha señora Infanta"; original providencia. En esta brevísima cláusula hay que poner de acuerdo para el matrimonio de la Princesa, a cinco personas, al Rey, a los tres y a la propia interesada. Explosiva cláusula que va a poner en trance al pacto.

    La cláusula sexta. Es la sentencia contra la Reina doña Juana y contra el mismo segundo matrimonio de Enrique IV. Pactada también por el Rey. Tiene tres puntos esenciales: a) la infidelidad de la Reina "de un año a esta parte", b) la comunicación al Rey de que "non está nin fué" casado con ella, c) la consiguiente separación, o "divorcio” y extraneamiento del Reino en un plazo de cuatro meses.

    Veamos lo que entrañan estos tres puntos:

    En cuanto al punto a). Sigo oyendo a Profeso res hablar del inciso "de un año a esta parte' en un sentido como si esto significase descartar infidelidades de la Reina en los años atrás; descartarlas en cuanto al nacimiento de esta "hija de la Reina”

    También me seria grato a mí que esto fuese así; porque habríamos salvado con ello el honor no sólo del Rey, sino de la Reina.

    Pero la historia tiene otros deberes y en obsequio a ellos damos las aclaraciones siguientes, de orden histórico, y, sobre todo, de orden canónico.

    En cuanto a las de orden histórico, una sola. Los autores y negociadores de esta cláusula, ellos han unido en 1468 el otro extremo del cabo, el de 1453: la sentencia de anulación del primer matrimonio de Enrique IV, por impotencia perpetua. Al encontrarse ahora en 1468 con este hecho del nacimiento de otro hijo de la Reina, que ciertamente no es del Rey, unen en el tiempo ambos extremos históricos, y ven comprometida, por certezas o por dudas, la legitimidad de la niña doña Juana la Beltraneja; (venia verbo) -

    En cuanto a los demás aspectos, fijando bien el carácter canónico de la cuestión que ellos mismos se plantean, léase con atención la exposición siguiente.

    Punto a). "Al dicho señor Rey e comunmente en todos estos regnos e señorios, es público e manifiesto que la dicha Reina doña Juana de un año a esta parte non ha usado limpiamente de su persona" -

    Entre la fuga de la Reina (agosto) y la fecha del Pacto, ha transcurrido sólo un mes; tiempo récord impuesto por el arzobispo de Sevilla, cuyo rehén era la Reina en Alaejos: "ovo tanto sentimiento que dió grand priesa en los tratos"; "e desde allí en adelante el arzobispo de Sevilla fue tan enemigo de la Reina que siempre trabajó por destruilla"; comentario del cronista del Rey.

    Este punto, con el texto "de un año a esta parte, ha querido interpretarse como un deseo de los pactantes de cubrir con un piadoso velo (piadoso para el honor del Rey) toda la conducta anterior de la Reina y todo el problema de si su hija lo es del Rey.

    Ciñéndose así a lo cierto de un año a esta parte, orillaban lo espinoso relativo a su hija. Y de este modo los textos sobre la ilegitimidad de la hija de la Reina no se refieren, dicen, a que no sea hija del Rey, sino a que no es legítima. De este modo se ceñía el problema a los hechos recientes y se prescindía del enojoso asunto del origen de la hija. Pero si nos atenemos al texto entero de la cláusula, las cosas no son así; más bien son al contrario, por razón del punto b) de la cláusula. Veámosle.

    Punto b). "El dicho señor Rey es informado que non fue nin está casado con ella”. Asombro en cualquier lector de este documento de 1468, sobre un hecho (el matrimonio) de 1455.

    Si no está ni estuvo casado con ella, dicen los comentaristas de hoy, la hija de la Reina es ilegítima por ilegítima unión; no hubo matrimonio; pero no quiere decir que no sea hija del Rey.

    Pero vengamos adonde nos llevan y nos sitúan los documentos canónicos; y son la bula de Nicolás V para dispensar este matrimonio, 1-XII-1454, y la misma sentencia eclesiástica de Alcazarén, para anular el anterior.

    La bula es en forma comisoria; los comisionados para dispensar, silos hechos son como se exponen ("si ita est”) son tres, y pueden hacerlo los tres o "cada uno de ellos'. Uno es el obispo de Avila. Este obispo de Avila en 1454 es don Alfonso de Fonseca, el que en Guisando es el ARZOBIsPO DE SEVILLA, principal autor de esta cláusula sobre la Reina y uno de los tres fiadores del Pacto. El otro comisionado es el Arzobispo de Toledo, que también está en Guisando, don Alfonso Carrillo de Acuña. El tercer comisionado, el obispo de Ciudad Rodrigo don Alfonso Sánchez de Valladolid, había ya muerto

    Hay aquí también un testigo seglar, que actuó como tal en la celebración de este matrimonio, por poder, en Lisboa: el Maestre de Santiago, don Juan Pacheco. Es decir, "el maestre" de la terna del Pacto.

    Los tres Prelados, o cada uno de ellos, reciben en la bula comisión y mandato ("commitimus et mandamus") para dispensar si los hechos son así como se exponen ("quatenus vos, vel duo aut unus vestrum, si ita est dispensetis").

    Estos dicen ahora, durus sermo, que no dispensaron entonces ni después ("non fué nín está casado con ella"); y lo hacen materia aceptada y pactada por el Rey en esta cláusula sexta del Pacto.

    Siendo esto así, la hija de la Reina queda más comprometida que nunca lo hubiera sido desde su nacimiento en 1462 por estipulación alguna de la cuestión sucesoria. Los comisionados estaban obligados a dispensar ("mandamus"), si los hechos fueron como se expresaron en la bula. Este documento de Nicolás V de 1 de dic. de 1454, contiene en su primera parte o exposición, una síntesis de los hechos de la sentencia de Alcazarén dictada por el obispo de Segovia; entre ellos estos esenciales: que la primera esposa doña Blanca, en "doce años y más" de matrimonio, habia quedado virgen; que el esposo, Enrique IV era impotente, con impotencia perpetua (única dirimente) respecto de ella; que el rey era potente respecto de otras mujeres; y que, por tanto podía pasar a subsiguiente matrimonio. Esta es la síntesis de la sentencia expuesta en la bula.

    Si los prelados comisionados no dispensaron, sólo pudo ser porque vieron entonces y fueron viendo sucesivamente, que los hechos, principalmente la potencia del Rey para engendrar respecto de su segunda esposa, no eran así. Y no dispensaron, en el decir de la cláusula, ni a pesar de que siete años después de este segundo matrimonio, nace de la Reina esta su hija. ¿Tampoco entonces?

    Pero si esta cláusula sexta se ciñe a infidelidades "de un año a esta parte" solamente, y no a otras anteriores, cabe decir a los redactores de ella y comisionados de la bula, que si creen hija natural del Rey a la hija de la Reina, y sólo legítima por defecto de matrimonio legítimo, hagan allí mismo la dispensa, puesto que pueden hacerla, establezcan el vínculo matrimonial, y legitimen a esta hija, si es de matrimonio.

    Pero nos contestarán que no; la cláusula sigue diciendo: que' por "descargo de la conciencia del dicho señor Rey... sea fecho divorcio e apartamiento del dicho casamiento, e que la dicha señora Reina se aya de ir e vaya fuera de estos regnos". No, la cláusula sexta del Pacto no favorece sino que compromete más que nunca, a la hija de la Reina como tal hija del Rey; y compromete a la Reina no sólo "de un año a esta parte", sino de trece años atrás... (1455).

    Esto si atendemos a la letra del pacto y a su única explicación lógica en el terreno canónico al que la misma letra nos ha llevado.

    Eso sí, nos quedamos sin explicarnos algo importante; por qué han permitido (sin reclamaciones que documentemos ni conozcamos), convivir pacíficamente a este matrimonio regio desde 1455 a 1468, si no estaba canónicamente constituido. No estamos en condiciones de darnos críticamente esta explicación. Y ahí queda la cláusula ut iacet.

    Los tres fiadores de 1468. En relación con el inciso "de un año a esta parte", y ciñéndonos a estos tres personajes, sabemos lo que ellos han pensado y dicho, al menos de cinco años atrás (1463-1468). El Maestre, conductor de la concordia de 1468 y de la Capitulación de 1464; el arzobispo de Sevilla, Fonseca, principal actor de esta cláusula relativa a la Reina, y el conde de Plasencia, los tres, son destacados artífices de la Asamblea de Burgos, con aquellos encendidos escritos al Rey, al Reino y al Papa, sobre el fraude dinástico de la hija de la Reina, señalando en público la paternidad de D. Beltrán. Que ahora en Guisando quieran moderarse con el Rey y salvar su honor en lo posible, es de alabar. Pero no podemos olvidar que son los principales de todo cuanto sucedió en materia de acusaciones de infidelidad a la Reina desde 1463 y en 1464. Son también los que en 1465, rota la Capitulación de Cigales, toman al Príncipe Alfonso y le proclaman Rey. De ellos, dos, el arzobispo y el conde> cuando muere el Príncipe Alfonso el 5 de Julio, abandonan al maestre y al arzobispo de Toledo y vuelven a la obediencia de Enrique IV. Y son los que promueven en Madrid, con el Rey la concordia de Guisando, como mediadores entre Madrid y Ávila.

    El «de un año a esta parte" es para ellos, en el mejor de los casos, una honorable fórmula de compromiso que, salvando en lo posible el honor del Rey, sea suficiente para proceder contra la Reina doña Juana con la dureza de la cláusula sexta. Dureza en la que ellos se presentan asistidos de razón, por la nueva situación que añade la Reina con su fuga de Alaejos, acentuando así, en 1468, las dudas sobre infidelidades anteriores, convirtiéndolas casi en evidencias para los que, huyendo noblemente de la maledicencia, quieran también no ser tachados de ingenuidad.

    Vida de oración de la Princesa

    en estas dificultades de la concordia.

    Actuando en soledad, pues que sus propios partidarios y consejeros políticos le aconsejaban lo contrario; huérfana de padre y prácticamente de madre (una madre enferma) y separada de ella; viviendo en Segovia y negociando en Avila; teniendo a su hermano mayor en el bando contrario, y un hermano menor, de 14 años de edad manejado por los Nobles, y finalmente sin él, pues falleció en plena división del Reino en dos obediencias. La princesa, entre los 16 y los 17 años de edad, "ella tenía su esperanza en sólo nuestro Señor Dios, y en la bienaventurada Virgen nuestra Señora y en San Juan Apóstol y evangelista". "En este negocio, cuando la juraron por princesa..." escribió a monasterios de monjas y de frailes pidiéndoles sus oraciones; "escribió a muchas casas de san Francisco, señaladamente a san Francisco de Arévalo a quien ella tenía señaladamente devocion... porque es casa muy devota donde nuestro Señor Dios se sirve, y en aquellos tiempos estaba allí un varón muy excelente y devoto que se llamaba fray Llorente, varón de mucha vida y doctrina y santidad, a quien la dícha princesa conocía por haberse criado ella en Arévalo". (D. XXII, p. 213).

    La “oración de la Reina". 1468.1475.

    A pesar de sus limpias intenciones, a pesar de la presencia del Legado del Papa, a pesar de la situación de derecho creada por la Iglesia en esta Legación, la Princesa se recogía después en su interior en manos del juicio supremo de Dios.

    "Convertiose a Dios en oraçion; y los ojos y manos alçados al çielo, dixo:

    Tu, Sennor, que conoçes el secreto de los corazones sabes de mí que no por vía injusta, no con cautela ni tiranía, mas creyendo verdaderamente que de derecho me pertenecen estos reynos del rey mi padre, he procurado de los aver, porque aquello que los reyes mis progenitores ganaron con tanto derramamiento de sangre no venga en generaçion agena. Y tú, Sennor, en cuyas manos es el derecho de los reynos, por la dispusiçion de tu providencia me has puesto en este estado real en que oy, estoy, suplícote umildemente, Sennor, que oigas agora la oración de tu sierva, y muestres la verdad y manifiestes tu voluntad con tus obras maravillosas; porque sí yo no tengo justiçia, no aya lugar de pecar por ynorançia y si la tengo, me des seso y esfuerço para que, con la ayuda de tu braço, lo pueda proseguir e alcançar, e dar paz en estos reynos que tantos males e destruiçiones fasta aquí, por esta causa, an padecido”.

    Añade el testigo: "esto otan dezir a la reijna muchas vezes en aquellos tiempos en público; y esto dezia ella que era su principal rogativa a Dios en secreto” (D. XV, PP. 85-86).

    III. Matrimonio de la Princesa

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    Isabel la Católica, en el tiempo escaso de cuatro meses, ha pasado a Princesa heredera del trono de Castilla y pasa al matrimonio con Femando de Aragón, en manos de un Legado Pontificio a látere. Es su buenaventura y su providencia divina en los meses de su vida, apenas salida de la adolescencia; sus 17 años. Circunstancias tan felices a una Princesa católica no se han prodigado en la Historia ni formado en una biografía de princesas.

    El Legado, don Antonio de Véneris ha estado a su lado, con. intervención decisiva y decisoria en estas dos ocasiones clave de la vida de juventud de la reina Católica.

    En la negociación previa a Guisando.

    Antes de las vistas, en la negociación previa entre Madrid y Avila, Isabel trató de su matrimonio futuro y quiso asegurarse, por cláusulas, el respeto a su voluntad matrimonial; que no se tratase de su matrimonio sin tratar con ella, como se había hecho hasta ahora. Ante los usos y abusos de Príncipes, padres o tutores. en el matrimonio de Infantas y Princesas, ante la danza de matrimonios que a Isabel se le había organizado en su infancia y adolescencia, ella ahora vindica para sí una intervención personal en asunto tan personal, por más vinculado que esté a unos intereses, o los altos del Reino, o los particulares de los bandos o validos de Reyes; esto dicho así al reclamar por escrito ante su hermano el Rey "la justa y debida libertad y... tenor de mi franco albedrío que, en negocio matrimonial, después de la gracia de Dios, principalmente se requiere" (D. V, 26-36).

    Sabía bien que en estos casos pesa, a veces más, la voluntad de un valido, que la del propio Rey, sea padre o sea hermano. Su padre Juan II de Castilla, para el segundo matrimonio del que ella nació, no eligió esposa a su voluntad, sino a la de don Álvaro de Luna. Exacto. (D. V, 15>. Ahora ella va a verse avocada a casarse con quien no desea, más, repugna; ni propiamente con quien quiera su hermano el Rey, sino con quien determine el nuevo valido que sale de Guisando, sombra de Enrique IV más densa que la de don Alvaro de Luna para Juan II: don Juan Pacheco, Maestre de Santiago. No importa que los valedores del Pacto de Guisando sean tres: "arzobispo e maestre e conde". De hecho el valido es uno.

    Por todo ello Isabel consiguió, ya en el primer texto preparado en agosto en Madrid y en Ávila, la cláusula 5ª, por implicada que ella esté en diversas voluntades, la del Rey, la de los tres y la de ella: "de voluntad de la dicha señora Infanta". Cláusula esta que no va a servir, porque antes de un mes de haberse firmado el pacto, ya están pactando en Villarejo el matrimonio de la Princesa heredera, sin su voluntad y sin consultarla siquiera; "sin mi sabiduría”, sin yo saberlo, como ella dirá después.

    Lo de Villarejo. Octubre 1468.

    Los Mendoza no fueron llamados a Guisando y habían estado ausentes. Eran los depositarios de la hija de la Reina, excluida allí de la sucesión al trono, relajando el Legado los juramentos de 1462 y confirmando estos de 1468 en favor de Iabel. Los Mendoza, a renglón seguido, protestaron de la concordia; de las Vistas y del Pacto: "e si apelar non lo puedo, protesto ante vosotros”; el notario del conde de Tendilla, podía saber bien los términos de la Legación Pontificia para resolver en última instancia: “omni prorsus apellatione postposita"; "apellatione remota” (D Y, 372-381, y bulas de la Legación D. IV, 244-247; 257-259).

    Ante estos términos de la Legación, se presume la reacción de Isabel, discreta de forma ante el intento de apelación: "E puesto que la Princesa doña Isabel supo todo aquello, túvolo por cosa vana"; así el cronista oficial del Rey (D. IV, 373). Siempre respetuosa con las personas, nunca ella descompone sus modos ni su palabra.

    El Papa tampoco modificó jamás los términos jurídicos de la concordia de su Legación en Castilla.

    Pero por vana que la cosa fuera en sí, el hábil político que era el Maestre de Santiago, creyó útil entenderse con los Mendoza; no tanto por su situación de oponentes a la Concordia, cuanto

    por la fuerza y el peso político que esta familia, por sí misma, representaba y representó siempre en Castilla. Ellos serán los primeros que formarán en el peso del reinado de Isabel la Católica apenas muere Enrique IV, del que nunca ellos se habían alejado.

    Y el Maestre se reunió con ellos en Villarejo, en octubre, apenas cumplido el mes del pacto, y cuando aún estaban llegando a las ciudades las acciones y cartas conjuntas de Rey y Princesa para hacer efectiva la Concordia. Esta villa era propia "de la Orden de Santiago” E como el Maestre don Juan Pacheco sabía que el marqués de Santillana e el obispo de Sigüenza [el futuro cardenal Mendoza] e sus hermanos... se avían partido muy descontentos de Madrid... procuró de ser ver con ellos”.

    Acuerdos de Villarejo.

    Como toda negociación, será un do ut des que pone en cuarentena lo que se acaba de jurar en Guisando ante el Legado, sin negarlo expresamente. Esta es la negociación de habilidad: la confirmarán tres documentos y la expone así en su lenguaje el cronista oficial del Rey: "Fue acordado entre ellos que la hija del Rey [doña Juana la beltraneja] casase con el Príncipe de Portugal” don Juan, heredero de Alfonso V; "e la Princesa doña Isabel, con el Rey de Portugal, que estaba viudo '~, y con herederos ya al trono; Alfonso V. "E condicionalmente que si el Rey de Portugal no oviese hijo varón en la Princesa doña Isabel, y el Príncipe lo oviese en la señora doña Juana, hija del Rey, que ellos subçediesen en los Reinos". En total, el Rey viudo, para Isabel; su hijo el Príncipe heredero, para Juana; y si el viudo no tuviese hijo varón con Isabel, don Juan de Portugal y doña Juana "la hija de la Reina' (denominación que no está en Villa-rejo) serían los Reyes de Castilla.

    Isabel, como persona, para casar a los 17 años con Rey maduro y viudo... Y si la contingencia de hijo varón con este maduro esposo no se produjese, quedaría así lanzada por la tangente. La Princesa jurada en Guisando ante el Legado, pasaba al precario de una contingencia. Los términos de la Concordia quedaban así modificados en un enredo de habilidad para entenderse con los Mendoza.

    Más, Isabel se iría de Castilla a Portugal. Aquí en Villarejo,. a un mes de Guisando, quedaba prácticamente rota la Concordia (jurada ante el Legado), por una negociación entre particulares. Rotura de la Concordia de Guisando en sus postulados esenciales. No podríamos esquivar esta realidad aunque no tuviésemos que partir de ella al tratar de las actitudes de la Princesa Isabel al casarse con Fernando de Aragón: ella se va a tomar todavía dos meses, hasta el 7 de enero, para firmar las Capitulaciones matrimoniales, al lado del Nuncio y Legado Pontificio.

    De estos acuerdos nada se dijo a Isabel; ni en lo que a ella. le concernía sobre su matrimonio; a sabiendas de que ella lo había repugnado siempre; desde 1465, lo había concertado el Rey su hermano, casarla con el Rey, ya viudo, de Portugal, en las Capitulaciones de Guarda. (D. V, 10-25).

    ISABEL: “e puesto que aquestas cosas así pendían y se concertaban, la Princesa doña Isabel jamás tuvo propósito ni voluntad de casarse con el Rey de Portugal, ni para esto jamás quiso dar su consentimiento". (E. del Castillo, 0.121, cronista oficial; los tres documentos que avalan esta síntesis narrativa, en B. N., Ms 18.691/24, original; A. H. N., Osuna, Leg. 1.860, n.0 20, original; A. E. N., Frías, o. 13, n.0 18, original).

    Cuando Isabel lo supo, no se tomó más tiempo para rechazarlo. Lo tenía ya rehusado desde 1465. Desde entonces, en tres años, había progresado la madurez de su buen sentido. Por eso fue ahora rápida su decisión del no. "Yo, lo rehusé".

    Y ponemos aquí una de las razones secundarias de la decísión, por ser anécdota donosa, documentada, de la joven Isabel: ni quería ser madrastra, ni haberse con "alnados”: “porque si a todas las madrastras, como sabeys, son odiosos los alnados e las nueras, quánto más lo fuera yo, de quien tan gruesa herencia se esperaba' (D. IV, 215).

    Lo que tuvo de ágil y pronta en rechazar esto, lo tuvo de lenta y medrosa en decidirse por lo definitivo, el candidato de Aragón. Allá por los reinos de su padre en guerra contra la insurrección catalana y la invasión de Francia, quedaba "el mejor mozo de España", Príncipe heredero como ella, y de su misma edad, Femando, del nombre de su abuelo el Infante castellano don Fernando de Antequera, colocado este en el trono de Aragón por gestión de san Vicente Ferrer con los compromisarios de Caspe; castellana, de Rioseco, su madre, la madre de Fernando el Católico, doña Juana Enríquez, hija del Almirante de Castilla; castellano de nacimiento su padre, Juan II de Aragón, que vio la luz en Medina del Campo. El gesto de san Vicente Ferrer había tendido entre los dos Reinos peninsulares, Aragón y Castilla, unos lazos de unión dinástica de los Trastámaras, no tan vulnerables como pudiera parecer a los intereses particulares de las oligarquías nobiliarias de uno y otro Reino; hilos tendidos por la Providencia, valiéndose de santos, como lo habían sido los que tendiera para la precedente unión de León y Castilla en san Fernando III. ¿Por qué vacilar en rendimos a un providencialismo de la Historia?

    El candidato de Aragón.

    Antes de Guisando, viviendo el Príncipe Alfonso, y siendo Isabel la Infanta oscura de su palacio de Segovia, ya trató el Rey de Aragón de casar a su hijo el Príncipe Fernando con la Infanta de Castilla, en un juego de matrimonios.

    En 1467 pide al Papa Paulo II dispensa para casar a Fernando con una de estas tres doncellas indeterminadamente: "con la Princesa de Castilla, o con la hija del Ilmo. don Ferrando de Nápoles, o con la hija del maestre de Santiago", Beatriz Pacheco (D. V, 37-43). Hay un momento en que la invasión angevina en Cataluña se refuerza con la de Luis XI de Francia, y entonces Juan II se centra en un matrimonio castellano, que garantice la ayuda de Castilla; es cuando destaca a Beatriz Pacheco, porque entonces todo parece indicar que el Reino de Castilla es el maestre de Santiago; no va descaminado el astuto monarca aragonés. Su primera embajada a Castilla es para concertar el matrimonio de Fernando "con la fija del reverendo maestre de Santiago" "que su Majestat es stada contenta e ha dado paraula de lo fazer"; y "no entiende mudar de propósito ni por la Infante de Castilla, ni aun por otra que, a modo de fablar, fuera senyora de todo el mundo". Isabel queda así desplazada (ignorante de ello, por supuesto...) por Beatriz Pacheco. Pero Juan II de Aragón necesita a Castilla; y Castilla es el maestre; aun entonces) viviendo el Príncipe Alfonso (D. V, 47-50).

    Pero inesperadamente muere el Príncipe Alfonso, e Isabel entra en el estadio sucesorio del trono. Entonces se cambian las tornas con celeridad inusitada; el Príncipe muere el 5 de julio; ya el 17 del mismo mes, a los diez días justos, con correos a "matacaballo", una nueva embajada por el mismo embajador, destaca la gestión matrimonial hacía la Infanta Isabel y el propio Fernando lo gestiona (D. V, 44-46).

    La insistencia por Isabel se reanuda en Aragón después de Guisando. Isabel es ya Princesa heredera. Toda una red de gestiones diplomáticas de Juan II de Aragón hacia los personajes claves del Reino: el maestre de Santiago, el arzobispo de Toledo, los Mendoza... (D. V, 51-53). Ya estas proposiciones le llegan a Isabel cuando ella ha descartado el combinado de Villarejo. Comienza aquí su positiva deliberación matrimonial.

    Deliberación de la Princesa.

    Dos meses de reflexión, de consultas privadas a los Grandes de uno y otro bando. Cartas a los monasterios pidiendo oraciones, petición de consejo a sus directores espirituales, principalmente a los franciscanos de Arévalo, y, entre ellos, al santo varón fray Llorente.

    Algo de esta deliberación nos ha mostrado ella misma; está ya en su mente LA UNIDAD NACIONAL.

    "Yo debía casar con el Príncipe mi señor, a) por ser su edad conforme a la mía". Una razón personal de buen sentido en mujer. b) una razón dinástica: "los merescimientos muy claros del Rey don Fernando de Aragón", el de Antequera, "hermano del muy esclaresçido... Rey don Enrique III, el Doliente; "abuelo de vuestra señoría e mio" (Escribe a su hermano Enrique IV). c) Fernando el Católico estaba detrás de Isabel en el orden sucesorio de Castilla; dice Isabel: "por ser tan natural destos regnos que, si Dios de mí dispusiese alguna cosa, a él, de derecho pertenesçía la subçesión dellos". Alta razón esta. Si Isabel no hubiera existido, o en Castilla hubiera ley sálica, era Fernando el sucesor del trono de Enrique IV en Castilla. d) La unidad nacional: "Porque los regnos que él esperaba heredar eran tan comarcanos y gratos a estos"; "y por lo que se añadiría a la corona destos vuestros regnos por causa de tal matrimonio". Al fondo está la unión jurídica de los Reinos peninsulares, no sólo la unidad de los patrimonios como sucedió con la soberanía hispano-germana del Rey-Emperador Carlos V

    Que también, y sabiéndose Princesa, "segund que ella dixo a sus confesores y religiosos devotos, nunca miró en este casamiento sino el bien y utilidad destos regnos de Castilla y León" (D.V, 112-113).

    "Aquí TOMEN EJEMPLO LAS DONZELLAS DESTOS TIEMPOS, cuánta discreción tuvo esta excelentísima y christianísima princesa; con quántas lágrimas y ayunos y oraciones encomendó a nuestro Señor Dios este su casamiento; quántas cartas escrivió a monasterios de monjas y frayles sobre ello, assí de la Orden de sant Francisco como de otras Religiones, segund que ella dixo a sus confesores... Y ya después de muchas oraciones y con el consejo divino, ella dió su consentimiento y fué casada con el Rey don Hernando".

    "E assi como fué encomendado a nuestro Señor Dios, fué traydo todo a buen puerto... Noten las donzellas cómo han de poner sus casamientos en las manos de nuestro Seíior Dios; y assí les sucederá en dalles nuestro Dios buenos maridos, como tienen dechado en esta excelentísima princesa". El párrafo es del religioso franciscano de Valladolid, que fue secretario particular de Adriano de Utrech en España, y, hecho éste Sumo Pontífice, Adriano VI, le acompañó a Roma y le asistió en su muerte. El refleja el estado de opinión de los franciscanos de Arévalo, a quienes trató, donde quedaban estas noticias sobre las cartas, consultas, petición de oraciones de la Princesa en su intensa deliberación matrimonial desde su confinamiento de OCAÑA (D. V, 112-113).

    MENOS ORACIONES, SEÑORA... Cuando pasaban ya dos meses de oraciones y consultas, sin que la Princesa se decidiese, su confidente y doméstico Maestresala, Gutierre de Cárdenas, secretamente al habla con los embajadores de Aragón y con el arzobispo de Toledo que vigilaba desde Yepes, dirige a la Princesa un Razonamiento cuya crítica histórica tenemos más por extenso hecha en nuestros archivos particulares. De este Razonamiento son estas líneas de aprernio a la decisión de la Princesa, que a ellos les parecía que pensaba las cosas demasiado; "Avés visto ya, señora, que todos los Grandes del Reyno, de quien sobre esta materia avés consultado, quier en público quier en secreto... vos han enbiado a dezir su parescer"

    "Y no sólo los Grandes, más los Prelados, los cavalleros, los clérigos, los fídalgos, los çibdadanos..., e, generalmente, TODOS LOS TRES ESTADOS E COMUNES DEL REYNO"...

    "y no lo tengays más en suspenso diziendo como siempre dezis que todas vuestras cosas, e espeçialmente esta, poneys en las manos de Dios; porque aveis de saber, señora, que la voluntad de Dios es aquella que des pues de tantas oraciones que le aveis fecho, declarardes e dixierdes que os plaze”...

    "E non dedes ya mas dilación”. (B. Acad. Hist. Col. Abella, X, 388r-389v).

    Presión oficial a la Princesa.

    En tanto que estas cosas sucedían, en aquel verdadero confinarniento de Ocaña, incomunicada de los más fieles amigos, la embajada portuguesa presidida por el arzobispo de Lisboa, permanecía pendiente de la decisión de Isabel. La Princesa inauguraba en las costumbres públicas de casamientos de reyes, un aplomo personal y una vindicación enérgica de su voluntad matrimonial: a poder de presiones de todo orden; voluntad personal que, por otra parte, le habían jurado tener en cuenta los que ahora no se la respetaban.

    Hubo un momento en que se quiso hacer una gestión mediadora, pero en forma de advertencia y de amenaza de perder la sucesión al trono, o aceptar el casarse con el rey de Portugal; como si estos hombres o la personal ceguera del maestre, quisieran acumular circunstancias de nulidad de un consentimiento matrimonial, así arrancado a una Princesa de 17 años. Hizo la gestión el Mendoza consorte, hijo "del buen conde de Haro", don Pedro Fernández de Velasco (el condestable del sepulcro de la catedral de Burgos); "y usó de palabras tan ásperas y rigurosas, que la Princesa con muchas lágrimas reclamaba a nuestro Señor para que la socorriese, de manera que pudiese escusar tan grande infamia y denuesto de aquellos Reynos" (Zurita, D. V, 110).

    Las lágrimas y el abatimiento, pero no el consentimiento. Brava doncella, que se aferra a Dios en esta última instancia de la resistencia y de las lágrimas.

    No se le insistió más a Isabel. Y el Rey Enrique, una vez más, de las pocas que se liberaba a si mismo, vino a decirles que no se empleasen esos métodos con la Princesa su hermana, que, por su natural no era amiga de violencia. Pero desde ese momento en que la Corte despide con buenos modos a la embajada portuguesa, está decidido el desheredamiento de Isabel, Esto suponía no ya romper el pacto político de Guisando, sino la esencia de la misma Concordia de las Vistas ante el Legado, a cuenta de aquellos señores que de su iniciativa tan temprana y por su cuenta, habían dado el primer paso, ellos, con sus acuerdos de Villarejo; porque Isabel, ni entonces ni jamás en lo sucesivo, se apartó de lo sustantivo de las vistas; jamás retiró ni vaciló en retirar su reconocimiento, y el de los suyos, al Rey legítimo, su hermano Enrique IV, aunque ellos tratasen de retirarle a ella el reconocimiento correlativo de Princesa heredera.

    Y todo porque le habían faltado a la Princesa, por ellos, las seguridades pactadas, sin las cuales no quiso ir a Guisando: el respeto a su voluntad matrimonial: "que en el casamiento mio non se dispornía ninguna cosa contra mi voluntad... E con esto yo Ni a las vistas de Guisando muy pacíficamente a verme con el dicho señor Rey". (Su carta a las ciudades y villas del Reino; la de Murcia en el Cartulario Real; D. IV, 211).

    Para todo esto era necesaria la moderada violencia de llevarse de Ocaña a la Princesa, detenida, al alcázar de Madrid; dice ella misma: "Porque yo en esto no quise venir [en el combinado de Villarejo] fué algunas vezes tentado de me llevar forçosamente al alcáçar de Madrid, con el prosupuesto de me desheredar... E para me llevar e poner en la dicha opresión, vinieron e estovíeron algunas vezes GENTES ARMADAS DEL DICHO SEÑOR Rey, e por su mandao dentro en el palacio". "E de fecho se fiziera si en otro logar me hallara que AL MAESTRE DE SANTIAGO non fuera tan cargoso, por las grandes seguridades que me tenían da-das". Estas seguridades eran las tropas del arzobispo de Toledo instaladas en la vecina villa de Yepes, dispuestas a intervenir; y más a retaguardia, digamos, las del Almirante de Castilla. Sigue Isabel escribiendo al gran público de las ciudades de todo el Reino: "Conmigo no se cumplía nada... cada día se me fazían amenazas por qualquier cosa que yo non fiziese a su grado e en daño mio: que traerían allí a la reyna e a su fija... en qualesquier seguridades que se me pedían, SE ME PONIA POR PENA EL PERDIMIENTO DE LA SUPÇESION, buscando achaques para me la quitar contra toda justicia... Fué a mi certilicado que se avía jurado sobre la Hostia al arçobispo de Lisbona que POR GRADO O POR FUERZA me farían fazer el dicho casamiento”, con el Rey de Portugal. (Arch. de Murcia, Cartulario, en D. IV, 215-216).

    Trazamos sólo el esquema de la vía dolorosa de Isabel en sus días de Ocaña, que, en su día desarrollaremos por extenso. Y si bien caminamos con nuestras propias seguridades críticas en lo que decimos y escribimos, este documento de la propia Isabel, en el día en que redacto estas lineas, ha recibido el refrendo crítico más serio y cumplido que pudiera un historiador apetecer... Y de esto, no más por ahora.

    Enrique IV, pide al Papa el desheredamiento de Isabel.

    El hecho es cierto, aunque no hemos visto los papeles que se enviaron a Roma pasadas las Navidades de 1468. Pero está bien hecho el único planteamiento y seguido el único camino que las cosas exigían. Una Legación Pontificia como la de Guisando, no puede deshacerse si no es por el Papa. No es fácil que el Papa deshaga lo hecho por una Legación suya, y a los cuatro meses de realizada. Este único camino, si bien era audaz, le sigue Enrique IV: el de Roma. Veamos lo que sucede.

    El Rey se toma unos días de sosiego en las Navidades. Pasadas éstas, envía a Roma los papeles de una embajada escrita. Al no haber podido ver nosotros estos papeles, escribiríamos con sordina sobre esta embajada. Pero narrativamente nos la describe quien ¿a llevó en sus manos: el cronista oficial del Rey, su capellán Diego Enríquez del Castillo; aunque lo hiciera un cronista de la Reina, Pulgar por ejemplo, si hubiera sido el portador (y pudo serlo, porque entonces Pulgar estaba en la Corte del Rey) también lo hubiéramos aceptado. Pero al gran público sigue diciendo más el que lo haga la parte del Rey, que es la oficial. Dice Castillo:

    “...E así, escritas ciertas cartas de su propia mano [del Rey], una para el Papa Paulo en que suplicaba con grand instancia que no confirmase la subçesión de los Reynos a la hermana, salvo solamente a su hija doña Juana; otra para su Procurador en Roma, que con diligencia solicitase con el Papa que no consintiese lo concertado; otra para el Rey de Portugal, que él asimesmo escribiese al Papa sobre ello”.

    "E así escritas, MANDÓ A MI" Aceptamos el propio testimonio del portador. "Mandó a mí que secreta e disimuladamente me partiese e las llevase a la Reyna su muger, que estaba en Buitrago con la hija, para que luego enviase a Roma, a más andar, persona diligente que lo supiese negociar. Donde yo llegado, se dió tal ordenamiento, que luego partió un mensagero para Roma, e otro para el Rey de Portugal”...

    "Muy ocultamente ¿legué a Buitrago de noche, y me partí antes del día". Pero se enteró el arzobispo de Sevilla, uno de los tres garantes del pacto de Guisando, que “desamaba mucho a la Reyna, tanto que procuraba su destruición” desde que ésta se fugó de su custodia en Alaejos en esperanza de un hijo que no era del Rey. (Sentimos que la historia nos mande escribir esto). "Salvo que EL MAESTRE, DON JUAN PACHECO, HABlA SIDO EN AQUEL TRATO". Subrayo esto, intencionadamente, en descargo del Rey.

    Y pienso que persona tan allegada a Rey y Reina, como el sacerdote y cronista oficial, sienta el mismo rubor y deber al decir en la misma narración: "Verdad es que, segund la deshonesta vida de la Reyna doña Juana, su muger, fué grand sospecha en los corazones de las gentes sobre la hija que avía; ca muchos ·dubdaron ser engendrada de sus lomos del Rey, por donde nasció toda la novedad de la subcesión". "Pero ni por eso el Rey jamás la denegó por su hija" (Castillo, c. 121).

    Y esta es, precisamente, la razón de que la Iglesia interviniera en resolver la cuestión sucesoria, por una Legación que, para salvar la paz del Reino, la ponia a cubierto de los riesgos de una frustración dinástica, destacando, LA IGLESIA, al trono de Castilla a la hermana cierta del Rey, en lugar de la hija dudosa. Era entonces normal el que estas cuestiones fueren avocadas a un arbitraje del Papa, aceptado por todos. Esta es la carta positiva del Papa Paulo II en la cuestión castellana de 1468. En sus manos pasa Isabel la Católica a la herencia del trono de Castilla. Pasar por alto este hecho soberano en la biografía de Isabel, o tratarlo con sordina, sería hacer honor menguado a los deberes de la Historia.

    El PAPA, Paulo II, si recibió esta embajada, no la atendió. No deshizo lo actuado en Guisando por su Legado. Pasarán dos años y sabremos que el Papa sigue manteniendo la Legación de D. Antonio de Véneris (carta desde Roma, del Arzobispo de Monreal Auxias Despuig, a Fernando el Católico; D. V) de lo cual hablaremos en su lugar propio.

    Por su parte Isabel mantiene su reconocimiento al Rey legítimo su hermano; más aún en las mismas fechas en que Erinque IV pedía al Papa su desheredamiento, ella obligaba por cláusulas firmadas en las Capitulaciones matrimoniales de Cervera (7 de enero) a su prometido Femando de Aragón, el reconocimiento y obediencia a la legitimidad de Enrique IV por todos los días de su vida (D. V, 99-108. Original de Simancas). Es una coincidencia de contraste y de fechas en dos hechos secretos: el mensaje del Rey a Roma, y el mensaje de la Princesa a Cervera.

    La cláusula irreversible.

    Lo de Guisando no es solamente la solución práctica que se da para asegurar la sucesión dinástica. Aunque el Papa lo realiza y lo anuda con juramentos canónicos, esto seña una solución diplomática por firme que fuese. Hay algo más, que ya es interno y jurídico.

    Tres veces se ha dicho y estampado en la Concordia, que Isabel ha de pasar a ocupar el trono en su día para que no falten descendientes legítimos de la generación del Rey. Una vez, en el Acta Notarial, otra en la Carta-comunicación a las ciudades, una tercera en el Pacto.

    Esto supone que "la hija de la Reina” no es un descendiente legítimo de la generación del Rey; porque silo fuera, ella, la hija del Rey, y no la hermana, sería la sucesora.

    "Si el llamar a Isabel legítima heredera implica reconocer ipso facto la ilegitimidad de la hija de la Reina, los cronistas tienen razón en el fondo, aunque no se ajusten demasiado a la forma: Enrique Iv reconoció esta ilegitimidad" (Suárez, Hispania, 23, 360). La forma, en los autores de los documentos citados, tenía "que conjugar ambas cosas: ilegitimidad y respeto a la corona" (íd. íd.). Esta forma "es únicamente un esfuerzo para salvar el malparado honor del monarca" (íd. íd.). No en vano se trata de un reconocimiento y concordia ante un Legado del Papa, en el que cuidan y extreman las cuestiones de forma en la redacción del documento para salvar, en lo posible, el respeto y el decoro del Rey. Si bien la cláusula que dejamos antes explicada, no ha salvado el honor de la Reina, ni "de un año a esta parte”, ni de entonces atrás, por más esfuerzos de redacción y de asepsia que en esta cláusula se hayan hecho.

    Las cláusulas de los tres documentos, "son un testimonio irreversible". Aunque la nueva Princesa dejase incumplidos compromisos de cualquier género (que hemos visto no sucedió así), "podía acarrearle un castigo por parte del Rey, pero no añadia un áptce a los derechos de doña Juana, de los que nadie hacia mención" en ninguno de los dichos documentos de Guisando. "Por poco que hubieran tratado de salvaguardarse estos, se hubiera previsto, PARA EL CASO DE FALLECIMIENTO DE ISABEL, una reserva en su favor"; en favor de la hija de la Reina (Suárez, Id., 365). Pero ni eso se hizo.

    Las cláusulas jurídicas no dejan en los documentos ni esta salida.

    Por todo esto iba demasiado comprometida, en todos los ni-veles, esta embajada que ahora en la Navidad de 1468, envía Enrique IV al Papa Paulo II para que éste deshaga los hechos de la Legación.

    Paulo II no atendió esta petición ni movió los hechos del Legado en toda su vida, como se verá más abajo. Y su sucesor Sixto IV, los reafirmó con una nueva Legación: la de Rodrigo de Borja, Vice-Canciller de la Curia Romana, en 1472.

    Por donde Isabel la Católica, pasa al trono de Castilla con intervención de dos Papas, en dos Legaciones Pontificias.

    Nueva intervención del Nuncio.

    Diciembre, 1468.

    En estos meses de los sucesos de Qcaña, no había aparecido el Legado Pontificio. Ahora en diciembre, hacia fines, aparece de nuevo. No sabemos si cumplimentó al Rey; es de suponer. El aparece al lado de la Princesa. Y aparece para aconsejar y apoyar su decisión de casarse con el Príncipe don Fernando de Aragón. La intervención es tan secreta como lo es toda la gestión. aragonesa para este matrimonio. Pero esta circunstancia no in-valida las soluciones del Legado. Don Antonio de Véneris observa que Isabel mantiene su reconocimiento al Rey su hermano, a poder de situaciones; más aún, que se dispone a exigir al Príncipe don Fernando este mismo reconocimiento a Enrique IV, expreso y matizado a placer en el texto de las Capitulaciones matrimoniales que un mensajero va a llevar a Cervera, de Aragón, donde el Príncipe las firmará el 7 de enero, y el 12 su padre Juan II en Zaragoza (D. V, 99-110). El Legado ve que Isabel cumple el objetivo esencial de su Legación.

    Sin más distingos sobre los textos de Guisando el Legado aprueba y apoya la decisión matrimonial que, a continuación, y con este refrendo, va a tomar Isabel. Los textos de esta nueva intervención del Nuncio van a exponerse a continuación.

    La decisión de la Princesa.

    Todas las impaciencias de la embajada aragonesa ante la lentitud de Isabel en tomar la decisión que maduraba, los apremios de su Maestresala Gutierre de Cárdenas, atreviéndose a decirle aquello de menos consultas y menos Oraciones ya, tenían una explicación en la condición de Isabel, de madurar las cosas y des pués mantenerlas firmes; impronta de su vida futura de Reina. Pero hay aquí otra explicación: mientras el Nuncio no intervino, ella retuvo la decisión

    Esta firme resolución de la Princesa, coexistente con la em bajada del rey al Papa, fue en la última quincena de diciembre; pero la expresión documental más codiciable aquí, está en una carta posterior, autógrafa, del embajador Ferrer a su monarca Juan II de Aragón, del 30 de enero:

    "LA SEÑORA PRINCESA DICE QUE OTRA COSA NO PODRAN SACAR DELLA SALVO EL REY DE SICILIA [el Príncipe Fernando]. Y ESTE HA DE SER, Y NUNQUA OTRO NINGUNO”.

    Y añade el embajador: “Las Cosas están tan bien para vuestra señoría, que non pueden mejor, ni nunqua tales estuvieron". (D. V, 54-56).

    El Nuncio v la dispensa secreta.

    El Papa tiene un Legado en Castilla para todas estas incidencias; y está ahora al lado de la Princesa.

    Isabel pide al Legado su consejo; se pone con él de acuerdo y en virtud de ello da su consentimiento para casarse con Fernando de Aragón: ... "Antonio de Véneris, obispo de León, Nuncio del Papa, con cuyo acuerdo y consejo quiso la Princesa que se concertase el matrimonio, y dio a él su consentimiento, por no tener la dispensación apostólica" (Zurita, D. V, 58). Una dispensa apostólica puede darse o por la potestad ordinaria, o por potestad delegada; para establecer el vinculo matrimonial, no es indispensable la bula pública de dispensa, que, como en este caso, puede venir más tarde. La Princesa, pues, da su consentimiento a aceptar su matrimonio, de acuerdo con el Nuncio y con el consejo de él; y no se trata solamente del hecho extremo de elegir a Fernando entre los otros candidatos, sino del hecho interno relativo a la conciencia de la Princesa y a la dispensa del impedimento.

    Hay algo más expresivo aún por documento; una carta cifrada, desde Ocaña al Rey de Aragón, preparada por su embajador principal en Castilla, el condestable de Navarra Pierres de Peralta; carta que ha poseído Zurita y da fundamento al texto que acabamos de citar. El embajador comunica al Rey que el Nuncio ha resuelto el problema interior de la Princesa para el matrimonio, al no poder otorgar el Papa una bula pública: "De lo espiritual, nada nos /alta”. Se refiere al hecho interior claramente. La razón de esto es la acción del Legado Pontificio: "El Legado es en todo”. Y esta acción tiene lugar en aquellos días, y rigurosa-mente secreta: "En días de esta semana se concluirá la cosa de secreto sobre que sontos". El secreto del Nuncio se corresponde con la reserva del Papa. Si el Santo Padre no puede dar una bula pública que le compromete, no puede el Nuncio intervenir en lo externo e interno del matrimonio públicamente. Es un secreto también de oficio, que compromete a la Santa Sede. Por esto mismo añade el embajador al Rey en esta carta cifrada: "Mire vuestra Alteza de cómo las cartas no caigan en manos de acá, que fasta los abecedarios llegan a entender, e non dubde en ello”, e, insistiendo: "E de esto, sed cierto, Señor". (D. V, 64-66). De aquí, como de Guisando en su proclamación de Princesa, parte la seguridad con que Isabel procede y actúa en su matrimonio. Podrá en cualquier momento decir ante el Reino: “yo tengo bien saneada mi conciencia", sin que nada le obligue a revelar el secreto de Ocaña, que es secreto de Santa Sede. Y añadir a quien haya pretendido tocar este asunto: ”Vuestra Señoría non es juez de este caso”. (D. VP 218). Sobre las amenazas al Papa si otorgaba una bula de dispensa, infra PP. 85-87.

    Cuando muere Paulo II y las circunstancias cambian, en diciembre de 1471, el nuevo Pontífice Sixto IV, podrá expedir la bula pública y enviarla a los Príncipes Fernando e Isabel por medio de un nuevo Legado a látere, don Rodrigo de Borja, futuro Alejandro VI. (D. V, 223-224, original en Simancas).

    En consecuencia de todo esto, Isabel no pactó en las inmediatas Capitulaciones matrimoniales el pedir la dispensa al Papa como se hacia siempre en esta clase de documentos. Sabia que ni era necesario ni procedía molestar en Roma sobre este asunto. Una de las fechas de intervención del Nuncio, es el 4 de enero (D. V, 160-161). Las Capitulaciones matrimoniales se firman ya en Aragón el 7 y el 12.

    Sin embargo lo hacía por su cuenta el tenaz Rey Juan II de Aragón, padre de Fernando. nos veces insistió este monarca en Roma; en una, septiembre de 1469, el Papa contestó a los embajadores de Aragón: que se casen los Príncipes; después se les otorgará la bula (D. V, 37-43; comunicación de los embajadores en catalán) - Esto no significa ni puede significar, con evidencias que excluyen distingos, sino una dispensa verbal del Papa; siempre útil para la historia, pero que los Príncipes no recabaron ni juzgaron necesaria, como a continuación decimos. Frase "tres precieuse" dice, del lado francés, el profesor de Toulouse J. Calmette, para entender la verdadera postura del Papa Paulo II, en el matrimonio de los Reyes Católicos ("pour juger de l'attitude prise per la Saint Siege dans la question du mariage des rois catholiques' (Louis XI, Jean II..., Toulouse 1903, p. 554).

    La segunda vez en que insistió, ya intervino con respeto y energía su hijo Fernando, en acuerdo con Isabel, para decir a los embajadores aragoneses en Roma, y al mismo tiempo a su padre mismo, que no hubiera este molestado en Roma, "el dicho señor Rey scrípto non oviera, si supiera el estado de los fechos de aquá". Y aquí la frase de Femando y de Isabel, lapidaria para esta profunda cuestión: "POR QUANTO DEMANDAR LA DICHA DISPENSACION, NON ES NECESARIO”; y no siéndolo, "Ni cumple por el presente al servicio nuestro ni de la dicha Illustrisima Reyna e princesa” (Reina de Sicilia y Princesa de Castilla) (D. V, 137-143).

    Este es el texto de los Príncipes, Han circulado recientemente sobre estas cartas no sé qué textos incompletos que mutilan o citan a medias estos documentos de la Biblioteca Nacional.

    Estos hechos secretos de Ocaña, de enero de 1469, "los fechos de aquá", que son la intervención autoritativa del Nuncio, son la piedra de toque de todo lo que después sucede en materia de la solución secreta y válida que dio el Legado al matrimonio de la Princesa Isabel.

    Y no seríamos justos con las personas, si nos acogiéramos a la fácil condescendencia con la buena fe de la Princesa, así aconsejada y arropada de Prelados como el Nuncio, el arzobispo de Toledo y el obispo de Segovia. La Legación concreta de don Antonio de Véneris, es plenipotenciaria, para hacer las veces del Papa en la cuestión castellana, "con plena potestad”, aunque hubiere de tratarse de "incidencias" y "emergencias" imprevistas: "etiamsi talia esset quae mandatum exigerent magis speciale et in generali commissione non caderent, faciendi et exaequendi plenam et liberam, tenore praesentium, concedimus facultatem, auctoritatem et potestatem" (Bula de Paulo II al Legado, 11 de mayo 1467, Arch. Vaticano, Reg. Vat., v. 519, It. 251v-253r).

    Suponemos en los historiadores el respeto y el rendimiento que supone el dar paso en estas materias a los canonistas, para menos riesgo y más honor de la Historia misma.

    El Nuncio y la bula del Acta del matrimonio.

    En gracia al gran público, no obligado a precisiones de la investigación, históricas o canónicas, pero merecedor de una orientación que le ponga a cubierto de frivolidades o relatos a medias, añadimos que esta intervención del Nuncio en la conciencia de Isabel y en la disciplina del sacramento, es el punto de referencia: de partida y de retorno de los hechos y documentos que se produzcan en lo sucesivo en tomo a esta cuestión de la dispensa secreta. Hechos y documentos que ni avalan ni invalidan las actuaciones del Legado Pontificio en Ocaña.

    Uno de estos hechos, que no avala, es la bula que figura en el ACTA del matrimonio celebrado en Valladolid el 19 de octubre de 1469, bula preparada por el Nuncio y el arzobispo de Toledo, con un instrumento ejecutorio del obispo de Segovia firmado por él en Turégano el 4 de enero, tres días antes de la firma de las Capitulaciones matrimoniales: 7 de enero en Cervera. Se extiende este documento a nombre de un Papa anterior, Pío II, que no comprometa al Papa reinante Paulo II. Bula que no funda derecho ni establece vínculo en Valladolid. ¿Por qué si no era necesaria, y menos necesaria que la del Papa reinante, en el entender de los príncipes? A esto respondieran mejor los tres prelados que la redactaron, con impecable estilo y forma curial romana. Por ellos pudiéramos responder que en Valladolid iba a celebrarse la ceremonia pública del casamiento en la faz del Reino y con dos mil invitados (Acta, D. V, 159-162). O se revelaba el secreto del Nuncio, y para eso mejor se daba una bula pública del Papa reinante, o se daba un escándalo público: todo el mundo sabía que eran consanguíneos. Ni podía revelarse el secreto ni podía darse el escándalo. Y el Nuncio con los Prelados de Toledo y de Segovia, llevan desde Ocaña al Acta de Valladolid esta ficción de derecho, que sin comprometer al Papa en sus problemas internacionales, evitase el escándalo al que no se hubiera prestado la Princesa, ni ellos, por supuesto. Cuando las circunstancias cambiasen, podría revelarse el secreto de la dispensa de Ocaña o dar el Papa la dispensa pública de una bula. Si así procedieron, obraron con corrección diplomática.

    El otro hecho y documento, dos años después, diciembre de 1471, es el de la bula pública de Sixto IV. Paulo II murió en Julio sin haberla dado, pero dando pruebas y explicaciones de su razón. Estas fueron las amenazas y preparativos de Luis XI para la celebración de un concilio contra Paulo II, como exponemos en el cap. VI (PP. 83-87). Los Príncipes, Femando e Isabel, por razones que vamos a conocer a continuación, necesitaban ya el documento público, ante Francia principalmente. Sixto IV lo otorga, a poco de ser elegido Papa y cuando ha madurado un plan de unidad europea de Príncipes cristianos frente al turco. Ideal y necesidad común. Para ello envía cuatro Legaciones Pontificias a otros tantos países de Europa: a Francia va como Legado el cardenal Besarión; a España, Rodrigo de Borja, futuro Alejandro VI. Este llevará en mano a los Príncipes la bula de dispensa de Sixto IV. Esta bula no hace mención del hecho anterior de las actuaciones del Legado de Paulo II, que son tan ciertas como la bula. misma. Como si no hubieran existido. Se concreta en un formulario común de cancillería. Pero ello no invalida los actos de don. Antonio de Véneris en Ocaña en enero de 1469. Hay que volver al punto de referencia de estos hechos. Y esta nueva Legación Pontificia, la de Rodrigo de Borja, sitúa las cosas llanamente en. la plataforma política internacional, y da paso a la Princesa Isabel hacia el trono de Castilla.

    IV. Liberación de la Princesa: de Ocaña a Valladolid; su casamiento

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    De Ocaña a Valladolid. Su casamiento

    (Enero-Octubre 1469)

    Los meses de enero a mayo de este año 1469, Isabel permanece en Ocaña, y desde allí tienen lugar los preparativos para su matrimonio sin que el horizonte se le abra sobre el modo de poderlo realizar.

    Enrique IV y los tres fiadores del Pacto, entendidos con los. Mendoza, están a la espera de la respuesta del Papa a su petición. de desheredamiento de Isabel; han renunciado a llevársela al alcázar de Madrid. Entre tanto, ella con el arzobispo de Toledo, el Almirante de Castilla y los embajadores de Aragón, dan los retoques necesarios a las Capitulaciones matrimoniales y a los contactos por escrito con el Rey de Aragón y con el Príncipe Fernando oteando las posibilidades de verificar el matrimonio.

    Estas se presentan a primeros de mayo. El Rey prepara un viaje por Andalucía para tratar de atraerse a aquellos Nobles y ciudades que todavía no han querido prestarle la obediencia concordada en Guisando, y son partidarios del enlace de Isabel con Fernando. "Flores de Aragón, dentro en Castilla son" (Bernáldez,. en Sevilla).

    El Rey deja en Ocaña a la Princesa, y, a su cargo, al conde de Cifuentes y al obispo de Burgos. Es la Ocasión para que el arzobispo de Toledo trate de recuperarla y llevársela a la capital de su diócesis.

    Isabel sale de Ocaña y se dirige a Arévalo, "la más honesta estancia".

    Isabel se decide a salir de Ocaña, y dirigirse no a Toledo, con el arzobispo, sino a Arévalo, con su madre, "por ser aquella la más honesta estancia que yo podía aver, en tanto que Nuestro Señor disponía de mi aquello con que El más fuese servid,o" Preciosa frase de juventud ante un horizonte cerrado. (D. V, 216). Ella no se consideró obligada a permanecer en Ocaña, ni menos prestó juramento de tal (E. del Castillo, c. 128). "E non se podrá hallar nin hallará que yo a su Alteza diese ninguna seguridad que me obligase a estar en la dicha villa de Ocaña fasta que su merced viniese". (D. IV, Id.).

    Ella da las razones de su salida; dos principales: 1º Que "yo era avisada e certificada de algunos principales del su consejo”, del Consejo del Rey, "que aquello era a mí una fermosa prisión para en tanto que su merced asentaba los fechos del Andalucía". 2º Que también "fué a mi çertificado que se avía jurado sobre la ostia al arçobispo de Lisbona que POR GRADO O POR FUERZA me farían fazer el dicho casamiento" con el Rey de Portugal. (D. Id. Id.). En efecto, dos semanas antes de su salida de Ocaña, y al pie del estribo para la salida del Rey a Andalucía, el 30 de abril, se habla firmado una tercera confederación de Nobles para forzar a la Princesa a casarse con Alfonso V de Portugal, hasta el punto de que si ella se negaba, se obligaba al propio monarca portugués a entrar en alianza para declarar la guerra a los Príncipes Fernando e Isabel y expulsarlos de Castilla. (AHN, Frías, c. 13, n.0 18).

    "E ansí, continúa Isabel, como persona que quedava libre, yo acordé de me partir de allí e de me ir a la villa de Arévalo... e estar allí en compañía de mi señora la Reina", su madre (D. IV, Id.).

    En el camino se le anticiparon las órdenes del Rey o del maestre; y el conde de Plasencia, uno de los tres de Guisando, que pretendía la villa de Arévalo, ordenó al alcaide del castillo apoderarse de la Reina madre y expulsaría de la villa; "e desapoderó e echó de ella a la dicha Reyna mi señora, tan inhumana e deshonestamente que es dolor de lo decir e gran vituperio de lo sofrir a los naturales destos regnos".

    Dolor y homenaje a su madre es 10 que sigue al hablar del vituperio inferido "a los que fueron servidores y criados del Rey mi señor e padre de gloriosa memoria, cuya muger fué e cuya honra guardó ella en su vida, e después, como a todos es manifiesto".

    La Reina madre se refugió en su otra villa de Madrigal. "E por esta causa, continua Isabel, yo me ove de ir para su merçed a la villa de Madrigal".

    Su ideal había sido encontrarse con su madre en Arévalo, y después llevársela consigo a Ávila, ciudad fuerte de Isabel, donde sin duda ella proyectaba realizar su matrimonio. Segura hubiera sido también Toledo con el arzobispo; y este prelado había dado ya noticia al Rey de Aragón antes del 9 de marzo, de que la Princesa estaría allí (B. N., Ms. 19.698/10 y Gual Camarena; en Saitabí, VIII, d. 78; Vicens, Fernando II..., 251).

    En Madrigal.

    El cardenal-embajador francés.

    Aquí van a llegar pronto las órdenes de detención de la Princesa. Estas se retrasan y permiten a Isabel residir en su villa natal con su madre, dos meses. El retraso de las órdenes de detención se debió a la llegada de la embajada de Francia, presidida por el cardenal de Albí, el Atrebatense, Juan Jouffroy. Esta embajada, que encuentra al Rey Enrique en Córdoba a fines de junio, trae dos objetivos: establecer la alianza con Castilla, deshaciendo la que Inglaterra tenía por el tratado Westminster, y el casamiento del duque de Guiana, hermano y posible heredero de Luis XI de Francia, con la princesa Isabel. Aquí está ya el candidato de Francia, tardíamente. Isabel ya había firmado las Capitulaciones con Fernando; el Rey y el maestre acababan de hacer la tercera concordia para casarla, como fuera, con el Rey de Portugal (30 de abril; supra). La audaz insistencia, favorecida por los viejos compromisos del maestre de Santiago con Francia, hizo, que esta proposición prosperase. El Rey cedió de nuevo; el cardenal embajador podría verse con la Princesa en Madrigal. De regreso hacia Francia, tuvo lugar esta histórica entrevista en el salón de embajadores del Palacio de Madrigal, hoy monasterio de Agustinas. La joven Princesa tuvo que habérselas con aquella embajada: "Allí vino el cardenal de Albi, que venia del dicho señor Rey, por el qual me fue movido e aquexado, de parte de su merçed, que yo casase con el duque de Guiana. Lo qual rehusé por algunas cabsas razonables" (D. IV, 216). Por-que "quanto quier que sea el duque de Berri escelente y muy noble príncipe, pero que su advenimiento a la corona de Francia... es dudoso" (Carta de Isabel, Valladolid, 8 set. 1469. Escorial 23-1V-a). En efecto, el esperado hijo y heredero de Luis XI, Carlos VIII nacería dos años después. Las profundas razones, expuestas en la mesurada carta de Isabel al Rey, de 8 de septiembre.

    No hubo en absoluto posturas tirantes en Madrigal. Hasta noviembre de este año, casados los Príncipes, no se enteró Luis XI del que había sido fracaso de esta embajada de Madrigal; es entonces cuando el francés monta en cólera contra la Princesa. En Madrigal con el cardenal, Isabel dio buenas palabras sobre pensarlo y consultar a los Grandes del Reino: "La Princesa, con gran discreción, respondió no aprobando ni negando lo que el cardenal dezia, mas con gran modestia, en breves palabras, diro que ella avía de seguir lo que Zas leyes destos regnos disponían” (Valera, Memorial, ed. Carriazo, 145).

    Para el moderno Calmette, fue éste "el más infausto suceso de la diplomacia de Luis XI' (Louis XI, Jean II, bubuse 1903; Vicens, Juan II.,., Barcelona 1953, 326). El cardenal embajador había triunfado en cuanto a la alianza con Castilla; y fracasado en cuanto al matrimonio de la Princesa.

    Intentos de detener a Isabel en Madrigal.

    Pasado el lance de la embajada francesa en Madrigal, la Corte de Castilla, viajera en Andalucía, sólo pensó en detener y apoderarse de la Princesa. Lo sabemos por ella misma y por la documentación de Madrigal que ella cita; carta al Rey su herma-no: "Vuestra señoría daba orden de que yo fuese opresa y enagenada de mi libertad, segund pareció por algunas cartas mensajeras que vieron a mi noticia" ¿Las que recibieron sus damas, entre ellas Beatriz de Bobadilla?

    ... Y por la Carta Patente que vuestra Alteza mandó al Concejo de la villa de Madrigal, mandando que me detuviesen y apremiasen, segund que por la dicha carta original... se puede ver", Isabel tenía muchos y buenos amigos en Madrigal; en el Concejo mismo. Y sucedió aquí lo mismo que en la primera amenaza de Ocaña de llevársela al alcázar de Madrid; sigue ella misma: "Por lo qual me fue necesario enviar por el muy Rvdo. In Christo padre don Alfonso Carrillo, arçobispo de Toledo, Primado de las Españas, para que viniese luego, doquier que yo fuese"; este se encontraba lejos, en Alcalá de Henares; pero el Al-mirante de Castilla, vigilaba más de cerca los movimientos de Madrigal: "Y, en tanto,,, mandé venir algunas gentes del Almirante, mi tío, que estaban mds cerca".

    De momento, para no comprometer a sus amigos de Madrigal, "por quitar los miedos que algunos cautelosamente ponían a los vecinos de la dicha villa", dejando en Madrigal a su madre "se vino al monasterio de monjas que es fuera de los muros"' (Valera, 160); y muy pronto se hizo allí insostenible su estancia; por tanto, sigue ella, "yo me partí dende y me fui a Hontiveros". Era el camino de Ávila, donde ya había hecho saber Isabel a Fernando que allí le esperaría (Gual, Saitabi, d. 78 y Vicens Id., 251).

    Tampoco estaba segura en Hontiveros. Las mismas amenazas y órdenes de detención: "las formas que vuestra alteza mandaba conmigo tener"; "por lo qual acordé de me ir a la mi cibdad de Avila", ya sin su madre. (Carta, rd.). Aquí hubiera podido ser lo del matrimonio; pero la circunstancia de la peste, y las condiciones más seguras de Valladolid, tierra del Almirante (Rioseco) y del conde de Buendía (Dueñas), determinaron a la Princesa a encaminarse a esta villa, principal del Reino, donde había muerto su padre Juan ir, y había nacido su hermano Enrique IV. Desde Hontiveros "me fué necesario venir a esta noble villa de Valladolid, logar bien sano, Dios loado, y más seguro y pacifico.", desde donde escribe al Rey su hermano, revelándole todo su itinerario y sus intenciones de celebrar el matrimonio con Fernando de Aragón (8 de septiembre).

    El collar de balages,

    obsequio nupcial de Fernando.

    Ella tenía informado a Fernando de sus movimientos desde Ocaña. Y el arzobispo de Toledo había enviado a Alonso de Palencia (el cronista) a Aragón a comunicar al Rey y al Príncipe estas nuevas. El Príncipe don Femando se trasladó a Valencia a recoger el collar, allí empeñado por su padre. Isabel aprendería pronto el camino de estas casas de empeño de Valencia,.. El 19 de julio tenía ya Fernando en su poder el collar; riquísima joya valorada en cuarenta mil florines, que Juan II donaba a su hijo para que, a su vez, “lo puixa donar a la dita illustrísima prinçesa per joia e ornament, entre les altres coses, de la sua persona" (Tres documentos inéditos,,, en Boletín A. de la H., 1902; Vicens, Id., 253). Joya que, como obsequio nupcial, tuvo que producir en Isabel la natural ilusión de prometida. Pero.., de Valencia viene y a Valencia volverá, no tardando, en larga permanencia en las casas de empeño; y más tarde, y en la misma casa, al collar acompañará la propia "Corona rica” de la Reina Isabel, donde ambas joyas estuvieron hasta después de su muerte. (Simancas, Contaduría Mayor, 1ª época, Leg. 189. Testamentaría, Cargo de Juan Velázquez). Las necesidades del Reino y el desprendimiento de los bienes de este mundo, tuvieron en juego las más preciadas joyas de la que ahora es Princesa y novia.

    Partieron juntos de Valencia, con esta preciada joya, el emisario del arzobispo de Toledo y el embajador del Rey de Aragón, Pedro de la Caballería el 7 de agosto a encontrarse con la Princesa, en Madrigal o en Hontiveros, camino de Valladolid (Palencia, Décadas, II, 233; Vicens, Id., 252-254).

    En Valladolid.

    Isabel está en Valladolid a fines de agosto. El día 8 (el 12?) de septiembre escribe al Rey la mesurada y prolija carta de la que hemos tenido muchas de las noticias precedentes. En ella pretende abrirse con su hermano el Rey, a poder de interferencias políticas y de corte; darle todas las noticias relativas a la preparación de su matrimonio y ofrecerle su reconocimiento y obediencia como Princesa: la esencia de la concordia de Guisando, cuyo Legado Pontificio había bendecido su matrimonio con Fernando de Aragón. Carta "muy razonada en el fondo y muy respetuosa en la forma", dice el propio Sitges con cordura que le honra; y añade: "Es indudable que en este asunto doña Isabel estaba más acertada que su hermano y que el marido que había elegido era el que más convenía a los intereses de Castilla", (y a los de Aragón) "por más que no le gustara ni al Rey ni al marqués de Villena" don Juan Pacheco, maestre de Santiago (Sitges, La excelente señora, vulgarmente llamada doña Juana la Beltraneja..., Madrid 1912).

    Son dos objetivos los que Isabel persigue: cumplir consigo misma y con sus sentimientos, ofreciendo al Rey su obediencia y unión; y atraerse a éste su hermano, tan mediatizado por el valido y los políticos. La carta es un precioso documento, en todo su texto, para descubrir el alma de Isabel, sus sentimientos naturales como mujer y como hermana; su conciencia de Princesa. De cartas a su madre no se tienen noticias; y todo lo que iba a Arévalo, a los conventos de frailes y de monjas, se ha perdido.

    También interpone el valimiento de persona tan allegada al Rey como a ella; de estos personajes que eran la vía moderada de la Nobleza, el conde de Benavente, don Rodrigo Pimentel:

    "Afectuosamente vos ruego... que visto el tenor del dicho traslado [la carta al Rey] avido principal respeto al servicio de Dios, en cuya mano está el verdadero remedio de las cosas que lo han menester, e considerado el que el reparo destos regnos es lo que con verdad cumple al servicio de dicho señor Rey e mio, querais suplicar a su Alteza que tenga por bien e apruebe lo que a su señoría yo, con grand instançia pido por merced, pues que ello se conosçe ser serviçio de Dios, e suyo” (9.1V, 324-326, A.H.N., Osuna L. 417, n.º 16. Original).

    Así a la ciudad de Toledo y a otros personajes. Comienza aquí, en estas cartas de 8 y de 23 de septiembre, un mes antes de casarse, y las de octubre después de casada, una larga ordenación de documentos, de Isabel o de los dos Príncipes, ofreciendo su servicio, su obediencia Y su paz, al Rey Enrique IV, a la Nobleza, a los Prelados y a las ciudades del Reino.

    El Príncipe Fernando llega a Valladolid.

    Dejamos aquí la legendaria odisea de valor, de sacrificio y de astucia vivida por el joven Príncipe, para salvar de incógnito, la distancia de Zaragoza a Valladolid, posando antes en Dueñas al amparo del conde de Buendía. Cuando el Príncipe ha llegado a Dueñas, y antes de su primera entrevista con la Princesa en Valladolid, ya ésta lo comunica a su hermano el Rey, a quien va teniendo informado de todo: "Hago saber a vuestra alteza que dicho Rey y Príncipe [Fernando, Rey de Sicilia y Príncipe de Aragón] es ya venido a la villa de Dueñas"; "no, por cierto como algunos a vuestra señoría quieren decir, a poner ni menos meter, escándalos y males en vuestros regnos". Este es el casamiento más conveniente, añade, "según mi edad", y "segund quien soy y cúya hija y cúya hermana"; y así mejor "cumplía a estos regnos de Castilla, que principales son de la Cristiandad, los queles, por la gracia de Dios, agora vuestra señoría tiene y ten go por muchos tiempos Como vuestra Alteza desea". "Por ende... a vuestra Alteza suplico que haya por bien su venida, y apruebe la intención de mi propósito... y le plega de se servir de él y de mí, y dar tal orden como vuestra alteza viva en reposo; y estos vuestros regnos estén en toda paz y sosiego; porque hayamos lugar de mostrar por buenos servicios y obras a vuestra señoría lo que deseamos". (Valladolid 12 de octubre, 1469. D. V, 153-154).

    La ceremonia nupcial en Valladolid. 19 de octubre de 1469.

    Fernando e Isabel contrajeron matrimonio en Valladolid el jueves 19 de octubre; no el 18, como por error de día dice el Acta original del matrimonio (Simancas, PR, leg. 12, f. 17). Para fijar este error del acta “18 jueves” (el jueves fue 19), hay que acudir al testimonio de los mismos Príncipes, quienes en todos los documentos en que comunican la feliz nueva al Rey, al Reino y a los particulares, repiten, sin excepción, la fecha: el matrimonio "fué contraido entre nos el jueves que se contaron diez y nueve dias de octubre deste año en que estamos, con aquella abtoridad que lo quiere nuestra madre santa Iglesia”. Es lo mismo que tomemos este documento de comunicación al Rey y a Murcia, que cualquiera de los otros expedidos en los últimos días de octubre en Valladolid. (O. V, 155-176). Lo que sí es importante canónica e históricamente, es que el Acta reseña como ceremonia de un mismo día, la nupcial del consentimiento matrimonial y la subsiguiente misa de velaciones.

    Dejamos dicho que el día 12 Isabel comunica al Rey, su hermano, la llegada del Príncipe a Dueñas, que tuvo lugar el día 9.

    El día 14 el Príncipe se desplazó a Valladolid en secreto y de noche, para su primera entrevista con la Princesa, en la Casa de Juan de Vivero, a presencia del arzobispo de Toledo. Entonces se conocieron personalmente los Príncipes; entrevista de dos horas de duración, cargada de sentido humano, en la cual se intercambiaron “las dádivas que se suelen dar los esposos” (Valera), y en la que el Dr. Toledo dice que se hicieron los esponsales ante notario (Diario). Fernando esa misma noche, regresó a Dueñas

    El día 18 volvió a Valladolid a la Gasa de Vivero. Toda la ceremonia que el doctor y los cronistas refieren de ese día, pertenece documentalmente, por el Acta, a la ceremonia nupcial única, con misa cíe velaciones, el jueves 19. Esa noche del 18, Fernando no regresó a Dueñas, pero sí a su posada de Valladolid abandonando la Casa de Vivero.

    La solemne ceremonia descrita con pormenor en el Acta, del jueves 19, en la Sala rica de la Casa de Vivero, terminó con las alegrías nupciales de los presentes y de toda la ciudad, y finalmente, con la consumación del matrimonio. El día 28 oyeron misa los Príncipes en Santa María la Mayor, Colegiata de Valladolid; (Dr. Toledo); pero esta no fue misa de velaciones; la misa nupcial tuvo lugar en la misma Casa de Vivero, en la ceremonia del día 19, y la celebró el mismo Pedro López que les requirió el consentimiento; un capellán del arzobispo de Toledo. (Acta). Ciertamente, el matrimonio canónico "fué contraido entre nos, el jueves, que se contaron diecinueve dias del mes de octubre" con toda solemnidad, ante la faz de la Iglesia y del Reino, a presencia del pueblo de Valladolid.

    Se citan presentes "don Alfonso Carrillo, arçobispo de Toledo, Primado de las Españas, Canciller Mayor del Reino de CastilIa”; (textual la titulación de "Primado de las Españas”); "don Fadrique, Almirante Mayor de Castilla, y otros nobles y caballeros nominalmente citados como "testigos"; porque el resto de la concurrencia a la amplia Gasa de Juan de Vivero, es de "otros muchos cavalleros e dignidades e otras personas eclesiásticas, e otras muchas gentes de todos estados e profesiones en grand número, de MAS DE DOS MIL".

    No fue acto exclusivamente Nobiliario, ni puramente eclesiástico, sino de amplia representación popular; los tres estados. Preside el sacramento, requiere a los esposos el consentimiento y celebra la misa de velaciones, "revestido de las vestiduras sacerdotales para celebrar misa' don Pedro López de Alcalá, capellán Mayor de San Yuste de Medina del Campo, el cual "tomó la mano derecha del dicho,.. Príncipe", "e la mano derecha de... la señora doña Isabel, Princesa heredera legítima destos reynos" y requirió de ambos el consentimiento matrimonial con las fórmulas de ritual. "E así fecho el desposorio, luego incontinenti el dicho Pedro López, preste... en público celebró su misa e dió sus bendiciones a los dichos . . .don Femando . . e doña Isabel". "Diego Rangel, Notario Apostólico" (Signo); firman también dos escribanos reales, Ferrand Núñez, secretario de la Princesa y Ferrand López del Arroyo, escribano de Cámara del Rey y su notario público; con sus signos.

    Previamente, en la ceremonia pública, se hizo expresión de la dispensa del impedimento de consanguinidad; no se hizo mención alguna de la intervención secreta del Nuncio en Ocaña, diez meses antes, a primeros de enero; intervención externa e interior en "lo espiritual", que es tan cierta como la ceremonia y el acta de Valladolid. Se exhibió la famosa bula de dispensa a nombre del Papa anterior, Pío II, preparada entonces, 4 de enero, ror el Nuncio, el arzobispo de Toledo y el obispo de Segovia. Dejamos dicho que este documento, no funda derecho ni establece el vínculo en esta ceremonia, sino la resolución secreta del Nuncio en Ocaña, en lo espiritual, dotado de facultades plenipotenciarias del Papa para esta contingencia del matrimonio de la Princesa en las bulas de su Legación. Esto es lo que estableció el vinculo matrimonial verificando el contrato-sacramento.

    Las cuestiones canónicas, como es natural, no han pasado a los historiadores. Una cuestión sobre impedimentos matrimoniales hubo de ir a manos de expertos y profesionales del Derecho y la Jurisprudencia de la Iglesia. Esto ya desde los comienzos, y antes de publicar nada, de esta investigación conjunta que aquí ha tenido lugar desde 1958.

    Isabel, que nos ha probado unas actitudes morales correctísimas en su niñez y adolescencia, no es la Princesa que pueda dar materia a la picaresca ni a las ironías o reticencias al uso, en materia de conciencia; ni en su camino hacia el trono ni en su llegada al matrimonio; ambas cosas, y nos confesamos reiterativos, en manos de la Iglesia; no sólo entre eclesiásticos nacionales, sino principalmente pontificios en la cumbre de la Nunciatura y Legaciones a latere. Las dificultades y complicaciones da su matrimonio, más que de Orden interior (con ser serias), de carácter internacional, no hacen sino aquilatar las actitudes cristianas y morales de la joven Princesa, que era "bien fortunada” en cuanto emprendía, porque todas sus cosas encomendaba a Dios.

    Sobre las personas de los dos, recogemos con gusto una descripción personal de cada uno, hecha por un escritor de Corte en Castilla, referida a la fecha del matrimonio. Una "pintura de cada uno”, no de pincel sino de pluma, tomada la descripción del natural, inspirándose en el modelo que posaba para el escritor en los días de Valladolid, incluida la ceremonia. "Miren la pintura de cada uno, como yo más, a la verdad, me trabajé por los mucho ver para lo mejor poder escribir". Y no depende del cuadro literario parecido que trazaría después Pulgar (Puyol).

    Isabel. 18 años.

    "Tenía los ojos garços, .. muy alegres, sobre grand honestad y mesura... Las cejas, altas enarcadas, acompañando mucho a la beldad de los ojos.., Boca y labios pequeños y colorados.,. Dientes menudos y blancos; risa, de la qual era muy templada, y pocas y raras veces era vista reír como la juvenil edad lo tiene de costumbre; mas con grand mesura y templamiento mucho; y en esto, y en todas las Cosas, el exemplo y honestad para el virtuoso vivir de las mugeres, parecía en su cara. La qual, así luego mostraba, en el acatamiento de quien la mirase, tan grand vergüenza, que el mayor Príncipe del mundo que la viese, por mucho que fuera despachado, non toviera atrevimiento a se deshonestar en el menor mote con ella; la qual, desde su niñez, fue así de tan esçelente madre en la muy honesta y virginal limpieza criada, que jamás a pensamiento de quien más enemigo le era, nunca hubo razón, nin color, cómo su fama se maculase. La cara. tenía muy blanca y las mexíllas coloradas, y todo el rostro muy pintado (al natural) y de presençia Real. La cabelladura tenía muy larga y rubia, de la más dorada color que para los cabellos mejor se demanda, de los quales ella más vezes se tocava que de tocados altos y preçiosos, y así, siempre con maestrada mano los ponía en orden al rostro como a las figuras de su cara con ellos mejor luziesen. La garganta tenía muy alta, llena y redonda, como las damas, para mejor parecer lo demandan. Las manos tenía muy extremadamente gentiles. Todo el su cuerpo y persona el más airoso y bien dispuesto que muger humana tener pudo. De alta y bien compasada estatura; así que persona y rostro ninguna en su tiempo lo tuvo, en la perfección y gentileza, más apurado. Tanto en el aire de su pasear y beldad de su rostro era luzida, que, si entre las damas del mundo se hallara por reyna y prinçesa de todas, uno que nunca la cognosçiera, le fuera a besar las manos". Así Alonso Flóres (Crónica Incompleta, ed. Puyol) (D. xv, 95-96). De fuente oficiar Pulgar, confirmaría: "La cara toda muy hermosa e alegre" "el mirar graçioso e honesto"; "las façiones del rostro, bien puestas" (Crónica, D. xv, 82-83). Texto de juventud de los 23 años. De fuente particular:

    "Fue muger fermosa, de muy gentil cuerpo e gesto e composiçion" (Bernáldez, ed. Carriazo, 484-490). El médico alemán Munte; que conoció a la Reina en 1494, a los 43 años de edad de ella,, escribió: "facie multum decora"; "crederes eam vix triginta annorum" ("representaba unos treinta y seis años"); y añadió: "Re-ligiossísima, píissima, mansuetíssima' (Bibí. de Munich, Cod. Lat. 431, fol. 202v; y Revue Hisp., t. XLVIII, pág. 132).

    Las relaciones de juventud de los dos jóvenes esposos aparecen, más que en la fantasía o en la leyenda de gustos opuestos, en la correspondencia autógrafa entre ambos en las ausencias; cartas autógrafas) sin secretarios ni intermediarios de ella ni de él; por ejemplo, las dieciséis cartas, catorce de él a ella; ('os de ella a él; fechas de 1474, 1475, 1476, las que más hacen al caso de los primeros años de matrimonio. (Simancas, Transcrip. y anotaciones de Amalia Prieto. D. II, 57-148, fotocopias).

    Menos obligado al galanteo que el citado médico de Nuremberg, es Gonzalo Fernández de Oviedo, paje de la Reina a los catorce años (1492), mozo de cámara del Príncipe heredero a los diecinueve (1497), y escribe muy tarde y ya viejo, "de mi propia e cansada mano”, "seyendo cumplidos 77 años de mi edad', desde la Isla de Santo Domingo, estas líneas de su autógrafo, inédito (tomo III de las Quinquagenas) "En hermosura, puestas delante de su Alteza todas las mugeres que yo he visto ninguna vi tan graçiosa, ni tanto de ver, como su persona, ni de tal meneo e autoridad honestisima". "Verla hablar era cosa divina"... (B. N. Ms. 2.219, ff. 27v-28r).

    Y, por fin, en verso, de otro mozo y caballero de Corte, poeta sin libertad de atrevimientos, acostumbrado al quiebro cortesano, pero que al llegar a la Reina:

    "Pronuncian vuestra belleza

    que es, sin nombre, en cantidad; mas es de tanta graveza

    que el mirar a vuestra Alteza

    da perpetua honestidad".

    de Cartagena, Cancionero General, Castillo, Valencia 1511, ff. 87v-88r).

    Esta era la novia de la Casa de Vivero de Valladolid, del 19 de octubre de 1469.

    Fernando.

    "El Príncipe tenía los ojos a maravilla bellos, grandes, rasgados y reyentes; las çejas, delgadas, la nariz muy afilada en el tamaño y fechura que en el rostro para mejor pareçer es demandada; la boca y los labios un poco creçidos; y, como la juventud es de su natura muy allegada a risa, en este Príncipe la alegría del coraçon, en el rostro la mostrava.,. El rostro todo él era blanco, las mexillas coloradas, las barbas en aquel tiempo, por la tierna juventud, pocas y muy bien puestas,,, Los cabellos, tenía castaños, llanos y correntíos, cortados al rostro como mejor la usança de aquel tiempo y el talle de los galanes le pedía; el cuello tenía bien sacado, segund la estatura de su cuerpo, la qual era mediana, non alta nin pequeña, sino de aquel tamaño donde los galanes trajes y polido vestir mejor se pone,,. Su presençia toda, rostro y cuerpo era de un muy dispuesto galán y a quien las ropas Reales o las galanas honestas, mejor que a ningund ombre de su corte se ponían, tanto que así era mirado por gentil ombre como por Rey. Era grand cabalgador de la brida y de la gineta, y grand echador de lança, y de las otras cosas; y en todo lo que hazía tenía buena manera y graçia”.

    Estos trazos de Alonso Flores, se completan en Pulgar, recogiendo los datos de una edad del Príncipe de los 23 años:

    "De mediana estatura, bien proporçionado... Orne bien complisionado. Tenía la habla igual, ni presurosa ni mucho espaçiosa. Era de buen entendimiento, muy templado en su comer y beber e en los movimientos de su persona, porque ni la ira ni el plazer fazía en él grand alteraçion,,, Gran cazador de aves, orne de buen esfuerço e grand trabajador en las guerras, De su natural condiçion era muy inclinado a hazer justiçia, y también era piadoso e compadeçía de los miserables que veía en alguna angustia, Tenía una gragia singular que qualquiera que con él hablase, luego le amava e deseava servir, porque tenía la comunicación muy amigable, Era asimismo remitido a consejo, en espeçial, de la Reyna su muger, porque conoçia su grand sufçiençia e discreçion,, Plazíale jugar todos Juegos, de tablas e axedres e pelota., - Era orne muy tratable con todos, espeçialmente con sus servidores continos", (Pulgar, ed. Carriazo, 1, 75-76).

    Completa Gracián: "Pero lo que más le ayudó a Fernando a ser Príncipe consumado de felicidad y de valor, fueron las esclarecidas y heroicas prendas de la nunca bastantemente alabada Reyna doña Isabel... Las madres por respeto; las esposas por amor, obran mucho con los Príncipes..., Mostrose, primero, en escogerle, y después en el estimarle" (El político, Huesca 1646, pp. 186 y 195).

    Los dos.

    "Cada uno de los dos era para hacer un siglo de oro y un reinado felicisimo; quanto más entrambos" (Gracián, Id., 195).

    En la ceremonia de Valladolid, estaba la esperanza de aquella "mayor empinación" que nunca tuviera España (Bernáldez).

    Levantando ya la mirada por encima de los menudos análisis críticos que la necesidad nos ha impuesto, el matrimonio de los Reyes Católicos representa en España y en la Europa de entonces, uno de esos hechos de Providencia, más que de buena fortuna, que se dan alguna vez en la vida de los pueblos. Aventajan en mérito los actores que los previeron a los historiadores que hoy lo juzguen. "Le mariage des rois catholiques est non seulement l'evenement le plus important de l’histoire d'Espagne au quinzieme siecle, mais encore l'un des plus remarquable de l'histoire generale.,, La ceremonie du 18 octobre 1469 peut etre comptée parmi les plus beaux triomphes que jamais ait remportés un diplomatique Ce jour-lá, Jean II dut avoir le legitime orgueill de penser qu’un ere nouvelle s'ouvrait dans l'histoire de sa maison". (J. Calmette, Louis XI, Jean II..., Toulouse 1903, 297-298).

    Sólo tres hechos de aquella inmensa nómina histórica, entonces de futuro, hubieran justificado la insustituible premisa de la UNIDAD NACIONAL: La Reforma Religiosa interior; Granada; el Nuevo Mundo. Los Reinos peninsulares que no habían alcanzado la unidad de San Fernando, eran ya soberanías neutralizándose unas a otras frente a los grandes temas de la Península. Este matrimonio, que no hizo la unidad jurídica, reservada al primer heredero, Carlos I, hizo desde el primer momento, ya en su vida de Príncipes, una unidad de hecho, que fue bastante para consumar los dos primeros hechos, Reforma y Granada, y dejar encaminado el tercero, que no era empresa para un sólo reinado.

    Después del matrimonio.

    Lo comunican al Papa, al Rey y al Reino.

    De comunicar al Papa la celebración y consumación del matrimonio, se encargó el Rey de Aragón desde Tárrega, el 30 de octubre. (ACA, Reg. 3413, ff. 56r y v).

    Al día siguiente de la ceremonia, el 20 de octubre, sale una embajada de los Príncipes para Segovia donde está el Rey de Castilla y la Corte; la integran mosén Pedro Vaca, Diego de Rivera y Luis de Antezana.

    Los Príncipes: "Aveis de dezir de nuestra parte al... Rey... nuestro hermano y padre que agora somos ayuntados por casamiento segun manda la Santa Madre Iglesia”. "Que le suplicamos con la mayor reverencia e instancia que podemos, que mitigando qualquier enojo... quiera rezivirnos por verdaderos hijos, y como tales aprovecharse y servirse de nosotros". Estas frases no las había oído jamás Enrique IV hasta que Isabel entra en la vida política de la sucesión al trono y de su matrimonio. Antes del 19 de octubre, en singular, ella; ahora, los dos; da comienzo, tan a renglón seguido de la boda, la feliz coyunda de "Yo el Príncipe. Yo la Princesa" que después será: "Yo el Rey. Yo la Reyna". Dicen las cosas los dos y a nombre de los dos. Y son las mismas cosas: "Direis que otra y otras veces le tornamos a suplicar que, pues... voluntariosamente queremos acatar y servir como verdaderos hijos, que a la merced suya plega aceptar nuestra suplicación'.

    La embajada no hará sino decir de palabra lo que también llevan por escrito, y que es lo mismo que aquí se dice: las Capitulaciones matrimoniales donde ya Fernando había suscrito y jurado esta misma actitud de reconocimiento y obediencia al Rey Enrique. La embajada llevaba una copia, que después reprodujo la crónica del Rey. (Nuestro texto es el original de Simancas. El texto de la embajada en Arch. de Murcia. C.R. 1453-1475, 215v Torres Fontes, Don Pedro Fajardo, doc. XXII),

    Esto suponía mantener en pie, por parte de Isabel, lo esencial de la concordia de Guisando; sus sentimientos humanos de hermana y cristianos de subordinada; su buena política ya desde ahora, de llevar las cosas a un terreno de negociación, característica de su reinado.

    A las ciudades del Reino, a los Nobles más importantes, a personas particulares, las mismas expresiones de acatamiento al Rey; y que cada uno de estos destinatarios escriba al Rey repitiendo los mismos conceptos: que "nos quiera recibir y tener por verdaderos hermanos menores y obedientes fijos... nuestra final voluntad es de lo conocer y obedecer y servir en todos los dias de su vida”. (Memorias de Enrique IV, 612).

    Es no solamente manifestar la actitud personal, sino dejan bien fijada la actitud que han de adoptar los mismos Nobles, ciudades y villas. Que nadie piense en el Reino que el matrimonio con el Príncipe de Aragón va a mudar las cosas de como estaban desde el primer día en que ella, Isabel, entró en la vida política (julio de 1468) al morir el Príncipe Alfonso; de como se pusieron en Guisando; de como ella ha estado repitiendo desde entonces. La impresión en Castilla ante estos reiterados documentos y conceptos de la Princesa, fue profunda.

    No hubo respuesta.

    Por la documentación privada, marginal a la política, esta-riamos en condiciones de entrever una actitud más humana y fraterna de Enrique IV; así sucedió poco antes de Guisando y' volverá a repetirse poco antes de la muerte del Rey. Ahora, sin embargo, la política está llevada por el Maestre de Santiago. Así que, de Segovia, la embajada no trajo respuesta a Valladolid. “Oida su embaxada e dada la creençia... el Rey, después de haber hablado con los del su Consejo, habló con ellos [con los embajadores de los Príncipes] e les respondió que aquello que traían era cosa de mucha importancia e que requería deliberación e acuerdo... E así se tornaron sin respuesta ninguna los mensageros" (Castillo, Crónica de Enrique IV, c. 137).

    Por desgracia todo estaba ya deliberado. Comienza aquí la política interior e internacional (Portugal, Francia) para desheredar a Isabel y expulsar de Castilla a los Príncipes. Si esto no va a tener efecto, será por otros factores de sabia política, sin posibilidad de negociación, suficientemente disuasorios para el Maestre de Santiago. El año 1470 será de calvario para Isabel. y para Fernando; y no terminará el año sin que se produzca una. ceremonia oficial estimulada por el Rey de Francia, y conducida por su cardenal-embajador, del desheredamiento (pretendido desheredamiento) de Isabel como Princesa de Castilla. (Val de Lozoya, en Rascafria; cerca de Segovia. Oct. 1470).

    Conclusión: El contraste.

    La documentación profusa, concluye contundente el contraste de las conductas. Isabel está manteniendo, pública y privadamente una actitud de cordura, de paz, de conciliación, de unión con su hermano el Rey, a poder de acontecimientos; no ha variado en un momento aquella primera actitud de 1468.

    Las mismas palabras suenan ahora al consumarse el matrimonio. Las frases que se estamparon en la documentación de Valladolid, son antológicas en la vida de Isabel la Católica.

    Mano tendida al pretendiente rechazado:

    al Rey de Portugal.

    No quiso Isabel dejar suelto este cabo. Portugal era para ella el Reino entrañable personalmente, como hija de Infanta portuguesa, y políticamente, como Reino peninsular. La más profunda labor diplomática que Isabel realizará al comenzar a reinar, será el tratado de paz con Portugal firmado en Alcazobas, como en su lugar diremos. (Torre-Suárez, Relaciones con Portugal..., 3 vols. Valladolid 1958-1963).

    Ambos motivos están en la carta y gestión con el Rey de Portugal, comunicándole, a él también, su matrimonio en Valladolid. No lo hace directamente, sino con la mediación del Abad de san Pedro de Arlanza: "le hacemos saber, por vos, que [el matrimonio] fué contraido el jueves que se contaron XIX días de este mes de octubre certificándole que él terná en nosotros aquella grande parte que el deudo y buena vecindad requiere”.

    "Decirle hedes que le rogarnos e pedimos de gracia, que a todas las cosas que a él sean conplideras, nos requiera con aquella fiducia que a verdaderos hermanos"; que “nuestra voluntad es de lo tener en tal amor agora y de aquí adelante" (D. V, 171-172).

    V. Reacción de Prancia: el desheredamiento de Isabel

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    El otro candidato rechazado, el hermano de Luis XI de Francia. Mucho se había confiado el Rey de Francia desde la visita de su embajador a Isabel en Madrigal (julio de este año 1469). En lenguaje diplomático, el Rey de Aragón le había ganado la partida. Isabel había elegido entre los dos candidatos peninsulares. La reacción del Rey francés y la de su embajador el cardenal atrebatense (de Arras), fue airada. No contra Castilla, sino contra Isabel. Se suma esta reacción extranjera a la reacción castellana del maestre de Santiago. Se perfila aquí el año de prueba más duro para la Princesa Isabel; para los príncipes; el de 1470. Las pruebas a que estuvo sujeta esta joven Princesa a fines del 68 y todo el 69, palidecen en comparación con ésta. Portugal se queda inexplicablemente en segundo término. Entra audaz y airada la reivindicación francesa, madurando su plan en Castilla.

    También aquí se le anticipa el Rey de Aragón con su hábil maniobra europea de largo alcance que está bien llamada alianza occidental: Italia, Borgoña, Inglaterra. El 28 de diciembre firma la embajada del obispo de Sessa para los soberanos de Italia (D. V, 77-94). Durante el año siguiente, 1470, Luis XI estudia el objetivo de deshacer esta alianza, con dos "golpes simultáneos": en el norte, Inglaterra y Borgoña; en el sur, Castilla (Suárez, Política Internacional..., 1, 50). Y aquí, tratar de conseguir que Isabel sea desheredada, se designe como heredera a la discutida hija del Rey, doña Juana, y concertar el matrimonio de ésta con el duque de Guyena, todavía heredero de Francia. No conseguirá la baza de Inglaterra; veamos lo que sucede con la de Castilla. Cuestión con implicaciones eclesiásticas: Isabel ha sido jurada heredera de Castilla por arbitraje de una Legación Pontificia y el Legado ha rubricado los juramentos. Ambos reyes, el de Castilla y el de Francia tratarán de que el Papa deshaga lo hecho por esta Legación; y si no lo consiguen procederán por su cuenta al desheredamiento de Isabel; escrúpulo más o menos en cuestión de tanta monta para Francia, no detendrá la acción.

    Isabel y Fernando se defienden y se preparan para todas estas pruebas. Sin olvidar las precauciones en Roma; Fernando a los embajadores de Aragón ante el Papa: "Si por via alguna en esa corte se entendiese, assí en la revocación de los actos lechos aguó por el reverendo De Véneris,.. Legado Apostótico, como en otras cosas que perjudicasen o perjudicar pudiesen al derecho e sucesión de nos e de la Ilustrisima Reina [de Sicilia] e Princesa, nuestra mujer.. vos oposareys en ello por todas las vías que podreis"; pero de acuerdo con los embajadores castellanos de la misma Isabel y del arzobispo de Toledo. (15 feb. 1470, D. V, 138-139).

    Vamos a saber pronto que el Papa Paulo II, no atendió las presiones francesas ni deshizo los hechos de su Legado en Castilla; pero vamos a asistir al desheredamiento de Isabel.

    Ahora el maestre de Santiago, que ha sido autor y conductor de toda "la división pasada" del Reino desde 1463 por dar paso al trono de Castilla a los hermanos del Rey (Alfonso y, después, Isabel) denunciando el fraude dinástico de la hija de la Reina, asegurando no ser hija del Rey, ahora vuelve sobre sus pasos, trata de desheredar a Isabel y volver a doña Juana cuyo mote de "la beltraneja" se fraguó a su sombra. Pasa también por en-cima de las cláusulas jurídicas del Acta de Guisando, estimuladas ror él; Guisando no había dejado siquiera “una reserva de los derechos de Juana para el caso en que cesasen los derechos de Isabel" (Suárez, Id., 51). Y con más presteza que el propio Rey de Francia, le destaca a éste una embajada proponiéndole el matrimonio de su hermano el duque de Guyena con la hija de la Reina. (Id., Id., si, nota 2, Lettres de Louis XI)

    VI. El calvario de los Príncipes. Embajada de Luis XI a Castilla

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    Embajada de Luis XI a Castilla. Julio 1470.

    De nuevo el mismo cardenal embajador francés, pero en el camino hacia Medina del Campo, en Burgos, el 16 de Julio, recibe el cardenal la noticia del nacimiento de un hijo varón de Luis el heredero, futuro Carlos VIII (L. Serrano, Los Reyes Católicos y la ciudad de Burgos, p. 109; texto del Arch. Munic.. de Burgos). El dispositivo diplomático cambia esencialmente, pero la embajada sigue adelante, y todo pasará adelante también ante el maestre de Santiago.

    En vano insistirían Isabel y Fernando ante su hermano Enrique IV en sus deseos de paz y negociación, y que no diese entrada en el Reino "a gentes extranjeras prefiriéndolas a hijos benévolos".

    En Medina del Campo.

    La embajada fue recibida por el Rey y la Corte, en Medina. del Campo, donde fueron convocados los Grandes del Reino. "Verdad es que todos ellos estaban ganosos de paz e sosiego, aunque descontentos del Maestre de Santiago, porque veían quán sojuzgado tenía al Rey, con poca honra"; leemos al cronista oficial del Rey, su capellán Enríquez del Castillo, testigo ocular en. Medina; continúa: "Los más de ellos estaban aficionados a la Princesa doña Isabel, e no sin cabsa, ca bien sabían el deshonesto vivir de la Reyna doña Juana, por donde, sospechando, afirmaban que aquella hija más fuese agena que del Rey" (Crónica, cap. CXLV). No sé por donde pueda abundar en una frívola manera de escribir historia, la especie de que son los cronistas "isabelinos" quienes hablan de este modo. La circunstancia en que el cronista del Rey habla de este modo, repitiéndose, es más que solemne; cuando una embajada extranjera, traída por el maestre de Santiago, viene a tratar de dar la media vuelta a Guisando, en su propio interés, aliado con la bastardia de intereses del maestre. De esta bastardía, la de los intereses, vamos a tener ocasión de escribir unas líneas, un poco más adelante, antes de acabar este episodio.

    El cardenal embajador, en su recepción pública de Medina del Campo, comenzó a exponer al Rey y a la corte el motivo de Su embajada, que venía "a contratar con su Alteza el casamiento del duque de Guiana, su hermano, con la señora doña Juana, su hija". Pocas palabras llevaba dichas el Purpurado embajador, y aquí fue el momento de cambiar el estilo diplomático normal de su país, por este otro: "E aqu{ dice el mismo cronista de Enrique IV, disparó algunas palabras contra la Princesa doña Isabel, tales que por su desmesura Son más dignas de silencio que de scriptura" (Id., Id.).

    Por menos motivos tuviéranlo por deslenguado en su propio país, hablando, en estrados, de una hermana del Rey... Y no es mera noticia de crónica; orillando las palabras, y dejando los conceptos una carta oficial del Rey (nunca menos personal ni tan al dictado) a los Concejos del Reino, da cauce a estos desahogos extradiplomáticos del purpurado de Albí, el monje cisterciense. Mejor que los conozcamos por la réplica de la propia Isabel, que ahora no se calló, dirigida a los mismos Concejos: “He visto el trasunto de una carta patente que el dicho señor Rey mi hermano ha mandado publicar por estos sus regnos, mirando muy mal por mi honra". "Non se puede defender la una syn que la otra quede amancillada, seyendo Como somos fijos de un mismo padre", "dando causas, por cierto, más deshonestas que justas, nin razonables". "A la qual terresco [me aterra] de responder por las deshonestidades en ella contenidas; las quales, si fuesen verdaderas, yo me devería doler, e dolería, más de la culpa que de la pena"; bella frase ésta de la biografía de Isabel en sus veinte años de edad. La pena era la pérdida de la sucesión al trono, pedida por el embajador francés y otorgada por el Rey de Castilla, hermano de la así penada" Yo puedo dezir con santa Susana que me son angustias de todas partes, porque non puedo callar sin ofender e dañar a mí; nin fablar syn ofensa e desagrado del dicho Señor Rey mi hermano, lo qual todo es a mi muy grave". "Mas porque sy estas cosas dexase so silençio, pareçería que yo misma las otorgava, oprimida por neçesidad responderé... lo menos deshonesto e más templado e breve que podré".

    Aquí una sucinta relación de todo lo sucedido en el Reino desde 1462, siendo ella Infanta y al margen de toda intervención pública. Y viene al punto de su matrimonio. El cardenal, "sospechoso e çensor para mí" parece que aludió a la falta de dispensa del matrimonio, sin más precisiones, sin tener en cuenta al Legado Pontificio, cuya Legación en Guisando y en Ocaña se ignora aquí por entero. 'Declaración.., ordenada por el cardenal de Albi, dice Isabel, tan injusta... e tan deshonesta la forma de ella”. Todo hace pensar que el cardenal lanzó, con palabras sueltas, la falsedad de la bula del acta de matrimonio, sin más averiguaciones; para historiador, sería ligereza; para diplomático, habilidad hacia el objetivo, sin contemplaciones.

    Sigue diciendo Isabel a su hermano ante los Concejos del Reino: "En quanto a lo que su merçed dize, por la dicha letra, que yo me casé sin dispensaçíón..." La Princesa es escueta deslindando las competencias; es un asunto que no es de la competencia del Rey ni del cardenal: "A esto no conviene larga respuesta, pues Su SEÑORíA NON ES JUEZ DESTE CASO". No hace alusión al Legado Pontificio, ni levanta el secreto de Ocaña, que era parte del secreto de Roma. Y añade: "E yo TENGO BIEN SANEADA MI CONCIENCIA'~; y esto "podrá paresçer por bulas e scripturas auténticas, donde e cuando neçesario sea". Aquí dejaríamos a Isabel, en su escueta respuesta, recogida en sus silencios, sin revelar los secretos de la dispensa, y replegada en su conciencia. Pero hay algo más que dice al Rey, en la misma carta, volviendo por su honra ante el Reino, y ya "ante Dios y ante el mundo".

    "En quanto a lo que toca por la dicha letra muy deshonestamente, diziendo que yo; pospuesta la vergüenza virginal fize el dicho casamiento... su Señoría, usando de la ley fraternal, avía de cobrir qualquier mengua que en mí oviese; seyendo mal aconsejado me quiere amenguar por sus cartas, syn aver cabsa para ello. E, pues por la graçia de Nuestro Señor Dios que fué para mi MEJOR GUARDA que la que yo en él y en la reyna tenía, HE DADO TAN BUENA CUENTA DE Mr PERSONA COMO CONVENIA A MI REAL SANGRE...LAS OBRAS DE CADA UNO HAN DADO E DARAN TESTIMONIO DE NOSOTROS ANTE DIOS Y ANTE EL MUNDO". (Texto del original en el Cartulario Real de Murcia; D. IV, 210-218).

    Isabel ofrece de nuevo la paz al Rey.

    Con anterioridad a estos hechos de la embajada francesa en Medina del Campo, febrero de 1470, conociendo ya los tratos con Francia, Isabel ofrece de nuevo la paz al Rey, proponiendo un arbitraje de alto nivel dentro del Reino; porque "avernos seido avisados que... se procura de meter gentes extranjeras., e de hazer otros movimientos contra nosotros e contra la derecha e legítima subçesion a nos perteneciente". Isabel reitera su tantas veces repetida voluntad de obediencia y servicio al Rey su hermano, "Nosotros todavia estamos e permaneçemos en el deseo de... vos servir e acatar e obedesçer como a Rey e Señor e padre -verdadero". "De lo qual QUEREMOS DAR NUESTRA CUENTA A DIOS NUESTRO SEÑOR en los cielos que es verdadero sabidor de las intençiones públicas e secretas". Reiterativamente insistiendo: "nuestra voluntad nunca fue ni es, ni será, a vuestra señoría pía-siendo, de vos enojar ni deservir".

    Y le propone una amplia asamblea de Grandes de Castilla, Prelados y Religiosos de las Ordenes (grupos tan temidos por el Maestre), Procuradores de las ciudades, de más amplitud cualitativa que las Cortes; que estos "Oigan lo que vuestra Merced querrá dezir, e asimesmo lo que nosotros diremos; y quiera estar a la determinación dellos o de la mayor parte... A la qual determinación nosotros, por servicio de Dios y vuestro... nos ofreçemos de estar obedientes". Esta amplitud de consenso del Reino era muy deseada de los Príncipes Fernando e Isabel, y muy temida del maestre de Santiago. Más reducida era la asamblea cortesana que recibió a la embajada francesa en Medina del Campo, y hemos oido ya, de fuente oficial del Rey, que "todos ellos estaban ganosos de paz e sosiego, aunque descontentos del maestre de Santiago, porque veían quan sojuzgado tenía al Rey con poca honra..."

    Concretan más los Príncipes la proposición: "Y porque pocas vezes los muchos se concordaron en un caso", si no hubiere acuerdo, proponen un más ceñido arbitraje: el de un político de la situación, más bien en el área de los Mendoza, pero con la independencia y universalidad que le da en el Reino su ganada reputación de hombre de alto consejo, "el buen conde de Haro"; y este, asesorado aún por un consejo de Religiosos, los Superiores Mayores de cuatro de las grandes Ordenes, "de Santo Domingo y de san Francisco y de san Gerónimo y de la Cartuxa".

    Un tan alto tribunal de las instituciones del Reino, con sus tres estados, añadidas las Ordenes Religiosas, es algo que puede honrar a una proposición de paz interior, por si procediese que el Rey, su hermano, oyese en el Reino a alguien más que a la autocracia y empinamiento personal del valido don Juan Pacheco; a lo que no osara ni el propio don Alvaro de Luna con el Rey, su padre.

    "Por ende... pues tan llanamente os ofrecemos la paz y nos sometemos a juicio y sentençia de VUESTROS NATURALES y no sólo de los extranjeros en un asunto interior, "le requerimos con aquel Dios poderoso que... es derecho y justo juez entre los emperadores y reyes... que no nos quiera negar aquesto que al menor de vuestros regnos negar no se puede” (aceptamos el texto de esta carta en Pulgar, febrero de 1470, muy semejante a los numerosos documentos emanados de Valladolid en octubre. (Crónica, 1, 40-43).

    No hubo aceptación de la propuesta. Los Príncipes se retiraron a Medina de Rioseco, al amparo de su tío el Almirante, "por mayor seguridad de sus personas". Meses después, julio, llega la embajada francesa; en octubre, con los Príncipes en Dueñas, el intento contra las Vistas de Guisando.

    Val de Lozoya.

    Una ceremonia anti-Guisando en el valle de Lozoya, cerca de Rascafría, para desheredar a Isabel, declarar heredera a doña Juana "la hija de la Reina", de nueve años de edad y establecer sus esponsales con Carlos duque de Guyena, hermano de Luis XI de Francia. Octubre (26?) de 1470. Y la correspondiente Provisión Real de Enrique IV para que así sea jurada doña Juana "nuestra muy cara e muy amada fija legitima e natural"; dos años antes en Guisando y desde Casarrubios del Monte, había declarado el mismo soberano que no quedaban descendientes legítimos de su progenie Real salvo su hermana Isabel. (Los textos, ut supra). La Provisión Real de ambos, Rey y Reina, en Si-mancas (Div. de Cast., 9, 65; copia sirnple. D. V, 182-187 la presentarnos íntegra; y en Torre-Suárez, Relaciones con Portugal, 1, Valladolid 1958, 67-70). Como el Legado Pontificio actuó en Guisando, con autoridad pontificia así también aquí el cardenal-embajador del Rey de Francia, actúa con una pretendida autoridad que no existió; antes, al contrario.

    El Rey Enrique IV y la Reina doña Juana, juran en manos del cardenal-embajador, que Juana es hija suya, de ambos.

    Las razones que se dan para desheredar a Isabel son funda-mentalmente, el matrimonio de Isabel con Fernando de Aragón. "El monarca hizo de él una justificación para anular el pacto de Guisando, como si éste hubiera sido una decisión unilateral y no un acuerdo, sancionado por el Legado Pontificio, sin pensar que una tal anulación no podia venir salvo de una directa intervención del Papa o de un nuevo Legado”. (Suárez, Derecho sucesorio de Isabel, Valladolid 1960, 114).

    Así es, en efecto. Aquella Concordia y acuerdo entre partes, gestionada y sancionada por una Legación Pontificia, estableciendo y tomando los juramentos canónicos en favor de Isabel, no puede ser anulada sino por el Papa. Paulo II no hizo tal anulación en ningún momento; ni ahora dio facultades de ningún orden ni documento alguno al cardenal francés; este obré por su cuenta.

    Por tanto estos juramentos de Val de Lozoya, son, canónica y moralmente irregulares.

    El Papa, Paulo II,

    ante el caso de Val de Lozoya.

    a) "Nuestro Senyor el Papa no ha dispuesto, ni creo dispondrá, cosa que sea contra vuestra Serenidat, ni contra la Senyora Princesa, ni contra vuestros servidores e parciales”, escribe desde Roma (10 enero 1471) el arzobispo de Monreal, al príncipe Fernando Texto de la B. N. en D. V, 123-129).

    No ha hecho desautorización formal de lo actuado por el cardenal-embajador de Francia, cuyos hechos "mucho le des plazen", añade el de Monreal. Y no lo ha hecho "por no desdenyar a los ilustrísimos Reyes de Francia y de Castilla, ni meter la honor suva en manos del Maestre de Santiago" (¡). Por eso "ha temporejado e temporejará tanto como podrá"; y en cuanto a la dispensa que se le ha pedido para el matrimonio de “la hija de la Reina" con el duque de Guyena, el Papa procederá "'con tanta honestad e justicia como podrá, a fin que el matrimonio del duque de Guvena no haya lugar ni efecto"; "Suplico... assí por su servicio, como por salvar a mí, aqueste aviso esté secreto".

    Tardó muy poco el duque de Guyena en exonerar al Papa de este compromiso, pues olvidó pronto lo de Castilla, lo del matrimonio con Juana, niña de nueve años de edad, a quien no es-....... y estaba ya proyectando otro matrimonio en su país. Esta era la "plataforma muy quebradiza", es decir, "el escaso interés del duque de Guyena por estas perspectivas que se le abrían” en Castilla (Suárez, Política Internacional.., I, 53),

    Poco después murió el duque, "en tal manera que los desposorios (de Val de Lozoya) fueron vanos e sin provecho", "porque las cosas que el infinito poderío de Dios quiere, su eternal providencia las rodea e da sus toques trancos donde le plasce, para que se cumpla lo que El ordena; e quiere que reynen los que a El le agradan e más justamente les pertenesce", dice el cronista de Enrique IV (Castillo, Crónica, c. CXLVIII).

    b) El 28 de octubre, dos días después del acta de Val de Lozoya, firmaba el Papa una carta para Enrique IV, lamentándose de no poder acceder a lo que le había solicitado por una embajada especial, que él bien quisiera concederle sus peticiones, "salva tamen íustitia et honestate"; los embajadores le expondrán las razones "quibus ea concedere nequivimus" y que en cualquier ocasión quiera el Rey suplicarle "quae, sine utriusque ónere, possint et debeant concedi" (Arch. Vaticano, Arm. 39, v. 12, f. 25. Justo Fernández, Legaciones y Nunciaturas,,,, 1, Roma 1963, 52-53).

    Es un indicio: ¿qué solicitaba el Rey y negaba el Papa en esas fechas? Que sepamos le tenía solicitado, entre otras cosas quizá, lo relativo a los actos de Val de Lozoya.

    c) A los más destacados partidarios de Isabel, al arzobispo de Toledo, le escribe el Papa en 28 de enero del 71, dos cartas o Breves de mucha satisfacción: "quam grata fuerit obedientia per te préstita in negotio archidiaconatus de Maiorito" que el Papa proveyó en un sobrino del arzobispo. (Id. Id., fi. 89v y 90r. Legaciones y Nunciaturas..., 74-75).

    d) EL MAESTRE DE SANTIAGO y sus cuentas con Luis XI. Desde las vistas de Bayona de 1453, tiene D. Juan Pacheco ofrecidos sus servicios a Francia. Luis XI le había premiado sus lealtades (Tratado secreto... en San Juan de Luz, 9 mayo 1463. Del original del Arch. de Villana en Memorias de Enrique IV, 290-291), Ahora en Val de Lozoya el servicio se ha contabilizado en dinero; viene del citado arzobispo de Monreal el aviso a Fernando: "Que un cardenal italiano, e parcial vuestro, me ha dicho que escribiese a aquella [Vuestra Serenidat] que ni se fie del Maestre de Santiago, car él sabe que ha ya firmado con el Rey de Francia de facer lo que podrá contra el señor Rey, vuestro padre e contra vuestra Serenidat, no solamente en Castilla, mas en Aragon, Catalunya e Valencia; e por esto toma el dicho Maestre de Santiago, QUARANTA MIL ESCUDOS de provision en cada un año" Precio menor en la tasa de la alta traición del maestre de Santiago.

    Pretende que el Papa lo apruebe: "por medio del comendador de Banma ... trabaja de induir a la prefata Santedat que tolere esto", a cambio de la fidelidad y obediencia de Luis XI al Papa; que el Maestre "faró, seguro aquello que el Rey de Francia le sera continuamente obedientísimo"... ¿También poderes de valido con Luis XI?

    El Maestre sabía que Luis XI mantuvo siempre enhiesta la bandera de "Concilio contra Roma", y la mantuvo como baza y medio de amedrentar al “tímido e susppetuoso" Paulo II. El Papa sentía pavor de tal idea y miedo a Luis XI. Justificadamente, porque Luis XI había apoyado la idea de Concilio contra Roma del Rey husita de Bohemia en 1467, y se había comprometido a trabajar en Roma para "que permanecieran los Compacta del santo concilio de Basilea" (Ludovico Pastor, Historia de los Papas, vers. Ruiz Amado, IV, Barcelona 1910, PP. 95 y 131). También Pastor pone a este cardenal de Albí, Jouffroy, que actuó en Val de Lozoya, como uno de los "eclesiásticos favoritos de Luis XI" para esta política. En 1468, trató de arrancar concesiones al Papa con la amenaza de un concilio (Pastor, Id., 9, nota 1). Coinciden las fechas con las de la solicitud amenazante de dispensa para casar a su hermano el duque de Guyena con la Princesa Isabel de Castilla. (Al rechazarle ésta, Luis XI cambió de dama, y surgió Val de Lozoya).

    La misma amenaza se repite en 1469, y estamos llegando a nuestras fechas. (Pastor, íd., 95, nota 1). Llegamos a 1470, en que estamos situados. En este año Luis XI gestiona arrastrar a los soberanos de Italia y al de Castilla a tal idea “directamente contra Paulo II” (1, íd., 96-97). Lo dice el de Castilla, Enrique IV: "Él ovo enbiado a Nos y al rey de Portugal sus mensajeros en vida del Papa Pablo... que para el remedio de aquello seria bien que nos juntásemos a faser provocación de conçilio” (Simancas, Estado-Francia, K, leg. 1638, f. 1. Original).

    GESTIÓN CON ENRIQUE IV de Castilla. La hizo Luis XI, y en la misma embajada en que le propuso el casamiento de su hermano Carlos con Juana, que desembocó en Val de Lozoya: "que quisiese ser junto con el Rey de Francia para demandar concilio contra el Papa Paulo II". Su capellán y cronista (de Enrique IV) anota la respuesta del monarca castellano, por esta vez sin consultar al Maestre ni a consejero alguno; "Que los Reyes de Castilla... jamás habían seido escismáticos contra la Sede Apostólica, mas siempre en su favor... mayormente que él era en mucho cargo al Papa, porque... siempre le había sido muy parcial e ayudador”: "Que en aqueste caso no curase de insistir" (Castillo, Crónica c. CXXXIX). Creemos al cronista oficial de Enrique; y estos eran los sinceros sentimientos del Rey. Pero es lo cierto, que Enrique IV cedió a las presiones y a la factura que le pasaba el de Francia, y se adhirió a la propuesta de Luis XI. Consta, no por crónica sino por documentos. Dice Enrique IV: "Nos le respondimos que fablase con los otros príncipes desas partes... e que, así fablado con ellos, se diese la orden que a él pareciese para ello. E decirle hedes que si en vida del Papa Pablo la Yglesia era mal regida, que agora después de la absunçión deste santo Padre que agora es [Sixto IV] la dicha Yglesia es muy peor regida... Por ende le direis que si a él plase de proseguir aquel propósito comnençado a Nos plaserá de juntarnos Con él e con los otros prinçipes que a esto se querran llegar, para que todos provoquemos al dicho concilio". Y que "nos paresce quel Concilio se deve faser en el su Regno de Francia". (Simancas, íd. "Yo el Rey", firma autógrafa de Enrique IV)

    Hasta ahí la continuada desventura de Enrique IV en manos del Maestre de Santiago y del Rey de Francia en su desventurado año 1470; y ahora, después del 1471, el texto da a entender que es del Maestre el replanteo del tal Concilio a Luis XI contra Sixto IV

    Si otros sucesos no hubieran de producirse en Castilla, no gratos al Maestre, a raíz de Val de Lozoya, éste bastara a su des-crédito y a moverse tan desasistido de Opinión castellana, como lo van a demostrar los años sucesivos en torno a los Príncipes Isabel y Fernando; en Castilla y en los países europeos de la alianza occidental.

    ¿Y el Papa? Sigue diciendo el arzobispo de Monreal, desde Roma, a Femando: "Pero cree el dicho cardenal que la dicha santedat no fará cosa alguna [contra los Príncipes], e que con buenas palabras temporejará los negocios al modo acostumbrado" (Carta; ut Supra).

    En efecto, moría Paulo II en Julio de 1471, sin haber anulado su legación pontificia de Guisando, ni autorizado los hechos de Val de Lozoya, ni haber otorgado la dispensa para el matrimonio a los allí desposados Juana y duque de Guyena.

    Isabel y Fernando

    ante lo de Val de Lozoya.

    Pudiera Isabel haber tenido todo aquello tan “por cosa vano" como tuvo la apelación que hicieron los Mendoza contra lo de Guisando. Pero aquí mediaban asuntos de más hondura: su desheredamiento de hecho, la carta del Rey su hermano a los Con-cejos con las acusaciones del cardenal de Albí, y los conciertos y apoyos económicos de guerra de Luis XI para expulsar de Castilla a los Príncipes Fernando e Isabel. Por eso, desde Rioseco escribe Isabel su larga carta a los Concejos del Reino, que tanto hemos utilizado aquí y que hemos tomado de su original pasado al Cartulario de Murcia.

    Esta nueva actitud de perfil favorable de Paulo II a los Príncipes, viene después de la llegada del Legado a Roma, y de sus indudables informes al Papa sobre la cuestión castellana. He aquí un punto poco subrayado.

    Paulo II al morir dejaba la situación más despejada a su sucesor Sixto IV. El nuevo Pontífice va a refrendar, indirectamente, pero esencialmente, la concordia de Guisando, con UNA NUEVA LEGACIÓN PONTIFICIA a Castilla y Aragón. La de Rodrigo de Borja, después de Val de Lozoya, sin ser indispensable políticamente una nueva Legación Pontificia, se suma a la buena estrella de Isabel en el mareo de la Historia Eclesiástica, para alumbrar el camino a la Historia civil. Roma vuelve a ser indispensable para entender cualquier cosa de esta historia civil de los Reyes Católicos entre 1471 y 1474, el año de la proclamación de Isabel en Segovia. “Sub pennis eius”, como en Guisando, marcha de nuevo Isabel...

    Y ya en 1471, antes de que el nuevo Legado llegue a Castilla7 el Papa Sixto IV expresa a Isabel, en documento oficial, el titulo de "Castellae el Legionis PRINCIPISSAE”, es decir, heredera. (Breve a la Princesa, 20 dic. 1471, Simancas, PR, Leg 27, f. 9, original; Suárez, Política internac., 1, 283). Este documento 'despeja las duá'as: El Papa consideraba a isa bel legítima heredera ~ (Suárez, Política..., 1, 63), un año después de la ceremonia adversa de Val de Lozoya.

    VII. Camino hacia el trono. 1471

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    Nadie lo diría; sólo desconociendo el trasfondo de los hechos, es decir, la política de subsuelo que discurre por Castilla; pasada la indudable depresión inmediata, Val de Lozoya se convierte en punto de arranque de la estrella de Isabel hacia el trono; lo determinan tres factores: un movimiento interior de raíz nobiliaria y popular en Castilla, un paralelo movimiento exterior europeo de la alianza occidental en la que participa Isabel y una más clarificada y abierta actitud de Roma. Sixto IV, Completa la explicación el inmediato retraerse Luis XI de la ayuda militar concertada en Val de Lozoya contra los Príncipes Fernando e Isabel, determinada indudablemente por el arco que le tiende la misma alianza occidental.

    a) CASTILLA. Del problema creado a los nobles y caballeros castellanos con esta nueva Orden del Rey de jurar a Juana y des-heredar a Isabel, un caso característico, La provisión Real citada era de mandato: "Por esta escritura mando a los otros caballeros.,,". Veamos cómo uno de ellos reacciona, asegurando su conciencia y previniéndose, ante notario, de la nulidad de este nuevo Juramento que se le ordena. El conde de Luna, don Diego de Quiñones, del Principado de Asturias, fiel a Isabel, recibe la orden del Rey a raíz de los hechos, al "qual no puedo resistir"; pero se requiere "mi propio albedrío para que mi juramento valga", "me refiero e afirmo en el juramento primero que fice,,, a la dicha doña Isabel, conformándome con el derecho canónico, el qual quiere que en dos juramentos contrarios se haya de tener el primero". El conde se ha puesto en manos de un notario real, Juan Fernández de Gozón, para hacer constar ante testigos que el juramento que se le manda, y que va a prestar, es nulo, y por tal lo tiene. Laguna 27 noviembre 1470 (Escritura original en Arch.. de Frías, hoy desaparecida, aunque permanece en Católogo; fue editada en Codoin, XIV, 421-423)

    b) Regiones. Vascongadas. La provincia de Guipúzcoa, y principalmente el señorío de Vizcaya, como fronterizas de Francia,. reaccionaron con más abierta energía que ninguna otra región. Rechazaron el reconocimiento de Val de Lozoya y reconocieron expresamente a Isabel como heredera (Documentación directa en. Labayru y Goicoechea, Historia del Señorío de Vizcaya, III, Bilbao 1968, PP. 269-270). Más tarde lo recordarían a los Príncipes la Junta del Señorío de Vizcaya y de las Encartaciones (Bilbao, 15 set. 1473): .... Muchos honores nos fueron presentados e ofreçidos, así por el 5. Rey Don Enrique como por el Maestre de Santiago... e por el Rey de Francia, solo porque desamparásemos la voz de vuestra alteza” "...Jamás lo quisimos fazer, conosciendo como vuestra Alteza sea tan natural des tos reinos, e que de derecho a vuestra alteza e a la de la Senyora Princesa nuestra senyora pertenesce la sucesion destos reinos"; "antes respondimos... que primero morriamos todos, e los que vivos quedasen se irían desta tierra, que quitásemos la obediencia a vuestra alteza" (B N., Texto en Paz y Meliá, doc. 58, 141-142). Isabel les confirmó sus fueros y privilegios (Carta de Isabel en Fueros, Privilegios del... Señorío de Vizcaya, Diputación, Bilbao, 1865, p. 107; Labayru y Goicoechea, III, Apéndice 15, PP. 649-650).

    Andalucía. Sevilla, Jerez, Baeza, Úbeda, especialmente Sevilla por el duque de Medina Sidonia: "El duque nos ha jurado por Príncipes e herederos, e nos fará luego jure la ciudad de Sevilla e toda la Andalucía" (Fernando a su Padre, Alcalá 13 marzo 1473.

    B. N. en Paz y Meliá, doc. 46, 126). Jaén es muy expresiva por la acción del condestable Miguel Lucas de Iranzo, el virtuosísimo caballero siempre adicto a Enrique IV, pero no en esta ocasión en que le recrimina el hecho y escribe al propio Rey de Francia, y al de Portugal. (Noticia áspera de A. de Palencia, en Clemencín, 100-101). Y, finalmente, con todos los pronunciamientos; Murcia por el Adelantado Pedro Fajardo (Torres Fontes, Don Pedro Fajardo, 119-120).

    c) Villas importantes. Son característicos los casos de Sepúlveda, Aranda de Duero y Moya. Especialmente Sepúlveda, que se enfrenta abiertamente con el Maestre de Santiago a quien el Rey le ha dado esta Villa. Sepúlveda se niega a entregarse al. maestre abiertamente; se entrega a los Príncipes y éstos residen allí una temporada. (Sobre este punto de adhesiones a los Príncipes de Castilla, ciudades, villas, personajes, etc., v. Isabel del Val, Isabel Princesa, tesis doctoral de la Universidad de Valladolid; Valladolid 1974, PP. 82-86).

    d) Los países europeos de la alianza occidental. Italia, Inglaterra, Borgoña, Bretaña. Gran tenaza tendida por Aragón, más" con intenciones disuasorias que propiamente bélicas.

    Desde un punto de vista interior, los movimientos de Castilla en favor de los Príncipes, de superficie o de subsuelo, son más importantes. Pero desde un punto de vista pragmático, y a la. hora de las soluciones de fuerza a que suelen ir avocados los. conflictos internos, aprecia Suárez que resultó mucho más importante la tenaza internacional tendida a Francia (Política Internacional de Isabel la Católica, I, 59-61).

    En primer lugar, Luis XI había montado su tinglado de Val de Lozoya sobre “una plataforma muy quebradiza": el escaso interés del duque de Guyena por estas perspectivas que se le abrían en Castilla (íd., p 53). A los pocos meses, ya solicitaba el hermano de Luis XI que el Papa le exonerase de aquellos compromisos, en que mediaron esponsales; tomaba contacto con los enemigos de Luis XI, Borgoña, y olvidándose de la infortunada doña Juana, trataba de casarse con María de Borgoña, hermana del duque Carlos el Temerario, que estaba concertando ya los tratados de alianza con Aragón, y con los mismos Príncipes Fernando e Isabel. Esta Mafia de Borgoña, había de ser la madre de Felipe el Hermoso.

    Pasado un tiempo prudencial para esperar la ayuda militar de Luis XI a Castilla, Enrique IV y el Maestre hicieron al de Francia insistencias que éste no recogió. Luis XI empezaba a. encogerse de hombros. Ciertamente presionado por las sagaces. alianzas con que Aragón y los Príncipes Fernando e Isabel iban cercando su política y su poder.

    El de Guyena moriría un año después, el día 24 de mayo de 1471 en Bayona.

    El dispositivo y los planes del maestre de Santiago y de Enrique IV contra los Príncipes, perdía su firmeza a los pocos meses de Val de Lozoya.

    En abril del 71 no es ya sólo Juan II de Aragón quien negocia alianzas; son los mismos Príncipes Fernando e Isabel, directamente con Inglaterra y Borgoña; en abril tiene lugar la embajada de Juan Ramírez de Lucena a estos dos países. En cuanto a Inglaterra, el nuevo monarca Eduardo IV daba las mejores esperanzas al enviado de los Príncipes, que habían de cumplir-se más tarde. En cuanto a Flandes, Lucena logró suscribir el TRATADO DE ABBEVILLE entre la Corona de Aragón (Juan II y Fernando) y Borgoña (7 de agosto); cinco días más tarde, el Trata-do se aplicaba a Isabel como heredera y futura Reina de Castilla (Simancas, Estado-Sicilia, leg. 111, f. 7; texto en Suárez, Política..,, I, doc. 6, PP- 276-281).

    EMBAlADA DE BORGOÑA A LA PRINCESA ISABEL. Alcalá de Henares, 1472. Escena por escena, a la de Val de Lozoya, se contrapone la solemnidad diplomática de Alcalá, dentro de su carácter netamente internacional. Tiene lugar un año después del Tratado de Abbéville; en junio de 1472. Hay Rey en Castilla, pero Borgoña negocia con la Princesa Isabel.

    Fernando está ausente en Zaragoza y allí, y en Tarragona, le buscará después la misma embajada que se entrevista con Isabel en Alcalá.

    El arzobispo de Toledo dio a esta embajada toda la solemnidad diplomática del protocolo castellano. Primero, el recibimiento; después, la sesión de la embajada propiamente dicha.

    Biográficamente vale la pena detenerse en este acontecimiento escénico de la vida de Isabel Princesa, a sus 21 años de edad, de fuente narrativa válida que no encontramos razones para desdeñar.

    Los embajadores fueron recibidos en el palacio "donde la señora Princesa estaba, por cierto bien como grande señora... Una grande sala baja, tamaña como la de san Pablo de Valladolid, toldada de paños de oro e seda, y al un costado, un estrado alto, fecho bien guarnecido de alhombras, con un dosel de muy rico brocado". "Estaba su señoría muy bien vestida de un brial de terciopelo verde y un tabardo de brocado carmesí raso, y un collar muy rico; e con su Alteza estaban muchas damas muy bien ataviadas". El recibimiento o mera recepción, muy breve: "Allí los recibió estando su señoría en pie, e allí fablaron poco con su señoría, e fueronse a reposar a sus posadas donde el señor arzobispo les tenía mandado dar...".

    “La embajada, al día siguiente. "Otro día vinieron después de comer a decir su embajada, donde la señora Princesa estaba desta manera...”. En la postrimera grada de la subida del estrado estaba fecha una silla Real muy bien guarnecida de paño de brocado rico, e allí estaba su señoría asentada, vestida de un brial de brocado carmesí verdugado de cetí verde y una ropa de cetí larga, con un gran collar de los balages". El collar regalo de boda de Fernando. E sus damas todas arriba en el estrado con doña Juana de Peralta e la señora Clara". La hija de Pierres de Peralta y Clara de Alvarnáez, esposa de Gonzalo Chacón. "Y estaba el arzobispo de Toledo asentado a la mano derecha de su señoría" (Sigue la descripción del estrado con los altos personajes). "Los embajadores estaban en un banco de frente de la silla de la señora Princesa".

    "La embajada fué ésta: que el duque de Borgoña envía este caballero y este protonotario [don Arturo de Borbón, el del Tratado de Abbéville] con sus poderes del Rey de Inglaterra y del duque para asentar la amistad con el Príncipe don Femando y con la Princesa, y meten consigo, en la amistad, al Rey don Fernando de Nápoles y al Rey de Portugal y al duque de Bretaña" (para estos puntos de los Tratados aquí aludidos, remitimos a Suárez, Política Internacional, 1, 59-64); y anotamos el paralelismo de esta fuente narrativa con las fuentes documentales.

    Al día siguiente, las invitaciones y las fiestas del protocolo de estas fastuosas embajadas europeas. “Hovo gran fiesta de danzas e colación, e danzó la Princesa con doña Leonor de Luján” (una de sus jóvenes damas desde sus días de Infanta con Gasa puesta en Segovia, 1467). Subraya Clemencín este dato de danzar la Princesa con otra señora; pero no es que no hubiese costumbre en Castilla de lo contrario; es un dato personal de la Princesa. Más tarde, siendo Reina, en las fiestas de Perpiñán de 1493, por la devolución del Rosellón, ni eso hizo la Reina Isabel. Por una delación en contrario que recibió su confesor fray Hernando de Talavera, éste la reprende: "Lo que, a mi ver ofendió a Dios... fué las danças, espeçialmente de quien no devía dançar”... Contesta la Reina al confesor: "Dezís que danzó quien no devía; pienso si dixeron allá que dangé yo, y no fué, ni pasó por pensamiento ni puede ser cosa más olvidada de mí'.. (edic. critica, D. II, 37 y 44).

    La fuente en que constan estos datos de la embajada de Borgoña, es una copia del Repertorio de algunos actos y cosas singulares que en estos Reinos de Castilla acaecieron, tomada de otra del monasterio de Fresdelval hoy en la Biblioteca Nacional de donde lo editó Clemencín (Ilustr XII, 325-331). Fuente narrativa válida en el área de los Manrique, vinculados a este monasterio. (Diccionario de Hisí. Ecles. de España, III, Madrid 1973, pág. 1568).

    Todo lo demás del contenido de esta embajada, que se repitió al año siguiente de 1473, pertenece al sentido de los Tratados con Borgoña, Inglaterra y Bretaña (Estudio y documentos en Suárez, Política Internacional de Isabel..., 1, 59-64, y documentos 5, 6, 7, 9 y 11). El doc. 11 de la Biblioteca Nacional, es una carta de Fernando al secretario Coloma sobre la "locución de aprobación que la serenísima Princesa... ha hecho de los capítulos que fueron apuntados entre el protonotario de Lucena e los procuradores del ilustre duque de Bretaña".

    Reacción de los Mendoza al acto de Val de Lozoya.

    Allí estuvieron presentes; y allí entregaron por fin a la hija de la Reina que ellos habían tenido en custodia hasta entonces; se hizo cargo de ella el Maestre de Santiago, quien la llevó a su

    castillo de Escalona, ducado reciente que le había otorgado Enrique IV.

    Cuando a los pocos meses de aquella ceremonia, el duque de Guyena volvía la espalda a aquel desposorio, y Luis XI se retraía de los asuntos de Castilla, el Rey y el Maestre, se vuelven a su baza de reserva con el Rey Alfonso V de Portugal, conforme a los acuerdos que conocemos del 30 de abril de 1469. Se tiata de que Alfonso V quiera casarse con Juana, la nueva Princesa jurada en Val de Lozoya, su sobrina (hija de su hermana) de nueve años de edad (1471),

    Alfonso V, por esta vez, se desentendió de tal propuesta. El caso al que venimos es al del cardenal Mendoza (próximo aún a serlo). Para estas vistas con el Rey de Portugal, había sido requerido el futuro cardenal Mendoza, obispo de Sigüenza, que se resistía a ellas. La noticia es del propio enviado a requerirle, Diego Enríquez del Castillo, Cronista del Rey: "E porque fuese más abtorizado, mandaron que yo fuese con sus cartas de creencia al obispo de Sigüenza a Guadalaxara". Respuesta de Mendoza a Castillo: "Respondió muy ásperamente"; dolido por las interferencias que en Roma hacía el Maestre a la ya decidida concesión del capelo; "E aun porque dubdaba si la pnincesa doña Juana era hija del Rey, visto el disoluto vivir de la Reina su madre". Sorprendente aquí Mendoza. Ausente de Guisando, con todo su clan, era el que faltaba por definirse en aquel general consenso en torno a esta profunda apreciación de las dudas del reino. Y si ya entonces hizo el compromiso secreto (diciembre 1469) de adherirse a la Princesa Isabel, en su día, y al matrimonio con Fernando, mantuvo esta secreta reserva. Y vuelve Castillo a su reiterada y nunca silenciada opinión: que esta niña doña Juana, de nueve años, "inocente e sin culpa" haya corrido esta suerte de opinión ante el Reino, "porque si la Reyna, madre de aquesta señora, quisiera vivir honestamente sin ofensa de su honra", que así continuaban las cosas en 1471, "no padesciera la hija tanta infamia ni quedara tan abatida, ni con tan grand denuesto deshonrada para siempre" (Cróntca, o. CLVII).

    Pero esta noticia del paso de los Mendoza, claramente, a los Príncipes en 1472, aun sin apartarse del Rey, está estrechamente vinculada, y documentada, a la nueva Legación Pontificia a Castilla, ahora del nuevo Pontífice Sixto "7, ordenada entre otras cosas, a la sucesión de la Princesa Isabel al trono: la Legación de Rodrigo de Borja.

    Nueva Legación Pontificia a Castilla y Aragón. 1472-1473.

    Para una biografía de Isabel la Católica, y para poder hablar con juicio y sabiduría sobre su ascensión al trono, más importancia que todo lo expuesto sobre la reacción interior e internacional en torno a los Príncipes, tiene el que exista una segunda Legación Pontificia, que reafirma, en sus hechos e intenciones, la fundamental Legación de Guisando.

    Aquella, fue la fundamental y jurídica, inconmovible en el pensamiento y en la conciencia de Isabel; esta segunda, reafirma sí, la primera; pero lo hace a continuación de aquella ceremonia de Val de Lozoya, sin mencionarla, en la que se había pronunciado el desheredamiento de Isabel.

    Si en la cuestión sucesoria castellana, cuyos datos esenciales quedan expuestos, dos Legaciones Pontificias sucesivas, dan paso al trono a la hermana del Rey, Isabel, ya no entendemos qué más pudiera exigirse a la corrección jurídica y moral con que esta Princesa se mueve en su camino hacia el trono. Estas dos Legaciones someten a revisión y llaman a capítulo a tantas discusiones, opiniones, subterfugios y discreteos con que la frivolidad ha acostumbrado a poner irreflexiva mano en esta cuestión.

    LA LEGACIóN. Los altos motivos del Papa Sixto IV.

    El 26 de Julio, 1471, moría el Papa Paulo II; el 9 de agosto era elegido Sixto IV. (Pástor, IV, 174 y 184).

    Por encima de inclinaciones personales que siempre condicionan a los grandes de este mundo, el nuevo Pontífice miró al objetivo fundamental de la Santa Sede desde 1453: la unión de los Príncipes cristianos frente a la amenaza del turco sobre Roma; objetivo que se difumina y parece perderse en los espejismos de la política menuda de las naciones. Sixto IV quiere sacarlo de nuevo al primer plano de la Cristiandad. Para ello necesita poner en paz a los pueblos. Y el primer paso de su Pontificado es la organización de esta concordia de naciones, ordenando cinco Legaciones pontificias a latere, a otros tantos países, que, o eran clave de la situación o estaban más necesitados de paz y de unidad; encomendadas a otros tantos cardenales: Besarión, a Francia, Borgoña e Inglaterra; el Vice-Canciller Rodrigo de Borja, a España (“apud regem Hispaniae et altos"); Capránica, a Italia; Marco Barbo, a Alemania, Hungría y Polonia; Caraffa, especial-mente a Nápoles "et per mare", a la escuadra napolitana. Se entiende que Borja viene a los Reinos de España, ampliando el singular del texto del acta consistorial de 23 de diciembre de 1471 (Pástor, IV, 201-202).

    Legación de Rodrigo de Borja. 1472-1473,

    A) No es una Legación como la anterior de Paulo II a don Antonio de Véneris, que estuvo (esta) ceñida a la cuestión castellana derivada de la cuestión sucesoria, y para la que el Legado traía plenos poderes del Papa, y no para otra cosa.

    La Legación de Borja, amplísima de poderes para distintos asuntos, está especificada por sus correspondientes documentos de Sixto IV, publicados, de los registros vaticanos, por Justo Fernández Alonso (Legaciones y Nunciaturas en España de 1466 a 1521, 1, Roma 1963, docs. 58-82, PP. 84-118). Documentación ésta "bastante completa", pero que "dista mucho de reflejar la verdadera importancia de la legación del cardenal valenciano". Porque "la pacificación de Castilla y la sucesión de la corona estaban en primer lugar en la agenda del Legado, aunque no estén reflejadas en las bulas", dice Tarsicio de Azcona (Isabel la Católica, Madrid 1954, 179). Es unir la cuestión jurídica con la cuestión histórica de esta Legación.

    La razón es la documentación sobre los hechos y modo de actuar del Legado en Aragón y en Castilla; estos revelan, que la intención y el interés de la Legación, más era la pacificación interior de Aragón y Castilla, y de los castellanos entre sí, como premisa necesaria para el objetivo central de las cinco Legaciones de Sixto IV, que las cuestiones del cobro de la décima de Cruzada para el mismo objeto. Y esta pacificación concreta, que no puede especificarse en las bulas de la Legación, la entiende el Legado llevando las cosas de Castilla por el camino de la su-cesión de Isabel al trono; en lo cual no es suficiente decir que Borja era un aragonés interesado en la sucesión castellana del enlace Aragón-Castilla, con Femando e Isabel. Antes de su venida a España, y antes del consistorio para las Legaciones (23 dic.), el Papa Sixto IV, con una agilidad y decisión que contrasta con la parsimonia e indecisiones de su antecesor en la política internacional, había tomado postura en la cuestión sucesoria castellana, con todos los paliativos de forma que se quieran. Dejamos escrito que el 20 de diciembre, dos días antes del consistorio, Sixto IV firmaba para Isabel un documento en que le da el titulo de Princesa de Castilla y León: “Castellae et Legionis Principissae", como pasando por alto la ceremonia de Val de Lozoya de un año antes, y siguiendo los pasos de la Legación de Guisando de 1468, nunca anulada por su predecesor Paulo II. Sin hacer mención de ambos hechos, el documento de Sixto IV considera a Isabel heredera de Castilla; y los hechos de Borja en España son para organizar la paz de los Reinos de España a base de los Príncipes Femando e Isabel. Otro documento del Papa, más anterior aún al consistorio, expedido el día 1º de diciembre, despeja los caminos para la consideración pública de esta paz a base de estos Príncipes. Falta la bula pública de dispensa para el matrimonio, la que Paulo II no se atrevió a otorgar. Y sin mencionar para nada los hechos secretos del Legado anterior para autorizar el matrimonio de Isabel, que son tan ciertos como esta bula pública, la expide Sixto IV en forma comisoria al arzobispo de Toledo. Más aún, antes de que el Legado Borja dé comienzo a sus tratos en Aragón y en Castilla, apenas pone el pie en Cataluña después de su desembarco en Valencia, entrega en Tarragona al Príncipe Fernando la dispensa del Papa (¿dispensa directa por el Legado o entrega y ejecución, por el Legado, de la bula comisoria?) La noticia, que es de Zurita, no especifica más. Zurita, Anales, IV, 184. La bula de dispensa, original en Si-mancas (PR, Leg. 12, f. 32). Y poco antes de la coronación de Isabel, una carta del mismo Pontífice a ella, toda sobre este punto, deja las cosas claras. Hablaremos de ella máé abajo.

    B) Los hechos de Borja en España, en torno a la sucesión de Isabel en Castilla. Sólo un esquema de un estudio y ordenación documental.

    EN ARAGÓN. El 15 de mayo de 1472, salía Borja de Roma para el puerto de Ostia, en ruta hacia Valencia (Acta consist., Pástor, IV, 202).

    El 20 de junio hacia su entrada en Valencia, con una estancia de casi dos meses, sin tratar de su Legación. Entre tanto, primera quincena de agosto, Fernando y su padre Juan II, se abrazan en Barcelona y celebran las negociaciones de Pedralbes (Vicens Vives, Fernando II, 311-315). Ni el Rey ni el Príncipe tienen idea concreta de la postura del Legado o de su programa de actuación en la cuestión sucesoria castellana en tomo a Isabel; solamente que en esto “se speran prestos e buenos sucesos”. (Juan II, 10 agosto 1472, en Vicens, íd., 314).

    Borja salió de Valencia para Cataluña a fines de julio; anticipa la gestión en Aragón a la de Castilla. El Príncipe don Fernando se entrevista con el Legado en Tarragona el 15 de agosto. Entrevista significativa y esperanzadora, en la que el Legado entrega a Fernando la bula de dispensa pública del matrimonio del 1 de diciembre anterior, que despeja ante los altos poderes el matrimonio de los Reyes Católicos. (Zurita, IV, 184). "Ayer fablé con el Rmo. cardenal y legado apostólico". Femando a su padre, Tarragona 16 de agosto (B. N., Ms. 20.211/53. En Paz y Meliá, doc. 42, 122-123). Le mega se venga a Tarragona a entrevistarse con el Legado y con la embajada de Borgoña que le espera. Juan II no pudo hacerlo y el Legado se fue a encontrarle en Barcelona, en Pedralbes, donde se trató expresamente de la sucesión castellana al trono; si en las conversaciones el Legado mostró a Juan II sus intenciones positivas como lo hizo más tarde, o fueron entrevistas de tanteo, no lo sabemos; constan solamente, en el Convenio de Pedralbes entre Juan II y el Legado (10 septiembre 1472) unos acuerdos de cautela aragonesa para que el Legado no perjudicase en Castilla los derechos sucesorios "dels Illustrisimos Príncipes de Castella... nostres carissimos fills", ni tratase de "la hija de la Reina", "de la filla de la illustrísima reyna de Castella" (ACA, Reg. 3.467, 7; texto íntegro en Vicens, Id., Apén. 5, p. 552). Antes de tratar en Castilla, el Legado no podía hacer convenios más expresos; pero su actuación posterior deja fuera de duda, que o lo manifestó en conversación privada en Pedralbes, o hizo sus reservas mentales. Tampoco se expresa en el Convenio de Pedralbes, ni podria expresarse, algo que ya estaba en la mente del Legado entonces: el atraerse a tos Mendoza en Castilla para apoyar la sucesión de Isabel al trono (Cartas de Juan II, 29 de agosto y 20 de set. 1. de Azcona, Isabel la Católica, 181). Pero habla despejado antes, allí, el Rey de Aragón uno de los puntos neurálgicos que, de parte aragonesa, comprometerían esta acción sobre los Mendoza: las posesiones relativas a las tierras del Infantado de Castilla, reivindicadas por los Mendoza (Poderes de Juan II al Príncipe don Fernando para transferir las posesiones del Infantado; Pedralbes 9 de agosto 1472, ACA, Reg. 3.455, 167; íntegro en Vicens, Id., Apén. 4, PP. 549-551). Con lo cual los acuerdos de agosto en Pedralbes entre el Rey y el Príncipe, las conversaciones de septiembre allí en Pedralbes, entre el Rey y el Legado, dejan presentir lo que poco después va a suceder entre Borja y don Pedro González de Mendoza en Valencia; entre Borja y todo el poderoso clan de los; Mendoza, en Guadalajara; entre el Legado y los Príncipes Fernando e Isabel en Alcalá.

    En Valencia. El Legado, el Príncipe y don Pedro González de Mendoza. El 13 de septiembre partió el Legado de Barcelona; para Valencia; allí estaba el Príncipe desde agosto, esperando verse con Mendoza. Coincidieron, o se habían convenido, los tres.

    El Rey de Castilla enviaba a don Pedro G. de Mendoza a Valencia a recibir al Legado, que se disponía a emprender la ruta. de Castilla. (Castillo, Crónica, c. CLIX).

    Mendoza llegó a Valencia el 20 de octubre. La ciudad, el Legado y el Príncipe organizaron un recibimiento de alta magnificencia al futuro cardenal. Primeramente, acalladas las fiestas, "conversaron el obispo de Sigüenza y el Rey de Sicilia”. Dos puntos convergentes por ambas partes en la conversación; por parte de Fernando, "la aquiescencia de los Mendoza al partido de su mujer en Castilla"; (Vicens, íd., 319). Por parte de Mendoza, aclarar con el Príncipe y, después con el Legado, las dificultades que el Maestre de Santiago interponía para impedir o retardar el capelo cardenalicio, que el Rey de Castilla tenía gestionado en Roma. (Castillo, Crónica, c. Id.). El Príncipe estaba de acuerdo en resolver este punto importante para sus propósitos. La verdad es que el Legado traía ya de Roma resuelto este asunto, como vamos a ver. Aclaremos algo importante. No es que Mendoza se moviese por, o condicionase su adhesión a Isabel simplemente por el capelo cardenalicio; no; desde 1468, en el período álgido de Ocaña, los Mendoza tenían ya un compromiso secreto de adhesión a Isabel en la sucesión al trono y en su matrimonio con Fernando. "El marqués de Santillana el obispo de Calahorra [don Pedro G. de Mendoza] e don Pedro de Velasco han. jurado a la ilustre doña Isabel, princesa de Castilla e primogénita, de secreto". (Texto en Paz y Meliá, doc. 18). En la venida del Legado, "el cardenal de España estaba confederado con la Princesa doña Isabel sobre firmas e sellos" (Castillo, C. CLXIV). ¿La misma de 1468 o nueva confederación? Ciertamente Mendoza sabía los manejos del Maestre para torcer en Roma el curso de las cosas del cardenalato, y esto facilitó las cosas en Valencia, para 'un entendimiento con el Legado y con Fernando, de adhesión a la Princesa Isabel en la sucesión al trono. Extraordinaria baza del Legado y del Príncipe para asentar la paz de Castilla, unciendo para siempre a los Mendoza a la marcha, ya irreversible, de Isabel al trono desde 1471, cada vez más perceptible.

    Dice Castillo que en las conversaciones de Madrid con el Legado, "el Rey y el Maestre" (!) pidieron al Legado "que escribiese al Papa muy encargado para que hiciese cardenal al obispo de Sigüenza" (Crónica, c. CLIX). Muy tarde ya, como baza. El cardenal Legado Borja, traía ya de Roma resuelto el asunto con el Papa; una prueba más del sentido de esta Legación en la cuestión sucesoria castellana en favor de Isabel, estudiada previamente entre el Vice-Canciller y Sixto IV. El 10 de marzo de 1472, dos meses antes de la salida de Roma del Legado, el Papa le firmaba un Breve comunicable al interesado, de que en la primera promoción de cardenales que se hiciere, sería nombrado el obispo de Sigüenza, don Pedro González de Mendoza: “intendimus, in prima quam fieri continget cardinalium promotione, venerabilem fratrem nostrum Petrum, episcopum Seguntinum ... in cardinalem assumere" (Reg. Vat. 660, ff. 17-18v. Texto en J. Fernández, Legaciones y Nunciaturas, 1, 85-86). El texto específica que esto ha sido ya suplicado por el Rey Enrique IV, al Papa anterior Paulo II, "et nobis, per suas multiplices litteras et nuntios". Y un cardenal más para Castilla, a elección del Legado. Añade el Papa una facultad más a Borja, la de elegir "unum alium praelatum ex eisdem Castellae et Legionis regnis oriundum", para crear en la misma próxima ocasión; un cardenal más en Castilla encomendado a la elección y "circunspectioni tuae”. Cualquiera pudiera pensar para esto en el arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo, que no era cardenal. Pero no fue así; ni tampoco el obispo de Burgos, por quien suplicaba en Roma el Maestre de Santiago, por ser pariente suyo, y creando dificultades a Mendoza en Roma. La elección recayó en Prelado no oriundo de Castilla, pero sí obispo de Cuenca, y antes, de León, el de la Legación a látere de la Concordia de Guisando que dio paso a Isabel a la sucesión al trono, don Antonio de Véneris. ¿Fue este el que se dejó a la elección del Legado? Pudiera parecerlo; porque ningún otro fue nombrado en el Consistorio.

    Creado cardenal en el mismo Consistorio que Mendoza, 7 de mayo de 1473 (Eubel, II, 17. Justo Fernández, Los enviados Pontificios, Anthologica Annua, 2, 1955, 63, nota 34). Vicens Vives entiende que éste es el segundo, el de libre elección del Legado Borja, y "uno de los principales instrumentos de la causa de doña Isabel de Castilla (Fernando II, 321, nota 1036). Podía haber sido, sin oriundez castellana también, el Arzobispo de Monreal, Auxías Despuig, Procurador y de los más fieles, de Fernando en Roma, también creado cardenal en el mismo Consistorio (Pástor, IV, 390), quien con más tino llevó ante Paulo II los asuntos de Fernando e Isabel en Roma. (Su carta de 10 de enero 1471, supra).

    Lo cierto es que Mendoza supo en Valencia, octubre de 1472, su próxima y cierta promoción al cardenalato, que tuvo lugar en el citado Consistorio de 7 de mayo del año siguiente. Lo cual despejó mucho las negociaciones sobre la sucesión de Isabel, que iban a comenzar.

    EN CASTILLA. 1º El Legado en Madrid.

    En la entonces oscura villa castellana estaba el Rey con la corte, y allí fue recibido con toda pompa por el Rey, el maestre y la corte, comunicando oficialmente su embajada en San Jerónimo del Paso (hoy San Jerónimo el Real); pidió al Rey persona de su agrado con quien poder comunicar de continuo, y Enrique IV (lo narra el propio interesado), "para lo al que particularmente se había de comunicar entre ellos, nombraba a mi, como a su cronista e capellán e de su Consejo (E. del Castillo, Crónica, c, CLIX).

    Dejando la cuestión de la décima gestionada en la Asamblea del Clero en Segovia, exponemos aquí la otra cuestión que Borja planteó en Madrid, de acuerdo con el Rey: la cuestión Sucesoria.

    Para tratarla fueron de acuerdo todos en nombrar una comisión de cuatro: dos por el Rey y el maestre y dos por parte de la Princesa Isabel; el Legado como tercero entre ellos. Por parte del Rey, "el maestre de Santiago y el obispo de Sigüenza”, Mendoza; por parte de Isabel, '-'el reverendísimo arçobispo de Toledo e el Almirante de Castilla”; "E que para todo sea tercero el dicho Legado”, con lo que Borja tenía, en principio, las cartas suficientes en las manos para resolver en favor de la Princesa Isabel. (Carta de Juan II de Aragón a Ferrante de Nápoles, para exponerlo al Papa. Castellón de Ampurias, 10 enero 1473, ACA, AR, 3467; 73 bis; texto en Vicens, Fernando II, Apénd. 7, 556-557).

    Esta carta de Juan II, con otra semejante al arzobispo de Monreal, Auxías Despuig, están motivadas por la preocupación del Príncipe Fernando, al ver en la Junta de los cuatro al maestre de Santiago; y ruega a su padre haga una gestión con el Papa, por estos intermediarios, para que apoye la solución del Legado. Cautelas aragonesas, en que la sagacidad de padre e hijo afinan la gestión al máximo, con más razón que suspicacia.

    Esta Junta no suponía dejar las cosas como estaban antes de Guisando. La concordia de la Legación anterior, nunca anulada, queda Supuesta; y Val de Lozoya, no aludida.

    La complicación inherente a la misma constitución de la Junta viene no Solamente de la presencia del maestre, de un lado, sino de la otra presencia no menos temible, la del arzobispo de Toledo, por otro. Estos dos hombres encontrados, eran suficientes a comprometer cualquier éxito de la Junta. Pero un Legado Pontificio en Castilla, no podía actuar de otra manera, Ellos harían imposible la misma poderosa reserva del Legado en su condición de tercero; aunque el arzobispo no estuviese en la Junta.

    Esta, como Fernando temía, fue caminando día a día hasta el fracaso. Pero Rodrigo de Borja, había venido a Castilla buscando la Pacificación del Reino con la fórmula del Principado de Isabel, única que pudiera sabiamente infundir esperanzas en Roma; por tanto, no cejó en sus gestiones por otro camino.

    2º El Legado en Alcalá de Henares. Con los Príncipes Isabel y Fernando y con el arzobispo de Toledo.

    ISABEL. Ella está en los hilos de la gestión en un prudente segundo término, pero activa y eficaz. Está con el arzobispo de Toledo, deseosa de actuar los compromisos con los Mendoza.. Pero aquí está el toque mágico de la cuestión: Alfonso Carrillo, ha acentuado las suspicacias hacia Mendoza, más ahora en que el cardenalato se presiente ya sobre el obispo de Sigüenza, y, con ello la subida de prestigio y de poder. He aquí la cuestión de fondo. Pero Isabel, en alardes de prudencia y con su infinita capacidad juvenil de espera, no se decide a separarse del de Toledo, pero ni a acentuar gestos hacia el futuro cardenal, con quien. ya está secretamente confederada.

    Ya de Princesa joven es firme lo que en sus primeros años de joven Reina será en ella característico: su espíritu integrador de todos los valores del Reino, personas e instituciones; espíritu conciliador en las querellas de unos y otros; espíritu pacificador en las posturas opuestas, aunque esto haya de suponerle perdones y olvidos heroicos. La Nobleza está dividida en oligarquías enfrentadas entre sí y con la monarquía. Isabel quisiera en este caso del enfrentamiento sordo entre Carrillo y Mendoza, conseguirles a los dos, como consiguiera muy pronto la imposible unión de los caudillos andaluces, el duque de Medina Sidonia y el marqués de Cádiz, triunfo conciliador de su buenaventura. Pero esto no iba a ser posible con don Alfonso Carrillo, a quien tanto debían Isabel y Fernando. Verdad que Isabel está ya entonces más cerca del sentido de la monarquía como lo vive Mendoza, que del sentido oligárquico nobiliario de Carrillo (Suárez, Política Internacional de Isabel, 1, 69-70; Nobleza y Monarquía, Valladolid 1959, XII, PP- 111-173). Pero esto no afecta a su espíritu integrador, que ahora va a preferir esperar sin contrariar a Carrillo y reforzando sus compromisos secretos con los Mendoza. En la Junta de los cuatro nombrada en Madrid, hay en cada lado dos personas, indispensables ambas en su sitio, pero inconciliables; el maestre, Pacheco; y el arzobispo, Carrillo. Ante el Legado de Guisando, Sólo hubo un resistente, Carrillo, y acabó cediendo. Ahora ante el nuevo Legado, que no impone órdenes pontificias "en virtud de santa obediencia", como en Guisando, Carrillo no cederá ni en la entrevista de Alcalá de Henares, a solas con el Legado y los Príncipes.

    EN ALCALÁ. Borja está en Alcalá a fines de febrero. Importantes son estas conversaciones de Alcalá, que duraron tres semanas (marzo de 1473); pero en el caso es mucho más importante para la biografía de Isabel, la actitud insistente del Legado Pontificio para ponerla en el trono de Castilla, y el empeño de éste "como si en ello lloviere de salvar el alma” (frase de Fernando). Vaya por delante este texto de oro de la carta del Príncipe a su padre (Alcalá, 17 de marzo):

    “En tantas maneras ha mostrado el Rmo. señor Legado, mi com padre (!), la gana e deseo de la honra mía y de la Serernísima Princesa, mi muy cara e muy amada muger, y acrecentamiento de nuestro estado, que seria muy largo y ahun imposible de lo poder scrivir, como quiera que por diversas cartas algo dello tengo a V. S. significado; e agora últimamente, por mayor demostración de amor e buena voluntat, se vino aqui a Alcalá, adonde es estado más de tres semanas, siempre entendiendo con todas sus fuerzas y saber en el bien e honra de nosotros, demostrándose tanto parcial COMO SI EN ELLO HOVIERE DE SALVAR EL ALMA. En conclusión, que no sabiendo en qué más nos poder complazer e agradar, nos ha confirmado de su mano a la Ilma. Infanta, nuestra muy cara e muy amada fija con la mayor fiesta e alegria del mundo". La primogénita Isabel había nacido en Dueñas el 1º de octubre de 1470; recibe ahora el sacramento de la confirmación por ministerio del Legado, como un detalle que Fernando subraya con énfasis.

    "E después desto, nos ha en infinitas cosas demostrado, e continuamente demuestra, tan entranyable amor e GANA DE PONER LA VIDA Y ESTADO POR NUESTRA HONRA, que no se podria screvir la menor parte dello". (Original. En Paz y Melia, 128-129).

    Volveremos sobre esta carta para recoger de ella otros incisos, especialmente relacionados con el refrendo del Papa a estas actitudes de Borja.

    Estas conversaciones de Alcalá, que demuestran la postura clara del Legado, no se traducen allí en éxitos que correspondan a estos deseos.

    Han sabido Fernando e Isabel en Alcalá que el Maestre de Santiago ha entrado en tratos con el Rey de Aragón para casar a doña Juana, “la hija de la Reina” con el Infante aragonés Enrique “Fortuna”, sobrino del monarca, y para pedir al Papa la dispensa, envían de Castilla a Roma a Hernando del Pulgar (futuro cronista de Isabel, y entonces secretario de Enrique IV).

    También allí supieron los Príncipes un dato importante en la postura del Legado, más compenetrada en este caso con los Príncipes que con el propio Rey de Aragón; que Pulgar llevaba también quejas de la Corte de Castilla al Papa contra Borja, porque se habla negado a dar él la dispensa para este matrimonio y porque no había ido “A VER A LA REINA, NIN A SU FIJA" (Carta de Fernando a su padre, Alcalá 24 de marzo de 1473. Copia del 5. XVII en Acad. de la Hist. Salazar, A-7, fi. 85-86, edic. de la Academia en Memorias de Enrique IV, 689-690).

    Hasta ese extremo no había llegado la ponderada diplomacia desplegada por el Legado en Castilla.

    Posteriormente el Papa Sixto IV, amigo de complacer en materia de dispensas, se negaría a otorgar ésta. Ahora Fernando, con el silencio de Isabel, quiere que el Legado regrese cuanto antes a Roma para contrarrestar personalmente la embajada de Hernando del Pulgar.

    Pero Borja no tuvo esa prisa. Le restaban cosas por hacer, en Castilla, que pudieran ser decisivas para el éxito oficial de la sucesión de Isabel al trono.

    3º El Legado en Guadalajara, huésped de los Mendoza. Borja quisiera llevarse consigo a los Príncipes a Guadalajara para tratar de la sucesión con todo el clan de los Mendoza, con quienes iba a pasar una temporada. Pero los Príncipes no podían separarse del arzobispo de Toledo, ni éste consentía en esta separación. El Legado se propuso replantear en Guadalajara, también allí con el Maestre de Santiago, el plan de Madrid. Sabía que sin el maestre era difícil resolver, y los Mendoza facilitarían allí la entrevista. Los Príncipes se fueron con el arzobispo de Toledo a Talamanca. El Legado les insistió pocos días después, el 26 de marzo; la noticia es de Zurita y contiene el plan más audaz de toda la negociación de Guadalajara: "El Príncipe y la Princesa, estando en Talamanca, a veynte y seys de março, entendieron que volvió el Legado a la primera negociación; y lo que se resolvió allí fué que si el Príncipe y la Princesa querían ir a estar en Guadalajara, los jurarían luego por Príncipes y les darían en seguridad la hija de la Reina”. Brava proposición esta última; la hija de la Reina ya no estaba en poder de los Mendoza, sino del maestre de Santiago. ¿Habla cedido éste a tal propuesta del Legado y de los Mendoza? Puede que sí, a juzgar por la. contrapartida: la inmediata, que los Príncipes) dejando al arzobispo de Toledo, al menos temporalmente, "confiasen sus personas del marqués de Santillana y se detuviesen en aquella ciudad",. Guadalajara. Tanto los Mendoza, como principalmente el Maestre, deseaban sacar a la Princesa Isabel del poder del arzobispo de Toledo, sin decidirse a ello en la proposición del Legado..

    LA PRUDENCIA DE ISABEL. Bien quisiera ella una negociación. en Guadalajara; pero a base de una conciliación; bien quisiera. que el arzobispo de Toledo estuviese conforme con ello, máxime si no se le apartaba de ella. Pero el prelado no accedía a esto "porque su fin era que el Príncipe y la Princesa no pensasen que podían ser Reyes de Castilla, sino por su mano". Recia postura; y no ya por el enfrentamiento inconciliable con el Maestre, cuanto por una nueva circunstancia: el cardenalato y encumbramiento de don Pedro González de Mendoza: “Tema formada emulación y competencia con aquella Casa de Mendoza" y no dice Zurita hasta qué extremo era esto verdad e iban a comprobarlo los hechos.

    Pero Isabel en este nudo de la negociación de Guadalajara,. prefiere dejar las cosas como están y esperar, sin salirse de la compañía y poder del arzobispo de Toledo.

    LA SAGACIDAD DE FERNANDO. Le sobraba ya sagacidad para temer el fracaso de la negociación de Guadalajara: "En pensar que el Maestre de Santiago avía de caber en la concordia, hazía perder al Príncipe toda buena esperança del suceso". Por tanto Isabel como Femando optaron por quedarse con el de Toledo en Talamanca. (Zurita, IV, 194).

    En resumen, los Mendoza estaban ya decididamente del lado de la sucesión de Isabel al trono con todas las cartas expedidas para el Legado. La necesidad ineludible de poner de acuerdo al Maestre de Santiago y al arzobispo de Toledo, nudo de la cuestión desde Guisando, obligaba a dejar las cosas como estaban. Y no podemos pronunciar la palabra fracaso de la Legación de Borja en este punto, porque los hechos van a demostramos acto seguido, y antes del regreso de Borja a Roma, cuáles eran los frutos en maduración que empezaba a dar esta Legación en el Reino de Castilla.

    La baza conseguida de los Mendoza, es clave de la marcha rápida de los sucesos de Castilla para poner a Isabel en el trono, antes de dos años; y para situarla en Segovia, unida al Rey, su hermano, sin separarse del arzobispo de Toledo, en los próximos meses.

    Borja no dejaba conclusa la negociación, pero la había dejado tan encaminada como ni él mismo podía creerlo al partir para Roma; he aquí su sincera confesión, el 29 de junio, en carta al cabildo de Toledo, cuando ya anuncia su partida para Valencia "crastina die", de camino para la Ciudad Eterna:

    Plurimum operis et temporis consumpsimus in animis horum illustrissimorum Regum conciliandis et dissidiis Regni tollendis, sed ob infinitas difficultates tantum negocium absolvere non potuimus; non desperamus tamen... nihil pretermissise putamus quod ad rem perficiendam expediret; quam, cum protrahi videamus emergentibus novis obstaculis, discedere decrevimus Valentiam... “ (B. N., Ms. 13.110, ff. 85-86v; texto cotejado con el original de Toledo en AZCONA, Isabel la Católica, 186).

    4º EL PAPA Sixto IV. El Legado, en Roma.

    En plena marcha ascensional de Isabel al trono por un entendimiento directo con el Rey Enrique, su hermano, en Segovia, Isabel había enviado a Roma una embajada especial, por el obispo de Oviedo, para exponer al Papa algunas cuestiones que se movían sobre su sucesión al trono. El obispo embajador expuso a Sixto IV su embajada, “assistente etiam venerabili fratre nostro Roderico, episcopo Albanense, Sancte Romae Ecclesiae Vicecancellario"; el Legado de regreso tenía informado al Santo Padre. El Papa tranquiliza a la Princesa, no ya por el embajador mismo, sino por una carta o Breve directo "Carissimae in Christo filiae nostrae Isabel (sic) Principissae Castellae et Legionis, Reginae Siciliae", 19 julio 1474; con una alusión a la información y buenos oficios del Legado, ya en Roma

    "Inter cetera petiit precipue ne ad ullius instantiam in controversia de successione illorum regnorum,,, quidquam vellemus decernere aut statuere, te inaudita; ne quid de jure tuo in illis per Nos demi videretur" ... "Qua in re et respondimus Nos semper in visceribus caritatis te gessisse et deinceps pari benevolentia complexuros; ac quemadmodum hactenus omnia tua Nobis commendata fuere ita posthac quantum cum Deo poterimus, commodorum et dignitatis tuae rationem habituros”...

    "Itaque, filia carissima, in tua, ac progenitorum tuorum erga Nos et Sedem Apostolicam, solita devotione persiste" -(Simancas, PR, Leg. 61, f. 136. Original).

    El reconocimiento de su condición de Princesa heredera, está una vez más, en el texto del Papa.

    Para nosotros, en una biografía de Isabel, después de una segunda Legación Pontificia, este texto de Sixto IV ilustra y despeja cuestiones jurídicas y políticas, con otras secundarias y subalternas cuestiones, sobre el pensamiento y el alma de Isabel la Católica, en su marcha ascensional al trono.

    Cuando esta carta del Papa llega a sus manos, está ya Isabel en el alcázar de Segovia, al abrigo del mayordomo y confidente del Rey don Enrique, en unión con el monarca, su hermano. Y faltan cinco meses para su proclamación en la misma ciudad de Segovia, como Reina de Castilla.

    Las dos Legaciones comparadas.

    Distintas y coincidentes en lo esencial de colocar a Isabel en el trono, tienen características propias.

    La PRIMERA. En ella el Legado es italiano, de Recanati en el. Piceno; obispo de la curia romana, pero experto en asuntos de Castilla donde anteriormente había desempeñado dos Nunciaturas; una, de Calixto III en 1458; otra, de PÍO II; la tercera, ésta que es ya Legación a látere; y desde 1464, es obispo de León en. España. No tiene especial relación con Aragón. (F. Alonso, Los enviados Pontificios, Anthologica, 2, 57-58). Su Legación es la esencial, políticamente con una concordia casi total del Reino; jurídicamente, con cláusulas irreversibles en sí mismas, refrendadas.. por intimación y autoridad Pontificia.

    La SEGUNDA. El Legado es un español, aragonés y obispo de Valencia, pero Vice-Canciller de la Curia romana con residencia en Roma. La derivación aragonesa del matrimonio de Isabel, con los nuevos problemas, le hacen apto para la mediación Pontificia. en. Castilla, en orden a una paz interior e internacional, a base de los Príncipes Fernando e Isabel. Presupone la Legación anterior, que queda en pie y vigente. Viene a raíz de la nueva circunstancia de Val de Lozoya, con un presunto desheredamiento de Isabel conducido por Francia. Esta Legación borra aquella ceremonia, aunque no la hubiese ya deshecho el propio protagonista, duque de Guyena, olvidando a la niña doña Juana, "la hija de la Reina”. El fruto más logrado de esta segunda Legación es. unir abiertamente con la Princesa Isabel a la única gran familia nobiliaria que estuvo ausente de Guisando: los Mendoza. Pero este solo hecho iba a precipitar todos los demás acontecimientos: antes de salir el Legado para Roma, se preparan las negociaciones que llevan a Isabel a instalarse en el alcázar de Segovia junto a su hermano el Rey; presupuesto político y antecedente inmediato de su coronación como Reina, allí mismo en Segovia, en poco más de un año. Ya el Papa Sixto IV ha venido considerando a Isabel "Princesa de Castilla y León".

    Este tema de las dos Legaciones, clave en una biografía de Isabel y dentro de la Historia Eclesiástica, no es desconocido, pero queda desdibujado, en la Historia civil. Es fundamental para fijar la corrección jurídica y moral con que procede Isabel en el que Menéndez Pidal ha llamado "El difícil camino de un trono" (Historia de España, tomo XVII, titulo del prólogo, Madrid 1969).

    VIII. Reina de Castilla. 1474

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    NEGOCIAR. He aquí la línea seguida por Isabel, invariablemente, a pesar de las situaciones contrarias que se le crean, de dentro y de fuera.

    Ya antes de la partida del Legado Borja, comienzan unas activas y sutiles negociaciones previas (junio-diciembre 1473) que dan lugar a las negociaciones directas con el Rey Enrique IV desde enero de 1474, y dan por resultado la unión de ambos hermanos en Segovia.

    "La paz, y no la guerra, le parecía camino más adecuado para el logro de sus aspiraciones". “Esta vez Isabel se opuso resueltamente a los deseos de su suegro y a consentir que Castilla, próxima a pesar sobre sus sienes, adquiriera graves compromisos de carácter militar". Se refiere aquí Suárez al ataque francés al Rosellón, frontera aragonesa, que obligaba a Aragón a luchar y que ponía en pie de guerra a la alianza occidental Inglaterra-Bretaña-Borgoña; estos ciertamente preparaban la invasión de Francia por el noroeste. (Política Internacional de Isabel..,, 1, 76). Isabel se puso en comunicación directa con Luis XI (B. N., París, Ms. Lat. 6024, f. 186; en Suárez, íd. íd.). Esto, a pesar de los tratados de los Príncipes con Inglaterra y Borgoña, y el último con Bretaña (8 agosto 1473), tratados bretones con Castilla a nombre de los Príncipes y no del Rey Enrique IV, como si allí se presintieran los hechos ya cercanos de Castilla. Isabel firmaba el acuerdo con Bretaña en noviembre de 1473 (Suárez, Id., 72) cuan-do las negociaciones directas con el Rey, su hermano, entraban en una venturosa fase.

    Estas dilaciones que impusieron las reservas de la joven Princesa, dieron lugar a la circunstancia que modificaba todo el dispositivo de la alianza occidental de Aragón contra Francia: la muerte de Enrique IV y el comienzo del reinado de los Reyes Católicos en Castilla.

    El tiempo y la providencia de Dios ayudaron al firme propósito de paz, siempre mantenido por Isabel en sus años de Princesa, y tan venturosamente conseguido. Después, el primer tratado de paz de Isabel Reina, es con Luis XI de Francia, esa fuerza que había amenazado a Castilla por el norte mientras ventilaba la invasión portuguesa por el oeste. (9 oct. 1478. AGS Estado-Francia, K-1638, nº 26. Texto en Suárez, id. 383-415).

    Hacia el Alcázar de Segovia.

    El año 1473 las adhesiones a Isabel por parte de los Nobles y de las ciudades, antes medrosas ante el poder del maestre, se van manifestando abiertamente. El año 1473 es de marcha ascensional para Isabel.

    El fiel mayordomo de Enrique IV, Andrés de Cabrera, ya casado con Beatriz de Bobadilla, una de las damas de Isabel-Infanta en Segovia (1467), conservaba la tenencia de los alcázares de Madrid y de Segovia, las dos ciudades (villa y ciudad) que alternaban la estancia de la corte en esos años. El maestre, que empezaba a verse como el coloso acorralado, pretende del Rey que le entregue la tenencia de los dos alcázares, quitándoselos a Cabrera Enrique IV accede a la entrega del de Madrid (Memorias de Enrique IV, doc. CCI, 698-700) y vacila en entregarle el de Segovia que contenía los tesoros del Reino. Entonces el maestre prepara un golpe de mano sobre este alcázar y contra el mayordomo Cabrera. Si atendemos al cronista oficial, Castillo, "de aquesta sedición fué avisado el Rey por el Legado, que estaba en Guadalajara, tres días antes" (y no por los Mendoza?); "e sabido, mandó al mayordomo que se apercibiese con tiempo de armas e gente" (Crónica, c. CLXI). Esto salvó a Cabrera y al alcázar, en este primer intento del maestre; y permitió la negociación que, a continuación, inició Cabrera con la Princesa Isabel, aconsejado por el cardenal Mendoza. Los Mendoza comienzan a actuar, a espaldas del maestre y en forma que va a ser decisiva.

    El 15 de junio de 1473 (el Legado prolonga su estancia hasta septiembre), firma Cabrera en Segovia una capitulación con la Princesa, para unirla a ella y al príncipe con el Rey, e instalarles a ambos en el alcázar de la ciudad. Firme y animosa decisión del mayordomo, que prácticamente supone hacerse fuerte en el alcázar contra el Maestre de Santiago, y dar paso franco a Isabel al trono, en acuerdo (inteligente y matizado acuerdo) con el Rey y sin el maestre (Original en Arch del conde de Miranda; copiado por la Acad. de la Hist., Col. Salazar, A-7, f. 89-91; editado por la Acad. en Memorias de Enrique IV, doc. 199, 693-697). ¿Cómo se explica empresa de tanto aliento?; Por dos hechos:

    1º Andrés de Cabrera y su esposa Beatriz de Bobadilla "Hablaron con el Rey, diciéndole cuánto mejor seria tener a su hermana consigo y estar con ella con mucho amor, pues que veía que el Maestre de Santiago le ponía de continuo en mayores necesidades".

    2º "De aqueste trato fueron sabidores e consentidores e consejeros el Cardenal de España e el Conde de Benavente". Y de los medios audaces para ponerlo en ejecución, es decir, traer a la Princesa al alcázar de Segovia desde Aranda de Duero, y con ella al propio arzobispo de Toledo, "esto fizo con agrado e consejo del Cardenal de España, QUE ESTABA CONFEDERADO CON LA PRINCESA DOÑA ISABEL SOBRE FIRMAS E SELLOS" (Textos del cronista oficial, c. CLXIV). No conocemos documentalmente esta capitulación del cardenal con la Princesa, si no es la noticia del compromiso secreto de los Mendoza y de D. Pedro de Velasco, el Condestable, Con la Princesa en Ocaña, enero de 1469 (en Paz y Meliá, doc. 18, p. 80).

    El Legado, entonces en Guadalajara, huésped de los Mendoza, queda en la penumbra de estos hechos. Pero todo da la impresión, cercana a la evidencia, de que Borja, fracasado su plan de Madrid a base del Maestre, empuja ahora la solución de Segovia sin el Maestre, pero con todo el arrastre de opinión y de fuerza de los Mendoza.

    La capitulación escrita es de un estudio político apuradísimo y matizado del mayordomo Andrés de Cabrera y de la muy despierta Beatriz de Bobadilla. En ella figura el Legado Pontificio y están los conceptos esenciales de la Concordia de Guisando. Cabrera se asegura de que la Princesa, "por sí, e en nombre del dicho señor Princípe.... me darán seguridad bastante de prendas para que sea guardada la vida e estado del dicho señor Rey" y que "le terná como a verdadero señor e padre e le obedescerá e servirá". Estipula también Cabrera que para esta gestión con el Rey, tome la iniciativa la Princesa; que "la dicha señora Princesa me envíe una su carta, firmada de su nombre e sellada con su sello"; y que él se compromete: "que trabajaré con todas mis fuerzas quel dicho señor Rey se junte luego con sus Altezas e con el dicho señor arzobispo [de Toledo] e conmigo" en el alcázar de Segovia; "para que después de sus días, del dicho señor Rey, los dichos señores Príncipes, hereden los dichos regnos de Castilla e de León". Pero la Princesa está en Talamanca; y Cabrera quiere seguridades de que los capítulos de esta concordia le lleguen auténticamente de mano de ella misma, para lo cual quiere seguridades, que, en última instancia, pueden ser las firmas "del reverendísimo señor Legado de nuestro muy Santo Padre e del Marqués de Santillana”, "por donde ellos digan e den fe que aquello se asentaba con la dicha señora Princesa". Dado este paso definitivo, añade Cabrera "que yo sea luego tenudo, sin más dilación, de me juntar con la dicha señora Princesa" en "la dicha ciudad de Segovia", adonde tendrá que trasladarse la Princesa con las cautelas necesarias, porque, al fondo, quedan las otras cautelas del maestre de Santiago... (Original; Arch. del conde de Miranda; texto de la Acad. de la Hist. en Memorias, Id., Id.). El Príncipe está en Aragón; Cabrera exige a la Princesa las seguridades y garantías de su marido: "quel dicho señor Príncipe, desque venga, o desde Aragón, si menester fuere, me faga las dichas seguridades".

    Y que, finalmente, en el plazo de veinte días "yo trabajará por aver e ganar la voluntad del dicho señor Rey" (Id., Id.).

    Cabrera tenía seguridad de conseguirlo. Ya lo había hecho y conseguido en la circunstancia de Guisando, que ahora se viene a la memoria. Y de & salió entonces, como consecuencia, la preciosa carta autógrafa de Enrique IV para su hermana Isabel, de que allí se habló, y dejamos transcrita. El mayordomo acredita una vez más su fidelidad a Enrique IV, y sabe que esta misma fidelidad y obediencia forma parte del pensamiento de Isabel. Esta comunica la buena nueva a Femando por un correo secreto a Gerona con fecha 27 de junio. (Textos de Fita en Vicens, Fernando II..., 344).

    Del documento a la realidad:

    ISABEL EN SEGOVIA.

    Es el acontecimiento más venturoso de la vida de Isabel en su camino hacia el trono, en esta última etapa.

    Anotaremos los hechos y datos esenciales. La capitulación de Cabrera con la Princesa había descendido a los últimos detalles de la realidad política del momento, en una concordia sin el maestre: que si éste consiguiese que las cosas fuesen al terreno de la fuerza, o de hecho o por amedrentar, él se comprometía a poner a disposición de los Príncipes, para su defensa, los tesoros del alcázar; hasta ese extremo; "que en tal caso yo sea tenudo de gastar del dicho tesoro el sueldo que será menester... para defensa del estado e honra de los dichos señores Príncipes e de los que los sirven e siguen... con tanto que el dicho sueldo se gaste por mi mano... e no en otra manera" (atención a la errata de imprenta de la edición; el documento dice "e no en otra manera". E. Acad. Salazar, A-7, f. 90r).

    Las cosas quedan situadas en un terreno realista y pragmático de lo que puede suceder. Cabrera deja previsto, y afronta sin paliativos, un posible enfrentamiento con el maestre. Por primera vez, desde que Pacheco se apoderó de la voluntad del Rey a raíz de Guisando, alguien en el Reino afronta esta situación sin ambages. Cabrera había vencido, militarmente, los intentos del maestre de apoderarse del alcázar por la fuerza. Pero esto no era bastante para fundar esta sensación de poder que aquí está dando el mayordomo desde el alcázar. Hay algo más en el trasfondo de las adhesiones a su causa y a la bravura con que ahora la plantea. Y de ello, solamente un hecho anotaremos: la capitulación de Cabrera y de su mujer la Bobadilla, con el conde de Benavente. Este era uno de los Nobles de postura interrnedia, al lado del Rey, fácil a los Príncipes, oscilante en sus relaciones con su suegro el maestre.

    Han pasado largamente los "veinte días" del plazo que se daba Cabrera con la Princesa para convencer al Rey; de junio a noviembre. En fecha del 4 de este mes, 1473, firman Cabrera y Beatriz una capitulación con don Rodrigo Pimentel, conde de Benavente, por la que se obligan mutuamente a ayudarse para que Isabel sea la sucesora en el trono, "porque ellos entienden que es servicio de Dios e del dicho señor Rey e bien destos regnos" y para conseguir que el Rey "se junte e conforme con la Princesa doña Isabel su hermana" en un plazo de "cuarenta días"; para lo cual, si preciso fuere, el mayordomo y su mujer han de ayudar al conde "con sus fuerzas e tesoros que en ellas tiene", "e con su persona e gente e casa"; por su parte el conde les ayudará "por su persona e con toda su gente e Casa e fortalesas e parientes e amigos". Juran la Capitulación "a Dios e a Santa María e a esta señal de cruz t" y por "los santos evangelios". (Original en Arch. del conde de Miranda; copiado por la Acad. de la Hist. 9/6483, ff. 602-603v, donde da tachada la signatura del original "entre los papeles de Moya, leg. 7, nº 5"; edic. Id., Memorias, doc. CC, 697-698), El Mayordomo, su mujer y el conde tuvieron fortuna en sus gestiones separadas.

    Las cosas sucedieron a los "cuarenta días", como se había capitulado. El Rey Enrique IV accedía a que Isabel se uniese con él en Segovia en el alcázar. Más aún, que la acompañase el arzobispo de Toledo; detalle éste, sustantivo en las prudentes medidas de Isabel.

    El viaje había de ser con cautelas, en las Navidades de este año 1473. Aquí es donde a la documentación añade el cronista oficial un primer viaje de contacto con la Princesa, verificado por Beatriz de Bobadilla de Segovia a Aranda, para fijar la fecha del que haría Isabel con el arzobispo de Toledo: según Castillo Beatriz lo hizo "vestida como labradora encima de un asno, muy encubiertamente sin ser conocida ni sentida"; "e así, fecho su concierto con la Princesa para que cierto día viniese, e la meterían en el alcázar, se tornó tan secretamente como fué". Creemos en este añadido del cronista (c. 164); no de otro modo hizo Fernando su encubierto viaje a Valladolid para casarse, y ahora, asimismo, el viaje a Segovia, días después que Isabel.

    El VIAJE de la Princesa con el arzobispo de Toledo, se acordó para el 27 de diciembre. El Rey pasaba las Navidades en Segovia. Va a darnos noticia, de primera mano, de este viaje, y de los primeros días de estancia en Segovia, el propio arzobispo en carta original al Rey de Aragón. El Príncipe está ausente.

    “ El día de san Iohan, tercero de Navidad, fué acordado que la Senyora Princesa, e yo con su Señoría..., viniésemos a esta cibdad de Segovia donde el señor Rey, su hermano, está".

    "E día de los Inocentes andovimos desde Aranda fasta entrar en el Alcázar, donde se aposentó la Senyora Princesa e yo".

    "E otro dia, porque su Alteza venía cansada, el señor Rey la dexó reposar".

    "E después de comer vino a la ver en una sala dond-e la mandó servir e sacar lo más de las cosas que aquí tiene [¿los tesoros del alcázar?], e ovo muy gran plaser con su Señoría, e fablaron mucho",

    "E otro dia vino a la veer, e cenaron entrambos con grand servicio e plaser e, la señora Princesa dançó allí é el señor Rey cantó delante della, e estovíeron en su gasajado gran parte de la noche".

    ¿Y EL PRÍNCIPE? El Rey "daba gran priesa que el señor Príncipe viniese".

    Isabel le envió a llamar a Turégano, donde el Príncipe había llegado observando de cerca los acontecimientos. Continúa su relación el arzobispo; el Rey sigue agasajando a su hermana:

    “E otro día siguiente, después de comer, la llevó por la cibdad porque todo el pueblo la viese; e la llevaba por la rienda. E desto va la nueva muy alegre por todo el Reino”.

    LLEGADA DEL PRÍNCIPE DON FERNANDO. Isabel le había llamado con urgencia. Pero el arzobispo insiste en que la prisa era del Rey mismo.

    "E por la priesa que el señor Rey dava, oy sábado, en amaneciendo, llegó el señor Príncipe".

    Su viaje también de noche; en la helada noche segoviana de fin de año; llegó al amanecer del día 1 de enero, 1474. Lo mismo que en la llegada de la Princesa, el Rey le dejó descansar.

    "El señor Rey no lo ha aún visto, porque lo dexa reposar, que abrá andado lo más de la noche”...

    En la postdata de la carta, describe la entrevista del Rey con el Príncipe:

    "Acabando de escribir esta, vino el señor Rey a rescebir al señor Príncipe. El plaser que ovieron fué muy grande, e así mismo todos. El señor Príncipe dançó en su presencia, de que ovo mucha alegría que seria largo de contar. Fue su alteza TAN CONTENTO DE SU SEÑORIA, QUE NO PODIA SER MAS".

    Era la primera vez que Enrique IV y el Príncipe de Aragón se veían; al menos desde los azares políticos del matrimonio de Fernando e Isabel. No fue solamente un contacto cordial; y no seria poco después de los dramáticos acontecimientos que conocemos. Había algo más que una visita de distensión. Lo que el Mayordomo Cabrera y el conde de Benavente, y los Mendoza habían pedido al Rey con esta venturosa venida al alcázar de Segovia, era frontalmente el confirmar la sucesión de la Princesa Isabel, su hermana, al trono. Esta fue toda la motivación de las dos Capitulaciones (Cabrera-Isabel, Cabrera-Pimentel). Prosigamos con la carta del arzobispo, quien ahora va a darnos su visión del asunto de su presencia personal en Segovia, más significativa que la de los mismos Príncipes; no hubo, ni en Guisando, resistencia mayor contra Enrique IV que don Alfonso Carrillo, arzobispo de Toledo.

    Recordemos que el Legado y los Mendoza, juntos en Guadalajara, habían querido llevar a los Príncipes a esta ciudad, sacándoles de la compañía del arzobispo de Toledo. Cosa a que no se avino la Princesa; alejarse del de Toledo era una aventura de riesgo que Isabel no quiso correr, y quizá más todavía, era un compromiso profundo con el Prelado que había mantenido en alto a los Príncipes en las horas de la prueba. La concordia habría de hacerse también con el arzobispo Carrillo. Y ahí está en el alcázar de Segovia con los Príncipes y con el Rey. Dice el arzobispo al Rey de Aragón:

    "Ahora... cognoscerá vuestra Alteza con qué celo se movían los que a vuestra señoría daban a entender que yo no dava lugar que estos señores vuestros fijjos fuesen a casa de algunos cavalleros a estar en rehenes, diciendo que se faría por aquello la pas en el Reino",

    Amarga alusión a los Mendoza, especialmente al cardenal. Tanto como "rehenes” no habíamos entendido en la proposición de Guadalajara, ordenada por el Legado. Pero fundamentalmente los sucesos de Segovia están dando una prueba de la cordura de la Princesa y de las cautelas del Príncipe en aquella ocasión, en la que se imponía una espera que ellos no imaginaban iba a ser tan breve y corta. Sigue el arzobispo:

    “Pienso, por cierto, e aun así es o vista de todo el Reino, QUE EL CAMINO VERDADERO A SEDO ESTE QUE HAVEMOS BUSCADO los que el servicio de vuestra Alteza e de los dichos señores deseamos. E a esto, crea vuestra señoría, que se allegan LOS MÁS DE LOS GRANDES DEL REINO. E mire vuestra Alteza que en solo esto se sanean todas las cosas de acá e de allá".

    Está en estas líneas, de fondo y de forma, la rivalidad del Primado con el nuevo Cardenal, que irá en creciente y traerá consecuencias, no tan graves para Isabel como cabría temer. Pero la presencia de Carrillo en Segovia con los Príncipes, y huésped de Enrique IV en el alcázar (el Rey se aposentaba en el palacio) es lo altamente significativo que expresa el final de la carta al Rey de Aragón:

    "Por lo qual deve vuestra real señoría dar más gracias a nuestro Señor que jamás le dió, pues que TAN MILAGROSAMENIE OBRA...' "Archiepiscopus Toletanus". Rúbrica. Sello de placa.

    (Carta, Segovia, 1 de enero de 1474. Oríginal, AHN, Poblet, Reyes de Aragón,, Juan II: sign. provisional. Editada por Paz y Meliá, en Rev. de Archivos, 1, 1897, 314 a 316; y en El cronista..., doc. 64, Madrid 1914, l56-1~7).

    Esta acogida de Enrique IV a su hermana, este mucho fablar entrambos, el hacer participante al pueblo de Segovia de esta intimidad farniliar paseando el Rey a la Princesa por las calles, llevándole la rienda de la cabalgadura, tiene más importancia que un tratado en la manera de ser de Enrique IV.

    Quería más Enrique: hacer lo mismo con el príncipe Femando, y que se les viera juntos a los tres por las calles de Segovia:

    “El domingo, a nueve de enero, cavalgó EL REY Y EL PRíNCIPE Y LA PRINCESA por toda la cibdad de Segovia con el mayor plazer del mundo”.

    “Después fueron a merendar con Cabrera, el mayordomo" (Carta de Vázquez de Acuña al Rey de Aragón; Guadalajara, 10 de enero 1474, Acad. Hist., Col. Salazar, A-7, 1.149. Original. Edic. Azcona, Isabel la Católica, 196-197).

    Podía justamente Fernando, con intuición no fallida, echar las campanas al vuelo comunicando estas noticias a los conselleres de Barcelona y a Valencia. (Vicens, Fernando II, 368, notas). Ningún suceso haría ya cambiar las cosas.

    Muchas tendrán que pasar a raíz de la venturosa nueva. Fernando tendrá que evolucionar por el Reino al compás de los acontecimientos, porque el Maestre de Santiago, por más que se sienta acorralado por el desafío del alcázar de Segovia, tiene recursos para intentarlo todo, y detener las conversaciones entre el Rey y los Príncipes. Pero Isabel ya no se moverá del alcázar. Y ninguno de los movimientos políticos de esos meses de 1474, cambiará las cosas en lo sustancial de lo que significó la acogida íntima de su hermano el Rey, quien volverá a Segovia repetidas veces. (Torres Fontes, Itinerario, año 1474). El Príncipe tendrá en todo momento abiertas las puertas de Segovia para ir y venir segdn le convenga (los sucesos de estos meses del año 1474, en Vicens, Id., 370-377; en Azcona, Id., 197-205; y en Isabel del Val, Isabel la Católica Princesa, 1468-1474, Valladolid 1974, 331-341).

    Si desde cualquier lugar del Reino Isabel iba ganando adhesiones de Nobles, ciudades y villas a lo largo de 1473, ahora desde su atalaya inamovible del alcázar de Segovia, en 1474, acogida por el Rey, irá viendo sumarse más abiertamente las adhesiones; sólo el contar con los Mendoza, a los que va a tardar poco en sumarse su cuñado don Beltrán de la Cueva, va suponiendo día a día sumas hacia un consenso del Reino, superior y más sólido del que se consiguió en Guisando. He aquí uno de los aspectos más positivos y logrados de la estancia de Isabel en el alcázar de Segovia.

    La Providencia divina, cuya acción escapa a la letra de los documentos y al literalismo de los historiadores, va ordenando las cosas desde la acción del Legado hasta la sorpresa de Segovia en el descrito 28 de diciembre y primeros días de enero, para desembocar en la sorpresa mayor del ya cercano 13 de diciembre de 1474: la proclamación de Isabel. Una cosa es clara y esencial: la joven Princesa había sabido convencer. Castilla estaba con ella.

    Muerte del Maestre de Santiago. Octubre 1474.

    Murió en Santa Cruz, cerca de Trujillo. Suceso siempre luctuoso, representó en Castilla, no digamos "alegría" como escribió Gutierre de Cárdenas, pero sí un respiro de paz. "Aquí en esta ciudad [Segovia] por un poco de sentimiento que fizo la señora Princesa, como era de razón, tomaron una enemiga con su Alteza e con todos, fasta que poco a poco tornamos ser amigos como de primero”.El alcázar con su teniente Andrés de Cabrera, bajaba la guardia que habla sido preciso mantener en alto; y ya no era lo mismo, ni en poderío ni en consideraciones, habérselas con su hijo Diego López Pacheco, marqués de Villena. Los asuntos de Castilla, no solamente los relativos a Isabel, queda-tan aligerados del peso y de la inteligencia de maniobra personal del maestre don Juan Pacheco.

    Estamos citando la carta de Gutierre de Cárdenas, maestresala de la Princesa, al Príncipe don Fernando dándole cuenta minuciosa de la muerte y de los últimos días del maestre (Segovia, 20 oct. 1474; en Paz y Meliá, El cronista..., doc. 69, 165-170). "Creo que abrá de aber cosas muy grandes e nuevas en estos reinos, donde espero en nuestro Señor que vuestra Alteza e la senyora Princesa serán servidos". "Querría ver vuestra Alteza más cerca de a quá". Todo el mundo [está] con el mayor deseo de ver a Vuestra Alteza acá".

    El mayordomo estaba enfermo "todavía en la cama". "La senyora Princesa está muy buena, e la senyora Infanta,[su hija de cuatro años de edad] ya del todo sana y muy buena y del todo libre, e muy linda”. Hay una alusión a "doña Teresa”, Teresa Enríquez, su mujer que ya estará para siempre al lado de Isabel. Princesa y Reina; la recogida y virtuosa dama que será llamada "la loca del sacramento".

    Añade Cárdenas, que en la hora de la muerte, el maestre prometía "dar paz perpetua en Castilla, aunque le costase la vida". La fuente de este dicho es el Prior de Guadalupe, el que asistió al maestre en sus últimos momentos; y trae la noticia Diego García; Éste había sido enviado "a ver al maestre de parte de la senyora Princesa" en su enfermedad, "e quando llegó a Guadalupe, fallole enterrado". Y, de la misma fuente, "diz que dixo que la verdadera heredera de estos reinos no era otro sino la senyora Princesa". Puede ser; lo había dicho tantas veces en otras contingencias de su vida, que bien pudiera decirlo ahora de cara a la muerte. Esta es la noticia; ni más ni menos; añade Cárdenas, por su cuenta: "Por do podrá ser que nuestro Senyor aya piedat de su alma". "De muchas maneras cuentan esto; lo que es, Dios y él y el frayle lo saben".

    Sólo estas líneas cortas de testimonio sobre la actitud de Isabel en la enfermedad y en la muerte del Maestre de Santiago; después vendrá una documentación larga sobre la efectividad de los perdones y los olvidos; esto ya en la persona del hijo del maestre, Diego López Pacheco.

    Lo uno y lo otro forman parte de la biografía, de la grandeza de la vida y del alma de Isabel la Católica.

    Muerto el maestre, las apetencias del maestrazgo de Santiago se vieron activadas por una disposición rápida del Rey, de entregarlo al hijo del difunto, Diego López Pacheco, marqués de Villena; para gestionarlo envió a Roma a Diego de Saldaña (Arch.. de Frías, 10, núms. 14 y 15), lo cual produjo no solamente la indignación de los aspirantes al maestrazgo (Carta de P. Fajardo' a Cardona, en Paz y Melia, doc. 71, p. 171), sino un mal efecto general en el Reino; “de donde subcedió que ta mayor parte de Zos Prelados e cavalleros del Rey, se aficionaron a la Princesa su hermana, poniendo gran dubda en la hija" (Crónica oficial, Castillo, CLXVII). Este proceso de adhesiones había sido más lento y estaba colmándose ya antes de la muerte del Maestre de Santiago; pero el hecho referido, acumuló adhesiones a los Príncipes. Dice el mismo cronista oficial que esto lo hizo el Rey para poner al hijo del maestre a cubierto y en poderío y privanza,. "porque sintió que algunos Grandes del Reino QUE EL TENiA POR MUCHO suyos, tenían más afición con la Princesa su hermana que con la hija" (Id., íd.). La documentación nos tiene informados de que estos eran, principalmente, los Mendoza, el Condestable F. de Velasco y el conde de Benavente; el mismo Luis de Chaves, con quien el Rey desahogó sus sentimientos ante la prisión. del propio marqués de Villena por el conde de Osorno (Acad. Hist. Memorias de Enrique IV, 704-705); este Luis de Chaves era un fiel confidente de la Princesa Isabel.

    Muerte de Enrique IV. 11 de diciembre.

    A sólo dos meses de la muerte de don Juan Pacheco, se precipitan los acontecimientos que tenían por escenario y vigía el alcázar de Segovia. El Rey, enfermo ya desde las primeras conversaciones con su hermana en esta ciudad, donde, en su enfermedad, "los Príncipes sus hermanos íbanlo a ver" (Castillo, Crónica, CLXIV), ya no tuvo salud en todo el año 1474, y sin salud afrontó el viaje a Extremadura, del que volvió a Madrid quebrantado. Murió en la noche del 11 al 12 de diciembre. Es la fecha que dieron los enviados oficiales a Segovia a comunicar la triste nueva, como veremos a continuación.

    Se confesó con el Prior de san Jerónimo del Paso, Fr. Pedro Mazuelo, "por espacio de una hora"', y con él y con los testamentarios, dispuso su enterramiento en Guadalupe "debaxo de la sepultura de la Reyna su madre, doña María" (Castfllo, Id., CLXVIII).

    A su lado estuvo el cardenal Mendoza, quien celebró la misa de exequias en san Jerónimo, dispuso su enterramiento provisional en este monasterio y organizó su traslado definitivo a Guadalupe. Cumplidos estos oficios de fidelidad personal hasta el fin, quiso rubricar su fidelidad a la monarquía, saliendo para Segovia al lado de la Princesa Isabel, donde llegó el día 21, ocho días después de la proclamación de la ya Reina.

    El Rey había nombrado testamentarios al cardenal, al conde de Benavente, al marqués de Villena, depositario de la niña doña Juana, y al duque de Arévalo.

    Las cuestiones movidas en 1504, muerta ya Isabel, sobre el Testamento de Enrique IV, están tratadas en la obra reciente de Mª Isabel del Val, Isabel la Católica Princesa, que está en prensa al mismo tiempo que esta obra, en ediciones del Instituto "Isabel la Católica" de Historia Eclesiástica, Valladolid 1974, 352-354.

    A continuación vamos a asistir al reconocimiento de Isabel como Reina en Segovia, por parte de dos testamentarios de Enrique IV: el cardenal Mendoza y el conde de Benavente.

    Proclamación de Isabel. 13 diciembre 1474.

    La noticia de la muerte del Rey fue llevada oficialmente desde Madrid a Segovia por Rodrigo de Ulloa y Garcí-Franco, del Consejo de Enrique IV, el día 12. El funcionamiento de la institución monárquica prevé la proclamación inmediata del heredero; así habría de hacerlo Femando el Católico en Medina del Campo, el mismo día de la muerte de Isabel, 26 de diciembre de ~504, proclamando Reina de Castilla a su hija doña Juana, la loca.

    Así, pues, el siguiente día 13 tuvo lugar en Segovia la ceremonia oficial de la proclamación de Isabel en la plaza mayor y en la contigua iglesia de san Miguel. El documento es el acta de la proclamación extendida en el Concejo de Segovia, "a treze días del mes de diciembre" (Arch. Munic. de Segovia; edic. de M. Grau en Estudios Segovianos, 1, 1949, 24-36). Hemos agradecido al Marqués de Lozoya esta noticia de investigación.

    Nadie levanta pendones por Juana, la hija de la Reina; Nobles, Prelados ni ciudades. Ni en Madrid, donde muere el Rey y donde está Juana, de doce años de edad, en poder del marqués de Vi-llena, uno de los cuatro testamentarios del monarca. En Madrid está, asistiendo a los últimos momentos del Rey, el cardenal Mendoza, testamentario y en cuyo poder estuvo esta niña hasta 1470. Sin embargo el mecanismo sucesorio de la institución, funciona en Segovia, apenas llega la noticia oficial de la muerte del Rey. El cardenal Mendoza, terminada su misión con las exequias en Madrid, sale para Segovia a sumarse a la proclamación, y está en la ciudad el día 21. Tres días más tarde, el 24, firma con el conde de Benavente (el cuarto testamentario), con el Condestable Fernández de Velasco y el Almirante de Castilla, una capitulación para dar firmeza a la proclamación de Isabel. (Acad. Hist., Memorias de Enrique IV, 706-707), a la que se une después don Beltrán de la Cueva.

    Ni Madrid ni Plasencia, las dos ciudades de los dos títulos que han mantenido a la hija de la Reina! Plasencia, feudo de los Stúñigas, los siempre confederados con el Maestre de Santiago, y ahora con su hijo el marqués de Villena. Silencio en estas dos ciudades (Suárez, en Historia de España, de M. Pidal, xvir, 85-87). Villena y Plasencia son los dos títulos nobiliarios a los que se reduce, a fines de este año 1474, lo que queda de opinión y de gestos en torno a "la hija de la Reina" (Suárez, Id., Id.). Silencio en ellos, en toda su área nobiliaria y en sus ciudades a la muerte del rey en Madrid. Son dos de los cuatro testamentarios de Enrique IV. El día 24, está en Segovia también el arzobispo de Toledo.

    El Reino de Castilla, con sus instituciones, con sus linajes y sus ciudades, se vuelca en Segovia. Así era, analizados los hechos, la situación interior. Sólo una intervención extranjera, Portugal o Francia, quedaba como esperanza al menguado grupo nobiliario de los Pacheco y los Estúñiga.

    El proceso lento de adhesiones a los Príncipes desde la Legación Pontificia de Rodrigo de Borja, culmina en este consenso general de la proclamación de Segovia.

    Ceremonia de la proclamación. Con asistencia del Nuncio.

    En ella, y en el ACTA que en ella se extendió, va a aparecer la princesa Isabel, a sus 23 años de edad, abrazada al pendón de Castilla que portaba en sus manos, ante el altar de la iglesia de san Miguel. Allí "ofreció el dicho su pendón a Dios en manos de un preste que en el dicho altar estaba”, a presencia del Nuncio,. Líanoro de Líanoris. (ACTA, Id.) - Ofrecimiento profundo, nunca fallido en treinta años de Reinado.

    El orden de la proclamación se verificó en tres tiempos, en los cuales se han especificado los hechos históricos y los fundamentos jurídicos de la sucesión de Isabel al trono. Todo ello en el ACTA.

    1º El Concejo de Segovia, en la iglesia de San Mtguel donde celebra sus sesiones "de uso e de costumbre", recibe a dos mensajeros de la Princesa enviados desde el alcázar, Alonso de Quintanilla y Juan Díaz de Alcocer; solicitan del Concejo que sea jurada por Reina, previa declaración de los enviados de Madrid sobre la muerte del Rey. La Princesa dice que esto se pide en virtud del derecho de sucesión de su hermano el Rey, fallecido "sin dexar fijo ni fija legítimo heredero". El Concejo accede "aviendo como han por cierto e notorio" que el Rey no ha dejado "fijo ni fija legítimo que herede estos dichos regnos", como a continuación explicarán.

    2º En la plaza mayor, "en un cadahalso de madera que estaba fecho en el portal de la dicha iglesia [de san Miguel] contra la dicha plaza". Aquí es la ceremonia de la proclamación. La Princesa, "asentada en su silla Real", "estando ende con su Alteza, Micer Leanoro de Lianoris, Nuncio de nuestro muy Santo Padre". (Lo fue de 1472 a 1475). "E muchos cavalleros e nobles", "e muchos Religiosos de las Ordenes de san Francisco e santo Domingo; el cabildo de la Catedral y el Clero, representados por don Nuño Fernández de Peñalosa, arcediano de Sepúlveda y don Esteban de Daza, protonotario; todo el Concejo de Segovia, citados sus nombres.

    El doctor Díaz de Alcocer, dirigiéndose a la Princesa, expresa las razones jurídicas de la sucesión: que el Rey ha muerto sin dejar fijo ni fija que pueda heredar", y ésto lo funda en el reconocimiento que de ello hizo el Rey: “reconosciendo aquesto la ovo intitulado e jurado por Princesa e su legítima heredera... en un día del mes de setiembre del año... mill e quatrocientos e sesenta e ocho años e mandó eso mesmo a los perlados e cavalleros e letrados"; "e rogó e pidió a don Antonio Jacobo de Véneris, Legado Apostólico que allí estava presente que confirmase el dicho acto por la abtoridat apostolica e lo mandase guardar e los compeliese a ello por censura eclesiástica, lo qual todo el dicho Legado fizo e mandó" (Acta, Id.).

    Queda patente que Isabel la Católica fundó sus derechos sucesorios EN LA CONCORDIA DE GUISANDO, firmemente autorizada por el Legado Apostólico, nunca revocada por el Papa Paulo II, reafirmada por su sucesor el Papa Sixto IV con una nueva Legación. Todos los vaivenes de la política, desde Guisando hasta la fecha de esta ceremonia, han sido tenidos por Isabel como cosa vana, jurídicamente hablando.

    Dicho esto, se toma juramento a la Reina: "juraba e juró por Dios e a la señal de la cruz en que puso su mano derecha e por las palabras de los santos evangelios... sobre que, asimismo, puso su mano derecha, que SERÁ OBEDIENTE A LOS MANDAMIENTOS DE LA SANTA IGLESIA Y QUE HONRARÁ LOS PERLADOS E MINISTROS DELLA E DEFENDERÁ LAS IGLESIAS, A TODO SU LEAL PODER, e que mirará por el pro e bien común de los dichos sus regnos de Castilla e de León... e mantendrá sus súbditos en justicia como Dios mejor le diese a entender, e no la pervertirá". El juramento se extiende a los privilegios de personas, ciudades e instituciones según el derecho de Castilla que obligaba a los Reyes.

    Entonces todos los presentes, “fincadas las rodillas ante su Alteza dixeron que ellos, por sí, e en nombre de los dichos sus regnos rescibían e reconoscian a la dicha señora Regna doña Isabel por su Reyna e señora natural propietaria destos dichos reynos como a hermana legítima e universal heredera de dicho señor Rey".

    El acta reseña una ceremonia larga, en la que no falta la confirmación de la tenencia del alcázar de Segovia a don Andrés de Cabrera, que aquí aparece; instrumento ejecutor de todo el plan nobiliario de elevar a Isabel al trono, pasando por el alcázar.

    Por fin, "los reyes de armas" dieron el grito de ritual: "Castilla, Castilla, Castilla por la muy alta.,. reyna e señora, nuestra señora la reyna doña Ysabel e por el muy alto e muy poderoso Principe, Rey e señor nuestro señor el Rey don Fernando, como su legitimo marido".

    3º En la iglesia de san Miguel, la ceremonia breve de postrarse la Reina en oración y ofrecer el pendón de Castilla a Dios ante el altar, como se ha expresado ya.

    El Rey Don Fernando, en Segovia. 1 de enero 1475.

    Ausente don Fernando en Aragón cuando sucedieron estos acontecimientos, llegó a Segovia dieciocho días más tarde, el día 1.0 de enero. Para esa fecha habían ya llegado los personajes que están presentes en la ceremonia de admisión en la ciudad, jura y proclamación de don Fernando. El documento es una nueva ACTA, extendida el día 2 de enero de 1475 (Arch. Munic. de Segovia, edic. de M. Grau, en Estudios Segovianos, I, 36-39).

    Verifica igualmente la ceremonia el Concejo de Segovia, y se citan presentes el cardenal Mendoza, el arzobispo de Toledo, el Almirante de Castilla, los duques de Alba y de Alburquerque (don Beltrán de la Cueva) y los condes de Benavente y de Treviño, "e otros condes e perlados e cavalleros destos dichos reynos". El arzobispo de Toledo le tomó el juramento, similar al emitido por la Reina, y el de guardar los privilegios de la ciudad de Segovia y de las demás ciudades.

    "E luego Juan de Contreras e Rodrigo de Peñalosa e Juan Ramires de Montoria, Regidores de la dicha cibdad, del estado de los cavalleros e escuderos... por acuerdo e mandado del dicho Concejo, TOMARON E RECIBIERON, A LA DICHA PUERTA DE SAN MARTÍN, AL DICHO SEÑOR REY, so un paño de brocado de oro e de seda carmesí que tenían puesto sobre unas varas, E ASÍ ENTRÓ EN LA DICHA CIBDAD, EN APARATO REAL, FASTA SU PALACIO". Fueron testigos del Acta, el cardenal Mendoza, el arzobispo de Toledo y el obispo de Avila.

    Ha comenzado para España la nueva era de su historia, el reinado de los Reyes Católicos. La grandeza del reinado pudiera hacernos olvidar o relegar la política menuda y de intereses que ha precedido a esta fecha del 13 de diciembre y del 2 de enero en Segovia, si ello no fuese el tributo de contrariedades y de humillaciones que la Providencia hace preceder al triunfo de sus elegidos. Nada obligaba en 1726 a un archivero del Reino, en el ocaso de los Austrias, y en el albor de los Borbones, quisiera aludir a esta circunstancia de la preparación: "Dios que asistía en el corazón de tos Reyes, y los crió para esta obra, quiso que en los principios faltasen todos los medios humanos, para marnifestar que su poderosa mano era la que erigía y encumbraba esta Monarquía sacándola de la nada".

    Porque los Reyes Católicos, añade:

    "FUERON ELEGIDOS POR DIOS POR VISIBLE MILAGRO DE SU PROVIDENCIA” (Informe a Felipe V sobre la dinastía española de los Austrias, encargado por el primer Borbón, en El Pardo a 28 de enero de 1726; terminado por Riol en 28 de agosto. Biblioteca Nacional, Ms. 9.957, f. 12v y 14r; Ms. 10.333, f. 18r.)

    IX. Vida de perfección. Dos tratados de perfección cristiana. 1475

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    Dejamos a la Reina en los meses tranquilos que siguen a la prodamación y posesión pacífica de su Reino de Castilla, diciembre de 1474 a mayo de 1475. Esta paz de la proclamación fue subrayada a Fernando por el cardenal Mendoza y por el arzobispo de Toledo en cartas en que urgían su presencia en Segovia: "signicantes la quieta y pacífica sucesión de su Alteza en estos regnos de Castilla' (Carta de A. de la Caballería a Juan II. Almazán, 24 dic. 1474. Acad. Hist., Salazar, A-7, f. 160, y Memorias, 705).

    Son pocas las noticias directas sobre la vida religiosa interior de Isabel en esta su última etapa de Segovia. Sin embargo estas noticias se revelan de pronto en el primer año de su reinado, en 1475.

    En este año está ya en su vida Fr. Hernando de Talavera, santo varón, confesor de espíritu y consejero de gobierno.

    Un tratado de perfección ascética.

    El tratado nos sitúa en diciembre de 1475. Isabel lleva un año de Reina. Tiene 24 años de edad. Fr. Hernando de Talavera, Prior de Nª Sª de Prado en Valladolid, ha predicado a sus frailes jerónimos un sermón de perfección religiosa en el primer domingo de Adviento, sobre el espíritu de renovación interior y exterior del alma. La Reina tiene noticia de este sermón; y sin reparar, antes insistiendo, en que es una plática de perfección para Religiosos y no para seglares, pide a su confesor 10 escriba y dé forma al tema para su propio espíritu. Esto sorprende al confesor; accede, pero se justifica de este modo:

    "Pide vuestra Alteza... copia de la Collación que,.. hice a estos muy amados Padres y Hermanos... Y como quier que lo que a los Religiosos se digiere... no sea conforme a lo que los seglares deben oir... pero ya que sé la excelencia de vuestro alumbrado ingenio y la perfección de vuestro devoto y ordenado deseo, no pongo dificultad en lo comunicar a vuestra real ma gestad. Antes digo lo que nuestro Señor y Maestro dixo a sant Pedro: que es bien aventurado vuestro espíritu que demandó lo que la rudeza humanal no le pudo revelar, mas lo que le inspiró a demandar algún rayo de la lumbre divinal”.

    (Original manuscrito preparado para la imprenta por el autor todo él fotocopiado, en D. III, 16).

    Este terna de la RENOVACIÓN, interna y externa, encajaba en las disposiciones de su espíritu al emprender la renovación total de su Reino.

    La obra en nueve capítulos, está a punto para la Reina a principios del año 1476. Así es la conclusión que le dirige el confesor:

    "Con estas obras y consideraciones cobrarás, como la águila, las fuerças y el vigor de tu juventud y primero fervor, porque así renovada, crescas todavía de bien en meior".

    "Y porque esta manera de envegecer y renovar es tan-bien común a los seglares que la quieren procurar, quier sean pequeños o grandes, no la aplico aquí a los reyes en especial".

    "He aquí, exçelente Señora, acabada vuestra COLLACION. Renuévese, por Dios, vuestra muy noble ánima y procure la perfectión, ca estado tenés, no de quien quiera, mas de dueña y señora tan perfecta y tan llena de toda virtud y bondad como entre las aves el águila, de cuya perfectión todos, y mayormente todos los de vuestros regnos y señoríos, han de resçebir y participar, como las otras aves de su presa. Ve vuestra magestad a qué es obligada, y para qué fué en la cumbre de las honras y dignidades sublimada y colocada". (Id., Id., p. 57).

    Un tratado de elevación mística, sobre san Juan Evangelista.

    Está ya también en su vida san Juan Evangelista, en su juventud de Reina: "Vos os aveis puesto so sus alas, sombra, protection y amparo" ya en este año 1475; y es el "águila caudal y esmerada” de su Testamento en 1504, comprendiendo todo su reinado, de principio a fin; es el motivo, titulo y ornamentación arquitectónica de San Juan de los Reyes en Toledo; y es, por terminar, la original heráldica de su escudo, inscrito en las alas extendidas del águila; no de águila imperial que no podía corresponderle, sino del águila de san Juan en la visión de Ezequiel.

    Este tratado que, puesta a pedir, pide acto seguido del otro, no es, como el otro, un deseo de apropiación de una plática religiosa de perfección a loS frailes, sino una original sugerencia propia y solicitud al mismo confesor Fr. Hernando, quien comienza así su larga tarea de adueñarse del espíritu de la Reina de. principio a fin, como la devoción a san Juan: de 1475 a 1504.

    No es una más entre las devociones fundamentales de Isabel la Católica, las que ella expresará en su Testamento; es una devoción central de su vida. que sitúa a su alma so las alas del evangelista del Verbo encarnado. Fr. Hernando entiende e interpreta el deseo y el sentir de su confesada, quien antes de abatirse en aquella histórica obediencia y rendimiento, comienza pidiendo, abordando a su confesor para que este haya de programar su vida en estos tratados, uno detrás de otro, sin darle tiempo para alentar entre el uno y el otro. Esto permite a Fr. Hernando concentrarse en este original estudio y tratado de elevación mística para su confesada.

    La petición es del mismo tiempo, un poco posterior, final de 1475, porque el autor escribe la introducción y titulo, "entrante el segundo año de su reinado", enero de 1476. "Breve tratado, más devoto y sotil, de Loores del bienaventurado sant Juan evangelista, amado discípulo de nuestro Redemptor, Señor y Maestro Iesu Cristo, y syngular patrono y abogado de la serenísima señora... reyna de Castilla y de León, doña Ysabel".. "Compuesto a su petición y mandado"..

    De una mayor altura mística que el anterior, el fundamento de este edificio es la solidez de Tas tres virtudes teologales, las cuatro cardinales "con todas las que se reducen.a ellas"; y tiene su punto de partida en el salmo 103: "montes excelsí, cervis; petra, refugium herinaceis"; "que los montes altos, son para los ciervos; y la piedra es refugio para los erizos" (fol. 2).

    En el prólogo, accede el confesor a complacer a su regia confesada, que ahora, después del tratado anterior, "quiere y manda" escribir este otro de san Juan, "engolosinada, como dicen, del buen sabor y suavidad que vuestro real y sano paladar sintió y halló en la COLLATION del adviento", especialmente en aquello de "cómo a manera de águila nos avernos de renovar". "Es de hacer muchas gracias a Dios, que... vos da espíritu de devoción"... "ca de otra guisa ligeramente discreparía vuestra voluntad de la suva". "Es mucho de agradecer a vuestro libre albedrío,. que así corresponde a aquel don". Una alusión al contraste entre su juventud y su deseo de recogimiento:

    "La en hedad tan pronta a los plazeres y gozos mundamos, y en tiempo de tantas tempestades y cargada de continuo de tantos linages de ocupatión y cuydados, quiere y desea siquiera por algunos momentos, leer cosas espirituales que le alumbren e inflamen a conosçer y haser su voluntad y mandamientos”... Por tanto, continúa el confesor, "'no deve recebir dilación, ni mucho menos excusación, este su devoto querer y mandado", "mas quiero dezir la verdad y lo que dize el santo rey y profeta en el salmo: que los montes son para los ciervos...” etc. "A estos montes levantaba sus ojos el profeta; y los levanta cada día, devota y toda, la Iglesia" (cap. I, f. 6).

    La Reina recibía terminado este tratado en plena actividad de la batalla y victoria de Toro en la invasión portuguesa de Castilla (marzo de 1476). Así su deseo de concentración espiritual en sí misma.

    Hasta el fin de su vida estará pidiendo al poeta místico fray Ambrosio de Montesinos, tratados poéticos sobre san Juan Evangelista:

    “.... Pues, Reyna de las Españas,

    y, en virtud, de todo el mundo,

    sant Juan ande en sus entrañas”.

    (Cancionero de diversas obras..., Toledo 1508, f. 57).

    Y ya aquí, en el albor de su juventud y de su reinado, aparece pidiendo un tratado místico en prosa. De su lectura, de su devoción, de las circunstancias del momento (la victoria de Toro), hubo efectos internos en su alma que ya no nos comunica Fr Hernando; y uno exterior que ahí queda hoy aparejado en piedra, San Juan de los Reyes de Toledo. (El tratado, fotocopiado integro en D. III, 59-160, de la Bibl. Fundación Lázaro Galdeano,. Ms. 332, M. 2/18).

    Editó el primer tratado en 1865 Amador de los Ríos (Hist. crítica de la literatura española, t. 7, 541-561, sin el prólogo). Ha estudiado los dos modernamente, el franciscano Juan Messeguer (Archivo Ibero-Americano, jul.-set.; 1970, 307-310).

    Este de los tratados en 1475 es un conocimiento inicial del alma de Isabel la Católica a través de F. Hernando de Talavera. Este conocimiento se perfecciona en las cartas intimas de conciencia y de Estado, al mismo confesor, en la madurez de años y de vida interior y política de 1492 y 1493, como en su sitio veremos.

    Por qué buscó este confesor.

    De documento coetáneo, escrito para la beatificación de fray Hernando, año 1507, se saben algunas de estas razones, y el interés de la joven Reina por retenerle en la Corte, cerca de sí. 'Buscando la Reina.. - la más excelente muger que en sus tiempos fue vista, un confesor discreto, letrado, curial, de mucha conciencia y buena vida, fuele dicho que si alguno había en sus reynos, era este". Lo que más importa al caso es, no tanto la santidad del confesor, sino el rendimiento y obediencia de la confesada: "No se meneaba ni hacia cosa de peso sin su consejo y paresçer". En los principios, fray Hernando se le iba de la Corte buscando su retiro. "Cuando la catholica reyna veía que tardaba... rogaba a su General que le compeliese que entendiese en todo lo que ella ordenase, porque creía, y era así verdad, que con su presencia el reino sería muy bien rexido, y, por consiguiente, de su estado en la corte, nuestro Señor mucho servido". Posteriormente fray Hernando se convenció de que la Reina no quería dar un paso, ni de gobierno, sin su consejo. Pero al principio el confesor "andaba en la corte mucho tiempo contra su voluntad, por cumplir la obediencia que a sus mayores debía... Aunque mucho le apremiaban que estuviese con la Reyna, no olvidaba los monesterios" (Breve Suma... c. V, BN Ms. 2878).

    Particularmente la Reyna, que no sabía vivir sin él y quisiera que no se le quitara su santo, que ansí le llamaba, de su lado, no podía sufrir estas ausenzias". - Cuando quiso la Reina que el Papa Sixto IV le hiciese obispo de Avila, no encontró por mucho tiempo manera de conseguirlo del santo confesor. "y hazía con él de la enojada. Deziale: pues cómo, fray Hernando, que no habéis de querer obedecerme un día, de quantos yo os obedezco a vos?". (D. XV, PP. 544-545).

    La primera confesión con Fr. Hernando.

    "'Calló la Reyna y pasó por ello como santa".

    La biografía admite la anécdota; la que aquí se recoge, de rigor histórico, quedó en la viva voz y en el recuerdo de la Orden de san Jerónimo, a la que pertenecía el confesor hasta que en el s. xvI la escribió fray José de Sigüenza. Confesor de almas escogidas de la Nobleza, tenía por norma comenzar por abatir la grandeza; y las almas se le rendían. Su confesonario del Prado de Valladolid, podría recoger innumerables hechos de la aristocracia rendida. Era un santo varón, exigente y duro; dureza extrema que acredita tanto al director como a los dirigidos y dirigidas. Al caso de la joven Reina Isabel:

    Acostumbraban los Reyes y Príncipes ser oídos en confesión en posición de rodillas; ambos, el penitente y el confesor. Fr. Hernando dio la lección una sola vez, la primera. Se sentó en el confesonario. La Reina le dijo: "Entrambos hemos de estar de rodillas". El confesor le contestó: "No, señora, sino yo he de estar sentado, y vuestra Alteza, de rodillas, porque es el tribunal de Dios y hago aquí sus vezes”. Sigue la narración: "Calló la Reyna y pasó por ello como santa" - "Dizen que dixo después: este es el con/esor que yo buscaba". "'Desde aquel punto, continúa fray José de Sigúenza, le cobró tanto respeto y reverencia, que no solo en aquel tribunal divino, sino aun en las pláticas ordinarias, le reverenciaba como a padre". (Hist. de la Orden de san Gerónimo, lib. II, Madrid 1605, 332). Fr. José de Sigüenza nos ahorra el decir por nuestra cuenta hasta qué extremo la documentación posterior supera a esta leve noticia; porque añade: "Y no se pudiera creer adonde líegava esto, si algunas cartas que se han guardado de la misma Reyna para él, no lo mostraran firmado de su nombre". Sigüenza las publica. De ellas hemos hecho edición crítica en nuestra obra Isabel la Católica en la opínión de españoles y extranjeros (Vol. III, Valladolid 1970, 5-48).

    Horario semanal en el gobierno de la Reina, fijado por el confesor.

    Este original de Simancas revela hasta qué grado de minuciosidad llegó la joven Reina en su medida dependencia del confesor en asuntos de gobierno.

    "Oir al Prior de Prado” (el propio fray Hernando)

    1º "Oir al Prior de Prado, el lunes a la hora”.

    2º "Oir las consultas del Consejo, martes a las 4”.

    3º "Oir las consultas del Contador mayor, el miércoles".

    4º "Oir las consultas de los memoriales, el jueves a la hora"..

    5º "Oir a los fiscales, el viernes a la hora”.

    6º "Firmar martes, jueves y sábado una hora”.

    "Ver cada noche la manga (el correo) y distribuir las cartas y peticiones; las de Roma, las del Andaluzía, las de Navarra y de Galizia, a Hernan d'Alvarez", etc... "Aya cada uno dellos lugar de consultar una palabra cada que fuere necesario".

    Este "Memorial para la Reyna çerca de la orden que debía tener en el despacho de los negoçios", había comenzado con estas recomendaciones: "Distribuir y encomendar los negocios a personas idoneas; mandarles que se desvelen en la expedición dellos; fiar osadamente dellas (!) y que tenga vuestra Magestad constancia insuperable, como la tiene en otras cosas; bendito el que ge la dio”. (D. XV, PP. 368-369).

    Esta sucinta enumeración del "Memorial" de fray Hernando, puntualmente seguido por ella, revela hasta qué extremos de detalle la joven Reina se había puesto en manos de un confesor exigente, ajustado y detallista.

    Muchos más puntos sobre esta obediencia y entrega han de recoger aun estas páginas. En estas, que se refieren a los prime-ros años de reinado, aparece una escrupulosa PRUDENCIA de gobierno, una exacta OBEDIENCIA Y HUMILDAD, no usual en la grandeza, menos aún en la realeza; un sentido sobrenatural propio de la FE en Dios y búsqueda de su voluntad, sometiendo la propia a su director para hallar la de Dios. De aquí el texto moderno de Menéndez Pidal: "Fué una sumisa grandiosa" (D. XVI, p. 346).

    X. Primeros sucesos del reinado: La Concordia de Segovia. La invasión de Castilla

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    a) La Concordia de Segovia. Problema interior.

    b) La invasión de Castilla por el Rey de Portugal. Problema exterior.

    a) En los tratos matrimoniales de Ocaña, en las Capitulaciones matrimoniales de Ocaña-Cervera, en los firmes compromisos de Fernando, hubo, sin duda una reserva mental aragonesa, que no afloré hasta este momento de la proclamación y primeros pasos: una pretendida sucesión masculina en Castilla, descartando a las mujeres, como existía en Aragón. Digamos una ley sálica. De esta cuestión, expresamente no se trata en la "Concordia de Segovia", sino de sus derivaciones de derecho. La trata Pulgar (Crónica, c. XXII, edic. Carriazo, 1, 70-74) haciendo explícitos en crónica los conceptos y tratos que en realidad hubo, con las soluciones expresas que dieron, en la Concordia, el cardenal Mendoza y el arzobispo de Toledo.

    Las reservas aragonesas de sucesión masculina en Castilla, daban a Fernando por sucesor propietario de este Reino, como heredero de su padre Juan II de Aragón, en quien recaía la sucesión masculina de Enrique IV, por línea trasversal. Y así hubiera sido de no haber existido la Princesa Isabel.

    Pero el testamento de Juan II de Castilla, al establecer el orden sucesorio, en cuyo tercer lugar venía la Princesa Isabel, estaba en el derecho de Castilla, (concretado en las Partidas "E por ende establecieron que si fijo non oviere reí Rey], que la fija mayor heredase el Reino”. Es curioso el que podamos tomar este texto de la edición de las Partidas que tenía en su biblioteca la Reina Isabel, 1,. 439; en la B. N., Vitrina 6, junto a su Breviario Romano; en el margen de la página una mano mal dibujada. apunta a este texto...

    El derecho consuetudinario de Castilla, tenido en cuenta como dato en los preparativos de la Concordia, señala a las Reinas propietarias de Castilla, doña Urraca, doña Berenguela, doña María de Molina. En esto Isabel, como sus consejeros castellanos Rodrigo Maldonado de Talavera, Mendoza y Carrillo, fueron llanamente inflexibles con la demanda aragonesa. "No se hallaría. en ningún tiempo, aviendo fija legitima descendiente por derecha línea, que heredase ningún varón nascido por línea trasversal,. como era el Rey don Juan de Aragón" (Pulgar, Id., 71).

    Aplicar a Castilla la ley sálica de Aragón, era cosa que Isabel no podía poner en plática con su marido; ni los consejeros de ella con los consejeros aragoneses.

    ¿Discordia entre Fernando e Isabel?

    No. Discrepancia; y fundamental. Pero se dieron cuenta los dos de que por este motivo y por intereses, unos u otros procuraban división entre ellos, por lo cual, problema aparte, "conformáronse tanto, que parecía tener una voluntad que morava en dos cuerpos” (Pulgar). Y por lo mismo, "entre el Rey y la Reyna no avía división ni enojo, antes cada día de aquellos, comían en la sala pública jun tos, hablando en cosas de plazer como sobre las mesas se haze'; "uno con otro ninguna pasión, pública ni secreta, tenían, salvo cuanto cada uno de ellos querría cumplir con sus aficionados"; “en las voluntades estavan con entrañable amor igua1ados” (Crónica Incompleta, edíc. Puyol, académico de número, Madrid 1934, 145). “Tan grande era el amor que esta Reyna mostró al Rey su marido, con tanta prudencia governava las cosas que pertenecían a su honra, que pareció provisión divina (Pulgar, íd., 74). Estos datos de dos cronistas de los llamados áulicos (aunque Puyol rechaza este dictado para el de la Crónica incompleta, Alonso Flores; Prólogo), tienen hoy confirmación muy oportuna en la correspondencia privada entre ambos,.. Femando e Isabel, en las ausencias que entonces fueron forzosas; correspondencia autógrafa, de Simancas; trece cartas de Fernando a Isabel; dos de Isabel a Fernando (Amalia Prieto, Cartas autógrafas de los Reyes Católicos, transcripción y estudio, Valladolid 1970). De estas cartas, ocho son de estos años de 1474,.. 1475 y 1476. Correspondencia íntima, sin cancillería, sin secretarios, sin más pluma ni intervención ajena. Y así, en estas ausencias, "aunque la necesidad tenía apartadas las personas, el amor tenia juntas las voluntades" (Pulgar) rd., 74). Nunca mejor consecuencia o interpretación de estas cartas, como si el cronista las hubiera conocido, cosa de todo punto improbable.

    Isabel, interpretada por Pulgar en este caso de la Concordia,. tiene este habla al Rey: "Do hay la conformidad que, por la gracia de Dios, entre vos e mí es, ninguna diferencia puede haber". "Vos, como mi marido, sois Rey de Castilla, e se ha de facer en ella lo que mandáredes". Y aquí la solución que Isabel apunta. al Rey sobre la sucesión femenina de ambos en Castilla: "Estos reynos, placiendo a la voluntad de Dios, después de nuestros dias, a vuestros fjos e mios han de quedar... Esto; Señor, digo, porque como vedes, a Dios no ha plazido fasta aqui darnos OTRO HEREDERO SINO A LA PRINCESA DOÑA ISABEL NUESTRA FIJA" y podría suceder que algún día viniese algún descendiente de Castilla por via trasversal que pretendiese pertenecerle estos reinos, "E NO A VUESTRA FIJA LA PRINCESA, POR SER MUJER" (Pulgar, íd., 72). De hecho la heredera fue otra mujer, su hija doña Juana, la loca.

    Detrás de esta habla, está el documento de la Concordia da Segovia, 15 febrero 1475, documento Real de aceptación por Isabel y Fernando, de la sentencia arbitral en la que sólo intervienen el cardenal Mendoza y el Arzobispo de Toledo (Simancas, PR, Leg. 12, fol. 29); no trataremos aquí de ella, pero de ahí salió aquel consorcio de gobierno de los Reyes Católicos en Castilla, donde Fernando no fue un simple Rey consorte, sino un cogobernante con Isabel; como, pasados pocos años, en 13 de abril de 1481, Isabel era designada por Fernando, corregente de Aragón ("corregentem, gobernatricem, administratricem et alter ego", (Simancas, PR, Leg. 26, fol. 1. Original).

    Lo interesante aquí es que Fernando, en su primer testamento hecho meses después, 12 de julio 1475 en plena guerra con Portugal, deja por heredera de sus Reinos de Aragón y Sicilia, a una mujer, a su hija la Princesa Isabel, "no obstantes qualesquier leyes, fueros y ordenamientos y costumbres de los dichos reynos, que defiende que hija no suceda en ellos, ca yo suplico al Rey mi señor.,. que de su poderío real absoluto, derogue y casse las dichas leyes, fueros y ordenamientos e costumbres; e yo, en quanto puedo, las derogo, casso, e annullo por esta vez" (Texto publicado por Vicens) Fernando II, 417).

    Más importante aún es, que pasadas las fablas entre los dos jóvenes monarcas en Segovia, y previa la sentencia arbitral de los dos prelados, se produce la Concordia; "e dende en adelante, él y ella, mandaron que no se fablase más en esta materia” (Pulgar, Id., 73).

    XI. Portugal invade Castilla. 1475

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    La paz de gobierno en Segovia duraría cinco meses. Durante ellos hubieran tenido tiempo en Castilla de levantar pendones por doña Juana, llamada la "Beltraneja". Nadie lo hizo.

    Lo que no hizo Castilla lo hace Portugal, concertado con Francia como lado norte de la tenaza sobre Castilla y Aragón.

    1. - ¿Guerra civil?

    Yo no la llamaría así. No se trataba de una división de Castilla en dos mitades equiparables en fuerzas para una política o para una guerra. No es una revelación, pero 10 aclara el propio Manifiesto de Plasencia del 30 de mayo, al “proporcionarnos una lista bien clara del escaso número de partidarios" castellanos. "Poca fuerza" para hacer por sí misma una proclamación o "para conquistar un Reino que daba muestras de agitarse con vitalidad en honor de Isabel"; y que, a pesar de la unión con el invasor portugués, "en unos meses,,. los partidarios de Juana se derrumban y la lucha se reduce a Castilla y Portugal" (Suárez, Política Internacional..., 1, 93-94). En noviembre comienzan a entregarse los Estúñiga en Extremadura; el marquesado de Villena queda reducido a pequeños focos de rebelión; en enero del 76 el conde de Plasencia, con toda su Gasa, abandona al de Portugal y se entrega a Isabel entablando negociaciones. El 23 de ese mes, cae Villena, capital del marquesado, en poder de las fuerzas leales. El 28 se rinde el enclave del castillo de Burgos, defendido por otro Estúñiga. (Suárez, Id., 110-111). Entre tanto avanzaba por Castilla el ejército portugués. Ahí estaba la guerra. Lo demás han sido focos de insurrección. No vamos a llamarlo una guerra civil.

    Las "otras razones" de Alfonso V.

    La sobrina, el pretexto.

    Tan infortunada como en Val de Lozoya, la ya adolescente de trece años doña Juana, vuelve a ser, ahora en Plasencia, pretexto y bandera. Normal en Luis XI pero extraño en Alfonso V. Juana es su sobrina, hija de su hermana la Reina de Castilla.

    No era necesario que el Rey de Portugal, en un momento de desánimo y de fracaso, nos revelase el secreto intimo y real de sus razones, como lo hizo al fracasar en Castilla por las armas y en Francia por la diplomacia (septiembre de 1477).

    Siendo su invasión de Castilla una guerra entre naciones, hay que remontar los motivos manifestados para conocer los verdaderos; el Manifiesto de Plasencia va a decirnos que el Rey de Portugal entra en Castilla para defender los derechos de su sobrina al trono; no nos dirá que el matrimonio y la proclamación de los Reyes Católicos, Femando e Isabel, rompe definitivamente el equilibrio peninsular en favor de Aragón; tan trascendente es el hecho que cualquier experto en este reinado pudiera ver ahí las razones y toda la carga de motivos, sin necesidad de otros: "Juana era, acaso, un pretexto" (Suárez, Id., íd., 84).

    Pero nos lo dirá, como confesándose, el propio monarca invasor. Después de su derrota de Toro (valle de Paleagonzalo) Alfonso V emprende un viaje a Francia para insistir personal-mente a Luis XI, en un tú a tú, sin embajadores, de la necesidad de ayudarle en su empresa de Castilla; él daba todavía como

    motivo "el bien de sus reinos y de su muy cara y amada esposa" (esponsales, solamente); pero en París mismo interpretaron la otra verdad: "les pretensions sur le Royaume d'Espagne, et particuliermení sur celuy de Castille" (28 nov. 1476).

    Fracasados estos intentos en París, Alfonso V, en su abatimiento, nos desvela el sagrado de la verdad. "Confiesa paladinamente que los esponsales con Juana se celebraron para dar Color a su intervención" en Castilla (Azcona, Isabel la Católica, 275), y aquí el texto de la carta de Alfonso V de 23 de septiembre, 1477: "PORQUE EN OUTRA MANEIRA EU NON PODÍA BEM SOSTENER E DEFENDER A JUSTA QUERELLA" (Azcona, textos del Arch. de la Torre do Tombo y de la E. N. de Lisboa, en Id., Id., PP. 275-276, notas 18~183).

    Ni llegó su matrimonio con Juana. Esto tiene sus debates en. Roma en tomo a la dispensa. Asunto secundario en las intenciones de Alfonso T; él nos lo ha revelado también. Cuando algunos Nobles castellanos, los de siempre, le insistieron para que hiciese una segunda entrada en Castilla, y se casara con su sobrina, él contesta que lo difiere para mejor mantener la tensión espectante de ellos y un consiguiente mayor apoyo: "que o fariam se de todo me tevesem casado e atado, porque entam me reguataríam e faríam seus fectos" (Carta a su embajador en Paris> nov. 1477; texto de Torre do Tombo en Azcona, Isabel..., 285r nota 206).

    2. - Antes del enfrentamiento

    Negociación previa de Isabel.

    Isabel no quería la guerra, sino la paz. No subrayo aquí este hecho tan simple y llano: ningún soberano, en posesión pacífica, quiere una guerra contra esta posesión. Lo importante aquí es la acción decidida de Isabel por prevenir la guerra o el enfrentamiento, eliminando sus causas, o motivos, por medio de la. NEGOCIACIÓN, que ha sido su arma. Hablamos de la negociación previa, volviendo a la cronología de diciembre de 1474.

    El 27 de ese diciembre firmaba Alfonso V la primera carta conocida para atraerse personajes castellanos a su temprana intención de invadir Castilla; esta, al marqués de Cádiz, poderoso magnate comprometido con los Pacheco. (Estremoz, 27 dic. 1474; copia Arch. duque de Arcos, en Memorias de Enrique IV, 707-708). No creemos que esto lo ignorase Isabel. Otros contactos de Alfonso V con Nobles castellanos y con el arzobispo de Toledo, en febrero, 1475, ya eran del dominio de la Corte y del Consejo Real. Y en febrero comienza Isabel el despliegue de sus negociaciones y contactos diplomáticos, ofreciendo y aceptando, con unos y con otros, para evitar un enfrentamiento.

    Negocia en Castilla con el marqués de Villena y con el conde de Plasencia; negocia con el embajador de Portugal Pedro de Sosa; negocia en Portugal con el mismo Alfonso V y con determinados Nobles y personajes de aquella Corte. (Suárez, Política Internacional, 1, 84-85).

    No era solamente una negociación localizada y ceñida al caso presente. Isabel, más como Reina de Castilla que como hija de portuguesa, fundaba su alta política peninsular en un amplísimo entendimiento con Portugal; los tratados de paz que siguieron a esta guerra, nos autorizan a entender el presente por ese inmediato futuro, por la histórica realidad de los tratados de Alcazobas, aprobados y confirmados por el Papa Sixto IV (Bula 8 de marzo 1481, original en Simancas) PR, Leg. 50, f. 17), y por Inocencio VIII, 12 de diciembre 1489 (íd., Id., fol. 19).

    Destaquemos en este despliegue de negociaciones de febrero de 1475, la llevada a cabo personalmente por Isabel con el embajador portugués Pedro de Sosa en Castilla, y directamente con Alfonso V en Portugal por medio de una embajada especial, la del doctor de Villalón.

    Con el embajador de Portugal.

    Dice la Reina: a) Apenas falleció el Rey don Enrique, "yo, la Reina... fablé con Pedro de Sosa, su embaxador e mensajero... cómo estava en mucho deseo e propósito de tener con él [con el Rey de Portugal] todo amor e paz e amistad, e guardar con él las alianzas e amistades que antiguamente fueron entre los Reyes... mis progenitores e el dicho Rey de Portogal e sus progenitores, entre estos mis reynos e los suyos". En Segovia, en las fechas de la proclamación, ausente el Príncipe don Fernando.

    b) Cuando llegaron el Rey don Fernando y los demás prelados y Nobles que acudieron a Segovia:

    "Lo qual yo comuniqué con el dicho Rey, mi señor, después que vino, e con el... cardenal de España, e con el... arzobispo de Toledo e con los duques e marqueses e condes e los otros Prelados e Grandes... que a nuestra corte son venidos".

    "E así al dicho Rey, mi señor, como a todos ellos, plogo mucho de la habla que yo con el dic ho Pedro de Sosa le había enviado” al Rey de Portugal.

    Esto está dicho en el texto, y como prólogo, de la embajada personal de Isabel a Alfonso V por el doctor de Villalón. (Instrucciones de doña Isabel..., Segovia, febrero 1475, en Simancas, PR~ Leg. 26, f. 178; edic. Torre-Suárez, Documentos... Relaciones con Portugal, 1, Valladolid 1958, p. 73).

    Con el Rey Alfonso V.

    El mismo texto de su embajada: "E agora [febrero] avernos savido cómo él enbió ciertas cartas a mensageros suyos para algunas cibdades de nuestros reynos e a algunos cavalleros dellos, rogándoles e amonestándoles que rescibiesen por su reyna y señora a su sobrina e" ofreciéndoles su favor e ayuda. DE LO QUAL SOMOS MUCHO MARAVILLADOS, sabiendo él verdaderamente cómo es público e notorio que yo, la dicha Reyna, soy la verdadera heredera e legítima sucesora del dicho señor Rey mi hermano e destos reynos... e por tal soy obedesçida e resçebida e jurada por todas las çibdades e villas e por los Perlados e Grandes e por todos los TRES ESTADOS dellos".

    Juramento válido, aun fuera de las Cortes. Pero Isabel iba a ser jurada ese mismo año de 1476 en las Cortes de Madrigal donde fue reconocida y jurada heredera su hija primogénita Isabel. (Simancas, PR, Leg. 7, f. 60).

    A continuación Isabel expone para el Rey de Portugal los hechos jurídicos e históricos inmediatos de la sucesión: Enrique IV reconoció heredero, a su hermano el Príncipe Alfonso "con acuerdo de todos los Perlados e Grandes", "sin diferencia alguna" (Concordia de Cigales, 30 nov. 1464).

    "Después de su fin, juró a mi, la dicha Reyna, por princesa e su legítima heredera... presente e autorizante el Legado Apostólico" (Guisando 1468).

    Y nos informa ahora, de propia mano, lo que dejamos ya expuesto de las negociaciones últimas de Segovia, las inmediatas a la muerte del Rey, después de la muerte de don Juan Pacheco Maestre de Santiago; que el hecho de la sucesión suya, el Rey lo tenia "mucho asentado e concertado" "con el cardenal, e arzobispo de Toledo e marqués de Villena"; este último, depositario y custodio de la "hija de la Reina". Nos da. otra noticia muy precisa: que "viniendo su señoría [el Rey Enrique] de camino a aquesta cibdad de Segovia para dar conclusión en esto, plugo a Nuestro Seiior de le dar aquella dolencia de que murió".

    Estas Instrucciones personales de la Reina al doctor de Villalón, son una exposición anticipada, que exoneraría de contestar al Manifiesto de Plasencia que va a producirse cuatro meses después.

    Con estos prolegómenos las Instrucciones de Isabel a su embajador para Alfonso V, se concretan de este modo:

    "Por ende le direis que yo le ruego mucho que a él plega de se apartar de escrevir e enbiar semejantes cartas e mensageros a estos nuestros regnos, e non quiera poner discordia e turbación alguna .en ellos" y que quiera confirmar las antiguas alianzas de Castilla y Portugal.

    "E si esto le plaze de fazer, podeisle certificar cómo nosotros estamos en todo entero prop6sito e deseo de le guardar buena e verdadera amistad, como los debdos que entre nosotros son lo requieren".

    “E quando esto a él non ploguiere de fazer, dará cabsa a guerras e males... pero será a cargo e culpa suya, e non de nosotros" (Instrucciones, Id., id.).

    Esta embajada de la Reina por el doctor Villalón quedó sin efecto. En Portugal "un segundo Consejo celebrado en Arronches, había decidido la guerra" (Suárez, Id., 85).

    3. - El arzobispo de Toledo se pasa al enemigo.

    En febrero mismo, el mes de las malas noticias y de los presentimientos de guerra, tuvo para Isabel el hecho luctuoso de la defección de don Alfonso Carrillo, arzobispo de Toledo, su insigne protector de las horas amargas que siguieron a su matrimonio. En vano analizaríamos motivos del arzobispo para una decisión tan desesperada como esta, si prescindiéramos de un hecho, que, a nuestro entender, basta como explicación: el recelo y la incompatibilidad con el cardenal Mendoza. No pudo soportar aquella grandeza que se imponía por sí misma, recrecida en lo eclesiástico por el grado cardenalicio, y que ganaba, por la fuerza de su persona, la confianza de los Reyes, del Consejo Real, de los Grandes. Nunca Isabel había querido negociar cosa sobre su ascensión al trono sin el arzobispo de Toledo; y estrena su reinado con la Concordia de Segovia, en la cual quiso que estuvieran los dos: el cardenal y el arzobispo; suyo, de ambos prelados, es el texto que Fernando e Isabel aprueban.

    Sin embargo el arzobispo Carrillo se veía avocado a una colaboración a la par, sin prevalencia. Sabía que nadie le discutía la condición de tercer Rey que en la monarquía castellana tenía el arzobispo de Toledo (Rey, Príncipe heredero, Arzobispo de Toledo, Maestre de Santiago; los cuatro grados del orden); lo sabían todos.

    Pero ya en noviembre del 74, un mes antes de la proclamación de Segovia, intuía el Adelantado de Murcia, don Pedro Fajardo, los riesgos de estas susceptibilidades en la altura; escribe a su hermano Juan de Cardona: "De una cosa vos fago cierto, que en estos días pasados el arçobispo no estaba nin punto contento de los Príncipes, ante(s) el cardenal estaba tan metido en servicio delios, y ellos le daban de st tan gran parte quanta él tornar quería, en manera que por todo se conosçía él governar a los dichos Senyores" (Murcia, 7 nov. 1474; texto en Paz y Melia, doc. 71, PP. 171-172).

    El gobernar a los Príncipes es la clave del texto de Fajardo, que se acerca a la realidad, sin tocarla. Isabel atraía y sumaba adhesiones. Los Príncipes se dejaban querer. Pero ninguno de los dos, siendo Reyes, fueron gobernados, ni fácilmente gobernables.

    El primero en caer en la cuenta de ello fue el cardenal, tan fino y sagaz gobernante como ellos, con la ventaja para él, de ser, en el fondo, tan monárquico como ellos. He aquí una ventaja que no tenía Carrillo; él, como Pacheco, era uno de los clásicos de la oligarquía nobiliaria ante la monarquía, y estas ideas pesaban tanto como los condicionamientos temperamentales del arzobispo. Pero el espíritu integrador de Isabel era la norma de la unidad para un programa creador de gobierno.

    A los dos meses de la Concordia de Segovia, mediado febrero, el arzobispo de Toledo sale airadamente de la ciudad camino de Alcalá de Henares. Isabel quisiera seguirle en persona, pero lo hicieron el duque de Alba y el conde de Treviño, para retenerle y tratar de convencerle. Empeño inútil. Sólo volveremos a tener noticias de él, cuando se une en Arévalo al invasor de Portugal. Actitud extremosa, que define al sentido oligárquico de la Nobleza y de la política de magnates: ante todo, prevalecer.

    4. - El Manifiesto de Plasencia. 30 de mayo.

    "Las otras razones” del Rey de Portugal, que dejamos expuestas, definen para nosotros, como ninguna otra razón, el sentido de este Manifiesto: poner de pantalla a su sobrina doña Juana, con la endeble y ayuna exposición doctrinal del Manifiesto, para sumarse adhesiones de castellanos en beneficio propio, de una causa portuguesa contra Castilla. Se equiparan los intereses de Portugal con los de Francia; el rey francés puso también de pantalla, cuatro años antes, a esta misma sobrina del portugués, con un candidato joven, su hermano el duque de Guyena. Ahora en 1475 ya no existen para Luis XI aquellas razones de Val de Lozoya en tomo a la niña doña Juana, entonces de nueve años de edad; y sin embargo continúa el monarca francés con idénticos intereses y esfuerzos sobre Castilla y Aragón; ahora el francés ha cedido al portugués la inocente novia de nueve años, que se ha puesto ya en los trece. Pero la niña de Val de Lozoya y la adolescente de Plasencia, fue allí la pantalla y aquí la bandera para servir unos intereses, que con ella o sin ella, movían tanto a Alfonso V en Plasencia como a Luis XI en Rascafría; lo mismo en 1470 que ahora en 1475.

    En orden de fechas, el 10 de mayo pasaba Alfonso V la frontera de Castilla por Extremadura. Le esperaban en Plasencia el conde de este título don Alvaro de Estúñiga; su hermano Diego, conde de Miranda; en lugar del marqués de Villena, que no pudo llegar, está allí su hermano Pedro de Portocarrero, con su primo el conde de Urueña. Las dos familias que constituyen, en toda Castilla, la suma al ejército de Portugal.

    El día 25, sobre un tablado en la plaza, son proclamados Alfonso V de Portugal y su sobrina doña Juana, Reyes de Castilla

    El día 30, a nombre de la presunta propietaria doña Juana, se lanza el Manifiesto. (Texto del original enviado a Zamora, fotocopiado en J. Fdz. Domínguez, La guerra civil a la muerte de Enrique VI, Zamora 1928, 16-28).

    En el fondo, circunstancias aparte, es lo mismo que el de Val de Lozoya en beneficio de Francia; menos hiriente este por se de mano del Rey de Castilla. Hemos recogido el texto entero en nuestra colección documental (D. V, 306-321), precedido del estudio que de él se hace en la Historia de España de M. Pidal (torno XVII, 125-128, de L. Suárez).

    Para nosotros, lo que falta en ese prolijo documento> es sencillamente la gran masa documental que en estas páginas hemos reflejado y que tenemos en los tomos IV y V de nuestra colección documental. Nosotros la hemos reunido con fines más di-rectos y autónomos hacia la Historia; no para proyectarla sobre el Manifiesto de Plasencia. Todo esto falta allí y sin ello nadie puede escribir sobre el tema ni dirigirse, con audacia sin límites, a la opinión española como lo hizo el periodista cubano, Orestes Ferrara con su Pleito sucesorio, con la alegría de quien nos hiciera un descubrimiento... Una ventaja y lección representó el libro el ser una revelación, más o menos oportuna, del estado de la opinión y cultura medía española en un punto trascendente, y exportable, de su Historia; y del estado de desvinculación entre la alta investigación y la opinión pública de alturas.

    Los autores del Manifiesto, con la firma de 'Yo la Reina", "manejando verdades parciales".. "mostraron muy poca habilidad: podría creerse que ellos también dudaban" (Suárez, Id.). En efecto, los autores son los mismos que airearon en público en 1463, con menos guante blanco que ahora, la z.legztimidad de esta nueva Reina del tablado de Plasencia, sin ofrecer dudas, ellos, sobre la paternidad de don Beltrán de la Cueva, dándolo por hecho cierto; los que al año siguiente consiguen de Enrique IV la designación de heredero en su hermano Alfonso; los que reconocieron por Rey a este mismo príncipe; los que a la muerte de éste, enarbolaron la bandera de Isabel como heredera, y, finalmente, los artífices de Guisando; los que están en la terna de garantes del pacto "maestre e conde'~, Pacheco y Alvaro de Estúñiga con todas sus familias. Ahora, en efecto, "podría creerse que ellos también dudaban"... El Manifiesto, a los quince días de la invasión portuguesa, es un banderín de guerra, sin la pausa y estudio de un documento válido para la historia.

    “Partiendo de una base tan endeble", menos firme que las otras razones del invasor, hacen sospechar que "los seguidores; de Juana temían afrontar un examen a fondo del pasado", por donde el Manifiesto "yerra el golpe" (Suárez, en M. Pidal, Id.). El acudir a "infelices recursos de propaganda", como el acusan a Fernando e Isabel de causar la ruina económica del país y el envenenamiento de Enrique IV (!), es tratar "de justificar la conducta de quienes prepararon el matrimonio de Alfonso V y la' entrada en Castilla de un ejército portugués de invasión”(Id.,. íd.).

    XII. El perdón a los vencidos. La paz y las paces

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    He aquí un capítulo, claro en la crítica y luminoso en la conducta, que brota de una abrumadora masa documental de Sí-mancas y de las Casas Nobiliarias.

    Aquí la más generosa síntesis biográfica de Isabel la Católica tiene que replegarse y ceder. Habría que empezar por una buena Monografía sobre los perdones y las paces de esta guerra, que hiciese posible la historia y facilitase la Biografía.

    La característica del tema, es que esta paz y estos perdones concretos se negocia y se otorgan desde esa base firme que es la victoria total; esto es lo que da el sentido, la medida y la profundidad humana y cristiana de esta pacificación de los espíritus y reincorporación de las personas, que, de enemigos, pasan a colaboradores, reincorporados a la vida nacional, con devolución de honores, títulos, señoríos y bienes.

    En plena guerra todavía con los de fuera, dominados previamente los de dentro, los castellanos que se unieron al invasor para destronaría, comienza Isabel la tarea de acogerles a una paz; como si quisiera ganar al invasor la baza perdida inicialmente, no ya de territorios y ciudades, sino la baza humana de las personas con capacidad de reflexión para volver... También baza política, de esa mejor política de brazos abiertos de vencedor a vencido, que podría servir de bandera y modelo en la liquidación de conflictos. Esta documentada tarea presenta unos aspectos humanos de tan altos quilates de espíritu que exceden lo normal en los generosos tratados de paz que honran al siglo xv español.

    Hay dos clases de perdones: el perdón general anunciado a los castellanos que, en plena guerra, quisieren deponer las armas y servir a la Reina (no hablamos de los tratados de paz con Portugal que siguieron al conflicto y a la victoria), y los perdones particulares e individuales a los que no depusieron las armas y fueron vencidos. En lo uno y en lo otro el perdón se presenta rico de matices y detalles, que definen más que a una el color de cada cristal. Si el historiador se entrega dócilmente a la documentación, se sentirá aquí desbordado por ella, que le rendirá por cansancio ante la multiplicidad del detalle.

    Es este uno de los muchos puntos de la vida de Isabel al que es preciso acercarse asentando la tienda, con largos silencios, con pausas y sin prisa.

    Uno de los más apurados perdones, en los que el asombro [lo produce la misma frialdad de la cancillería, es el otorgado y negociado al duque de Arévalo y conde de Plasencia, principal artífice de la entrada del invasor en el territorio nacional, y cuyo título de duque de Arévalo está vinculado al despojo de la Reina madre, la madre de Isabel, de su señorío de Arévalo, inalienable si no era para revertir a la Corona.

    La última etapa de este perdón y minuciosa negociación al conde, que no se había entregado hasta ser vencido, se cierra con un autógrafo de la Reina, para que su propia letra, sin intermediarios ni minutantes, diese al conde las seguridades fiables de la persona de Isabel. (A.H.N., Osuna, Leg. 279, 8/8).

    Pues a pesar de todo, entre los españoles residentes en la Ciudad Eterna, más alejados que informados, "se da cargo grande a la Reyna nuestra señora, por que al principio de estas cosas no se ovo según se devía aver", y las hab las apuntaban al caso del duque de Arévalo, nada menos. El obispo de Osma, Francisco de Santillán, allí residente, escribía estas censuras a su hermano, a Castilla, en una carta interceptada en Burgos... De la Reina no se conoce contestación. Lo hizo, por cuenta propia Hernando del Pulgar> que todavía no era cronista de la Reina, recién incorporado con el cardenal Mendoza a la corte de Isabel, pro-cedente de la de Enrique IV. Es su Letra 5~a, literaria y mensajera, de la cual doy estos dos párrafos:

    "Parésceme, muy reverendo señor, que los que tal sentencia dan sin preceder otro conoscimiento, se deverían bien informar antes que juzgar; o callar si non se pueden informar; o si lo uno ni lo otro fizieren, deverian aver consideración, o siquiera alguna compasión de [estos] XXIII años de edad, tan tierna, que gobernación tan dura tomaron..”

    Isabel comenzó a reinar a los 23 años; en el caso de esta negociación, 1477, tenía 26 años de edad. Concluye la carta con este colofón de Pulgar:

    “Así que, señor, si a estos que lo oyen allá, paresce eso que dizen, a estos que están acá paresce esto que ven".

    (Letras, Sevilla, en Stanislao Polonio, 1500; B.N., Incunable, 566, fi.51v-52v).

    El conde de Plasencia, se entrega a Isabel, después de haber luchado seis meses al lado del de Portugal, en enero de 1476, antes de la batalla de loro. Puede acogerse al primer perdón general ofrecido por la Reina en abril del 75.

    A partir de este momento, el conde de Plasencia une sus fuerzas y sus hombres a la causa de los Reyes Católicos, y es el que va a conservar sus fortalezas por esta causa. Se le devuelven a partir, al menos de junio de ese año, las fortalezas, las villas y señoríos, todos los bienes confiscados, y se capitula sobre el reconocimiento del mayorazgo a su hijo, quien aparecerá más tarde como "del Consejo Real y Justicia Mayor" de la Reina. también se devuelven sus señoríos a la condesa, doña Leonor de Pimentel. (Textos y estudio en nuestra obra Isabel la Católica en opinión de españoles y extranjeros, vol. III, Apénd. II, PP. 49-57; resumen crítico de textos, en Pp. 55-56). Es un caso de incorporación absoluta a la causa y a la administración del Reino, conservándolo todo.

    La villa de Arévalo. Todo, menos Arévalo. Enrique IV se la había otorgado al conde de Plasencia, quitándosela a la Reina madre, doña Isabel de Portugal (madrastra de Enrique; madre de Isabel) y añadiéndole el título de duque de Arévalo.

    Hecho insólito que llenó de amargura en su día a la Princesa Isabel, producido mientras ella viajaba desde Ocaña a recogerse con su madre, como en su lugar dejamos expuesto. Esta villa de Arévalo había sido entregada a la Reina madre, por su esposo Juan II de Castilla en su Testamento (supra), previniendo que pudiera pasar a su hijo el infante don Alfonso; villa reservada a personas Reales; después habría de pasar a la Corona sin enajenarla. Una debilidad de Enrique IV el hacer lo contrario, forzado por las presiones del de Plasencia y del Maestre D. Juan Pacheco.

    En esta hora de los perdones y devoluciones, Isabel no le devuelve la villa de Arévalo. Pudiera devolvérsela justa y lógicamente a su madre> que vivía en Madrigal. Pero no quiso Isabel herir susceptibilidades del conde, y lo incorporó a la Corona, con lo cual cumplía también con el testamento de su padre Juan II, de que Arévalo pasase a la Corona si no había de pertenecer a persona de la familia Real. Cumplía también con su madre, puesto que la villa, en poder de Isabel, fue de nuevo residencia de la Reina madre hasta su muerte en 1496 de avanzada edad. Están medidos todos los matices de la cuestión. La retención se hizo por renuncia del duque a la villa, castillo y tierras de Arévalo. (Simancas, PR, Leg. 11, fol. 20. Todo lo capitulado en ff. 13 al 25).

    Mientras en Roma el grupo de residentes españoles, de los que era exponente el obispo de Osma, censuraban a Isabel este hecho, como si debiera extender hasta ahí su largo capítulo de perdones y devoluciones al conde de Plasencia, ella, Isabel, sin dejarse impresionar ni influir, sin seguir del enemigo el consejo, sino de su propia determinación, inició unas negociaciones rápidas con el conde y duque de Arévalo (cuyo título le conservó), 'para compensarle con la adjudicación de tres villas nuevas, Benquerencia, Magazela y Castilmovo; compensación, y como permuta. ¿Hacia falta más? Es que por el momento, en el fluir de las prolijas unidades documentales de toda la negociación con el duque de Arévalo, venimos a olvidarnos de que está negociando paces con el antiguo rival y con el reciente vencido en guerra, aunque hubiera borrado su pasado con la incorporación al ejército de Isabel en la segunda etapa de la guerra.

    A esta compensación de las tres villas, pertenece la carta 'autógrafa de la Reina, verdadera provisión Real, con las firmas de los dos, “Yo el Rey" "Yo la Reyna", para dar al duque seguridades mayores sobre el cumplimiento Véase el origen de estas villas, y sus anteriores poseedores, con la sucesiva documentación que suscitó este cambio, en la obra citada Isabel... en la opinión III, 56-57, con la edición de este desconocido autógrafo de la Reina (p. 57).

    EL ARZOBISPO DE TOLEDO, El más espinoso de cuantos problemas se presentaron a la joven Reina en esta dura etapa de su vida.

    Había sido el más constante y resuelto defensor de la sucesión al trono en los hijos de Juan ir de Castilla, Alfonso, y, después, Isabel, quitándose de encima con decisión nunca vacilante, a "la hija de la Reina"; y después, en las dos inclinaciones endémicas en Castilla, hacia Portugal o hacia Aragón, el arzobispo 'había conducido, contra viento y marea, la solución aragonesa en el matrimonio de Isabel con el Príncipe de Aragón; a la hora de luchar, y de la invasión, pone sus fuerzas y fortalezas del arzobispado al servicio del Rey de Portugal. Dejamos dada ya una explicación al contrasentido.

    Dos etapas y des perdones. 1476. 1479.

    No existe reincidente tan destacado en las dos etapas de la guerra en la primera invasión y en ]a segunda.

    1.a etapa. El conde de Plasencia se rindió a Isabel antes de la derrota portuguesa de Toro (Paleagonzalo) enero del 76; el arzobispo de Toledo, con el marqués de Villena, lo hizo después de esta derrota que parecía, y lo fue, decisiva; cinco meses después; septiembre. La capitulación con los Reyes, es de 13 y 20 de septiembre (Simancas, PR, Leg. 11, f. 101; un resumen del texto, en Azcona, Isabel, 270). Mas expresiva de la desandadura del prelado y su nuevo reconocimiento a Isabel (porque Enrique IV falleció "sin dexar fijo nin fija legítimos”) es el acta de obediencia a la Reina, 17 set. 1476 (Simancas, PR, Leg. 11, f. 187; textos en los ff. 184, 186, 187, 189).

    Característico de este primer perdón, es que la Reina le conserva la posesión de las fortalezas, aunque expresando algunas reservas, que pronto iban a ser confirmadas por los nuevos hechos.

    2ª etapa. Ccorresponde a la segunda entrada de Alfonso V en Castilla, reincidiendo, después de su primera derrota, prácticamente total.

    Para esta segunda entrada es un hecho documentado el que don Alfonso Carrillo reagrupó sus fuerzas y puso en pie las fortalezas del arzobispado para hacer entrar de nuevo al Rey de Portugal en 1478:

    "En ciertos días e meses del año que pasó de mill e quatrocientos e setenta e ocho... don Alfonso Carrillo, arçobispo.. de Toledo... en grand deservicio nuestro... .juntó muchas vezes de gentes de armas a pie e a cavallo contra nos para nos fazer guerra e mal e daño, e POR TORNAR A METER EN NUESTROS REONOS AL DICHO REY DE PORTOGAL, que ya era echada fuera dellos, para nos fazer perder los dichos nuestros regnos". Todo esto, "después de nos aver obedesçido e reconosçido" en la etapa anterior. (Carta de emplazamiento a Martin F. de Tovar, unido al arzobispo en ambas etapas, Sevilla 2 febr. 1485, Simancas, Reg. Gen... del Sello, IV, 144; Torre-Suárez, Id., II, 297-300).

    En el mismo año de 1478, en plena acción bélica del arzobispo, Isabel y Fernando lo comunican al Papa: "El dicho arçobispo aún non cesa de tratar con el dicho adversario, e persevera en sus malos e escandalosos propósitos... Magnifiestamente se conosçe la rebelión".

    Esta comunicación se hace por medio de una embajada especial, la del secretario Pedro Colón. En ella se informa al Papa. de que los Reyes están dispuestos a la ocupación de la fortaleza de Talavera, que es del arzobispado, y de las fortalezas que la acción militar impusiera. Pero fortalezas de la iglesia, podrían llevar consigo, como estaba ya sucediendo, las censuras eclesiásticas, la excomunión fulminada por el arzobispo a los jefes de la ocupación. Por tanto piden al Papa "le plega revocar qualesquier censuras e penas puestas... contra aquellos que, por dado nuestro e en nuestro servicio han entrado en .... villa de Talavera", y que estas implicaciones del derecho eclesiástico en las acciones temporales de guerra llevadas por el arzobispo no. den la sensación de que "la rebelión del dicho arçobispo... sea por su Santidad ayudada e favoresçida, antes sea pugnida e castigada"...

    En esta misma embajada especial, piden abiertamente a Sixto IV que don Alfonso Carrillo sea depuesto de Toledo, "porque, según Dios e toda razón e derecho deve ser privado e depuesto del dicho arçobispado". (Instrucciones a Pedro Colón para su. embajada ante el Papa, febrero 1478, Simancas, PR, Leg. 16, f. 11).

    Realmente el poderío temporal y militar de los arzobispos de Toledo era de tanta consideración como la de cualquier otro se-flor feudal en señorío; avalado por el arma eclesiástica de las censuras canónicas que amparaban a los castillos, y a las fuerzas de a pie y de a caballo.

    El Papa templaba la justa indignación de la Reina. No depuso al arzobispo. Ni el tiempo dio lugar a ello, porque antes de poder deliberar tal cosa, llegaba la victoria total, y, con ella, EL PERDÓN de la Reina.

    El segundo perdón al arzobispo; ahora ya sin dejarle fortalezas ni castillos; reincidente y vencido, había que capitular una renacida amistad, pero a enemigo desarmado, por negociación y concordia firmada por el mismo. Había nacido el SG de junio, en Sevilla, el segundo hijo de Isabel, el Príncipe don Juan, el esperado heredero varón. La capitulación con el arzobispo es del 7 de enero del año siguiente 1479:

    El arzobispo se compromete a "guardar fiel e verdaderamente todos los días de su vida, la vida e Real estado del Rey e de la Reyna e del señor príncipe, su fúo".

    Por su parte, "el Rey e la Reyna... ayan de perder e pierdan, e remitir e remitan todo enojo e rencor e sentimiento que del dicho arçobispo tengan por qualesquier cosas pasadas fasta aquí”.

    “E de aquí adelante guardarán verdaderamente su vida e le conservarán en su estado e non le farán nin mandarán faser mal nin dapno en su persona, nin en su estado e dignidad e bienes e rentas e vasallos".

    Se le respetan así los mismos señoríos temporales.

    “Que el Rey e la Reyna... pierdan todo enojo e sentimiento e perdonen, E DESDE AOORA, POR LA PRESENTE ESCRIPTURA, PORDONAN e remiten a Lope Vázquez de Acuña, hermano del dicho arçobispo" y a una lista de servidores más, eclesiásúcos y seglares, "que sus Altezas no les farán nin mandarán facer mal ni dapno alguno por rasón de las cosas pasadas”. (Original en Simancas, PR, Leg. 11, f. 47; en el fol. 46, otro texto igual, original> de 31 de dic. 1479).

    Así quedan las cosas, en la normalidad de esta paz. Pero cuan-do, recientes aún los hechos, muere el arzobispo Carrillo, se plantean a Isabel los problemas del sucesor en la vacante. La Reina Católica, nunca tuvo un derecho de Patronato ni de presentación a los obispados de Castilla y León, como lo tuvieron en su tiempo otros monarcas europeos. (Después vendrían las excepciones localizadas, del Patronato de Granada y del de Indias). Todo lo que ella conseguía del Papa Sixto IV era un a modo de derecho de "suplicación" por persona determinada; y nos explicarnos con esta intencionada imprecisión al interpretar los Pacta Compósita con el Nuncio Doménico Centurione, enviado de Sixto IV.

    Llega el caso deToledo. Este caso ilumina para nosotros la mentalidad y las razones de la Reina en su negociación con Sixto IV para proveer esta vacante. Está en su mente la duda de quién pueda ser, en la determinación del Papa, este tercer Rey de Castilla que es un arzobispo de Toledo, con poderío señorial en ciudades y villas, y con una poderosa fuerza militar que pueda unirse a un invasor armado en su territorio. Toledo, decimos porque esta negociación está hecha personalmente por la Reina, sola, sin el Rey, con su firma única y autógrafa. (D. VIII, doc. 435) PP- 25-34. De Simancas).

    De este documento es esta actitud textual de Isabel; redactada por minutante en la cancillería, con la impronta propia del de turno, pero refrendada por la firma de la Reina conservada en el documento: es extrañamente una minuta firmada, que sin llegar a ser un documento definitivo original, sirve para apreciar la postura personal de la Reina. "Suphcareys a su Santidad (Sixto IV), de aquí adelante no quiera proveer de ninguna iglesia catedral destos nuestros reynos syn especial suplicación y consentimiento nuestro".

    Está refiriéndose al caso de Toledo, pero generaliza> pues, que las razones que va a dar, valen para cualquiera diócesis; pero el texto contundente de la Reina brota del caso de Toledo.

    "Por tanto, suplicareys a su Santidad quiera con nos tener esta temperança de esperar nuestras suplicaçiones, e non dé cabsa que ayamos de entrar en contenciones con aquella; la qual, aunque sea contra el deseo que tenemos de le obedesger e complazer, la necesidad nos lo fará fazer, e desto procurareys bulla de su Santidad plomada".

    Pero sucede que este documento personal de la Reina, es, a nuestro juicio, entre todos los de su género, el que mejor ha compendiado las razones jurídicas en que una actitud tal se funda; y separar las actitudes, de las razones, no es oficio de historiador.

    Aparte las razones clásicas y antiguas de las atribuciones concedidas de hecho a sus antecesores, y otorgables igualmente a su persona como Reina (en las que no insistimos, porque, en fin de cuentas, si el Papa no concede a esta Reina lo que otros Papas concedieron a los antecesores de ella, no existiría una razón de derecho para esta actitud). Insistimos en otras razones de las expuestas en el documento con claridad y que se reducen a esto: El arzobispo de Toledo como los demás obispos de España, no tiene solamente una ¡unción religiosa y eclesiástica en Castilla,. sino también una función temporal, principalmente económica y social, y muy especialmente, militar. El arzobispo de Toledo es en Castilla, el tercer magnate, después del rey y del príncipe heredero. Es un señor feudal, con señorío temporal sobre numerosas villas, y situados tributarios; pero, sobre todo, es un Noble más que posee "ejércitos" (si se permite la trasposición del vocablo), picas, lanzas, etc..., y poderosas fortalezas y castillos.

    (Hemos hecho acompañar a este texto una documentación pormenorizada de las fortalezas que tiene el arzobispado de Toledo (D. VIII, doc. 436, PP. 35-55; y el doc. 437, PP. 55a 63; y el doc. 438, pp. 64-76), sobre las que tienen todos los obispados, excepto Galicia).

    El documento en que esto dice la Reina al Papa, ha expuesto el caso sangrante del arzobispo de Toledo, don Alfonso Carrillo; este prelado unió sus tropas y fortalezas al invasor Alfonso V de Portugal contra la Reina, para destronaría; vencido este monarca, con sus aliados castellanos, los Reyes Católicos ocuparon los castillos y fortalezas del arzobispo de Toledo, militarmente, en acción de guerra; y entonces el Arzobispo Carrillo, excomulga a los caudillos de guerra al servicio de los Reyes, por haber entrado en el "sagrado" de las fortalezas de la Mitra toledana..,

    Trata la Reina de que su deseo es que el Papa, a vista de esto, NO PROCEDA A NOMBRAR UN ARZOBISPO DE TOLEDO de quien ella no pueda fiarse como Reina; que pueda aliarse con un enemigo exterior en guerra.

    Esto ES LO QUE QUIERE DECIR LA REINA AL PAPA: que estos nuestros reynos "no lo podrán comportar".

    Y por encima del caso concreto de Toledo, la Reina, lo que está diciendo es que un arzobispo de Toledo, tiene una doble función y jurisdicción: la espiritual que corresponde al Papa y la temporal (económica y militar) que corresponde a la Reina.

    Pero sin llegar a situarnos en esta tesis de la doble jurisdicción, o jurisdicción compartida, la Reina está diciendo también que una solución no prudente en la provisión de Toledo, desbordaría el deseo que ella ha tenido y tiene de obedecer al Papa, en una provisión que, objetivamente el Reino, por la misma naturaleza de las cosas, no lo puede comportar ("nin la condición de nuestros regimos lo puede comportar").

    Este es el caso de Toledo, que, por extensión la Reina aplica y documenta a los demás obispados de España, constituidos en señoríos temporales, en circunstancias en que una guerra contra su persona y su trono ha estado a merced de la postura que quisieren adoptar los señoríos eclesiásticos armados. En la Mitra de Toledo, en esos años precisos de la guerra y de la pacificación, habían estado en juego la seguridad política y militar del Reino, y el trono mismo de la Reina Isabel. 1475-1478.

    El Papa atendió las razones de la Reina, y la súplica concreta que le hizo, y nombró arzobispo de Toledo al cardenal Mendoza.

    XIII. La paz, obra de dos mujeres. La Reina Isabel y la infanta Beatriz. El destino de doña Juana, "La hija de la Reina".

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    Los tratados subsiguientes de Alcazobas, entre Castilla y Portugal, responden esencialmente a la estructura de este programa de paz de Isabel y Beatriz. (Suárez, Política Internacional, 1, 194).

    Nadie intervino en estas conversaciones de Alcántara "de la una parte, ni de la otra, salvo ellas dos solas". Aquí Pulgar (1, 380) se ajusta literalmente al Informe oficial de estas conversaciones, hoy en Simancas (PR, 49-99).

    Estas tienen lugar del 20 al 23 de marzo, 1479, antes de la efectiva terminación de la guerra, ya fronteriza; después de firmarse la paz con Francia, 9 octubre 1478, y un mes después de la batalla del río Albuera, (24 febrero), que ellas dos quisieran fuera la definitiva.

    La Infanta Beatriz, duquesa de Braganza, tía camal de Isabel, como hermana de su madre; viuda del Infante don Fernando, hermano del Rey de Portugal. (Pulgar, 1, 366). Muy allegada al Rey; y también al Príncipe en esta fase, era el personaje idóneo para una tal iniciativa propia y misión oficial portuguesa.

    Lo hace exclusivamente con su sobrina Isabel. No están en estas conversaciones el Rey portugués, ni el Príncipe heredero; tampoco Fernando el Católico, a pesar de que está con la Reina en Cáceres. El la despide esperanzado y la ve alejarse hacia Alcántara, con una reducida escolta. Ya la Infanta de Portugal, escribe Fernando desde Cáceres el mismo día en que comienzan las conversaciones es venida en Alcántara, donde está la serenísima reyna, nuestra muy cara e muy amada muger; y esperamos en Nuestro Senyor se tomarán tales asientos e conclusiones, que la guerra e enemiga dentre los reynos cesará" (Instrucciones a Felipe Castro; Cáceres 20-111-79, ACA, 3606, 3-4, en A. de la Torre, Documentos,.. Relaciones internas. Reyes Católicos, 1, doc. 9, p. 10).

    Era la Infanta Beatriz "una señora discreta y de gran prudencta y "amava mucho al Rey de Portugal e al Príncipe su hijo, que era su yerno, e asimismo a la Reyna de Castilla, que era su sobrina, fija de su hermana" (Pulgar, 1, 366-67). Cuando el Príncipe sea Rey, Juan II, correrán otros aires con la Casa de Braganza.

    "Enbió asimismo esta Ynfanta un mensagero a la Reyna", con gestión secreta, sin precisarle su mensaje: "que se devía allegar más a aquella frontera de Portogal", porque ella "quería intervenir" en concertar una paz.

    Es todo cuanto deseaba Isabel. Una paz como la que va a iniciarse en Alcántara y consumarse en Alcazobas, es lo que ella deseaba ardientemente, como hija de portuguesa y como Reina de Castilla. Una paz peninsular que resolviese el problema entero de Portugal y no sólo el derivado de la guerra. Paz providencial que sin poderse imaginar entonces los acontecimientos de 1492, dejaría abiertos los horizontes y despejados los caminos para un entendimiento secular de las dos monarquías ibéricas en las altas empresas africanas y del Nuevo Mundo.

    Isabel salió de Cáceres para Alcántara, el 4 de marzo; la Infanta Beatriz, que fue “en andas, por estar enferma", no llegó hasta el jueves 18. El viernes lo dedicó a descansar, y el sábado comenzaron las conversaciones. (Informe de lo tratado en Alcántara, Simancas, PR, Leg. 49, f. 99; edlc. Torre-Suárez, ...Relaciones con Portugal, 1, Valladolid 1958, 179-183. Cartas de Juan Mateu a los Consellers de Barcelona; Cáceres 2-III-79 y 17-III Arch. Munic. Barcelona, Cartas comunas originales 1477-1499, fi. 156 y 158, edic. de Madurell, Hispania, XVII, 179, 181).

    Las conversaciones duraron todo el sábado, el domingo hasta "bien noche, para hablar hoy lunes”, día 22, fecha del Informe; y "el lunes en la noche hablaron".

    La Infanta llevaba los asuntos que le confiaran el Rey y el Príncipe de Portugal. La Reina allí en Alcántara, consultó, después de las conversaciones, con el condestable de Castilla, y a este "pareciole que la Reina havía muv bien negociado”; especialmente sobre las seguridades de la paz la Reina quiso se consultase con el Rey y con el cardenal Mendoza: "Platyque el rey con el cardenal todo esto y envíe desir su parescer en todo” (Informe, Id.).

    ¿Qué trataron a solas ambas negociadoras? El Informe lo recoge con pormenor. Por mucho que extendiéramos la síntesis nos seria imposible exponerlo aquí. Solamente detenernos en un punto que tenía que quedar claro en la biografía de Isabel la Católica.

    El destino de doña Juana, la "hija de la Reina".

    Si una literatura fácil sobre la cuestión sucesoria de Castilla había sorprendido a la cultura media, y aun superior, española, el punto concreto del trato de Isabel a doña Juana en los tratados de paz que siguieron a la victoria, había sorprendido a la misma investigación. Nos referimos a los años 50.

    Superadas las etapas de investigación en la Corona de Aragón, don Antonio de la Torre estaba en Simancas. Allí también don Luis Suárez Fernández. Era obvio, y estaba dentro del plan, acudir a estudiar a una Reina castellana, al Archivo General de la Corona de Castilla. Sólo entonces podía estar la investigación en condiciones de "provocar una obra fundamental" sobre los Reyes Católicos; no antes, como se insinuaba en el Índice Histórico Español (1, 1953-54, p. XIX).

    Estos dos investigadores no se proponían contestar a publicaciones secundarias> sino publicar una documentación en beneficio y socorro de la ciencia española.

    Lo que Simancas desvelaba a 'sus ojos era una masa desbordante sobre los tratados de Paz con Portugal; y en la base de la pirámide estaba el trato dado y el destino fijado a doña Juana la "Beltraneja" (venta verbo, para entendemos), eso que en la calle decían "el trato a la vencida”, o el trato a la rival. Esta “vencida” tenía seis años de edad cuando el pacto de Guisando; nueve, cuando la pretendió el Rey de Francia para su hermano, 1471; trece, cuando la pretendió para sí su tío carnal el Rey de Portugal; diecisiete en este momento en que estamos de las paces con Portugal, 1479. Ya entonces la Corte de Isabel la Católica había sustituido el mote infarnante por el de "la hija de la Reina".

    Los dos investigadores habían seleccionado seiscientos documentos sobre las paces con Portugal y sus venturosas consecuencias; y estaban ordenándolos en tres volúmenes. (Documentos referentes a las Relaciones con Portugal durante el Reinado de los Reyes Católicos, Valladolid, 1, 1958; II, 1960; III, 1963). Lo que el pórtico del edificio documental presentaba, era la actitud personal de la Reina Isabel en la negociación sobre el destino de doña Juana. Personal sería toda la negociación posterior hasta la firma de los tratados de paz, pero en este primer paso actuaba ella sola. Allí estaba todo: el desarrollo de los hechos, el entramado de las razones, el perfil de las conductas y el retrato de las personas.

    En 1959, cuando ya el primer tomo estaba en la calle, el catedrático Luis Suárez hacía una comunicación a la Universidad en un acto revestido de solemnidad no usual, para exponer algunos aspectos de la cuestión castellana.

    Un tema "no de discusión".

    Pretendía también pulsar opiniones responsables sobre algunos puntos. Al tocar el tema de la negociación de Isabel en Alcántara (marzo de 1479) sobre la hija de la Reina, se previno de este modo: 'Un último punto y no de discusión".

    "Se acusa muy frecuentemente a Isabel de excesiva dureza en las condiciones que fueron impuestas a doña Juana... al firmarse las capitulaciones de paz con Portugal en 1479' (Derecho sucesorio de Isabel la Católica, Valladolid 1960, p.117).

    Se refería, sin duda, a la reacción de la Reina ante el punto primero que le presentó la Infanta Beatriz de Portugal en las conversaciones previas de Alcántara: que se reconociese a doña Juana el titulo de Princesa en Castilla; o al menos el de Infanta. Isabel había ido a Alcántara en persona dispuesta a hacer concesiones que no haría cualquier negociador plenipotenciario. Pero esta, no' "La Reina lo contradixo mucho, porque tanto inconveniente ay en llamarse Infante como Princesa; porque... es confesar que es HIJA DE REY E DE REINA" (Informe, Simancas, supra).

    La Infanta Beatriz comenzó a ceder en este punto: "lo pasaba más blandamente que de antes", "visto por la Infante LAS MUOHAS RAZONES QUE LA REINA DIO”; pero todavía "sobre esto pasaron muchas pláticas, fasta tanto que la Reyna se determinó con la Infante que antes dexaría del todo de hablar en la concordia que oir más palabras sobre el título" (Informe, íd.).

    Sobre estas razones de la Reina, una fundamental señalaba el profesor: "el cumplimiento del acuerdo de Guisando" que, para Isabel, nunca fue materia de discusión. Esta era para Isabel, entonces y siempre, "su base jurídica". En Alcántara, como después en Alcazobas, "no se procedió, respecto al destino de doña Juana, desde planos de libre negociación COMO SI NUNUCA SE HUBIERA TRATADO DE ÉL". "Este es un error, que cometen a menudo quienes separan el tratado de paz 1479, de todos los acontecimientos anteriores" (Derecho..., íd.). Estos eran, al menos los de 1462, cuando nació la hija de la Reina; de 1464, cuando fue designado heredero el Príncipe Alfonso; de 1468, cuando, al morir éste, fue designada heredera Isabel; los de las dos Legaciones Pontificias, la de 1468 y la de 1472, por recordar fechas y techos que quedan ya expuestos más arriba.

    Añade Suárez, que Isabel reclamó aquí a la Infanta Beatriz a la hija de la Reina, para que estuviese en Castilla; y esto mismo estaba, dice, decidido en Guisando "que la hija permaneciese en este país a fin de darle un adecuado destino" (íd., Id.). Pero Isabel cedió pronto, y concedió que Juana quedase en Portugal, en poder de la Infanta Beatriz. (Informe).

    ¿Por qué en poder de la Infanta su tía? Todavía en Guisando (1468) no tuvo Isabel sino temores y presunciones sobre la posible utilización de la niña Juana, entonces de seis años de edad; no tenía las dos experiencias que muy pronto desbordarían toda presunción: la de Francia en Val de Lozoya y la de Portugal con la invasión de Castilla, 1475; ambas poniendo por delante a la misma niña, de nueve años en 1471, de trece en la declaración de Guerra de Plasencia; y pidiéndola en matrimonio; primero, con el hermano del Rey francés; después, con su propio tío carnal, el Rey portugués; en uno y otro caso, con reclamo a las armas; en la intención, por parte de Francia; en el hecho, por par-te de Portugal, a cuyos tratados de paz estamos asistiendo. A Juana personalmente se le hizo firmar la declaración de guerra en Plasencia.

    Estos hechos anteriores determinaban por sí mismos, sin que nadie tuviera que alumbrarlos, cuáles podrían ser los términos de una negociación de paz en serio, en la que, por una parte se atendiese a un decoroso destino de la inocente Juana, y, por otra, los Reyes Fernando e Isabel dejasen sus espaldas a cubierto de intervenciones extranjeras en Castilla y en Aragón, a base de la misma Juana. He aquí la clave.

    El destino de Juana. La tercería y el matrimonio.

    Isabel le otorga como destino de futuro, el matrimonio con el Príncipe heredero de Castilla, su hijo, don Juan, nacido en Sevilla en 1478. La petición partió de la Infanta Beatriz. Es el primero de los cuatro puntos que dio a Isabel por escrito, el sábado por la tarde, día 20 de marzo: "el casamiento del Príncipe con la hija de la Reina"; el segundo, "el casamiento de la Infante de Castilla [la primogénita de los Reyes Católicos] con el Infante hijo del Príncipe de Portugal", Alfonso. La niña Isabel, tenía nueve años de edad. Este matrimonio al fin se verificó. "La tercera, las costas" de la guerra; "la cuarta, el perdón e la restitución de los bienes e oficios de los castellanos" que habían luchado a favor de Portugal. (In forme, Id.).

    En cuanto al primero, de que aquí tratamos, Isabel lo concedió: "ovo de hablar en el casamiento del Príncipe con la hija de la Reina". Ella prefiriera que esta quedase en Castilla, bien para casarse o para meterse monja si así lo quisiere. Pero cedió a la. propuesta de Beatriz, menos en que se le diese título de Princesa entonces: "que ella no tenga titulo de Princesa, nin de Reyna, ni otro alguno hasta quel casamiento se faga por palabras de presente"; ya que si "el casamiento se fasta de futuro) no se le podía dar titulo de presente por derecho ni con buena conciencia., ni creía que lo consentiría el reyno por cosa del mundo". El titulo de Princesa, y posiblemente el de Reyna, pues que podría casarse con el Príncipe heredero de Castilla, le vendría por derecho de consorte, y no por otro titulo. (informe, Id.).

    Tan generosa y razonable parece esta concesión de Isabel la Católica, que algunos han pensado que no fuese aquí sincera la Reina Isabel. Ninguna razón hay para pensar así; y la que hubiera se desvanece paso a paso a medida que se adelanta en la documentación de las paces; ahora en Alcántara y después en Alcazobas. Es uno de los puntos que más documentación produce, y en el que los cabos quedan bien atados. La idea no partió de ella, se la propone Beatriz, su tía, y ella la acepta. Más aún, ella accedía a que las tercerías cesasen pasados seis años, cuando el Príncipe tuviera siete de edad; los negociadores exigieron. después que nada se hiciese hasta la edad de catorce años del Príncipe, cuando ya pudiese realizar el matrimonio por palabras de presente. Esto alargaba la tercería y la permanencia de Juana en poder de la Infanta Beatriz.

    Este es otro de los tratos que condicionan este proyectado matrimonio. Hasta que esto llegase, Juana habría de estar, ya que no en Castilla en poder de la Reina, sí en Portugal en poder de la Infanta Beatriz, en una fortaleza portuguesa, que acabó concertándose en la de Moura, villa cercana a la frontera.

    La Reina, y sin opciones los negociadores castellanos, exigieron esta custodia de Juana como única garantía de seguridades de que no volviera a ser utilizada contra Castilla, como en la guerra cuyas paces estaban concertándose. Si Isabel la hubiera considerado "la vencida" como se ha dicho en la calle, no acabarnos de comprender una concesión semejante ni un trato tal a una vencida. Pero Isabel, en toda esta negociación, se contenta con que no se la vuelvan a convertir en una beligerante.

    Isabel era sincera, por más que la grandeza de alma que esto supone nos asombre. Doña Juana la "Beltraneja", queda propuesta aquí para Princesa y posible Reina consorte de Castilla. ¿Qué más?

    La libertad y las cien mil doblas de oro.

    Se capitula aquí la libertad matrimonial de los dos. 1º Que si al llegar a esa edad de los catorce años, el Príncipe no quisiere casarse con ella, entonces "la dicha señora doña Juana SEA LIBRE PARA DISPONER DE sí e se ir adonde le pluguiere"; más; la Reina de Castilla, Isabel, le otorgaría una dotación conveniente a su vida y estado, consistente en CIEN MIL DOBLAS DE ORO castellanas de la vanda. Era la dotación máxima que se otorgaba a una Infanta de Castilla. Esta dotación queda allí, en el Tratado de la Tercería, uno de los cuatro de Alcazobas, prometida y jurada por el Rey don Fernando y la Reina doña Isabel.

    No es solamente una promesa de futuro, sino una donación de presente inter vivos: "de las quales desde agora para dicho tiempo le fazen pura e irrevocable donación entre Vivos" para que pueda casarse con quien quiera "e soportar e mantener su vida e honra", condicionada a la contingencia de que el Príncipe no quisiese casarse con ella; contingencia que los Reyes Isabel y Femando se obligan a evitar en lo posible, comprometiéndose a "que procurarán e farán quanto en ellos fuere, cómo el dicho desposorio e casamiento aya e consiga electo"; sólo respetando la libertad matrimonial del Príncipe.

    Y desde ahora, en el tratado, para dar mayor seguridad del pago de las cien mil doblas, hacen el situado en las rentas de la "cibdad" de Toro, con la jurisdicción del señorío y la fuerza de su castillo: "Los señores Rey e Reyna de Castilla, obligan expresamente, de agora para entonces, la cibdad de Toro... e la dicha su fortaleza para que la tenga por prenda con su jurisdicción"; y "le fazen desde agora para entonces, donación de las dichas rentas... fasta que le sean pagadas realmente e con efecto las dichas cien mil doblas". (Tratado de las Tercerías, Alcazobas 4 septiembre 1479. Arch. de la Torre do Tombo, Lisboa, 18/8/16, en Torre-Suárez, Documentos..., 1, 295-297).

    2.0 Que si al llegar ese tiempo fijado, fuere ella, doña Juana, quien no quisiere casarse con el Príncipe don Juan de Castilia, que él “sea libre para poder casar con quien quisiere"...

    Y en ese caso, 105 Reyes Fernando e Isabel, firmantes del tratado, quedarían libres de sus compromisos relativos a la dotación de las cien mil doblas; es decir, "de la hipotecación de la dicha cibdad e fortaleza de Toro" hecha ya en el presente.

    No se conoce en el siglo xv un tratado de paz semejante, en concesiones y en generosidad; más allá de lo imaginable. Sobre todo si nos empeñásemos en hablar de "trato a una vencida”'.

    En poder de la Infanta ese tiempo.

    Pasados esos años en Moura, en poder de doña Beatriz, doña Juana, tendría una de estas tres situaciones: o un porvenir de Princesa heredera de Castilla, o una situación de plena libertad para casarse o hacer de su vida lo que quisiere, o un estado y vida, decoroso en lo económico del rango de una Infanta de Castilla, con cargo a la Reina Isabel.

    Esta permanencia en seguro en poder de Beatriz, era la garantía que Isabel necesitaba para evitar la repetición de la guerra.

    LA INFANTA ISABEL, hija de la Reina Católica, también en tercería. Más imaginación haría falta para considerar eso como un encierro, que como una vida campestre al cuidado de la virtuosa dama Beatriz. Y lo que fuera de hecho, iba a ser compartido con una criatura más inocente aún, de menor edad, que no habla tenido que ver con la contienda, y más entrañable para la Reina: la infantita Isabel, su hija primogénita, la que nació en Dueñas un 1º de octubre de 1470; tenía nueve años de edad. Doña Juana tenía 17 años, y quedaba en Portugal. La Infanta Isabel tenía nueve años, salía de Castilla para estar en Portugal, saliendo del abrigo de su madre en tan tierna edad.

    Así fueron las cosas. Cómo la Reina Isabel se desprendiera de esta hija para enviarla en tercería al castillo de Moura, es cosa que más se presta a la reflexión que a la crítica histórica. Era el precio de una negociación que llevaba hasta el extremo las exigencias de la llamada parte "vencida”' frente a la que se ha. dicho negociaba desde las posiciones de vencedora...

    Con esta Infanta iba también a la tercería el Infante don Alfonso, de su edad aproximada, hijo mayor del príncipe heredero de Portugal, don Juan.

    “Que la dicha señora Infante doña Isabel aya de ser puesta. en tercería en poder de la dicha Infante doña Beatriz, al tiempo que fuesen puestos lOS dichos señores doña Juana e Ynfante don Alfonso” (Capitulación sobre la tercería de la Infanta Isabel, 4. IX-1479. Sirnancas, PR, Leg. 49, f. 50; Torr~Suárez, I, 362).

    Vamos a ver a continuación cómo estos dos Infantes, Alfonso e Isabel, son los únicos que estuvieron de hecho en la tercería de Moura; porque doña Juana va a encontrar modo de liberarse de ella. Estos dos Infantes, quedan también allí prometidos en matrimonio de futuro (Capitulaciones para el casamiento, Alcazobas 4-IX-79; en Simancas, PR, Leg. 49, f. 43; Torr~Suárez, I, 327-354); y, anticipando acontecimientos, éste fue el único matrimonio que se celebró en efecto en su día; que el Infante, recién casado, falleció de accidente de caza, e Isabel casó con el Infante don Manuel, que fue Rey de Portugal; estos son los padres del Infante don Miguel, heredero de Castilla, de Aragón y de Portugal, que murió antes de cumplir los dos años de edad, en Granada. Había comenzado aquí en Moura la cadena de sucesos venturosos que tuvo para Isabel la Católica esta negociación de la paz, como compensación providencial por todo lo demás.

    Isabel veía salir a su hija de Medina del Campo un 3 de noviembre (1480), camino de Portugal, bajo la custodia de los obispos de Avila y de Palencia; tenía que estar en Moura, el día 15. Isabel escribe a diversos personajes para que se unan a esta comitiva e intervengan en la entrega: "Ya sabéis cómo algunas vezes vos he escripto que yo avía de mandar a la ynfante doña Ysabel mi.,. hija a poner en tercería en poder de la Infante doña Beatriz mi tía,,. El término se cumple a XV días deste mes de noviembre, que ella ha de ser en un lugar a XVIII leguas de la villa de Mora” (Carta al Maestre de Santiago. Medina del Campo, 3 noviembre 1480; otras de la misma fecha al conde de Feria, al lic. Illescas y al obispo de Coria. Simancas, PR, Leg. 49, f.78). También al Prior de Prado, su confesor Fr. Hernando, la embajada de asistir a la profesión religiosa de doña Juana; aquí está la fecha de la salida de la Infanta de Medina: “a tres días de este mes de noviembre” (Instrucciones al Prior de Prado, día 3 de noviembre 1480, Medina del Campo. Simancas, íd., 50/38). A este le urge la Reina la entrega inmediata de la Infanta Isabel, en cuanto se haya verificado la profesión de Juana: "Para ir la infante, mi fija a la tercería... yo no quería que en ningund caso una hora faltase del término, por ende, a la mayor priesa del mundo ... que al día, o antes si ser pudiere" se verifique la entrega. (Instrucciones, íd., Id., y Torre-Suárez, II, 112-116).

    Hemos dicho que sólo estos dos Infantes, Alfonso de Portugal e Isabel de Castilla, niños de la misma edad aproximada, sólo ellos estuvieron en la tercería en poder de doña Beatriz; porque doña Juana decide ingresar en un monasterio; la profesión religiosa, le dejaría libre de la tercería.

    El arriesgado compás de espera que siguió a estas conversaciones, prueba de la paciencia infinita y de la constancia de la Reina Isabel, "bendito el que se la dió" (Fr. Hernando, a la Reina, Simancas, Estado-Castilla, Leg. 1/2, 1. 81) nos ha dado la ocasión de un precioso texto de Isabel la Católica sobre su propia actuación, más importante que el juicio favorable que dio el condestable de Castilla; dice de sí la Reina:

    'ES CIERTO QUE, EN LO DE FASTA AQUí, YO HE CUMPLIDO CON DIOS Y CON EL MUNDO".

    “YO PRINCIPALMENTE ME MOVí E ENTENDí EN ESTO, POR SERViCIO DE NUESTRO SEÑOR, POR MAS CUMPLIR CON EL Y POR LE COMPLACER A ELLA [a la Infanta Beatrizl, PUES CON TAN SANA VOLUNTAD Y BUENA YNTENCION Y DESEO SE HA MOVIDO A TRABAJAR EN ESTO”.

    (Isabel a Ruy Gómez, enviado de la Infanta Beatriz. Cáceres, abril o mayo de 1479. Simancas, PR, Leg. 49, f. 82).

    Doña Juana, monja

    Se ha dicho que Isabel la Católica, más o menos, puso a doña Juana entre la espada y la pared: o te casas o te metes monja.

    La documentación, profusa y reiterada, demuestra lo contrario.

    La idea del convento, no procede de Isabel; ni de Fernando. Isabel no desea que Juana se meta monja. Cuando se lo comunican, la contraría; cuando se negocia, lo teme; quisiera rechazarlo si esto fuera posible. Fr. Hernando de Talavera, en la negociación, disipa los reparos, aunque no los temores, de Isabel:

    “NO LE PUEDEN QUITAR QUE SEA MONJA, SI QUISIERE SERLO"; incluso que haga el año del noviciado, con ciertas seguridades: "E PRUEBE LA RELIGIÓN, CON BUENA GUARDA”; Isabel cedió, con temores de que aquí se ocultase un gran engaño en la negociación de la paz; los hechos van a demostrar que en ello era más cautelosa que suspicaz Entre los numerosos textos de aquí y de allá en que aparece la libertad de elección con que procedió doña Juana, valga este de Isabel, para el Papa: "Tovo libertad de non entrar en el dicho monesterio si non quisiera, e avida su deliberación, eligió vida religiosa” (Instrucciones al alcaide de Soria, 14 junio 1483. Simancas, PR, Leg. 15, fol. 35; Torre-Suárez, II, 282).

    Los temores de Isabel, ¿eran fundados?

    1. - EL PAPA SIXTO IV.

    El Rey de Portugal, Alfonso V, muere el 28 de agosto de 1481. Su hijo y heredero, Juan II, pensó inmediatamente en terminar con las tercerías de Moura. La Casa de Braganza, con la Infanta Beatriz como mediadora de paz, tenía en sus manos al Príncipe heredero, Alfonso y todo el poder que le conferían las tercerías. Había que eliminar la influencia dc esta Casa y suprimir de la escena a la Infanta Beatriz. (Suárez, Política Internac. de Isabel, II, 59-61). Envía con rapidez una primera embajada a los Reyes Católicos en orden a suprimir las tercerías; y, al fondo, se perfilaba ya la intención de devolver a Juana su libertad; no sólo en cuanto a dejar de estar sujeta a las tercerías, sino en cuanto a su permanencia en el monasterio.

    En efecto. Le informasen o no los Braganza, Isabel tuvo información plena de esto por otro conducto Juan II hacía salir del monasterio a doña Juana y entablaba gestiones para casarla con el Rey de Navarra Francisco de Foix. (Cartas intervenidas por' la Reina al emisario de Juan II, en Cordeiro de Sousa, Rev. de Arch. Bibliotecas y Museos, LX, 1954, en Suárez, Politica..., p. 61). ¿Al fondo Luis XI de Francia? "Durante los meses de aquel verano Isabel hubo de sufrir angustias de Reina y de madre" (Suarez, íd., Id.).

    Isabel cedió a la supresión de las tercerías y dio poderes a su confesor Fr. Hernando de Talavera para concertarlo en Portugal (Madrid, 28 abril 1483, en Torre-Suárez, II, 261-265).

    Y al mismo tiempo hizo informar y suplicar al Papa Sixto IV: "Suplicareis a Su Santidad quiera mandar por su bula o breve plomado a la dicha doña Juana que, guardando la profesión que fizo... viva e esté en el dicho monesterio... o en otro de aquella Orden e clausura dentro del Reyno de Portogal"..., "pues tuvo libertad de non entrar... si non quisiera, e avida su deliberación, eligió vida religiosa'9 (Embajada al alcaide de Soria para el Papa, fragmento, Santo Domingo de la Calzada, 14-VI-83; minuta de Simancas en Torre-Suárez, II, 282-83).

    El Papa, por estas noticias, o también por otras, pues que se manifiesta más informado de lo que revela esta embajada, se de-terminó a expedir una bula, "no movido por solicitud del Rey Fernando ni de la Reina Isabel, ni de persona alguna en su nombre", sino "motu proprio”, "de Nostra mera deliberatione", dirigida al arzobispo de Sevilla y a los obispos de Cuenca y de Coria, para que estos amonestasen a doña Juana a que permaneciese en el monasterio sin hacer salidas: "ne de predicto (Ulixbonensi) aut alio monasterio vel religioso loco dicti Ordinis exire"; e igualmente amonesten a las personas que se lo aconsejen, eclesiásticas o seglares, "etiam regali vel reginali dignitate"; y a los que directa o indirectamente le aconsejan que impugne la profesión religiosa que ha emitido. (Bula, Roma 1.0 de marzo 1484. Simancas, PR, Leg. 49, f. 79, original).

    Juana había estado fuera del convento hasta 1483 en que murió el rey de Navarra. (Suárez, Política, II, 61).

    Antes de expedirse la bula, se cancelaron las tercerías de Moura, 15 de mayo 1483, por acuerdo del Rey don Juan con los Reyes Femando e Isabel, en el que actuó, por parte castellana, el confesor de la Reina Fr. Hernando de Talavera (Avís, 15-V-83;.texto en portugués, Simancas, PR, Leg. 50, f. 14, original; Torre-Suárez, I, 262-267).

    Desaparecía de la escena la Infanta Beatriz y comenzaba el ocaso y el calvario de la Casa de Braganza.

    Fray Hernando de Talavera trató de sustituir las seguridades de las tercerías, por las de los juramentos. Se redactó un proyecto de juramento del Rey de Portugal, que habría de emitir en manos del mismo Fr. Hernando, confesor de la Reina de Castilla y de Fr. Antonio de Elvás, confesor del Rey de Portugal: "Padres, eu prometo por minha fe real e juro a Deus... nunca serey em dicto nem fecto nem em conselho, que a senhora dona Joahana, minha prima... saya destes meus renos de Portugal... nem de Religion; nen a ello darey lugar, directe vel indirecte”.

    "E eu ho decto Prior de Prado, e eu fray Antonio, confessor do decto senhor rey de Portugal, todo o sobredecto recebemos so secreto de confessom" (Simancas, PR, Leg. 49, f. 90).

    El texto es una minuta de un proyecto de juramento, que no nos permite saber con certeza si fue emitido por el Rey de Portugal. Es un texto igual al juramento que de hecho emitió el monarca en 1490 cuando las paces se rubricaron con el matrimonio del príncipe Alfonso, su hijo, con la Infanta Isabel, hija de los Reyes Católicos. (Simancas, íd., íd., f. 91; original, firma y sello del Rey; Torre-Suárez, II, 367-368).

    II. - EL PAPA INOCENCIO VIII. 1487

    Las cosas siguieron más o menos lo mismo, después de la bula de Sixto IV, y ya sin las seguridades de las tercerías.

    Isabel insistió en Roma poco después, en las Instrucciones al conde de Tendilla para su embajada. (Instrucciones; y Traslado de lo que se envió suplicar después de las Instrucciones. Simancas, PR, Leg. 16, ff. 27 y 35). Con estas y otras noticias, el Papa Inocencio VIII, expidió la bula Débitum pastoralis officii, de 22 de junio de 1487, en la que se incluye el acta de la profesión solemne de doña Juana, de que dejamos hecha mención crítica; acta y profesión que la bula confirma. El objeto del documento pontificio es conservar la paz firmada entre Castilla y Portugal, que "nonnulli, iniquitatis filii, praedictam pacem perturbare cupientes" instan a doña Juana a "que deje el hábito religioso, abandone el monasterio, e impugne la validez de su profesión religiosa se tenga por reina de los dichos reinos ("se nóminet ac faciat") "eL vellit ab aliis nominari"; "que Juana se deja vencer algunas veces por estas importunidades, ut suadentibus ipsis complaceat".

    El Papa, expone las nuevas circunstancias que hacen más necesaria esta paz: la empresa de Granada, por parte de Castilla, y la de Africa por parte de Portugal.

    La parte dispositiva del documento es para ordenar a doña Juana que se mantenga en su profesión religiosa, y no salga del monasterio, "etiam ad modicum tempus", fuera de lo que permitan las reglas de la Orden. Prohibe, tajo penas canónicas, que otros le insten "quod monasterium et Ordinem praedictum exeat (sic) et ad seculum revertatur et se pro seculari gerat"... (BibL Ajuda, Symmicta Lusitana, ff. 240r-263r. Torre-Suárez, II, 335-339. Edic. castellana en SITGES, "La Excelente Señora”, PP. 359-364. Un resumen en castellano, en Simancas, PR, 49-89).

    Los Papas Sixto IV e Inocencio VIII aprueban los Tratados de paz.

    La paz de Alcazobas comprende cuatro tratados distintos, aunque estrechamente trabados entre si. Uno de ellos, es el de las Tercerías relativo al destino de doña Juana, "la hija de la Reina" ("Iohannae Reginae natam") -

    Los cuatro recibieron la aprobación del Papa Sixto IV, a petición del Rey y del Príncipe de Portugal y de los Reyes de Castilla; más aún, la intimación de su cumplimiento "en virtud de santa obediencia":

    "Pacta, conventiones, contractus, confederationes et capitula praedicta... auctoritate et scientia praefatis, approbamus et confirmamus”.

    Con una exhortación y un mandato a su cumplimiento:

    "Hortamur insuper, per viscera misericordiae Domini Nostri Ihesu Christi, qui pacis auctor est, reges et reginam ac príncipem supradictos, eosque nihilominus IN VIRTUTE SANCTAE OBEDIENTIAE monemus, oc eis districte precipiendo MANDAMUS, quatenus praemissa omnia et singula, pro perpetua inter ipsos pace continuanda, diligenter observent et ab eorum subditis observari faciant". (Roma, 8 de marzo 1481. Simancas, PR, Leg. 50, f. 18. Original),

    Entendemos que esta aprobación y mandato del Papa significaba algo importante para los hombres de entonces; y significa algo imprescindible para cuantos en nuestros días, o como historiadores, o como biógrafos de la Reina Isabel, quieran conocer y analizar, con tanta honestidad como lógica, los hechos y las conductas. Los mismos deberes que la Reina Católica tuvo entonces para con los demás, loS tenemos nosotros hoy para con ella; y para con nosotros mismos, pues que sólo un explicable desconocimiento de las cosas ha podido dar margen a determinados juicios, que, a su vez, quedan avocados al no menos severo de la Historia,

    INOCENCIO VIII, interviene de nuevo en 1489, con firmando la bula de su predecesor SIXTO IV, para aclarar y confirmar a su vez un capítulo de aplicación controvertida, el que se refiere a la condonación y remisión que hicieron, ambas partes, de los daños y perjuicios mutuos ocasionados por la guerra a personas, aunque fuesen eclesiásticas; sobre lo cual, dice el Papa: "lites ipsas penitus extinguimus". (Roma, 12 de diciembre 1489, Simancas, PR, Leg. 50, f. 19. Original; Torre-Suárez, II, 360-363).

    XIV. La paz electiva. 1490. Matrimonio del Príncipe de Portugal con la Infanta Isabel de Castilla

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    La iniciativa partió por igual de Juan II de Portugal y de la Reina Isabel de Castilla. Pocas veces, en matrimonios de Príncipes, juega papel tan importante la amistad, el trato y el amor. Estos son aquellos dos Infantes que, de niños, y por virtud de las tercerías de doña Juana, estuvieron en Moura en poder de la Infanta Beatriz: los únicos de Moura.

    Ahora Alfonso es el Príncipe heredero de Portugal; Isabel, la primogénita de los Reyes Católicos, puede ser la Reina de Portugal; y llegará a serlo.

    Esta unión será la fórmula de la amistad efectiva gr de la cordialidad de las paces de Alcazobas.

    En febrero el Rey don Juan y el Príncipe Alfonso firmaban los poderes para una embajada a los Reyes Católicos, para concertar el matrimonio (Torre-Suárez, II, 364-66); antes de su 1legada a Castilla en marzo, partía para Évora el confesor de la Reina, fray Hernando de Talavera.

    El juramento de Juan II, relativo a doña Juana.

    Era una misión previa y necesaria. Los textos pontificios que hemos citado demuestran que esta delicada misión era fundamental. Isabel la ha confiado a Fr. Hernando, lo mismo que en 1483. Fallidas las seguridades. de las tercerías, sucedían las de los juramentos. En aquella ocasión no sabemos que los juramentos se efectuasen. En esta, el Rey don Juan firma un documento en el que jura "a Deus... a Virgen Maria en os Santos Avangelhos, que fazémdosse ora logo o casamento do principe meu filho com a Ifamte doña Isabel... que nunca seremos em decto, nem em fecto, nem conselho, que a senhora dona Johana, minha prima, case con pessoa alguua, nem que por outra qualquer maneira saya destos nossos regnos de Portugal e dos Algarves, nem de sua Religión” (Évora, 27 marzo 1490. Simancas, PR, Leg. 49, f. 91. Original; Torre-Suárez, II, 367).

    Era el mismo problema que subsistía desde 1482, el que está en las bulas de Sixto IV e Inocencio VIII, y en el que había intervenido el mismo confesor de la Reina Isabel, Fr. Hernando.

    Este matrimonio de Príncipes traerá la paz y ventura en un orden nuevo de amistad y colaboración entre ambos Reinos, agilizando las fórmulas textuales de Alcazobas.

    Se cruzaron cartas individuales de gran cordialidad entre el Príncipe y los Reyes Fernando e Isabel; entre éstos y el Rey Juan JI. (Textos de la Bibí. Acad. de la Historia, Col. Salazar, A-11, ff. 39r y v, en Suárez, Política Internacional de Isabel la Católica, III, Valladolid 1969, PP. 188-190).

    Damos el texto de la carta de la Reina Isabel a Juan II, su futuro suegro, rúbrica de paz tan importante en la práctica como los textos de los tratados.

    “Serenísimo Señor hermano. Tengos en merçed lo que con Ruy de Sande me escrevistes, y el mucho amor que a la princesa mi hija teneys y el plazer que deste casamiento del Príncipe nuestro hijo y suyo aveys avido. Todo lo estimo y tengo en tanto, que no se podrá dezir. Spero en Nuestro Señor que será como vos, señor, dezís, mucho a serviçio suyo y bien y contentamiento de nosotros todos, que el contentamiento tanto es y el crecimiento de amor por nuestra parte, que no puede ser mayor, y ansí plazerá a él que fará todo lo otro. Y en la princesa teneys tan obediente hija que abreys por bien empleado lo que por ella hizierdes. Pidos, seño,que de aqui destos regnos y de todo lo que yo uviere os aprovecheys y mandeys como en los vuestros y ansi lo podeys hazer como en lo propio vuestro. Y porque hablé más largo con vuestros embaxadores acabo pidiendo a vuestra Serenidad les de fe como es razón. Nuestro Señor vuestra real persona y estado aya en su santa guarda. DE MI MANO, en Sevilla a X de mayo. A lo que mandardes.

    Yo LA REYNA.

    (Bibí. Acad. Hist. Colección Salazar; A-11, fol. 39v. Copia del original autógrafo).

    Después de esta carta y de las alegrías de ambos Reinos con este venturoso matrimonio, incluso ese orden nuevo que instaura la amistad y cordialidad mutuas, no Consiguieron acallar, sino por poco tiempo, los irremediables problemas en torno a la monja de Coimbra, doña Juana. Bien creemos que no todo dependía del Soberano portugués personalmente.

    El Príncipe Alfonso llegó a ser Rey. Isabel de Castilla, Reina. Los sucesos vendrán a traer la corona de Portugal al Infante don Manuel, hijo del duque de Braganza. Con este don Manuel, casará de nuevo Isabel, que había enviudado del Rey Alfonso. Reina dos veces de Portugal, Isabel misma soportó los problemas. Hasta el extremo que la Reina Católica de Castilla, su madre, tuvo que hacer con el Rey don Manuel una nueva gestión para acallar las inquietudes en torno a doña Juana:

    "Otrosí: Que el rey don Juan, que Dios aya, nos dió una escritura [la que dejamos transcrita],firmada de su mano e sellada con su sello e jurada por él solemnemente que, en suma, era que por ella nos prometió e juró no consentiría ni daría lugar en alguna manera, que la monja doña Juana casase con nadie ni saltes se de la Religión de santa Clara. Direys al rey que esto hizo por nosotros el dicho rey don Juan; y si esto fizo aquél, ya ves quánta razón hay para que él haga mucho más, que no le tiene obligación nenguna, y el amor de entre nosotros y él es mucho mayor”. (Sin lugar ni fecha; 1495?, Bibl. Acad. Hist., Col. Salazar, A-8, fol. 215; minuta; letra de la época. Publicada por Azcona, Isabel la Católica, 307).

    La "hija de la Reina" hasta el fin.

    El problema nunca feneció. Más o menos las cosas siguieron igual. Como problema interior de Castilla dejó de existir desde 1476; solamente prosiguió como problema exterior; en Portugal y, siempre al fondo, Francia.

    Isabel la Católica dio dos de sus hijas al trono de Portugal: Isabel y María. Al morir el Rey Alfonso, a los pocos meses de su matrimonio, Isabel vuelve a Castilla. Al entrar a reinar el Infante don Manuel, Isabel contrajo matrimonio con él. Muere Isabel y la Reina Católica entrega a su hija Maria en matrimonio al rey viudo. Y el problema, siempre amortiguado por estas uniones castellano-portuguesas, retoña en cualquiera oportunidad.

    En 1504, año de la enfermedad y de la muerte de la Reina, hay muchas hablas secretas de un embajador calabrés con Felipe el Hermoso en Flandes y con Fernando e Isabel en Medina del Campo, sobre una gestión del Rey de Inglaterra con el de Portugal, Don Manuel, para matrimonio con Doña Juana, "que la llaman la Beltranica" (sic) (Arel;. de la Casa de Alba, en Duque de Alba, Correspondencia de Gutierre Gómez de Fuensalida, Madrid 1907, PP. 224-230, 581-586). La hija menor de Isabel, Catalina, se casa con el Príncipe de Gales, Arturo; y, muerte éste, con el Sucesor, Enrique (Enrique VIII).

    Y ya las fechas despersonalizan el problema y lo desligan de Isabel la Católica. En tiempo del Emperador, año 1522, retoña el tema como preocupación de Castilla, precisamente por los conflictos con Francia; un Informe dado al Emperador por algún consejero que no firma, expone el viejo problema como se desenvolvió en Castilla y después en Portugal, en torno a doña Juana "que allá nombran la Excelente y en Castilla la nombran la Beltraneja". "En todo el Reino se decía públicamente que no era hija del Rey". Sigue exponiendo el problema sucesorio en Castilla y las inquietudes posteriores en Portugal, "y de las censuras del Papa a los que no obedeciesen a doña Isabel” (ínterpretado un poco a su modo), y que esta "como muy prudentisima, tuvo siempre por objeto de Castilla al Rey de Portugal”. Añade de doña Juana y del problema francés de 1522: ;.y pues sigue viva, y allí, y la guerra con Francia más viva, y Castilla está como está.,, y podría coaligarse con el de Portugal y ayudarse de la falsa causa de aquella muger. . - (Informe al Emperador, Arch. de la Casa de Alba, 3 hojas folio, editado por Paz y Melia, E! cronista,,., Madrid 1914, 337-338. La menor calificación crítica de este documento, no retrajo a Paz de publicarlo).

    Así se enfocaron las cosas en la Corte de Carlos, dieciocho años después de la muerte de Isabel la Católica. Nada expresamente contra doña Juana; todo sobre la amenaza permanente, dormida a veces y nunca extinguida, en las esferas de intereses de la política internacional.

    Isabel había muerto en 1504 en olor de santidad, con el alma en sosiego sobre esta cuestión. Entre tantas cosas menudas como examinó en la conciencia al dictar su testamento, no hay mención alguna para este tema que haga pensar que estuviera en el hilo delgado de su preocupación en la hora de la muerte.

    XV. Primeros pasos de gobierno en paz

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    A partir de aquí, volvemos a estrechar la síntesis de estas notas biográficas.

    Hecha la paz con Portugal, y cuando aun no han terminado las negociaciones de paz que lleva, por parte de Castilla, con otros embajadores castellanos, el confesor fray Hernando de Talavera, emprende la Reina la reforma religiosa del Reino, grandiosa decisión que no habían conseguido los mejores esfuerzos de los reinos europeos después del Concilio de Constanza. Este comienzo de reforma está en el Concilio Nacional de Sevilla, promovido por la Reina y llevado a cabo por la acción conjunta del mismo confesor fray Hernando de Talavera y por el cardenal D. Pedro González de Mendoza, entonces arzobispo de Sevilla, incorporado este último a las tareas de gobierno directo del Reino de Castilla. (Actas en F. FITA, Bol. Acad. Hist. 22, 1893, 212-257).

    Todos estos puntos trascendentes del Reino, entre 1471 y 1480, es decir, los principios de este Reinado, han sido rubricados por tres importantes Legaciones Pontificias: la de D. Antonio de Véneris, 1467-68; D. Rodrigo de Borja, futuro Alejandro VI, 1472-1473; D. Nicolás Franco. 1475-78, y a punto ya la Nunciatura de Doménico Centurione, que establece la gran concordia del Papa Sixto IV con los Reyes de Castilla para la provisión de las Sedes Episcopales, con tendencia a situar obispos residentes en las diócesis. No fue esta concordia un Patronato Real, como el que tenían otros reinos europeos, sino un simple privilegio de “suplicación".

    La joven Reina había pretendido con éxito, en estas prolijas negociaciones, superar la situación creada por la irresidencia de obispos en sus diócesis, y por el mismo nombramiento de obispos por fines y motivos ajenos a la pura y simple acción pastoral y de gobierno directo, que más tarde sancionaría el Concilio de Trento para la Iglesia Universal. Se había dado prisa la activa Soberana para esta acción. El Concilio Nacional de Sevilla, se había celebrado en el tercer año de su reinado: 1478.

    Otro serio problema de trascendencia religiosa en el Reino, hubo de afrontar, y con prisa en los dos primeros años de su Reinado, a pesar de la guerra sostenida con el invasor de Portugal: el problema interior del cripto-judaísmo, y el establecimiento de la Inquisición en Castilla.

    Lo había hecho inaplazable un fenómeno de ficción, de falseamiento y de buenas formas encubridoras de un propósito descrístianizador: el cripto-judaísmo, cabeza de puente para una acción directa, de carácter religioso y social, del judaísmo en España. Mientras el judaísmo gozó, por siglos, de paz; y mientras se mantuvo en una prudente libertad de religión en sus sinagogas sin más pretensiones ni encubiertas intenciones, fue siempre tolerado como minoría étnica engastada en el Reino y en el pueblo, aunque siempre inasimilada e inasimilable. El historiador moderno de los Papas, L. Pastor, sentencia que se trataba ya del ser o no ser del catolicismo en Castilla.

    Para el establecimiento del santo Tribunal, cuya esencia y estado de opinión en la Cristiandad de entonces, deja desplazadas todas las trasposiciones históricas de la mentalidad de hoy, Isabel procedió con ciencia y conciencia bien cimentadas, de que hacia a Dios y a la santa Fe católica, el alto servicio que las Circunstancias demandaban; y que el dejar de hacerlo sería faltar al grave deber de religión y de conciencia que un soberano de su tiempo tenía sobre sí.

    Este fenómeno del judaísmo encubierto en los falsos cristianos, había sido detectado por el Papa ya desde 1475, primer ano del reinado de Isabel, cuando ésta se encontraba en guerra defendiendo su Reino de una invasión. El Papa no espera ni a esta circunstancia, y describe ya este judaísmo encubierto en Instrucciones al Nuncio y Legado Nicolás Franco: "Hay muchos eclesiásticos y seglares que externamente se dicen cristianos, pero interiormente viven como hebreos en su vida y costumbres, y siguen su doctrina, y, lo que es peor caen en su infidelidad y están continuamente maquinando el atraer a otros a los ritos hebreos”. Por tanto, da al Nuncio facultades iguales para reprimir y castigar estos delitos contra la fe; facultades iguales a las que tienen los inquisidores donde este Tribunal está establecido (D. VIII, doc. 445, PP. 105-106). Esto es un anticipo de la Inquisicion en Castilla, hecho por el Papa, Tribunal que surge desde alli desde Roma, apenas termina la contienda guerrera, y tiene ya su bula de constitución en 1478.

    La Reina, en posesión de la bula pontificia de constitución del santo Tribunal, detiene su aplicación durante dos años; en ellos organiza una gestión amplia para tratar de obtener los mismos efectos sin establecer el Tribunal de rigor en Castilla. Desde noviembre de 1478 a enero de 1481; prácticamente más meses de ese afio 1481. Trata de descubrir el encubierto jjudaísmo de eclesiásticos y seglares judaizantes, algunos de ellos situados en puestos de gran influencia en la Iglesia y en el Reino descubriéndolos, trata de persuadirles y de adoctrinarles en la fe pura cristiana; aquí el catecismo del cardenal Mendoza y las catequesis organizadas por Fr. Hernando de Talavera, en el principal foco de falsos conversos, Sevilla.

    Una medida de tan sana razón religiosa y pastoral no era caso frecuente. Pero Isabel quería ensayar el camino del convencimiento y de la doctrina, antes de dar paso al de rigor, que ella no podía ya evitar.

    Fracasado este procedimiento, y descubierto por Fr. Hernando de Talavera, que es contraproducente, pues los judíos netos, iniciaban una contrapropaganda abierta contra el cristianismo, entiende el sabio y santo confesor de la Reina que es inevitable ya el dar cumplimiento a la bula pontificia fundacional de la Inquisición. El, por su parte, escribe la "Católica impugnación” contra un libelo de un destacado judío de Sevilla.

    En el paso adelante de esta fase de la suspensión de la bula, tiene más importancia la influencia del confesor de la Reina, y la del cardenal Mendoza, que ninguna otra de las decantadas influencias y presiones a la Reina para dar este paso.

    Cuando acaba de fundarse el santo tribunal, el Papa Sixto IV escribe personalmente a la Reina, contestando a una carta suya autógrafa: "Nos alegramos, hija carísima, en nuestro corazón, del empeño y dfligencia que pones en cosa tan deseada por Nos”(a Nobis tantopere concupita"). "Siempre pusimos empeño ("Conati semper fuimus”) en aplicar los remedios necesarios a tan pestilente daño" ("morbo"). En Castilla ya desde tres años antes, 1475, con las instrucciones al Nuncio, cuando la Reina no podía ocuparse de ello por razón de la guerra. "Por tanto, aprobamos y bendecimos en el Señor, este tu santo propósito". "Exhortamos y rogamos a vuestra Alteza.., que tome sobre si esta causa de Dios, porque en ninguna otra cosa le puede servir mejor que en ésta" ("cuí in re ulla alia magis placere potest).

    “Filia carissima, sis bono animo..." "Y no dejes de llevar adelante, con tu habitual devoción y diligencia, tan piadosa obra ("tar pium opus"), gratísirna a Dios y a Nos". (Sixto IV, a la Reina de Castilla, León y Aragón. 23 febr. 1482. Original en Simancas, Patronato Real, Leg. 28, fol. 7). (D. VIII, doc. 507, PP. 245-248).

    A vista de esto, ya no quisiéramos computar el alto consejo eclesiástico y seglar de que la Reina estuvo rodeada siempre, y a veces, presionada, en este punto; ni el consenso general y unánime de escritores y pueblo en sus mismos días, ni ese mismo consenso de la Cristiandad posterior hasta la revolución francesa; ni la visión de su consejero político el cardenal Mendoza, o las exigencias de santidad que para con ella tenía su santo confesor Fr. Hernando de Talavera. Todo ello cede en valor y en alto contenido, ante estas líneas del Papa, que aconsejamos releer, volviendo de nuevo la página...

    No tratamos aquí de juzgar históricamente la fundación de este santo Tribunal en Castilla. Tratamos de observar el espíritu y la conciencia de la Reina Isabel en este paso.

    Y en este particular anotamos que cuando se esgrimieron toda clase de razones en España, en las Cortes de Cádiz de 1812, para suprimir el santo Tribunal en España y sus dominios, se apreció allí la prudencia de la Reina en este paso, su dulzura de carácter y de corazón, su aversión innata a las medidas de rigor, su docilidad al alto consejo de sus directores de conciencia y del Papa. Y, por tanto, aun aquellos hombres no incluyeron a la Reina, sino que positivamente hicieron un aparte para ella, en la censura sin indulgencia al santo Tribunal de la Inquisición. (D. XVI, PP, 146-151; 104-105).

    Y para esta fama de bondad, dulzura y santidad en los tiempos modernos más característicos, anotamos con agrado y con sorpresa, que todos los autores del siglo Xix, a los autores liberales nos referimos, al llegar a este punto, condenan la Inquisición y canonizan a la Reina. No entrarnos en las razones, o sinrazones o excesos de esa condena objetiva al Tribunal. (Los historiadores de esta Causa han presentado extensa documentación, cuyo conocimiento obliga en conciencia a todos cuantos en nuestros días o en los venideros, hayan de hablar o escribir sobre esta materia).

    Nos ceñimos a anotar que estos hombres han exaltado a la sierva de Dios a un pináculo de virtud y de ejemplaridad, han documentado su santidad personal, y han planteado -ellos- por vez primera, y de modo contundente, a la Iglesia de España, la canonización de la Reina. (D. XVI, p. 121). Fue don Modesto Lafuente quien recogió estos sentimientos del siglo XIX; hombre que trata a la Inquisición con mesura, pero sin indulgencia.

    La carta del Papa que hemos citado nos revela el espíritu interior de la joven Soberana, que no dio este paso, sin consultar por si misma, sin secretarios, embajadores ni intermediarios, al Papa. Y no lo dio hasta obtener su aprobación y su expresiva bendición ¿Qué más para una Reina o para un alma cristiana en esta circunstancia, sea cual fuere el juicio que se forme de las instituciones?

    Y aquí se produce un hecho hasta hace muy pocos años desconocido. Al llamamiento de la Reina, a la acción de los catequistas y del cardenal Mendoza, responde un personaje judío con un escrito gravemente ofensivo para el cristianismo. El hecho trascendente, es la aparición de la "Católica Impugnación de este escrito judaico, hecha por el confesor de la Reina, fray Hernando de Talavera. Fray Hernando se da cuenta del trasfondo de la cuestión, de la íntima conexión de los falsos conversos con los judíos declarados; es decir, de un cripto-judaísmo que hacía infructuoso y hasta contraproducente ese laboreo catequístico y misionante de la Reina al suspender la aplicación de la bula papal. Algo de lo que en nuestros días ha llegado a escribir Ludovico Pastor para justificar correctamente el pontificado de Sixto IV y su actuación en la fundación de la Inquisición en Castilla. Dice Pastor: "Las cosas habían llegado últimamente a tal extremo, que ya se trataba del ser o no ser de la católica España9'. (Hist. de los Papas, II, Friburgo 1925, p. 624, en Llorca "Bulario Pont. de la Inquis. Española”, en Miscellanea Historiae Pontificae, XV, Roma 1949, p. 50).

    La Santa Hermandad.

    También en estos primeros años de su reinado, la Reina, que tiene la responsabilidad de oficio de un pueblo y de unas instituciones, ha tenido que afrontar los dificilísimos problemas de la paz interior, de un orden público indispensable que asegure la vida de los ciudadanos en las calles y en los caminos, que verifique el sometimiento de la Nobleza y la Grandeza de España que tenían hipotecado el poder y aun las rentas del patrimonio real por excesivas concesiones anteriores. La Reina, desde las Cortes de Madrigal de 1476 hasta las Cortes de Toledo de 1480, ha reorganizado, casi fundacionalmente, la Santa Hermandad contra los malhechores públicos, la recuperación del patrimonio nacional de manos de la misma Nobleza, a quien tenía que someter en beneficio del pueblo y de la que hoy llamaríamos clase media, y parte de cuyos bienes tenía que recuperar y recuperé en las Cortes de Toledo Delicada obra de justicia que encomendé al espíritu tan justiciero como escrupuloso y exigente de su confesor fray Hernando de Talavera en las DECLARATORIAS de las Cortes; Nobles y Grandes de España de quienes, en su sometimiento político y económico en favor del pueblo y del Reino, ella tendría que servirse para el mismo gobierno. Fuera de casos de excepción, esta altiva Nobleza castellana se doblegó de buen grado por la fuerza de la razón, buen arte y tino en el trato de personas y de situaciones, de la joven Reina. Esto pudiera haberlo hecho temida; pero la hizo especialmente amada y venerada; consecuencia de aquella "divina manera de gobernar" que aprecié el Nuncio y conde Baltasar Castiglione años más tarde. (Declaratorias. Simancas, Diversos de Castilla, leg. 5, fol. 82. Original. Firmas de la Reina y de fray Hernando).

    XVI. Granada: Empresa de fe. La "Causa de Dios" (Inocencio VIII)

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    La "Causa ae Dios" (Inocencio VIII)

    Puesto el Reino en orden, pacificados los espíritus y contando ya con la fiel y cordial adhesión de la Nobleza y del pueblo, se enfrentó la Reina con el problema secular de la recuperación del Reino de Granada. Una de las Causas de Dios, de las que tenía la Reina como causas propias (Flórez, Reinas).

    La empresa era de tal magnitud y significación religiosa que cuando se consumó su recuperación en 1492, fue para la cristiandad, y especialmente para Roma) como una compensación por la pérdida de Constantinopla en 1453.

    No se trataba solamente de recuperar un pedazo del territorio nacional de manos de un invasor, que es oficio propio de la soberanía de una nación; sino de reinstaurar una comunidad cristiana donde se había implantado un reino musulmán arrebatando a Cristo y a la Iglesia un reino cristiano.

    Sólo un rey santo castellano, san Femando, lo había intenta-do, recuperando desde Toledo a Sevilla, casi la mitad de la península. Sólo una reina del temple humano y cristiano de esta sierva de Dios, afrontó la difícil tarea de la recuperación tot4l de este reino moro, en territorio español, para Cristo y para la Iglesia.

    Por esta razón y motivo, un observador extranjero, de la escuela de Pomponio Leto en Roma, Pedro Mártir de Anglería, describe a su compatriota Pedro de Pavía el espíritu que se palpaba en la Corte, en el campamento, en la actividad de la Reina y del Rey en plena cruzada de Granada: "Es algo sobrehumano lo que piensan, hablan y obran. Con ellos sólo se habla de justicia, de concordia entre los príncipes cristianos, de la guerra a los enemigos del cristianismo ("nostrae legis"); todo el tiempo se emplea en quitar los obstáculos que se presentan a la religión, en suprimir los vicios, en exaltar las virtudes..." (Carta III). El Rey y la Reina, escribe a Juan Borromeo, "unánimes y concordes, son como dos divinidades caídas del cielo... inspirados por un espíritu divino, y guiados por la diextra del Altísimo” (Carta II) - A Juan de Medina, embajador español en Roma: "No sé qué de sobrehumano veo en tus reyes'”. (Carta IV)

    Inicialmente, en los preparativos, es del Papa Sixto IV la bula de Cruzada que define a la empresa como cruzada por la Iglesia; continuada por Inocencio VIII. De este Pontífice es la definición del sentido de aquella empresa y de exhortación a la Reina: "Quanta sit animi religio Maiestatis tuae... praecipue in delenda et extirpanda maurorum perfidia, clare apparet" "Opus istud est valde meritornum, Deo acceptabile.... "Ad illud, inquam te hortamur”. (A. Vaticano, Ar. XXXIX, v. 19, f. 183). - "Occurrit autem nunc vos hortari ut bellum contra mauros susceptum, magno, ut facitis, animo, prosequamini". “Deus ipse, cuius causa agitur...” (íd., Id., ff. 182r.-vº). "Haec res, bene gesta, ad omnes christianos attinet, et ad Nos potissimum..." (Id., ff. 449v-450r).

    En la historia de esta campaña tiene la Reina una biografía personal de los más subidos quilates sobrenaturales, de los cuales una sinopsis puede recoger algunos.

    Baza. La Reina ante los muros de Baza.

    No era necesario que Pulgar, su cronista, jurase ante Dios que la llegada de la Reina al cerco de Baza, resultase como una aparición del cielo, que cambió repentinamente el signo de las armas por el de la negociación, consiguió así la entrega de Baza y resolvió el último bastión del frente y de la guerra de Granada.

    Un cerco de seis meses, de junio a diciembre de 1489, metidos en el crudo invierno de aquellas serranías que ya anunciaban la nieve de la estación, endureció la lucha primero, y produjo el desaliento en el ejército cristiano. Muchos soldados habían desertado y huido a Sevilla (Tumbo de los RR. CC. del Concejo de Sevilla, edic. Carriazo, Tomo V, 111-385, Sevilla 1971, PP. 162-163). El ejército sitiador estaba tan debilitado como el sitiado. Y era la solución de la guerra: en la primera prisión de Boabdil se había capitulado, que una vez vencida Baza y ocupadas Almería y Guadix, entregaría Granada. Alargo estos detalles porque son imprescindibles para entender el efecto de esta "aparición celeste" de la Reina ante Baza.

    Ella misma no se tenía por tal figura sobrenatural, sino que, desde Jaén y Ubeda apremiaba a las ciudades para enviar refuerzos al cerco de Baza (Tumbo de Sevilla, V, III-291, PP. 12-13; y 111-323, p. 67). Pero todo esto no fue suficiente para forzar la toita, para evitar el desaliento y para endurecer la lucha. Entonces el rey y sus caudillos juzgaron necesaria la presencia de la Reina en Baza.

    Desde Jaén, llegó al Campamento el 5 de noviembre, "rodeada del coro virginal de damas" (Anglería, carta 80 al card. Ascanio); por lo menos sabemos que iban con ella, su hija la princesa Isabel, Beatriz de Bobadilla, Teresa Enríquez "la loca del Sacramento", y otras.

    Su aparición ante el ejército cristiano despertó el entusiasmo ruidoso; los moros sitiados se asomaban a las murallas "mucho maravillados de su venida en invierno", "se asomaron de todas las torres e alturas de la cibdad, ellos y ellas (Bernáldez, c. XCII, edic. Carriazo, p. 209). Nadie arrojó una espingarda ni hizo hostilidad. Los sitiados habían enmudecido; ellos y sus armas. Re-corrió todo el cerco de la ciudad sitiada. Ni una ballesta ni salva. "Su presencia reanimó a los nuestros "(Anglería, íd. íd.), y con tuvo a los sitiados.

    Y aquí Pulgar:

    "Caso digno de admiración ver la súbita mutación que en su propósito se vido. E porque fuimos presentes, e lo vimos,testificamos verdat delante de Dios que la sabe, y delante de los hombres que lo vieron, que, después del día que esta Reina entró en el Real, pareció que todos los rigores de las peleas, todos los espíritus crueles, todas las intenciones enemigas e contrarias, cansaron e cesaron e pareció que amansaron; de tal manera que los tiros de espingardas e ballestas e de todo género de artillería, que sólo una hora no cesaban de se tirar de la una parte a la otra, dende en adelante, no se vido ni oyó, ni se tomaron armas para salir a las peleas que todos los días antepasados, fasta aquel día, se acostumbraban tomar...". (Crónica, II, 419).

    Había comenzado la negociación entre el sitiado y el sitiador. Entre tanto se negociaba, los soldados de los dos ejércitos, el cristiano y el musulmán, "se mezclan en el campo" amistosamente; "Era imposible distinguir desde las colinas, cuáles eran los amigos y cuáles los enemigos” (Anglería, al cardenal, carta 80) -"El 5 de diciembre entramos nosotros en Baza, plantando en ella la enseña de la cruz” (íd., Id.). También por pactos se les entregaron Almeria y Guadix. La guerra estaba prácticamente terminada. (D. XII, “Los mudéjares”, docs. 1.393 al 1.400, PP- 127-144). Hasta tal punto, que los prudentes monarcas, señalaban ya casi el dia en que habían de estar a punto las fuerzas y caballeros que hablan de hacer la entrada solemne en Granada (Tumbo de Se-villa, t. V, 111-342, p. 98).

    El caudillo de Baza y su hijo,

    convertidos al cristianismo y bautizados.

    Hablamos de conversiones sinceras y probadas por hechos y documentos posteriores. Este hecho sobrenatural de las conversiones, que acompaña al gesto de la Reina en Baza, rodea ya claramente, a los hechos de Baza, de un clima de sobrenaturalismo. Se hace cristiano el caudillo Yahía Alnayar; también su hijo, otros familiares y otros musulmanes. Yahia AInayar, cuñado de el Zagal, fue quien entregó a los Reyes la ciudad de Baza y facilitó la rendición de Almería y Guadix. Se bautizó con el nombre de don Pedro de Granada; su hijo, con el de Alonso de Granada; este último casó más tarde con doña María de Mendoza, dama de la Reina, y fueron los primeros marqueses de Corvera. Los Reyes quisieron que el bautizo del caudillo moro y de sus familiares, se hiciese en secreto hasta consumar la entrega de estas tres ciudades. "Pues ha sido Dios servido de llamaros, e os dar de sí verdadero conocimiento e la voluntad de determinaçión que teneis de ser christiano... lo aveys de tener en secreto por más servir a Dios y a mi (el rey)... queriendo vos reçebir el santo bautismo... lo reçebireys en mi casa secretamente, de manera que non ¿O sepan los moros hasta estar hecha la entrega de Guadix". Así se hizo, y fueron sus padrinos el Rey y la Reina. ("Assyento y promesa al caudillo de Baza y Almería, Yahia Ainayar." Simancas, PR, Leg. 11, f. 11; en D. XII "Los mudéjares", doc. 1.395, PP. 134-135). Y "os reçibo por mi caudillo e debaxo de mi amparo, a vos e a vuestro hijo e sobrinos, e que daré a vos e a vuestro hijo acostamiento en mi Casa e vos mandaré tratar e trataré como a los grandes caballeros de mis reynos, según que vuestra persona e linage mereçen". Este "acostamiento" en la Casa Real fue pingüe: "Os haré merçed de quinientos e cinquenta mili maravedís de renta" - (Mayor dotación sólo la tenían los marqueses de Moya, Cabrera y Beatriz de Bobadilla). Le concedió una guardia personal de veinte hombres armados, con los que pudiera entrar "en cualquier ciudad, villa o lugar de mis reynos"; e lo mismo se entienda con vuestro hijo"; "e que quando vos o él viniéredes a verme, vos mandaré aposentar honradamente en la çibdad o villa do estoviere".

    Posteriormente nombraron los reyes a don Pedro de Granada capitán de tierra; y a su hijo don Alonso, Almirante. (Carriazo, Hist. de la guerra de Granada, en Hist. de España de M. Pidal, XVII, Madrid 1969, p. 795).

    Igualmente los reyes favorecen en impuestos a los moros de Baza que se han convertido, o se conviertan al cristianismo. (Simancas, PR, Leg. 11, f. 107; Carriazo, Id., Id., p. 784). Este clima de conversiones al cristianismo, impregna de sobrenaturalismo todo el episodio de Baza.

    La generosidad para con el vencido rey de Granada, Boabdil, hecho prisionero, "con un alfange curvo en la mano", en la batalla de Lucena (julio de 1483) seis años antes del episodio de Baza, no tiene precedentes. La Reina está en Vitoria y todo se le consulta. El resultado es, prescindiendo de las súplicas que hizo la madre de Boabdil a los Reyes, princesa Fátima, que se acordó ponerle en libertad y volverse a Granada, mediante unos pactos firmados. Si los hechos posteriores, 1490-1492, se previeran en 1483, diríamos que la generosidad, el perdón y la magnanimidad de la sierva de Dios, habían desbordado a la misma prudencia. En el tratado se exigió dejar en rehenes al hijo de Boabdil, que va a ser desde entonces, en las entrañas maternas de Isabel la Católica "el Infantico”. Ella se lo hubiera dado en custodia materna a su dama doña Constanza que se lo pidió, para sustituir en su afecto a un hijo que se le había muerto. La prudencia exigió entregarlo al alcaide Martín de Alarcón, en Porcuna, fortaleza suya.

    "El Infantico".

    Isabel quisiera atraerle al cristianismo. Pero respeté su edad, su condición de rehén y no quiso aprovechar circunstancias que no asegurasen la libertad de esa conversión y la fidelidad a los pactos. Cuando después de la toma de Granada, Boabdil quedó en libertad en Andalucía, como gran señor moro entre cristianos, y recuperó a su hijo, pensó las cosas de otro modo y se fue a Mrica llevándose a su hijo.

    La Reina lo sintió en el alma. No perdía de vista al Infantico en manos de su padre el rey moro; pero, al menos le tenía en Andalucía. Cuando Fr. Hernando de Talavera comunicó a la Reína a Barcelona en 1493, la ida del rey moro a Africa con su hijo, la sierva de Dios lo sintió tan en el alma, que quiso enviar a Hernando de Baeza (arabista y amigo de Boabdil), a visitar al Infante y hacerle regalos, para no perderle de vista. Era un recóndito deseo de darle el bien mejor del cristianismo, y era, además, claramente, la satisfacción de un cariño interior materno por el muchacho. Contesta a su confesor a Granada, desde Zaragoza, 4 dic. 1403, autógrafo: "De la ida del rey moro habemos habido mucho plázer; y de la ida del Infantico, su hijo, mucho pesar". Si no hubiera sido tardía la noticia, y si ella hubiera estado en Granada y no en Barcelona y Zaragoza, "más diligencia (yo) hiciera por detenerle”. Pero aun así no se resigna a perderle de vista: "Paréceme que alla donde está, le debemos siempre çebar (regalar) visitándole con color de visitar a su padre y enviándole algo". ¿Cómo? Sus relaciones de amistad con el rey vencido, y voluntariamente vuelto a su tierra africana, se lo permitirían. El encargado de ello sería el mismo Hernando de Baeza, gran amigo de Boabdil. Indica a Fr. Hernando que se le envíe a Zaragoza a Baeza para darle ella en persona esta comisión "que él será bueno para enviar". CD. Ir, doc. 206, carta autógrafa de la Reina, p. 46).

    Esta mezcla de religión, dulzura de sentimientos y ternura materna para con el Infante, hijo del rey vencido, nos sitúa en un mundo distinto al de las más generosas providencias que aquellos siglos conocieran en el trato entre vencedores y vencidos; relación y circunstancia que en esta sierva de Dios, no cuenta para nada. Su entrañable humanidad y religión andan por encima de toda otra condición. Y en términos teológicos, está todo pareciendo una sublimación de la CARIDAD, para la cual no hay "griego ni escita”, ni en la apreciación ni siquiera en el pensamiento. He aquí uno de esos pasos de la vida de esta sierva de Dios que dejan en suspenso la palabra y la pluma, para dar paso a la admiración, o simplemente, al recogimiento.

    Si al mundo moderno le fuesen necesarios ejemplos vivos y perennes para el trato a los vencidos de guerra, creemos no encontrar ejemplo más digno de brillar, como luz en el candelero del mundo actual que el de esta sierva de Dios, nunca más actual para la Europa de hoy.

    Los hospitales de campaña. Caridad.

    No existía esta institución. Es original de Isabel los heridos no podían ser desplazados a curarse lejos del frente, con los medios de entonces.

    Para ello instituyó los hospitales de campaña. El primero lo organizó desde Jaén: “Iba como el Tabernáculo del pueblo de Israel, portátil... Se componía de seis tiendas como seis salas de enfermos diferentes, con las camas necesarias, médicos, cirujanos y botica; que, por ser todo de su cuenta y cuidado, se intitulaba EL HOSPITAL DE LA REINA”. No solamente los fundaba, sino que los asistía personalmente en cuanto podía, llevaba regalos y dinero a los heridos (Loja); esto ganaba las voluntades y esforzaba a los mismos combatientes: “esto hazía de hombres, leones". "No se le iban los soldados fugitivos, ni eran necesarias levas de forzados". (Pedraza. Hist. Ecles. de Granada, 1638, f.152).

    La recuperación del Reino de Granada, no es un mero anecdotario ni episodio. Ello suponía resolver el gran problema secular de España; la reorganización de sus energías en una unidad coherente y dejar al Reino en condiciones para las empresas aún mayores que la Providencia le tenía reservado. La fecha de 1492, no es solamente la cancelación de la Edad Media en España, sino que es el año del Descubrimiento de América, un hecho que se detuvo siete años, con Colón como huésped paciente de Castilla, hasta dar cima a lo de Granada. El 2 de enero se entra en Granada, y Colón estuvo allí; el 3 de agosto partían las carabelas del puerto dé Palos; el 12 de octubre se verificaba el Descubrimiento y posesión de la primera isla de las Antillas a nombre de la corona de Castilla. Comenzaba para España y para el mundo una nueva era. En artículos sucesivos volveremos sobre ello. Porque se trata de los más subidos quilates del alma de esta sierva de Dios, y de entrega a sus ideales de fe y cristiandad, tan anchamente satisfechos por la Providencia al entregarle el Nuevo Mundo; extraordinaria cuenta de su bienaventura, de su vocación misionera y apostólica.

    Loja.

    La toma de Loja hizo presentir el final de la empresa de Granada. La exultación de la cristiandad ha quedado expresada principalmente por el Papa. Inocencio VIII desborda todos los condicionamientos cancillerescos de sus cartas, en la que escribió a la Reina en este paso, 13 Julio 1486: “Caríssima in Christo filia nostra... Cepimus voluptatem non mediocrem pro tan felici nuntio... Nedum Nos, quibus christianorum de barbaris victoria semper iuctindissima est, verum etiam omnes catholici summe laetari debent cum ad gloriam et honoren nostrae Religionis ea res pertineat... Hortamur idem in posteruin faciatis, Deo adiuvante..." Y como no pudo contener el Papa su propio júbilo ("Nos vero hoc felici nuntio conteneri non potuimus..."), dice a la Reina que mandé celebrar en Roma con toda pompa esta victoria de los Monarcas españoles. (A. Vaticano, Arm. XXXIX, v. 19, Ir. 479 r-v).

    Guadalupe.

    El monasterio de Guadalupe, de monjes jerónimos, donde la Reina tenía "su paraíso”, fue para ella refugio del alma y foco espiritual de la guerra de Granada, como después lo fue de Colón y de la empresa de Indias. Allí tenía la Reina a los monjes en oración constante por la intención de esta empresa de Dios. Ella misma, que estuvo en Guadalupe hasta veinte veces, documentadas catorce, se había hecho construir un reducido oratorio propio que daba vista al coro alto (existe hoy este oratorio de la Reina) donde en unión con los monjes, y sin ser vista de ellos, asistía a Maitines y a las horas canónicas. El mismo día que se tomó Granada, 2 de enero de 1492, escribió la Reina al prior de Guadalupe: "Vos fise muchas veces saber... porque rogásedes a nuestro Señor le diese victoria” al rey; "Agora vos fago saber cómo ya, bendito nuestro Señor, le plogo dar al rey, mi señor, esta victoria,.. lo qual vos escribo solamente para que fagais gracias a nuestro Señor que tovo por bien de vos oir e dar en esto el fin deseado. De la cibdad de Granada" etc,.. (Original en el Arch. de Guadalupe).

    Evangelización del Reino de Granada.

    Esta Granada "a quien tengo en más que a mi vida", con todo su reino, fue el objeto predilecto de los pensamientos de h Reina Isabel, en orden a una organización cívica, social, económica y política; pero, sobre todo, de una evangelización. No atendemos ahora a la transformación que seguía en cada ciudad a su conquista, donde comenzaban a funcionar iglesias, en las que hablan sido mezquitas, dotándolas la Reina de ornamentos, cálices, imágenes... Nos referimos al plan conjunto de evangelización y de organización de la Iglesia en todo el reino de Granada. Ya en plena campaña, en 13 de diciembre de 1486, Inocencio VIII había concedido a los Reyes Católicos el Patronato de Granada. (Simancas, PR, leg. 38, f. 4). Dicho sin fórmulas jurídicas, esto era más que un derecho, un cargo a la conciencia que la Santa Sede hacía a la Reina de Castilla, de organizar la misión de Granada, la Iglesia y su misma Jerarquía. Ni Castilla ni Aragón tenían este Patronato, como lo tenían ya otras monarquías; pero el de Granada sí. Lo cual puso en manos de la Reina todos los resortes canónicos para una obra de evangelización y de organización eclesiástica modelo. En Granada, con todos estos resortes en sus manos, quedó patente lo que hubiera hecho ya en Castilla de haberlos podido tener. En primer lugar, escribió a todos los obispados y catedrales de Castilla pidiendo sacerdotes, y aun sacristanes, para la misión del Reino de Granada. Y en virtud del Patronato Real se habían creado las diócesis de Granada (Arzobispado), las de Guadix-Baza, Almería y Málaga. Al frente de la de Granada, puso, por presentación, a lo que más entrañable le era a ella misma, a Fr. Hernando de Talavera como primer arzobispo y metropolitano, misionero y organizador. De la escuela sacerdotal que él dirigía personalmente saldrían los obispos, canónigos, párrocos y otros cargos eclesiásticos del Reino granadino, forjados a su imagen. Puso la Reina en esta subsiguiente empresa evangelizadora tan ta ilusión y actividad como había puesto en su recuperación y conquista; como si Dios no la estuviese llamando ya en este mismo año a empresas espirituales de más universal dimensión.

    XVII. Cristóbal Colón. Descubrimiento y prirnera evangelización de América

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    La Providencia lo pone en sus manos: extraordinaria cuenta de su buenaventura, de su vocación misionera y apostólica.

    Toda la prudencia humana del Reino estaba pidiendo desentenderse de la inoportunidad de la aparición del marino genovés durante la empresa de Granada reclamando a la Reina otra empresa mayor, la de las Indias. La Reina, a quien le había sido recomendado el navegante por Fr. Juan de Marchena, armonizó esta prudencia con la espera. Pero en tanto podía ocuparse de la incierta empresa del marino, le ayudó a su sostenimiento con libramientos de la hacienda durante los siete años que Colón esperó a la conquista de Granada y a las Capitulaciones de Santa Fe. El Tesorero real, Francisco González de Sevilla, nos certifica algunas de estas partidas ordenadas por la Reina: el 5 de mayo de 1487, “di a Cristóbal Colón, extranjero, tres mil maravedís", El 27 de agosto, "cuatro mil maravedís, para ir al Real, por mandato de sus Altezas".., Y así toda una documentación. Ella gobernaba con sus consejos; y en este caso, además, con la Junta especial de cosmógrafos de Salamanca, presidida por su propio confesor fray Hernando de Talavera; el confesor en estas jornadas de la Junta, no inclinaba el ánimo de la Reina a atender los planes de Colón. La Reina era fidelísima a su confesor y lo fue a la Junta. Pero supo esperar a que la prudencia y el consejo de sus gobernantes y de su propio confesor vieran cambiadas las circunstancias,

    Cuando Colón, urgiendo las cosas, se presentó en fecha inoportunísima en Santa Fe pidiendo ayuda y exigiéndola si había de continuar un día más en Castilla, otra Junta Magna no ya de cosmógrafos, sino de políticos y gobernantes, rechazó en Santa Fe, a la vista ya de Granada, los planes de Colón.

    Lo que sucedió acto seguido, solamente lo sabemos por crónica de Fr. Bartolomé de Las Casas, y confinado genéricamente por el mismo Colón. A pesar de la decisión del Reino de Castilla, contra toda prudencia humana, por una intuición especial que después Colón interpretaría como inspiración divina, la Reina envió a detener a Colón en su camino hacia el extranjero y traerlo a Santa Fe, donde, salvados todos los pareceres, recientes y sangrantes, se firmaron las Capitulaciones para el Descubrimiento (Documentación, en el tomo XXIV).

    Colón nos confirma genéricamente esta decisión intuitiva, personalísima de la Reina: "En todos hobo incredulidad, y a la Reina mi señora dio dello [Dios] el espíritu de inteligencia y esfuerzo grande y la hizo de todo heredera como a cara y muy amada hija.,. La ignorancia en que habían estado todos, quisieron emendallo traspasando el poco saber a fablar en inconvenientes y gastos. Su Alteza lo aprobaba al contrario y lo sostuvo fasta que pudo." La segunda parte, la de su huida hacia el extranjero, la continúa así el mismo Colón: "Yo mucho quisiera despedir del negocio si fuera honesto para con mt Reina: el esfuerzo de nuestro Señor y de su Alteza, fizo que yo continuase". (Remitamos a nuestra Documentación, tomo XIII, 312-313).

    ¿Con qué dinero se preparó la expedición primera del Descubrimiento? No lo afirmaríamos si la profusa documentación de nuestro tomo XIII dicho, no forzase la autenticidad de nuestra afirmación: Con dinero de la Reina. Con dinero de Castilla. Con dinero de la hacienda real castellana.

    La Reina había recibido una súplica, mas que ofrecimiento del duque de Medinaceli, de permitirle armar a su costa las carabelas de Colón en Puerto de Santa Maria. (Su carta al card. Mendoza. Simancas, Estado-Castilla, leg. 1.2º, fol. 342. Original). La Reina no lo aceptó, por entenderla empresa de Reyes y del Reino.

    La Reina aceptó unos ofrecimientos de dinero y pidió presta-dos otros medios. Aceptó el generoso ofrecimiento del escribano de ración del equipo aragonés de Fernando en Castilla, Luis de Santangel. Para la misma empresa de Granada había hecho diversos empréstitos a particulares, como era usual en el Reino. Y no habían pagado todavía, en ese momento de las Capitulaciones con Colón, el millón y medio de maravedís que prestó a la Reina el judío Isaac Abrahán.

    Pero cuatro meses más tarde, el 5 de mayo de 1492, o sea, tres meses antes de la partida de las carabelas, la Reina, por libramientos de Fr. Hernando de Talavera, había pagado el préstamo de Luis de Santangel, el de Isaac Abrahan y otros gastos. Más aún, de las tres carabelas de Colón que estaban armándose en Palos, dos de ellas las pagaron los vecinos de Palos, como conmutación que les hizo la Reina de otras sanciones pecuniarias que ellos tenían pendientes con la Hacienda. La otra, la pagó la hacienda castellana. (D. XIII, 3-5, y 25-29)

    Y de esto no más. Remitimos a la profusa documentación de nuestro tomo XIII.

    Los indios esclavos que trajo Colón.

    Nada tiene de extraño este proceder en el Derecho, en la praxis y en la Teología del tiempo. Los indígenas no civilizados y no cristianos, podían tomarse como esclavos en orden a su civilización y adoctrinamiento. En esta misma tesis fue educada la propia sierva de Dios desde su juventud. Fray Martín de Córdoba, su preceptor de juventud, catedrático de Teubuse y de Salamanca, en la obra que le encargó la Reina madre de Isabel para la educación de la Infanta, cuando ésta tenía quince años de edad, ya la dice el preceptor: "Regir, es obra divinal; ser regido es obra de cosas baxas". "Dicen que bárbaros son aquellos que viven sin ley; los latinos son los que tienen ley; pues derecho es de gentes que los hombres que viven e se rigen por ley, sean señores de los que no tienen ley; donde, sin pecado los pueden prender e hacer esclavos, porque naturalmente ("ex natura") son siervos de los sabios e regidos por ley. (Documentación, t. xv, p. 293).

    La Reina devuelve estos esclavos indios a su patria y los declara libres.

    Desprenderse de esta teología de su tiempo, anticiparse a un nuevo Derecho de Gentes que formulará, veinte años después de la muerte de Isabel, el dominico Francisco de Vitoria, es la postura genial de anticipación que la sierva de Dios adopta frente a la mentalidad del Renacimiento, en la cabecera del siglo xv.

    Los esclavos no eran, de hecho, solamente un objeto de civilización y de doctrina, sino también de comercio. Estos indios esclavos que había traído Colón, y algunos otros personajes del primer Descubrimiento, se habían vendido y pertenecían a diversos dueños.

    La Reina ordena enérgicamente se nombre una Junta de teólogos, para que dictamine sobre estos esclavos La Junta tarda cerca de cuatro años en manifestar su parecer, y le desconocemos. Pero ha designado ya la Reina una persona en Sevilla, Antonio de Torres, hermano del ama del Príncipe doña Juana de la Torre, muy adictos a Colón ambos, que vaya recogiendo todos estos indios vendidos y los devuelva a su tierra en el plazo más corto.

    Mucho más importante que la orden misma, es la enérgica gestión ejecutiva que lleva personalmente la Reina para poner en manos de Torres a estos indios. (Aquí no es ya sólo nuestro tomo XIII; es principalmente, el XVIII el que documenta asombrosamente esta acción ejecutiva).

    Estos indios están en poder de unos dueños que han pagado dinero por ellos; la Reina les va localizando, y va pagándoles, por libramientos de contaduría que poseemos, el dinero que dieron por ellos. Es decir, la Reina los recupera pagando el dinero que se dio por ellos. Nadie podía quejarse. No reclama a Colón ni a ningún otro, el dinero que cobraron por estos esclavos. Este dinero lo paga la Reina.

    Uno por uno los va recuperando, y los pone en manos de Antonio de Torres en Sevilla, pagando incluso los gastos producidos por el viaje y traslado de estos indios a Sevilla.

    Es asombrosa la nómina circunstanciada que conservamos, de toda esta operación.

    En 1502, ya puede comunicar Torres a la Reina, que HA DE-VUELTO YA ESTOS ESCLAVOS, COMO LIBRES, a su tierra. Y le añade un dato curioso: excepto una niña india que no quiso volver a su patria.

    En adelante, las sucesivas Instrucciones a Colón para los viajes que siguieron, así como a los demás gobernantes que partían para las Indias, contenían la prohibición: "Y no habeis de traer esclavos. Pero si alguno de ellos quisiere venir por lengua (intérprete), traedlo".

    Lo que sí autorizó la Reina fue la esclavitud de los pocos indios caníbales que se hallaron.

    Toda la política enérgica de anulación de la esclavitud en la evangelización de Canarias, de que habla Antonio Rumeu Armas (D. XIV), se ve superada por un concepto nuevo que ella instaura en la mentalidad de su tiempo respecto de los aborígenes del Nuevo Mundo. Los indios de América se hagan cristianos o no, son súbditos LIBRES de la Corona como lo son los súbditos de Castilla.

    Y en esta ya libertad jurídica de la condición de súbditos, viene la política isabelina del buen trato a los indios, libres y súbditos en igualdad de condiciones, sí, pero expuestos por su condición de inferiores, a los desmanes de difícil control, de los personajes de la ocupación.

    La cláusula de su codicilo, encomendando a sus sucesores este buen trato, ha tenido un reciente comentario del Papa Pío XII: “...Aquellas tierras del Nuevo Mundo hacia las que volvieron los ojos moribundos de la gran Isabel, en cuyo espíritu singular querríamos evocar no tanto la fortaleza de la visión política, cuanto las ansias maternales de paz, dictadas por un concepto profundamente cristiano de la Vida, que pedía, para los que llamaba sus hijos de América, un trato de dulzura y devoción" (Acta A. Seáis, 1951, p. 794).

    Un punto debemos subrayar, como dimanante de la más depurada documentación que poseemos: la condición de preeminencia 1, principalidad que tiene, en el ánimo, y en las Instrucciones de Isabel, la predicación de la Fe cristiana y la implantación de la Iglesia en el Nuevo Mundo. Ella inaugura y da la norma del nuevo código español de las LEYES DE INDIAS que continuaron sus sucesores dinásticos. "Nuestra principal intención fué..."

    Sólo podríamos concluir de nuestra documentación biográfica sobre la Reina Isabel, sierva de Dios, que es difícil encontrar, al menos en la Edad Moderna, por sólo esta empresa evangelizadora del Nuevo Mundo, un personaje, Real o particular, que haya dado tanta gloria a Dios y a la Iglesia, como la Reina Isabel la Católica, a quien la divina Providencia puso en las manos tantos resortes para el desarrollo de esta actividad religiosa en beneficio de los demás.

    Este hecho deslumbra por sí mismo, exigiendo a los mismos investigadores, un esfuerzo de entonación y de armonía biográfica para no olvidarnos de la empresa espiritual del Reino de Granada y de la menos conocida de las Islas Canarias.

    XVIII. La expulsión de los judíos. 1492

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    Sigue siendo esta fecha de 1492 pródiga en acontecimientos en la vida de la Reina.

    Los resultados del establecimiento de la Inquisición en Castilla, para resolver el hondo problema del cripto-judaísmo o de los falsos conversos, serían siempre incompletos mientras subsistiesen núcleos de población israelita al lado de las comunidades cristianas; el judaísmo seria siempre la fuente que surtiría al cripto-judaísmo. Mientras la fuente estuviese allí, el problema subsistiría.

    Las Cortes de Toledo en 1480, poco antes de que la Reina aplicase la bula de Sixto IV fundacional de la Inquisición, tomaron medidas para aminorar el problema de la existencia de falsos conversos y de su íntima relación y enlace con los judíos dispuestos a influir religiosamente a las comunidades cristianas. Acordaron las Cortes trasladar a todas las juderías de Castilla a emplazamientos cercados que no permitieran la comunicación de judíos con cristianos. Esta medida había sido ya ensayada parcialmente en Soria y Cáceres. La aplicación general de la medida de las Cortes se hizo con rigor; pero la Reina tuvo después una bula del Papa Sixto IV (31 mayo 1484), en que prohibía la comunicación de los cristianos con los judíos. (AHN, Inq. Cod. 1, n. 27, Original. Llorca, Miscellanea, 106-108).

    Todas ellas resultaron medidas insuficientes y la comunidad judía, que había podido convivir, inasimilada, con la población cristiana de España, se había convertido en una comunidad inconveniente y en un nido de problemas de todo orden, religiosos, sociales y políticos. Pero ya desde fines del siglo xiv, un siglo antes de que Isabel ciñera la corona, el espíritu de convivencia que había existido entre cristianos y judíos, había desaparecido, sustituido por manifestaciones de odio y, a veces, de violencia. En tiempo de Isabel la sagacidad de la minoría judía, había con-seguido reforzar su poder destacando el fenómeno del cripto-judaísmo. En tiempo de los Reyes Católicos, la inquietud social del Reino, en todos sus estamentos, estaba creando una situación nacional insostenible, aparte el problema religioso.

    No podemos en una Sinopsis biográfica extender los datos que enmarquen la actitud personal de Isabel ante el problema. Nuestro tomo XI de la Documentación, de don Luis Suárez, está destinado entero a documentaría, todo él de Sirnancas, que es donde había que documentar el problema de los judíos de Castilla.

    Plantear la cuestión en un terreno de motivaciones personales de odio contra los judíos, o de acción inmisericorde contra ellos, supone hoy un desconocimiento de las condiciones y de la circunstancia que promovió la medida de expulsión.

    Estas actitudes inmisericordes de hoy con las minorías judías de Centro-europa, nada tiene que ver con aquello. Es inútil pretender que hoy hayan mejorado los sentimientos respecto de los judíos. Y no podemos trasladar una circunstancia a otra.

    La medida de la expulsión, estaba imperada por exigencias del Estado, con mayores razones de las que hoy existen en los delitos contra la seguridad del Estado y que se sustancian en los gobiernos modernos, sin contemplaciones. (Suárez).

    Esto supuesto, ni Isabel ni Fernando eran antisemitas. Antes al contrario: Isabel se había servido de judíos en la Corte: Abrahán Seneor, era el Administrador de los caudales de la guerra de Granada, con el suministrador de las tropas Samuel Abolafia. Yucé Abrabanel se encarga del servicio y montazgo de ganados; etc.., Lo más significativo en el orden personal, es que Isabel se sometió al tratamiento de un especialista judío, Lorenzo Badoç, cuando sus esperanzas de sucesión masculina eran escasas. (Testimonio del Rey Fernando, en Hispania, IV, 1944, p. 69).

    La acción proteccionista de los Reyes a la minoría judía, necesaria en la situación de violencias creada, tomaba un particular acento de bondad en la Reina: "Todos los judíos de mis reinos, son míos y están bajo mi amparo y protección y a mí pertenece de los defender y amparar y mantener en justicia”. 9 julio 1477

    "Por esta mi carta tomo y recibo en mi guarda y so mi amparo y defendimiento Real a los dichos judíos de las dichas aljamas y a cada uno de ellos y a sus personas y bienes y los aseguro de todas y cualesquier personas”. Agosto 1477. Fórmula válida incluso frente a la Inquisición. (Suárez, id. 16-17).

    Más aún, cuando ya la medida de la expulsión se perfila como inevitable, se hace un ensayo interior, sacando a los judíos de Sevilla a otros lugares próximos dentro del territorio nacional. Era la comunidad judía particularmente peligrosa y donde surgió la ya expresada polémica entre fray Hernando de Talavera y el judío, que dio lugar a la "Católica Impugnación”.

    En definitiva, la medida fue tan universalmente popular en toda Castilla y Aragón, que se tiene comúnmente, durante los siglos que siguen, como uno de los grandes servicios a la Iglesia que se computan a los Reyes Católicos. Este consenso general del pueblo español, es el que importa a la hora de valorar la medida; esta se produjo en beneficio del pueblo español, y en servicio de los valores permanentes de la Religión. Si el mundo moderno se resiste a entenderlo, se debe más que a sus deterioros del sentido histórico, a su falta de fe. Desde un punto de mira de ecuanimidad y de justicia en las apreciaciones, un liberal español del xix, Amador de los Ríos, que no aprueba la medida, reconoce a "la Reina Isabel, no ajena, en verdad, a los sentimientos dulces y generosos que brotan de las fuentes evangélicas". Y en cuanto a la medida misma, reconoce en ambos monarcas: "Resolución de tal monta... fuera torpeza grande suponerla inspirada por un momento de ira o por un arrebato de soberbia. Dictáronla, en efecto con aquella tranquilidad de conciencia que nace siempre de la convicción de cumplir altos y trascendentales deberes”. "Levantada la cuestión a tan elevado terreno, toma de suyo extraordinarias proporciones"... (Historia de los judíos en España, t. 3, Madrid 1876, PP. 270-271, 427-428, 422).

    XIX. El Patronato Regio de Indias

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    No mucho tenía que ver, en sus motivaciones, este Patronato Regio con el que tenían para sus reinos interiores otros monarcas. Las Islas recién descubiertas eran sólo un interrogante a los intereses y a las motivaciones. Este Patronato, Organismo Regio, canónicamente correcto, era entonces todo lo que prudentemente podía hacer la Santa Sede en aquel interrogante. Comienza en 1493, un año después del descubrimiento, con las Bulas alejandrinas del Papa español, y se consuma en la Universalis Fcclesiae de Julio II en 1502. Lo mismo el Papa español de 1493, que el italiano de 1502, encomiendan a los Reyes Católicos el deber de conciencia de enviar a aquellas regiones desconocidas, hombres probos de la Iglesia española, y procurar asentar la jerarquía eclesiástica. Desde el envío del monje benedictino fray Boil en el segundo viaje de Colón, hasta las Leyes de 1512, se ha cubierto una gran etapa inicial. La Reina, que siempre en los asuntos religiosos procedió canónicamente en contacto con Roma, recibe ahora de la Santa Sede un encargo, un mandato y un derecho personal de evangelización y de Organización de la Iglesia. (D. XIII, 128-195).

    Providencial había sido el logro de una fuerte unidad religiosa y una anticipada reforma del clero y de las Ordenes Religiosas en Castilla y Aragón, instrumento de la Providencia divina sobre la Reina Isabel para contar con los cuadros escogidos de misioneros que pudo ir enviando al Nuevo Mundo. En un clima de relajación de la vida eclesiástica y religiosa, estos cuadros selectos no hubieran podido Conseguirse en obsequio a aquella gigantesca tierra de misión. (D. X).

    XX. La reforma del clero y de las Ordenes Religiosas

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    En todos los pueblos europeos de la Cristiandad de entonces, esta reforma era un deseo; sólo en España fue una realidad. En Castilla y en Aragón. Se verificó por exactos cauces canónicos, pero ningún historiador ni biógrafo pudiera explicarla, después de la gracia de Dios, sino en la energía y decisión de la Reina de Castilla. Y en esto, la compenetración de propósitos y de energía de acción, entre los dos monarcas, Femando e Isabel, en sus reinos respectivos de Aragón y de Castilla, fue uno de los hechos más jubilosos de acción conjunta y conseguida.

    Obispos.

    Con sólo el derecho de suplicación, sin el de presentación, consiguió la Reina de aquellos Papas del Renacimiento, y más que de ninguno, de Alejandro VI (aunque esto sorprenda), un plantel de arzobispos y obispos residentes, virtuosos, pastorales y ejemplares, cuyo prototipo en el orden episcopal, es fray Hernando de Talavera, y aquella sorpresa de Arzobispo de Toledo, (Cisneros), no venido de la Nobleza, sino salido del pueblo y... de Salamanca-Universidad.

    A la reforma de las Ordenes Religiosas, hemos dedicado una extensa y completísima documentación que bastará ella sola a acreditar cristianamente un reinado, y a definir a la Reina de Castilla por un "máximo religioso" en los propósitos y logros de la soberanía. (Documentación, tomo X). La consideración lenta, profunda y circunstanciada de este hecho logrado, bastará a aconsejar atención a la posible santidad canónica de la Reina Isabel de Castilla.

    "La valoración de la empresa reformadora, en su conjunto, lleva indefectiblemente a apreciar en su justo valor el alma y la religiosidad de Isabel, que se definen, a través de este empeño y estos esfuerzos, como acendradamente espirituales y eclesiales" (Tomo x, Introd., p. 134, José García Oro).

    Pero, sobre todo, y como ejemplaridad para todas las situaciones de renovación y de reforma dentro de la Iglesia, en cualquier situación histórica, puede destacarse en primeros planos esta sierva de Dios, que concibió la renovación como una trasformación espiritual interna de las personas, con preferencia a lo externo, por importante que sea, de las estructuras.

    Una anécdota biográfica de la Reina, en este orden de la elección de obispos, útil para conocer sus modos de negociar con el sacro Colegio de Cardenales o con el Santo Padre, así como el trato que siempre recibía en la Santa Sede.

    En un primer intento no pudo conseguir de Cisneros el suplicar al Papa el arzobispado de Toledo para su persona. Entonces la Reina le ruega un nombre de persona que responda a sus aspiraciones. Cisneros le sugiere al franciscano Juan de Belalcázar. Muy a su pesar, la Reina, hace esta suplicación a Roma por el cauce normal de su embajada cerca de la Santa Sede. Cuando puede estar próximo el nombramiento del P. Belalcázar, la Reina se reconcentra en si misma, y no vacila en cambiar de parecer y de suplicación, en favor de Cisneros, dejando a Belalcázar. Pudo por momentos dar en el Sacro Colegio la sensación de frivolidad e inconstancia. Pero ya allí se conocía, y no sólo el Papa español Alejandro VI, cómo era la Reina de Castilla cuando hacía, de una negociación, una cuestión de conciencia. Cambiaron la suplicación, y fue nombrado Cisneros. Todo ello, "inscio Ximeno”, sin él saberlo.

    Le ocurrió a la Soberana lo que tenía que ocurrir. Cisneros puso la renuncia al Papa. Pero la Reina, pudo conseguir del Colegio de Cardenales y del Papa, una nueva bula que obligase a Cisneros a aceptar. Y así fue creado Jiménez de Cisneros Arzobispo de Toledo. (Documentación XV PP- 377 y 378).

    Cronológicamente, la Reforma había comenzado en el Concilio Nacional de Sevilla en 1478; la del episcopado y el clero principalmente, se habla gestionado a lo largo del decenio 1480-1492. La de las Ordenes Religiosas, había discurrido también en este decenio, pero se consumaba en el de 1490 a 1500; siempre ínterminada, proseguía hasta la muerte de la Reina; continuaba con la Gobernación de Fernando el Católico y la Regencia de Cisne-ros, y dejaba espacios a la acción reformadora de Santa Teresa, san Juan de la Cruz y san Pedro de Alcántara en el siglo XVI. En la Iglesia Universal, se había anticipado, en aspectos fundamentales, a la reforma oficial del Concilio de Trento. Resistimos al impulso natural de extendernos en este punto de la síntesis biográfica.

    XXI. El "Libro de los descargos de la conciencia de la Reina Nuestra Señora" y la Audiencia de los descargos

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    He aquí un aspecto biográfico de la Reina Católica menos conocido Debemos retrotraer su biografía al año 1480.

    Ya desde su juventud de Reina, sometió a examen de conciencia, con exactitud que no llamamos escrupulosidad, el pago de esas deudas de justicia que flotan en toda administración y en su complicada burocracia. Pagos de nóminas atrasadas, que nunca llegan; de deudas olvidadas y de préstamos pedidos que quien los hizo iba dando por perdidos, dinero que los más fieles servidores habían gastado en su servicio y que quizá no reclamaban; bienes que algunos súbditos habían perdido en las guerras pasadas, sin que nadie pensara en compensarlos; pensiones a las esposas e hijos de los que hablan muerto en la guerra, o en actos de servicio. Todo esto quedaba diluido en las complicaciones burocráticas de la administración, sin expresas intenciones de nadie.

    Pero todo ello iba pasando confusamente por los exámenes de conciencia de esta Reina, de tan ajustada conciencia. Difícil y casi imposible era reducir a elenco todas esas numerosas partidas. Y entonces el sentido organizador de la Reina, intuye y decide la creación de un original departamento administrativo: la "Audiencia de los descargos". El montaje de este departamento, como todas las cuestiones difíciles de justicia y de conciencia, lo confía a su confesor fray Hernando de Talavera, y éste comienza el laboreo e investigación que va concretando en un libro especial que se llamó "Libro de los descargos de la conciencia de la Reina nuestra Señora", que da lugar a una profusa documentación en Simancas. Pero existía ya antes de 1480 en que lo alude ya Pulgar (Cap. CXV).

    La diligencia de fray Hernando en este registro, los documentos administrativos que iban engrosando de deudas pagadas la Audiencia de los Descargos, no habían sido suficientes a tranquilizar la conciencia de la Reina. En 1492, con motivo del atentado frustrado contra el rey Fernando en Barcelona, nos da la Reina misma la mejor versión de esta organización y del cometido de su confesor fray Hernando. En su carta de conciencia a su confesor, de Barcelona 30 dic. 1492 (Documentación, tomo II, pp. 31-32) le dice (carta autógrafa):

    “Pues vemos que los reyes pueden morir de qualquier desastre, como los otros, razón es de aparejar a bien morir... querría que fuese en otra dispusiçión que estaba agora, en espeçial en la paga de las deudas, y por esto os ruego y encargo mucho por nuestro Señor, si cosa habeis de hacer por mt a vueltas de quantas y quan grandes las habeis hecho por mí que querais ocuparos en sacar todas mis deudas, ansi de emprestidos como de servicios y daños de las guerras pasadas y de los juros viejos que se tomaron quando prinçesa y de la casa de moneda de Avila y de todas las cosas que a vos pareçiere que hay que restituir y satisfaçer en qualquier manera que sea en cargo, y me lo envieis en un memorial, porque me será el mayor descanso del mundo tenerlo, y viéndolo y sabiéndolo, más trabajaré por pagarlo; y esto os ruego que hagais por mi, y muy presto..."

    Si tenemos en cuenta la fabulosa documentación que en esa fecha de 1492 había producido ya la "Audiencia de los Descargos" y lo que tanta ya reseñado el "Libro de los descargos de la Reina nuestra Señora", estaremos en condiciones de comprender lo ajustado de la conciencia de la Reina, en la raya fronteriza del escrúpulo. (Amalia Prieto, Gasa y descargos de los Reyes Católicos; Simancas; Valladolid, 1969).

    XXII. La santidad de la Reina en las cartas de conciencia a su confesor

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    De estas fechas, de 1492 a 1493, son las dos cartas extensas de la sierva de Dios a su confesor. Ella estaba en Barcelona y en Zaragoza, en sus dos cartas. El estaba en Granada, comenzando su intensa pastoral de organización de la Iglesia en la recién conquistada ciudad y diócesis. Era el primer Arzobispo de Granada.

    Esta fecha de 1492, sigue siendo pródiga en hechos biográficos de la Reina. Es la cima de su reinado y de su Biografía. Entrarnos aquí en las más recónditas interioridades del espíritu y de la mística de Isabel la Católica, manifestada como en ningún otro documento, en estas prolijas cartas de conciencia. Muchas había escrito a su confesor; esta separación de ambos, produjo una numerosísima correspondencia epistolar, providencial para el conocimiento interior del alma de la Reina. Pero ella consideró tan exclusivamente personal de su confesor el destino de sus cartas, que le pidió las quemase, como consta en una de estas dos; y más providencial todavía, el que precisamente estas dos las conservase fray Hernando de Talavera, y, sin deshacerse de su original autógrafo, se pudieran copiar en la Orden de san Jerónimo, de donde las hemos heredado en El Escorial.

    La Reina está con el Rey en Barcelona, para la recuperación de los condados del Rosellón y La Cerdaña, fronterizos del Reino de Aragón con Francia. Era el problema aragonés de su esposo, como lo era el problema castellano de ella la recuperación de Granada. Este tuvo prelación; pero apenas se conquistó, partieron los monarcas para Cataluña, con el fin de resolver por negociación estos condados, sin que hubiera lugar a una guerra que aquí sería entre príncipes cristianos: norma de aquel reinado y de aquellos dos Reyes Católicos, rehuir en lo posible una guerra entre cristianos.

    En Barcelona, precisamente, tuvo su propio Rey, Fernando, un atentado que puso en trance su vida. Loco o contratado, que esto no se ha averiguado jamás, un innominado asestó una cuchillada en la cabeza al rey Fernando. "Hechas quantas diligencias en tal caso se debían hacer, dice la Reina, y quantas en el mundo se pudieren pensar, no se halla indicio ni sospecha ni cosa que otro supiese... mas de aquel solo que lo hizo".

    Este hecho determina en el espíritu de la Reina uno de esos acontecimientos espirituales que acentúan una vida de santidad más perceptible desde 1492 hasta su muerte en 1504. El espíritu de la Reina, probado en los más variados crisoles a que una Vida egregia puede estar sometida, acusa un notado progreso espiritual de santificación. Este hecho del atentado contra el Rey, determina en ella un más completo y absoluto desprendimiento de las cosas de este mundo, de su propia vida terrenal. "Pues vemos que los reyes pueden morir... razón es de aparejar a bien morir; y dígolo ansi, porque, aunque yo esto nunca dudé, antes como cosa muy sin duda la pensaba muchas veces, y la grandeza y prosperidad me lo hacían más pensar y temer, hay muy gran diferencia de creerlo y pensarlo, a gustarlo; y aunque el rey mi señor se vió çerca y yo la gusté más veces y más gravemente que si de otra causa yo muriera, ni puede mi alma tanto sentir al salir del cuerpo, no se puede decir ni encarecer lo que sentía".

    Este abrir su alma al confesor en este trance, nos hace fijar en ella la atención, y como dejar en segundo término la hondura de su amor al Rey, su esposo; que si otros muchos documentos no lo acreditasen, bastaría este solo para instaurar una verdad histórica y biográfica, y despejar la leyenda frívola y arbitraria de desuniones entre ambos esposos; leyenda en la que no puede acreditar prestigio historiador alguno.

    "Ha sido tanto el placer de verle levantado, añade al confesor relatando la mejoría, quanta fue la tristeza, de manera que a todos nos ha resucitado".

    Ella quisiera la presencia de su confesor en Barcelona; pero lo sacrificó a su estancia en Granada donde se temió entonces alguna alteración o sublevación de la población mora aprovechando el suceso de Barcelona y la ausencia de los Reyes.

    "Dios sabe que me quejara yo agora si vos no viniérades sino por lo que toca a esa ciudad, que la tengo en más que a mi vida". Quizá la presencia misma del sepulcro de la Reina, no abone tanto el amor de los granadinos, como esta frase lapidaria de la Reina, que se explica más en las líneas que siguen: "Quando supe este caso, luego no tuve cuidado ni memoria de mi ni de mis hijos que estaban delante, y túvela de esa ciudad y que os escribiesen luego esas cartas que os escribí". Ni Santiago Riol en el XVIII, ni nosotros ahora, hemos podido encontrar estas cartas, ni otras numerosísimas aludidas en estas, que hubiesen formado, en extensión y en parecido, un epistolario que, como al Venerable Palafox, nos recordase el de Santa Teresa.

    Esta Reina tenía un destinatario deliberadamente único, su confesor, en esta correspondencia; no quiso ella revelarnos a nosotros su alma; que para el bien de su pueblo le bastaban los hechos conseguidos. Pero Dios ha hecho que con estas cartas que nos han llegado, se nos revelasen a la posteridad los quilates interiores del alma bienaventurada de que los hechos de su reinado procedían, como de fuente. En el palacio de la embajada española de la plaza de España en Roma, hicimos al embajador e historiador concienzudo, Doussinague, esta pregunta: ¿Tiene la santidad de la reina relación con su política? Nos respondió: "Su éxito político, se debe a su santidad personal”. 1964. Con su refrendo, se publicó este texto en el Boletín de la Causa, núm. 2.

    Sólo un hecho más, en esta apretada Sinopsis biográfica. El agresor del Rey, se negaba a confesarse antes de la ejecución de su condena a muerte: "Sabia que había de morir, dice la Reina, y no quería en manera del mundo confesarse"; "y era tanta la enemiga que todos le tenían, que naide lo quería procurar ni traer confesor, antes decían todos que perdiese el ánima y el cuerpo todo junto, hasta que yo mandé que fuesen a él unos frailes y tratasen a que se confesase, y con mucho trabajo lo traxeron a ello". Murió arrepentido. "Dixo siempre después al confesor, que le pidiese perdón al Rey y a mí; y a la muerte dixo esto mesmo; descanso en que lo sepais todo". "Miradas todas estas cosas pareçe más cosa hecha de Dios que nos quiso castigar con más piedad que yo merezco, plega el que sea para su servicio".

    A partir de estos acontecimientos, se nos revela el espíritu de la Reina, más acrisolado y reconcentrado en sí misma; si bien es verdad que en fechas anteriores no tenemos documentos de esta calidad para conocer las interioridades de su alma.

    La carta de Zaragoza. 4 diciembre 1493. Justamente un año posterior a ésta.

    Ha sanado el rey y se ha efectuado la devolución del Rosellón y de Cerdaña por los franceses a Aragón. Han tenido lugar festejos de los franceses con los españoles en Perpiñán. La carta de la Reina es muy larga y contiene aspectos y matices muy varios. Pero hay uno que, incluso en una Sinopsis biográfica, no podría mos pasar por alto aquí, a pesar de que vaya todo en la DOCUMENTACIÓN. (Escritos de la sierva de Dios, Tomo II).

    Los festejos de Perpiñán han podido ser como todos los usuales en negociaciones diplomáticas; y no sólo a la usanza española, sino también a la francesa. Pero fray Hernando de Talavera, conociendo desde Granada los festejos de Perpiñán, ha montado en cólera. Exactamente así. Más todavía porque alguien le informó con menos exactitud sobre los hechos. Llegaron a decirle que la Reina había danzado en la fiesta de españoles y franceses. Veamos sobre este último hecho concreto, cómo la fulmina el confesor y cómo responde ella.

    El confesor (Carta autógrafa). "Díceme vuestra Alteza en la letra que me escribió desde Perpiñán (no la conservó el confesor), . . que con mucho cansancio de espíritu y de cuerpo entendió y participó de las fiestas... y créolo yo así... ca al paladar sano no puede ser suave lo amargo...”

    "Mas lo que, a mi ver, ofendió a Dios multiphariam multisque modis, fue las danzas, especialmente de quien no debía danzar, las cuales por maravilla se pueden hacer sin que en ellas intervengan pecados; y más la licencia de mezclar los caballeros franceses con las damas castellanas en la cena... ¡Oh nephas et non fas!.,. ¡Oh mezcla y soltura no cathólica ni honesta, mas gentílica y disoluta. ¡Oh quan edificados irán los franceses de la honestidad y gravedad castellana... ¡Oh Reina de los ángeles... porqué sofrís a vuestra dama, a vuestra sierva, que quiera o sufra cosa, de vuestra soberana excelencia y de vuestra perfectísima honestidad tan ajena?”... ... El siguiente párrafo pide una pausa para el lector. Es claro que se dirige a la Reina de Castilla, que por lo visto, para el confesor, es simplemente una de tantas damas a quienes él dirigía por estos estrechos caminos de la vida espiritual. Dice a la Reina:

    "¡Oh cabeza tan majada y no castigada ni escarmentada! Visto en qué pararon ayer las de Sevilla, ¿hay osadía para pasar un dedo ni un pelo el pié de la mano? ¡Oh memoria y desmemoramiento de gallo que canta otra y otras veces porque no se acuerda si ha cantado!"...

    Deja fray Hernando lo de la danza, y toma lo de las corridas de toros en Perpiñán. ¿Qué festejo español de campanillas no ponía en programa los toros? Pero, sí...

    "Pues qué diré de los toros, que, sin disputa, son espectáculo condenado? Lleven dottrina los franceses para procurar que se use en su reino. Lleven dottrina de cómo jugamos con las bestias... "iOh qué diría yo si todo lo cupiese la carta!"

    "Pero baste lo dicho para que crea yo bien que se hizo y se hace todo con cansancio de espíritu...” (!).

    El confesor y arzobispo de Granada da la impresión de que le abonan en estos “¡Oh”., los Vae vobis de Cristo a los "escribas y fariseos hipócritas”.

    Aunque parezca extraño y produzca perplejidad en el lector que desconozca esta relación de confesor a confesada, estas líneas y este modo de hablar están ya suponiendo las calidades de la confesada, el estilo de dirección espiritual que ella ha elegido, admite y desea.

    Pero aquí se produjo una reacción en la pluma de la sierva de Dios. La carta en que la Reina contesta a esta de su confesor, rompe así en su primera línea:

    "Tales son vuestras cartas que es osadía responder a ellas, porque ni basto ni sé leerlas como es razón, mas sé cierto que me dan la vida, y que no puedo decir ni encareçer, como muchas veces digo, quánto me aprovechan".

    Sigue una larga relación de asuntos de Estado en que desea recibir consejo de fray Hernando: las negociaciones con Portugal sobre lo que toca "a aquellas islas que halló Colón” (el tratado de Tordesillas y la linea de demarcación), “los casamientos de nuestros hijos..." "Y no solo de estos negocios, que son los mayores, mas en todos los de nuestros Reinos y de la buena gobernación de ellos"... Importa subrayar que es en el prólogo de esta carta donde tenemos la prueba personal y reiterativa de la propia Reina, de guiarse en todo por el consejo del confesor, incluidos los asuntos de Estado y la política internacional.

    Y llega al punto de la reprensión. No hay persona que "assí tan bien reprendiese de lo que se debía reprender de la demasía de las fiestas, que ES TODO LO MEJOR DICHO DEL MUNDO, Y MUY CONFORME MI VOLUNTAD CON ELLO..." "ni quien en todo lo otro así abalase ni aconsexase como vos en vuestras cartas, y por esto vuelvo todavía a rogar y encargar que lo querais hacer, como lo pido, que no puedo recebir en cosa más contentamiento".

    Todo este prolegómeno viene a enmarcar con suavidad la excusa; ella, no había danzado en las fiestas; ni aprueba, sino tolera, las corridas de toros.

    Se había informado mal al confesor sobre la actitud de la Reina en los festejos, y la sierva de Dios comienza aceptando la reprensión, y diciendo recibir gran "contentamiento" “en lo que he dicho que reprehendais, y es tan santamente dicho, que no querría parecer que me disculpo",

    ..."Mas porque me parece que dixeron más de lo que fue, diré lo que pasó para saber en qué hubo yerro. Porque decis que danzó quien no debía, pienso si dixeron allá que dancé yo, Y NO FUÉ, NI PASÓ POR PENSAMIENTO, Nl PUEDE SER COSA MÁS OLVIDADA DE MÍ".

    “El llevar las damas de rienda, hasta que vi vuestra carta, nunca supe quién las llevó, ni agora sé... El cenar los franceses a las mesas, es cosa muy usada y que ellos muy de contino usan, que no llevarán de acá exemplo dello".

    Las corridas de toros.

    "De los toros sentí lo que vos decís, aunque no alcançé tanto; mas luego ahí propuse con toda detenmnaçión de nunca verlos en toda mi vida, ni ser en que se corran”. Pero añade que no está en su mano prohibirlos en España. "No digo prohibirlos (el texto dice "defendellos" con el sentido del defendre francés), porque esto no era para mí a solas”.

    Quiere fijar en su lugar los hechos, ante un informe no muy exacto, para que el confesor pueda con la misma exactitud fijar la doctrina y el consejo: "Todo esto he dicho por que, sabiendo vos la verdad de lo que pasó, podais determinar lo que es malo, para que se dexe si en otras fiestas nos vemos; que mi voluntad no solamente está cansada en las demasías, mas en todas fiestas, por muy justas que ellas sean".

    Por muy importante que sea el contenido de estas líneas en la biografía interior de Isabel la Católica, lo es más el modo de aceptar en principio la reprensión, aceptar como santas las duras palabras del confesor, rendir plenamente a él su juicio en la valoración moral de los hechos reales, y, en suma, la sumisión de juicio y voluntad en la forma de delicadeza y mansedumbre de su expresión epistolar.

    No nos sorprende, en el fin de nuestra investigación sobre la sierva de Dios, que del análisis profundo de estas cartas de conciencia, hecho por ascetas y hombres de Dios, haya surgido, como de fuente principal, la impresión de santidad de vida de Isabel la Católica; impresión que hoy nosotros tenemos, y que se reafirma cada vez que profundizamos en estos providenciales documentos, mirados por nosotros en el contexto de esta amplísima investigación que nos ha correspondido realizar y del ancho horizonte y alta dimensión que esta investigación nos ha deparado. (Edición crítica de estas cartas, en Documentación, tomo II).

    Al mismo tiempo, ciñéndonos a estas fechas de 1492 y 1493 en que estas cartas se escriben, nos confirmarnos en la impresión de que la sierva de Dios, cuya trayectoria moral mantiene una constante histórica desde su niñez y juventud de princesa, va tomando a partir de estos años (cenit de su vida como Reina), un acento de profundidad ascética y de perfección cristiana mucho más depurada.

    XXIII. Sus hijos

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    Tuvo Isabel la Católica, de su matrimonio con el Rey Fernando de Aragón, cuatro hijas y un hijo. Procedamos con orden en la exposición de los hechos que nos ofrece como esposa y como madre.

    Casados los Reyes Católicos el 19 de octubre de 1469, les nació en Dueñas su primera hija, la Infanta Isabel, el 1º de octubre de 1470. Hasta el 30 de junio de 1478, no tuvieron a su segundo hijo, el príncipe heredero don Juan. Durante estos años desearon los Reyes un hijo varón, muy suplicado a Dios por la Reina, "con grandes humillaçiones e suplicaçiones y sacrificos e obras pías que fizo" (Pulgar, Crónica, I, ed. Carriazo, Madrid 1943, PP- 324-325).

    Pero la Providencia de Dios sobre este deseado hijo varón, fue el médico judío Lorenzo Badoc, médico de los Reyes de Aragón padres de D. Fernando, a quien éste encomendé la delicada situación de su esposa, durante aquellos siete años sin sucesión después del nacimiento de su primera hija. El documento es del propio don Fernando, al asignar los honorarios anuales de este médico que pasa a servir a la Reina en Castilla. (22 de set. 1479. Texto editado por Antonio de la Torre, Hispania, IV, 1944, pp. 69-72). Una de las razones que da el Rey para ello, es la asistencia a su esposa la Reina y el haber conseguido el heredero que esperaban: “tum etiam eadem serenissima regina, coniux nostra, quae per aliquos annos non eficiebatur pregnans, etiam eisdem medicaminibus laudabilibus vestris, eidem mirnstratis, eodern Domino concedente, gravida facta fuit et illustrissimum principem Joannem, primogenitum nostrum carissimum, peperit".

    Todo el reino recibió con alborozo la noticia de la esperanza de un nuevo hijo. El propio confesor fray Hernando de Talavera la felicita por la noticia “de vuestro preñado”.

    La educación del heredero.

    Pero antes, San Pedro "in Montorio” en Roma.

    La iglesia y convento de san Pedro in Montorio, en el gianícolo de Roma, con el "tempietto" de Bramante, es la promesa cumplida de los Reyes Católicos a san Pedro de construirle un templo en Roma. En todo lo relativo al heredero varón, tiene Fernando el Católico una parte muy notada: los honorarios del médico están situados en Mallorca; el dinero de san Pedro in Montorio, en Sicilia. (A. de la Torre, Documentos Relac. Intern. Reyes Cat.., III, 142-144; 149-150; 541. Y el Padre Pau en Arch. Ibero-Amer., V, 1916, 216-220). La postulación de esta Causa recibió en 1966 una carta espontánea de los franciscanos de S. Pietro in Montorio: “Noi siamo i custodi francescaní del tempietto di Bramante, construito con il fondi della regina Isabella di Castiglia stessa, e seremo ben lieti di poter collaborare pure noi per portarla alla gloria degli altari". (Arch. de la Causa, Cartas).

    La EDUCACIÓN del príncipe heredero, fue objeto de los más inteligentes cuidados y atenciones de su madre, y también lo mejor documentado que puede haber sobre educación de príncipes. Gonzalo Fernández de Oviedo, uno de los jóvenes puestos por la Reina para la compañía del príncipe, tuvo ocasión de reconstruir todos sus recuerdos sobre esta educación del heredero, al rogarle el emperador Carlos los reuniera en un libro para la educación del píncipe Felipe. Así pues, Felipe II se educó por el patrón y modelo de la Reina Católica, su bisabuela.

    A los siete años de edad ya tenía preceptor el príncipe, el catedrático de Salamanca, fray Diego de Deza, quien era asimismo capellán mayor de la capilla del príncipe. Deza no abandonó ya al príncipe hasta la muerte de este en Salamanca en 1497, antes de cumplir los veinte años de edad.

    Los hombres que la Reina puso en la Casa del príncipe fueron los que después integraron el Consejo Real; de los jóvenes de la edad del príncipe, a la muerte de éste, tres se hicieron Religiosos.

    La enfermedad del príncipe.

    Se ha discutido mucho la resolución de la Reina de desoir el consejo de los médicos de separar al príncipe de la princesa, su esposa, Margarita de Austria. Esta unión perjudicaba, sin duda, la salud del joven. "Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre», dijo por toda razón la sierva de Dios. Ni Pedro Mártir de Anglería comprende a la Reina en esta decisión (Ep.. 176). Podemos, sin embargo recordar la frase (de cuya autenticidad no nos corresponde a nosotros dictaminar), la frase, decimos de doña Blanca de Castilla, madre de san Luis rey de Francia: "más quisiera verte muerto que en pecado mortal”. ¿Consultó a su confesor fray Hernando esta decisión? No lo documentamos expresamente, pero de ello no podríamos detenernos a dudar.

    Sus hijas.

    La primogénita, Isabel, nació en Dueñas, el 1º de octubre de 1470; Juana, el 6 de noviembre de 1479; María, el 29 de junio de

    1483; Catalina, el 12 de diciembre de 1485.

    La educación de todas ellas, en cuanto a las primeras letras, estuvo deliberadamente a cargo de Religiosos. Para ello obtuvieron los Reyes una bula de Inocencio VIII (Orig. Simancas, edic. A.Torre, Hispania, 1956) que les permitía elegir Religiosos libremente en cualquier Orden. De la princesa Isabel, lo fue el franciscano de la Observancia, fray Pedro de Ampudia. De la entonces Infanta Juana, Fr. Andrés de Miranda, dominico; también lo fue de la Infanta María. Y en 1493, cuando ya comienza la educación de letras de la Infanta Catalina, aparecen, en la Corte de la Reina, los hermanos Geraldini. Eran estos preceptores de los que la Italia del Renacimiento (al igual que Pedro Mártir de Anglería y Lucio Marineo Sículo) nos enviaba a la Corte con la nueva cultura del renacer italiano. Alejandro Geraldini, fue el preceptor que tuvieron, desde el principio, la Infanta Catalina y la Infanta Maria.

    Estos maestros, que educaron a la juventud de la Corte, de ambos sexos, especialmente el de Anglería y los Geraldini, son los que recuerda Luis VIVES desde Londres al hablar de la esmerada formación intelectual de las hijas de Isabel la Católica. Vives fue llevado a Londres como preceptor de Catalina, ya casada con el rey de Inglaterra. De este magisterio brotó la obra de Vives "De Institutionae foeminae christianae", donde dice de las hijas de la Reina Católica, que fueron educadas por su madre en dos vertientes: como mujeres de hogar, enseñándoles a coser e hilar ("nere, suere, acu pungere”), y formándoles en la cultura superior; fenómeno original de la promoción de la mujer iniciado por Isabel la Católica y ensayado con éxito en Inglaterra por su hija Catalina. De esta formación superior, que Luis Vives considera un medio poderoso de formar la virtud de la mujer, dice él mismo que conoce dos ejemplos clásicos en la Europa de su tiempo: el de las hijas de ISABEL LA CATóLIcA y las hijas de TOMÁS MORO. (Documentación, XV, PP. 535-537). No soñaría Vives que el canciller inglés había de subir a los altares en nuestro siglo xx y que la Reina de Castilla, entraría en este Proceso de beatificación, a pocos años de distancia.

    De estas cuatro hijas, que fueron en verdad (con los paréntesis de la locura de Juana), "vasos de elección", quedan noticias de su virtud y ejemplaridad, y se reseñan sus vidas para ejemplo vivo de mujeres y princesas, y también para ilustrar las virtudes de la madre, nuestra sierva de Dios, en el reflejo de sus hijas. (Document. XXI, 33-41). De Juana, por su locura, que fue la cruz de su madre, son parcos los testigos oculares; pero de las otras tres, Isabel, María y Catalina, se hacen elogios de virtudes cristianas, acreditados por la pluma del franciscano de Valladolid que fue capellán de Adriano de Utrech en España y del mismo ya Adriano VI, en Roma.

    El franciscano Gilberto Nicolai, confesor de santa Juana de Valois, y muy afecto al Papa León X, se dirige así a la Reina Catalina de Inglaterra: "Laetabat, profecto, videre filiam tantam,, tantae matris in his quae sunt virtutis, imitatñcem; ita ut de genitrice tua possit illud Eccli. XXX, 4, dici: mortua est regina Elisabeth, et iam non est mortua, similem enim reliquit sibi post se". (Documenación XV, 317-318).

    La POLÍTICA MATRIMONIAL de Isabel la Católica a base de sus hijos, de una corrección moral que no admitimos poner en duda, determinará la influencia decisiva religiosa y católica de la Reina, en casi todos los tronos europeos del siglo XVI. El príncipe heredero, casa con Margarita de Austria, hija del Rey de Romanos, Maximiliano; la primogénita Isabel, con el Rey de Portugal; la Infanta María, con el mismo Rey de Portugal al morir su hermana Isabel; doña Juana (la loca), con Felipe el Hermoso, archiduque de Austria, hijo del mismo Maximiliano, hermano de Margarita la esposa del heredero; fue este, un doble matrimonio que vinculó estrechamente los tronos de España y de Alemania; Catalina, casó con el príncipe de Gales, Arturo; y al morir este prematuramente, casa con el hermano de él, Enrique VIII de Inglaterra.

    Esta política matrimonial, la tiene muy consultada la Reina, y, especialmente, con fray Hernando de Talavera. (Ver carta de Isabel al confesor, Documentación, tomo II).

    Pero no es esto solo. Las derivaciones del ingente árbol genealógico de sucesiones a los tronos de Europa, ha producido una extensa ramificación de hijos, nietos y biznietos de la Reina en las monarquías de la Europa del Este y del Oeste.

    XXIV. "Genealogía y descendencia de los Reyes Católicos de España... hasta nuestros tiempos", fines del s. XVI

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    La hace D. Enrique Coq, archivero del Reino. Y la hace preceder de estos oportunos textos de la Escritura:

    "Potens in terra erit semen eius"... Ps. III.

    "Scribantur haec in generatione altera, et populus qui creabitur laudabit Dominuín”.

    Es un documento de la Biblioteca Nacional de Madrid. (En nuestra Docurnentatio, docum. 2951, tomo XXII, 192-209).

    Solamente, en esta amplísima información genealógica, algunos datos clave. El Emperador Carlos V, nace en Gante y es reclamado constantemente por su abuela, Isabel la Católica, para educarle en Castilla; pero aun sin conseguirlo, él acaba entrando en la línea religiosa y política de sus abuelos maternos los Reyes Católicos.

    Su hermano, el emperador Fernando, que le sucede en el trono de Alemania, nace en Alcalá de Henares y es educado por Isabel la Católica; casó en 1521 con Ana, heredera de Hungría, y tuvo trece hijos que se extendieron por los tronos de Europa, en el centro y en la Europa oriental.

    Los misterios de la Providencia de Dios, hacen fallida la restauración del catolicismo en Inglaterra, después de Enrique VIII, por MARÍA TUDOR, hija de Catalina de Aragón, nieta de Isabel la Católica. Porque María Tudor, casada con Felipe II de España, muere sin sucesión y hereda el trono de Inglaterra la hija de Ana Bolena, Isabel I de Inglaterra, quien restaura el Anglicanismo de Enrique VIII.

    Pero el arco de la proyección católica europea, estaba tendido deliberadamente por la Reina Católica, aun sin prever el fallo de la monarquía inglesa y el verdadero martirio de su hija Catalina de Aragón.

    XXV. La Corte de Isabel. Preparación deliberada del futuro, para el s. XVI

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    La transformación de la Corte, en un orden espiritual y virtuoso, que la convertía en un foco de ejemplaridades, fue un hecho que se aprecia ya desde los primeros años, pero que se ve consumado desde la decena de 1490 en adelante.

    Nada queda de aquella Corte frívola de Enrique IV. Isabel la Católica se fue rodeando de hombres de valía en la política, en el ejército y en la administración; pero esos que, además, eran de conducta intachable y que pueden pasar como ejemplo de varones probos y cristianos, eran los que constituían los cargos de confianza en la Casa Real; y sólo a esta segunda categoría pertenecían todos los que puso al frente de la Casa del Príncipe don Juan.

    Más notada es la Corte de las Damas de la Reina. Un florecer de virtudes y de piedad cristiana daban el tono de la Corte, lo mismo en las señoras que en las doncellas, en las de edad madura que en las jóvenes.

    Si Juan Chacón, nacido en la Casa Real, era un "hombre recto, de intachable conducta", y su conversación era "como de hombre santo", D. Juan de Calatayud, que estuvo al frente de la Casa del Príncipe, recibe en directo este juicio: "era un santo”. Juan Velázquez, Contador Mayor, había nacido en Arévalo en la Casa Real de la Reina madre, donde se crió Isabel; desde entonces se le conocía: "caballero colmado de virtudes", "devoto", "cristianísimo"; "he visto pocos hombres tan magníficamente virtuosos en sus obras". "De buen natural"; "de buena casta y amigo de virtudes"; virtuoso y bien inclinado desde muchacho". Fue el primer Maestresala que tuvo el príncipe heredero en su Casa de Almazán, Casado con doña María de Velasco, tuvo nueve hijos, de ellos, cinco varones. Nos fijamos en este personaje, y en sus hijos, porque con ellos vivió en su propia casa de Arévalo, muerta la Reina, Iñigo de Loyola; y allí tuvo su formación de juventud en una casa excepcional de edificación. (Hay mucha leyenda en eso de la mala vida pasada de san Ignacio de Loyola antes de la herida de Pamplona) - Esta doña María de Velasco, era dama da la Reina y amiga íntima de la madre de san Ignacio, doña Magdalena de Araoz, ambas damas de la Reina. Y antes de que si} hijo Iñigo fuese a vivir a Arévalo, había largamente oído de su madre el ambiente de edificación de la Corte, lo mismo en damas que en caballeros. San Ignacio es uno de los frutos maduros, en su primera juventud, de aquella Corte que vamos describiendo tan sumariamente como lo permite esta sin-tesis biográfica. (Juan Velázquez, en F. de Oviedo. Batallas...B.N., Ms. 12.921, ff. 80-87).

    D. Juan de Zapata, ayo del príncipe, después Consejero Real, "notable varón, aprobado en virtudes".

    D. Andrés de Cabrera, esposo de doña Beatriz de Bobadilla, la amiga mayor de la niñez de Isabel, “muy cristianísimo, amigo de Dios”.

    D. Sancho de Castilla, de la intimidad del príncipe, "fue enamorado y galán”, pero de los "discretos y honestos" “Muy entendido, cortés, llano y comedido”.

    Pedro de Torres, secretario del Príncipe, y, después, de los mismos Reyes; hermano del ama del Príncipe doña Juana de la Torre; compañero de viaje de Colón; "hombre virtuoso y de buena conciencia". A este caballero encomendó la Reina el hacerse cargo de los esclavos indios, rescatados, y enviarlos a su patria, como queda dicho más arriba.

    La lista y nómina de caballeros escogidos en virtud, es larga y debe interrumpirse aquí. Porque citando al Comendador y Contador Mayor Gutierre de Cárdenas, hombre de aplomada virtud, entramos a la selección de casos de DAMAS DE LA REINA, con la esposa de Cárdenas, doña Teresa Enríquez, "la loca del Sacramento".

    Para Fdz. de Oviedo, doña Teresa Enríquez, hija del Almirante de Castilla "ha sido de las más notables mujeres de España por sus santas obras pías e limosnas". Pero es que de doña Teresa hace una extensa y edificantísima biografía de perfección el franciscano secretario de Adriano de Utrech, que la conoció mas a fondo que F. de Oviedo. Era en toda la línea una santa mujer. En Roma, en nuestra entrañable iglesia de San Lorenzo in Dámaso, en la Cancillería, fundó doña Teresa una cofradía del Santísimo Sacramento "para llevar al Santísimo acompañado". Fue de las más íntimas de la Casa Real, y en ella era vaso de elección y edificación para las otras damas; algunas de estas pedían por especial gracia a la Reina, las dejase acompañar a doña Teresa en la visita de hospitales.

    Doña Juana de Mendoza.

    Esta dama sería un capítulo entero en la biografía íntima y casera de Isabel la Católica. Viuda de Gómez Manrique (tío de Jorge), el del "Regimiento de Príncipes" escrito para estos monarcas; dama desde siempre de la Reina, es ahora, en su viudedad, dedicada por entero, por decisión de la Reina, al cuidado y ordenamiento directo de todo aquel selecto plantel de damas de la Corte. ¿Cómo era doña Juana de Mendoza? "Fué una sancta, de las más acabadas que en su tiempo ovo en España", "por su gran ser e bondad e propios méritos, allende de su generosidad".

    Doña Mencía de Guzmán, esposa de D. Pedro Girón, conde de Urueña (hijo del otro don Pedro, de infeliz recuerdo en la vida de Isabel). Fdz. de Oviedo dedica a esta señora un largo encomio, mitad requiebro a su extraordinaria belleza, mitad edificación sincera. “Fué una de las señoras de España dinas de loar por sus méritos y buen exemplo y altas costumbres; y, dexada aparte la linda dispusición y hermosura y buena gracia de que Dios nuestro Señor la doctó, como la podimos ver así seyendo en la flor e tiempo de su mocedad, e viviendo su marido et después que Dios se le quitó, seyendo viuda, más honesta qual más recogida, religiosa devota qual más; piadosa y limosnera qual más; prudente viuda. Espejo ha seido a todas quantas quisieron imitar sus obras”.

    En los últimos años de la vida de Isabel la Católica, la dama de mayor intimidad de la Casa Real para la Reina, fue sin duda Beatriz Galindo "la Latina", hubiera sido o no, la maestra de latín de la Reina. Por manos de Beatriz pasaban todos los asuntos domésticos, y toda la menuda contabilidad de las caridades de la Soberana. "Fué muy grande gramatica e honesta e virtuosa doncella". "Ninguna mujer le fué tan acepta de quantas su Alteza tuvo a par de sí". La Reina la casó en la Corte con su secretario Francisco Ramírez de Madrid. "E siempre estuvo en palacio". Por ella hizo la Reina secretario suyo a Gaspar de Gricio, el que suscribe el Testamento y el Codicilo de Isabel la Católica, hermano de Beatriz.

    Esta santa mujer, al morir su marido en la sublevación de los moros de las Alpujarras, profunda contrariedad de la Reina, se dedicó por entero al servicio de su Alteza. No tuvo en esos años Isabel la Católica amiga más íntima que Beatriz Galindo. Ella fue su inseparable en la última enfermedad, y ella fue en la comitiva del traslado del cadáver de la Reina desde Medina del Campo a Granada. "Desde allí se retiró a su casa de Madrid, y a fundación del monasterio de la Concepción, donde murió. "Acabó sanctamente el año de 1517, como sancta e religiosa e sierva de Dios".

    Estas eran las amigas íntimas de la Reina en la Corte y en la Casa Real, citadas aqui en algunos casos escogidos en la amplia documentación sobre la Corte. Pero no solamente esta configuración interna de la Corte y Casa. De ellas se servía, y de ellos, para ir consiguiendo la transformación cristiana del pueblo. Y a eso viene otro de los aspectos esenciales de la vida de la Reina en la reforma interna de su pueblo:

    LOS HIJOS Y LAS HIJAS DE LOS NOBLES Y HOMBRES PRINCIPALES, la juventud que preparaba el futuro inmediato del siglo XVI, eran recogidos y adoctrinados por la Reina.

    A esto obedecían las dos Escuelas Palatinas organizadas por ella, para la educación y formación de la futura clase dirigente: la juventud de ambos sexos educada bajo su égida. Los maestros eran algunos españoles; pero principalmente lo eran aquellos italianos que, procedentes del Renacimiento de su país, eran aptos para encajar en el sentido cristiano del Renacimiento español. Ella quería la cultura del Renacimiento para sus juventudes, pero de un Renacimiento de impronta cristiana y apostólica, al servicio de Dios y de la Iglesia.

    El principal que dirigió estas Escuelas, fue Pedro Mártir de Anglería, milanés; Lucio Marineo Sículo, en parte también, siciliano; y los dos hermanos Geraldini, como maestros directos de los hijos de la Reina y de toda aquella juventud que la Reina educaba en su Corte.

    El plan de reforma del pueblo, paralelo al de la reforma del clero y Ordenes Religiosas, se proyectó así de arriba hacia abajo, utilizando como instrumentos de recristianización, aquellas clases dirigentes de actual y futura influencia. Este concepto y organización de un apostolado seglar, de hombres y mujeres educados por ella, es el hecho más original que conocemos en apostolado de reyes.

    XXVI. Isabel la Católica y el Papa Borja

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    Debemos romper la sobrecargada lectura de las páginas anteriores, para anotar un hecho singular en la no escrita biografía de Isabel la Católica; y que, por estar en un contexto anecdótico documentado, y en relación con la boda sonada de Lucrecia Borja en aquella Roma del Humanismo y de la desenvoltura) da un respiro al lector a quien van destinadas estas líneas.

    El Papa Borja había sido siempre en Roma, siendo cardenal y Vice-Canciller, el gran favorecedor de sus compatriotas los monarcas españoles. Siendo Papa lo fue también en los más trascendentes hechos religiosos de aquel reinado: la reforma Religiosa, canónicamente encauzada; la empresa de Indias en sus aspectos religiosos y temporales, etc...

    Pero si hubo algún caso en que Rodrigo de Borja desde su influencia con el Papa Inocencio VIII, se había hecho nombrar Arzobispo de Sevilla, nada menos, la Reina personalmente es la encargada de la gestión diplomática con el Papa Inocencio para deshacer y revocar tal nombramiento.

    No es hacia aquí adonde caminamos. Cuando Borja es elegido Papa, la Reina acusa el golpe. La desconcertó, Y calló. Pero cuando el Papa celebra por todo lo alto en Roma la boda de su hija Lucrecia, Isabel de Castilla encuentra su ocasión para decir algo a Borja, en calidad de compatriota y pariente y en calidad de Sumo Pontífice.

    La cosa sucedió en Medina del Campo, donde estaba la Corte, y allí también el Nuncio de Alejandro VI, el valenciano Des Prats.

    Y todo lo hemos sabido por su Informe reservado al Papa, sobre una conversación con la Reina en Medina del Campo. El informe autógrafo de Des Prats en lengua valenciana. (ASV, Archivum Arcis, Arm. I-XVIII, vol. 5023, ff. 61v-64v).

    Con la simple noticia de este hecho, sin entrar en el documento, pudieran los menos avisados darnos una versión fácil de la “bravura” de esta mujer. Es todo lo contrario. La entrevista, dentro de su plan enérgico, de su desenvolvimiento de una prudencia diplomática depurada, es una manifestación más de la delicadeza de espíritu con que trataba a las personas, de la humildad de sus maneras, y de esa prodigiosa mano enguantada de que Dios la dotó para tocar, sin ofender, los temas espinosos en la altura.

    Dice el Nuncio al Papa, narrándole las circunstancias de la escena, que la Reina (caso insólito), despidió de la estancia a secretarios y ayudantes, se quedó a solas con el Nuncio, y trancó la puerta por dentro. Decimos caso insólito, porque esta Reina nunca consiguió estar a solas en su despacho. Lo manifiesta así a su confesor Fr. Hernando (Cartas, Documentación, tomo II), que cuando necesitó recogerse en sí misma y pensar sola las graves cuestiones, tuvo que meterse en la cama sin estar enferma.

    Esta conversación con el Nuncio, no podía tener testigos, los despachó a todos, y cerró la puerta: "En una cambra trancats sols", dice el Nuncio. La Reina me ha dicho, traduzco del valenciano, que hacia días quería hablarme, y que lo había diferido porque pensaba enviar una embajada especial a Su Santidad para darle las gracias por el feliz despacho de todos los asuntos que le habían suplicado. (La embajada de Diego López de Haro a Alejandro VI). Pero que esta embajada se difería, y había pensado hablarme y que yo trasmitiera a Su Santidad sus palabras. La realidad es que ni siquiera por embajadores quiso decir esto a! Papa. Haciéndolo por medio del Nuncio, todo quedaba entre los tres. (Salvo que el Nuncio lo escribió y su relato autógrafo, ha pasado hoy del Archivo Secreto, a nosotros).

    Me dijo, continúa Des Prats, que su Majestad tenía mucha voluntad y amor a vuestra Beatitud... que estuviese cierto de que no las decía con mal ánimo, sino con todo amor, y que se veía constreñida a hablar y tratar algunas cosas que de vuestra Beatitud oía, de las cuales, porque quiere bien a vuestra Santidad, recibía gran enojo y displicencia, mayormente porque eran tales que engendraban escándalo y podrían traer consigo algún inconveniente; concretamente, las fiestas que se hicieron en los esponsales de doña Lucrecia, y la intervención de los cardenales, es decir, del cardenal de Valencia (hijo de Rodrigo de Borja, el Papa) y del cardenal Farnesio y del cardenal de Luna; y que yo, de parte de su Majestad, escribiese a vuestra Beatitud, quisiera mirar mejor en estas cosas; y que vuestra Santidad no mostrase tanto calor en las cosas del duque (César Borgia, hijo suyo), que sus Majestades le tendrían por muy encomendado y le harían mercedes. "Tot açó me parlá, per altre stile e molt pus longament."

    Respuesta del Nuncio a la Reina.

    Informa el Nuncio al Papa de lo que él respondió a la Reina: “Que no tenía razón para estar tan enojada de las cosas de nuestra Santidad, y que bien se veía que su Majestad no había querido comprender (¿comparar?) la vida de los otros Pontífices predecesores de vuestra Beatitud, con la de vuestra Santidad... Interrumpo el texto para advertir que las dos líneas que siguen, como todo el documento, fueron leídas ya en la Real Academia de la Historia en Madrid, en la recepción del Padre Batllori, director del Instituto Histórico de la Compañía de Jesús en Roma. Y son: "E de aquí yo li discorreguí algunes coses de les de Papa Sixto e Papa Innocent (Sixto IV e Inocencio VIII, inmediatos predecesores de Alejandro VI), mostrant quant mes dignament se portava vostra Santedat quels sobre dits".

    Nada tenemos que decir ni añadir a esta revelación que Des Prats hace a la Reina, cómo consuelo único que a ambos podía quedarles de las cosas de Alejandro VI, o como salida diplomática para informe de Nuncio a Papa.

    (Este documento entero, en su original valenciano, queda presentado en nuestra Documentación, tomo XV, docum. 1809, pp. 45-48).

    Alejandro VI no se inmutó en su inteligente complacencia en estas cosas de la Reina de Castilla, a quien conocía muy bien; así como también a su pariente y "compadre" Fernando el Católico, quien tampoco está en esta conversación de Nuncio y Reina.

    Todo el alto apoyo de este Papa a las empresas de los Reyes Católicos, continúa en creciente en este mismo año de 1493; y de 19 de diciembre de 1496, es la bula por la que otorga a estos monarcas el título de "Reyes Católicos", "omnibus mature perspectis, sic ornnium venerabilium fratrum nostrorum sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalium, in honorem vestrum, concurrentibus votis, ex ipsorum consilio decrevimus". Los méritos destacados en la bula, para este título, son: "Quarum (Maiestatum vestrarum) iustitia, Religio, pietas, animi magnitudo, clementia, in orthodoxam fidem praecipuus zelus atque in Romanam Ecclesiam perpetua devotio, inter omnes christianos Principes senmper enituit”. Se les da este título, también para que "Caeterí etiam christiani Príncipes, exemplo vestro, ad bene de catholica fíde et Apostolica Sede promerendum, magis excitentur". (Texto, en extracto, en nuestra Documentación, XV, doc. 1809, p. 48).

    No pasaremos por alto la afirmación que nos impone nuestra propia Documentación, de que la difícil empresa de la Reforma de las Ordenes Religiosas, que adquiere su mayor impulso y éxito en este decenio de 1490 a 1500, está hecha toda ella en su cauce canónico, con bulas del Papa Borja, Alejandro VI. (Ver todo nuestro tomo X).

    XXVII. Su unión con Dios. Vida de oración

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    Vida de oración

    Habían sido ya en estas fechas de 1492 y 1493, tan altas sus empresas de gloria de Dios desde la cima de la soberanía, tan cumplidos los éxitos en ellas, tan favorecida de la Providencia divina, que hacen pensar en una fuerza superior, añadida a las cualidades naturales, que o es el dedo de Dios que se posa sobre sus elegidos, o es la gracia divina ordinaria, don sobrenatural que Dios distribuye libre y desigualmente en sus servidores, y que suele dimanar de las profundidades de una vida interior de unión con Dios, de una oración continua, de poner en las manos de Dios por sí misma y por medio de la Iglesia todas y cada una de sus empresas espirituales. Esta vida interior nos consta por múltiples documentos y testigos de ella. Sabemos, en efecto, que por mucho que sorprenda a los que conocen la prodigiosa actividad de gobierno y de empresa que le absorbía, era "dada a las cosas divinas mucho más que a las humanas”, "más contemplativa que activa”, "a pesar de los múltiples asuntos de gobierno que día y noche la ocupaban"; pero le quedaba tiempo para sus oraciones y largos ratos de recogimiento con Dios, incluso para rezar todos los días "el Oficio Divino en el Breviario como los sacerdotes", aquellas prolongadas horas canónicas antepianas; “y otras muchas oraciones y devociones particulares como devotísima y cristiana que era".

    Con este antecedente de su vida interior, llegamos a concluir una interpretación providencial y divina en 105 éxitos de las altas empresas de Dios que ya culminaban en este reinado en 1492; interpretación providencial que fluye de la misma observación de las cosas, en pura filosofía de la Historia, como explicación de unos hechos tan por encima de lo normal en los reinos más afortunados; interpretación que sonó así en sus contemporáneos: "Por estas oraciones, méritos y santas obras, Dios miró benignamente a su pueblo y al Reino de España y le ayudó, engrandeció, defendió y encumbró". (Documentación, XV, 201-204).

    La vía dolorosa.

    Afortunada en sus empresas y obras de Dios, no lo fue, en vida, en sus hijos. Muere en edad temprana su hijo, único varón y heredero del Reino; muere su hija Isabel, heredera después del fallecido hermano; deja a sus padres la esperanza de su hijo, el príncipe Miguel. Pero este niño, nieto de los Reyes Católicos, y criado en Granada, muere sin salir de la niñez, sumiendo a Isabel la Católica en un abismo de perplejidades de las que ya no salió en vida. Porque la herencia recaía en su hija doña Juana, con muestras claras de enajenación mental, casada con el archiduque de Austria, Felipe el Hermoso; la enajenación mental de su hija, las apetencias flamencas de reinar en España con libertad de movimientos y con una política muy diversa de la que había seguido la Reina pusieron a Isabel en enfermedad y en el trance del que ya no se repuso; un asomo de esperanza fue para ella el nacimiento en Gante del hijo de la heredera, Carlos; el que en realidad recibió la herencia total de los Reyes Católicos; pero la sierva de Dios ruega y suplica con insistencia se lo envíen a Castilla para educarle ella, y esto le es negado siempre.

    Ya a partir de la muerte de su “ángel" el príncipe heredero, su hijo, y de la muerte de su hija Isabel, la Reina Católica en adelante "vivió sin placer", en frase de Bernáldez (Cap. CLV), "e se acortó su vida e salut", porque "el primer cuchillo de dolor que traspasó el ánima de la Reina, fue la muerte del príncipe; el segundo, fue la muerte de doña Isabel, su primera hija; el tercer cuchillo de dolor fue la muerte de don Miguel, su nieto, que ya con él se consolaban" (Murió este príncipe a la edad de un año y siete meses; julio de 1500). Y acaba aquí Bernáldez la enumeración. No habla de un cuarto cuchillo, que como madre sufrió la Reina igualmente que los demás, pero como Reina fue muy superior dolor a todos los anteriores; cuando uno de los tres dichos herederos se le iba muriendo, le quedaba el consuelo del siguiente; pero al morir el niño Miguel, sólo quedaba a Isabel la Católica la perspectiva de una heredera loca y de su consorte embarcado en una política del todo ajena a la seguida por los Reyes Católicos; política nacional, internacional y religiosa. Ella dictó en su testamento entregar el gobierno de Castilla a su esposo don Fernando, en tanto uno de sus nietos fuese rey de Castilla y de Aragón, de España entera. Vino después la regencia de Cisneros, y, finalmente, el rey Carlos I de España y V de Alemania.

    Un año antes, la estancia de la Reina y de su hija Juana en Alcalá, fue una dura cruz para la madre, imposible de reducir a sinopsis. Los médicos que la trataron en Alcalá se creyeron en el deber de advertir al Rey que esta enfermedad de la Reina se debía en gran parte al quebranto moral y físico que le producía la locura de su hija Juana, la heredera: "Crea vuestra Alteza que es tan grand peligro para la salud de la reina, n. s., tener la vida que tiene con la señora princesa, que cada día tememos estos accidentes". "La disposición de la señora princesa es tal que no solamente a quien tanto va y tanto la quiere, debe dar mucha pena, mas a cualesquiera, aunque fuesen extraños". (Documentación, tomo XV, doc. 1841, p. 274).

    Esta vía dolorosa de purificación interior del alma la vivió Isabel intensamente, durante los siete años que van desde la muerte del príncipe don Juan en 1497 hasta el 26 de noviembre de 1504, en que ella misma fallecía sin ver resuelta en vida la incógnita martirizante de la sucesión a aquel trono de Castilla y de Aragón, elevado a tan alta "empinación" (Bernáldez) y sobre el que recaía la aspiración de Africa y la realidad del Nuevo Mundo.

    El incidente fronterizo de Salsas, y uno de los

    llamados actos de virtud heroica de la Reina.

    Los franceses, su Rey Carlos VIII, infringiendo los pactos rubricados con los reyes de España, habían invadido la frontera catalano-aragonesa. La sorpresa y la pesadumbre fueron muy notadas en los españoles.

    La reacción del Rey Fernando el Católico, promovió el desplazamiento rápido de un gran ejército a la frontera, desproporcionado para los límites de un incidente fronterizo, o tal vez prudente ante una posible acción militar francesa de más alcance. Los ejércitos que fueron sobre Salsas eran muy superiores a los que tenían los franceses en la fortaleza. Esto y la indignación bélica de los españoles, hicieron temer fundadamente una jornada de sangre y estrago.

    Todos los días recibía la Reina, de su esposo el Rey, tres y hasta cuatro cartas, con noticias detalladas sobre la acción militar que se preparaba.

    En ambos monarcas, la política internacional tenazmente seguida, era no combatir entre príncipes cristianos. Esto fue de especial sensibilidad de la Reina en aquella su vida de verdadera purificación interior de 1503. "La preocupación de la Reina era mayor por los franceses que pudieran perecer a manos de los nuestros, que por sus propios soldados", dice el milanés Pedro Mártir desde la Corte de Segovia (Ep. CCLXIII). "Por cartas reiteradas insistía al Rey que no se hicieran estragos entre cristianos; le rogaba se limitase a alejar de la frontera a los franceses, sin derramamiento de sangre si fuera posible. La venganza... correspondía a Dios".

    Llegado el día en que sabía la Reina se daría la batalla, y no estando buena de salud, "recorrió los monasterios de religiosos y religiosas, mandándoles con dádivas, que con oraciones y lágrimas, postrados en tierra, hicieran fuerza a los cielos para que no se derramase sangre de cristianos. Su principal solicitud y preocupación era que los franceses pudieran salir indemnes".

    "Pasó aquel dia en oración y en ayuno riguroso, de rodillas, con todas las damas y doncellas que tenían en palacio".

    El resultado fue que los franceses se retiraron sin pelea; y que los españoles se abstuvieron del encuentro. Y esto "yo vi, estando presente en el cerco de Salsas". (L. Marineo, De las cosas memorables...' Alcalá 1539, fol. 185r).

    Este es uno de los hechos más comentados de la época, si bien nos hemos ceñido al texto de Pedro Mártir; el cual concluye así su carta al arzobispo de Granada Fr. Hernando de Talavera: "De este modo el Altísimo escuchó las oraciones de la santa reina"...

    En este mismo contexto de fronteras está el problema que se planteó con los peregrinos franceses a Santiago de Compostela. Por hecho concreto y por presunciones sabias, se llevó al Consejo Real la conveniencia de cortar estas peregrinaciones que daban lugar a encubrir otras filtraciones en el territorio nacional. El Consejo propuso se cortase la peregrinación. Pero la Reina se opuso terminantemente: les dijo que prefería correr el riesgo antes de cortar la peregrinación europea, principalmente francesa, a Compostela, uno de los fenómenos de fe y de espiritualidad más acusados en la Cristiandad europea, no sólo medieval, sino de entonces y de perduración posterior.

    Su relación con la beata Beatriz de Silva.

    La Reina es considerada hoy en la Orden de la Purísima Concepción, de monjas franciscanas, como cofundadora con Beatriz de Silva. Esta santa mujer, de origen portugués, era dama de la Reina madre, doña Isabel de Portugal. Una de las damas que honraban el cortejo de aquella señora, que esparcía en la corte de los padres de nuestra sierva de Dios, el olor de santidad que la ha llevado a los altares.

    Las noticias de esta relación de cofundadora de la Orden, nos vienen por la fotocopia del manuscrito del P. Garnica, año 1526, que en transcripción del siglo XVII, está hoy en la S. Congregación en el Proceso de Beatriz de Silva; y allí se nos ha hecho esta fotocopia para nosotros. Lo hemos editado (D. II, 217-244).

    En él se demuestra la estrecha relación que hubo entre Beatriz e Isabel que era mucho más joven. Hasta el extremo de ser nuestra Reina quien puso a disposición de Beatriz de Silva, no sólo sus palacios de Galiana en Toledo para primera sede de la Orden, sino toda la gestión, con Roma y con la Orden de Franciscanos Observantes, para la fundación. Muere Beatriz cuando la Orden no está asentada aún, y es Isabel la Católica, quien la lleva adelante sirviéndose del P. Juan de Tolosa, y, después, de Cisneros, Esperamos que los datos históricos de esta relación y cofundación, que para la una y para la otra, están en la S. Congregación, sirvan para la canonización de Beatriz y para la beatificación de Isabel la Católica: doble aspiración de la misma Orden actual de la Purísima Concepción.

    El culto de la E2tcaris tía, como aspecto y episodio

    personal de la Reina en la Reforma de la Iglesia.

    La Reina escribe desde Granada (17-VIII-1501) y todo hace pensar que esta gestión personal en los asuntos del culto en los obispados de Castilla, tenga relación con Fr. Hernando de Talavera, que, en unión con la Reina, está organizando el reino cristiano de Granada.

    La Reina se dirige a todos los obispos, a treinta en concreto, rogándoles (es carta y no cédula patronal de ruego y encargo, que sólo podría emplear en el Reino de Granada, pues entonces el patronazgo estaba ceñido a este reino), rogándoles, decimos, cuiden d¿ culto al Santísimo Sacramento en las iglesias parroquiales, en las cuales no se le trata "Con la solemnidad e reverençia que conviene, e que no está en caxa de plata ni se remuda a los tienpos convernientes, nin los adereços e cosas del serviçio del altar están linpios, nin las lámparas que'stan delante del Santísimo Sacramento están contino ardiendo como es rasón, e porques cosa muy justa e razonable qu'el Santísimo Sacramento sea tratado con mucha reverençia, onor e solepnidad e limpiesa, e que las custodias e altares e las otras cosas del serviçio del Yglesia estén muy linpias e bien ordenadas e que en cada yglesia aya persona que dello tenga espeçial cargo e cuydado, e aunque creo que sabiéndolo vos lo hareys remediar e proveer como es vuestro ofiçio, mas por qu'es cosa de serviçio de Dios e que todo cristiano deve procurar, quise escrebiros sobre ello rogándoos que luego hagays vzsitar las dichas yglesias e deys horden cómo todo lo susodicho se provea e haga como conviene al serviçio de Dios nuestro Señor, porque demás de haser vuestro ofiçio e lo que soys obligado, en ello me hareys mucho plaser e serviçio". (AGS, Cédulas de la Cámara Lib. 5, f. 204vº. En nuestra Documentación, tomo XIX, docum. 2.517, p. 425).

    XXVIII. 1504. Enfermedad y muerte

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    El verano de 1504 presenta en Medina del Campo la tragedia de los dos regios esposos enfermos de gravedad al mismo tiempo. La salud de D. Fernando se recupera; no así la de la Reina, que ya no abandonará el lecho hasta la trágica fecha del 26 de noviembre.

    D. Fernando envía a los prelados y a los Superiores de Ordenes Religiosas, dinero para celebrar misas por la salud de la Reina. Cercana su muerte, la Reina dice que se deje de orar por su salud, porque ya Dios ha dispuesto de su vida. Que las oraciones se eleven por su alma en ese trance.

    Cuando ha dictado el Testamento, en el que repasa notarialmente sus ya famosos "descargos", los que dieron origen a la “Audiencia de los descargos" y al "Libro de los descargos" de Fr. Hernando de Talavera, da otras órdenes ejecutivas de un apurado detalle para que se investigue en todo el Reino, municipio por municipio, si quedan todavía "descargos”, por hacer, o si algún vecino recuerda que pueda hacer reclamación alguna de atrasos que se le deben, o deudas sin pagar. A esto responde una documentación que firma el Rey don Fernando en 15 y en 23 de noviembre, porque la Reina desde septiembre no firma documentos de gobierno. De esta documentación de investigación de "descargos" de la Reina, presentamos dos documentos representativos de esta intención y disposición de la sierva de Dios: El memorial genérico de averiguación de deudas, de 15 de noviembre, que hace el tesorero Juan López (nombrado ya testamentario), y que firma el Rey; y el documento específico de cómo se ordena esto para el obispado de Burgos. (Documentación, T. XXII, PP- 6-11). Lo relativo a los municipios del obispado de Burgos, se encomienda al Provisor de Palencia, quien ha de llevar un es críbano consigo, y en colaboración con el corregidor, recibirá en audiencia a aquellos vecinos que crean tener reclamaciones que hacer, por préstamos, nóminas atrasadas, etc... Sobre cada una de las reclamaciones, se hará un expediente probatorio de la reclamación.

    No es que fuera del todo original el procedimiento. Su padre Juan II de Castilla había hecho algo parecido. Lo que sorprende es esta minuciosidad y absoluta universalidad con que se anuncia esta audiencia de reclamaciones en noviembre de 1504, cuando ya desde 1480 está funcionando, con el detalle y minuciosidad de Fr. Hernando de Talavera, esa verdadera originalidad de la Administración de Isabel la Católica, que es el ya tantas veces mencionado departamento de “Audiencia de los Descargos"; que continuaba funcionando en 1504, y continuó funcionando ya como departamento permanente en la Administración de la Regencia y del Emperador.

    El memorial general es del 15 de noviembre, once días antes de la muerte de la Reina. El documento relativo al obispado de Burgos, es de 23 de noviembre, tres días antes. - Sólo con esta minuciosa requisitoria podía morirse en paz la sierva de Dios, que había hecho de la complejísima administración de aquel Reino pobre, y del pueblo, una cuestión de conciencia personal a la que no pueda escaparse detalle alguno por pequeño que sea y por recóndito que esté.

    El Poema sobre la Agonia de Cristo, que hizo escribir la sierva

    de Dios a Fr. Ambrosio de Montesinos, para sugerencia y

    modelo en el propio trance.

    Montesinos, uno de los mejores poetas líricos religiosos de fines del xv y principios del xvi, es el poeta de la Reina en sus mas altos ideales místicos: San Juan Evangelista y aquí la Pasión de Cristo. Pertenece a la Observancia franciscana y al convento de san Juan de los Reyes, entrañable fundación de la Reina. Cuando la enfermedad avanzaba, la sierva de Dios le pide un poema de devoción sobre la agonía de Cristo en Getsemaní, que pueda ayudarla a suscitar en su propia agonía sentimientos parecidos a los del Señor en la suya. A esto vienen estos versos en el Cancionero de diversas obras de nuevo trobadas, de Montesinos, publicado en Toledo en 1508. (B. N., Madrid, R-10.945. En nuestra Documentación, T. XV, docum. 1870, PP. 501-508).

    "Quién te dió, Rey, la fatiga

    deste sudor extremado?

    -¡Ay, hombre, que tu pecado!

    ¡Esfuerço, esfuerço, mi Dios!

    y romped esta batalla

    que cielo y tierra no halla

    quien la vença, sino vos,.

    No lo digo porque aya

    en vos, mi Señor, desmayo,

    que sois claro sol de rayo

    eterno que no desmaya...”

    Y el título de esta composición en el Cancionero, es: "Coplas por mandado de la Reyna doña Ysabel, estando su Alteza en el fin de su enfermedad”. (Cancionero de Montesinos, ff. XXXIIIr al XXXIV Vº).

    Su Testamento.

    Debe ser aquí por nosotros, en esta Sinopsis, solamente aludido y no expuesto, porque esto no es para Sinopsis.

    De esta pieza testamentaria que la Reina dicta a Gaspar de Gricio, hermano de Beatriz Galindo, el 12 de octubre, cuando todavía la enfermedad no había debilitado las facultades, quisiéramos recoger algún inciso. Todos los testamentos de Reyes y personajes cristianos, abundan en una sincera confesión de fe.

    Este de Isabel la Católica, recoge aquellas tan documentadas devociones suyas que iluminaron y presidieron su vida interior y sus altos ideales de Reina, especialmente aquí, la devoción a S. Juan Evangelista "águila caudal y esmerada", inciso este que parece más de literatura poética o mística que de prosa testamentaria; tiene menos poesía Montesinos, cuando escribe para la Reina: A San Juan:

    “Es de águila tu figura

    tan caudal

    que su alcándara es altura

    eternal".

    Pero el inciso testamentario parece más consejo segutdo al poeta aconsejador cuando la dijo:

    "Pues, Reina de las Españas,

    y, en virtud, de todo el mundo,

    sant Juan ande en sus entrañas..." (D. XV, 507).

    En el repaso de cuentas, el Testamento quedaría ignorado como pieza fundamental de una santidad, si sus providencias sobre cuentas pendientes, fueran consideradas como repaso de cuentas mal hechas de una conciencia mal examinada. Las que ahí dicta a Gaspar de Gricio, son las que ella tiene en su mente y en su recuerdo en plenas facultades. Hay un documento posterior al Testamento, y de la misma fecha que el Codicilo (23 de noviembre), del que poco ha hemos dado cuenta, en el que, por su mandado, el Rey Fernando hace una averiguación universal en el Reino sobre aquellas cuentas que la Reina quizá no pudo tener presentes. Documento superior a todo cuanto había producido la inmensa documentación de Simancas de la "Audiencia de los Descargos"' desde 1480. La cláusula del codicilo sobre el buen trato a los indios, es una insistencia de reiteración materna; porque ese buen trato está legislado ya, e insistido, en toda la primera documentación de Indias.

    El Testamento resulta un código cristiano de gobierno en la altura. Y que queda como bandera enhiesta que pueda recoger quince años después el Nuncio conde de Castiglione como existente en la conciencia de aquellos españoles que sobreviven al 26 de noviembre de 1504: "que casi muestran creer que ella desde el cielo los mira, y desde allá los alaba o los reprende... de tal manera que aunque su vida haya falleçido, su autoridad siempre vive, como rueda que, movida con gran ímpetu largo rato gira como de suyo por buen espaçio, aunque nadie la vuelva más" (Traducción de Boscán. Documentación, XV, 219-221).

    "Entre el miedo y la esperanza”.

    Es texto del milanés Pedro M. de Anglería, todavía del 15 de octubre, desde Medina del Campo, al Consejero Real Lic. Polanco. "Todavía vive y alienta su alma". "Desde mi alojamiento" en Medina del Campo.

    El Arzobispo y el Conde (Talavera y el conde de Tendilla) reclamaban a diario, por cartas desde Granada, a Pedro Mártir de Anglería, noticias de la enfermedad.

    Por fin el día 26 (Anglería aquí, en su estado de angustia y nerviosismo ante el cadáver de la Reina, equivoca la fecha, y señala el 22), ya "Al Arzobispo y al Conde":

    “Se me cae la mano por el dolor, pero tengo que escribiros. Exhaló la Reina su espíritu, aquella su alma grande, insigne excelente en sus obras. El mundo se queda sin la mejor de sus prendas... Si Anglería no nos hubiera dejado ya un largo testimonio, de todo matiz, sobre la santidad de Isabel la Católica, diríamos que en esta carta, sangrante, junto a su cadáver, hablaban el dolor y el nerviosismo al escribir. Y si lo que ahora va a escribir, no estuviese ya en la literatura laudatoria de esta Reina, diríamos asimismo, que su pluma se desborda exaltada por el dolor y el sentimiento: "Fuera de la Virgen Madre de Dios, ¿cuál otra podreis señalarme entre las que la Iglesia venera en el catálogo de las santas, que la supere en la piedad, en la pureza, en la honestidad? Fué en toda su vida ejemplo de castidad; más aún, pudiera decirse, que era LA CASTIDAD MISMA”.

    Este exaltado testimonio "in morte", queda en nuestra Documentación en el contexto de todos los testimonios, ante, in y post mortem. (Carta 279, D. XV, 190-192).

    El Rey, dan Fernando.

    Prudente y previsora la Reina había designado a don Fernando como gobernante del Reino de Castilla en el caso de que su hija Juana estuviese incapacitada para reinar. Esta realidad quedaría reconocida en las Cortes de Toro del año siguiente, 1505. Pero el Rey, al fallecer la Reina en el palacio de Medina proclamó a doña Juana como heredera de Castilla. Ese mismo día 26 de noviembre, se enviaron cartas del Rey a los principales personajes del Reino, a las ciudades, a las instituciones. Esta, es la que don Fernando dirigió al Condestable de Castilla:

    "Qy, día de la fecha desta ha plasydo a nuestro Señor llevar para sí a la serenísima reyna doña Ysabel, mí muy cara e muy amada muger; y, aunque su muerte es para mí el mayor trabajo que en esta vida me podía venir, e por una parte el dolor della por lo que, en perderla perdí yo e perdieron todos estos reynos, me atraviesa las entrañas; pero, por otra, viendo que ella murió TAN SANTA y CATÓLICAMENTE COMO VIVIO, de que es de esperar que nuestro Señor la tiene en su gloria...”.

    A continuación, la primera aplicación testamentaria de la Reina; que se supriman los lutos oficiales acostumbrados: "e porque la dicha serenísima reyna... mandó por su testamento que no se truxese por ella xerga, non la tomeys, nin trayays nin consyntays que se traya en vuestra tierra". (Simancas, PR, Leg. 70,. f. 1, c. Documentación, XV, doc. 1804, p. 7).

    Cisneros.

    No estaba en Medina, sino en Toledo. Al recibir esta noticia, con profunda emoción, rara en él, por severo en la manifestación de sus sentimientos, "se le saltaron las lágrimas... y con acento de dolor insólito en él, dijo: Desaparece una Reina que no ha de tener semejante en la tierra, por su grandeza de alma, pureza de corazón, piedad cristiana, justicia a todos por igual...” (Documentación, XV, doc. 1858, p. 382). Estimable testimonio in morte.

    El cadáver, a Granada.

    La doliente comitiva hizo este largo peregrinaje con el cuerpo de la soberana. Porque lo había dejado así ordenado en su testamento. Granada, "esa ciudad que la tengo en más que a mi vida" (carta a Fr. Hernando); "si falleciere fuera de la çibdad de Granada, que luego sin detenimiento alguno, lleven mi cuerpo entero como estoviere, a la çibdad de Granada". "E... que sea sepultado en el monasterio de sant Francisco, que es en la Alhambra", "vestida en el hábito del bienaventurado pobre de Iesu Christo sant Francisco"; ... "EN UNA SEPULTURA BAXA; QUE NO TENGA BULTO ALGUNO, SALVO UNA LOSA BAXA EN EL SUELO, LLANA".

    Esta es toda la sepultura que quiso para ella misma. Y así se hizo exactamente, como lo había dispuesto. Ella que había ordenado construir el mausoleo de Fancelli para su hijo el príncipe don Juan en Santo Tomás de Avila, y el soberbio mausoleo de Juan Guas en la Cartuja de Miraflores de Burgos, para sus padres; y el de su hermano el príncipe Alfonso, allí mismo. Después se construiría el rico mausoleo para ambos monarcas en la Capilla Real de la catedral de Granada, donde al presente reposan sus restos.

    El conde de Tendilla, gobernador de Granada.

    A él y al arzobispo, fray Hernando, les fue confiado el recibimiento y colocación del cuerpo de la Reina en el monasterio franciscano de Santa Maria de la O de la Alhambra.

    Escribe el conde: "Ya está puesto este tesoro en este monesterio". Pero no está conforme el conde con tanta pobreza; y sugiere:

    "Parésçeme que, por reverençia de AQUEL CASTÍSIMO E EXCELENTE CUERPO, el mismo lugar se debe mejorar y enriquecer".

    Envía al rey un proyecto de arreglo de aquella capilla, que, en parte compromete un tanto los deseos de pobreza sepulcral de la Reina; y se expresa con estas lapidarias frases que hasta ahora no habían sonado en la biografía de la sierva de Dios:

    "Tenemos en sant Francisco e Santa Ysabel desta Alhambra, so los piés, quanto bien en este mundo teníamos”.

    "...Y SYENDO ASY EL CUERPO EÇELENTE Y ONESTO de aquella gloriosa nuestra señora, no está como cumple o conviene a quien ella fue en vida y en la muerte”... (Cartas del conde, 23-XII-1504. A.H.N., Madrid, Leg. 3.406, ff. 101 r y 103 r. Documentación, XV, dco. 1.839, pp. 259-260).

    El cuerpo había llegado a Granada, dice el conde, el “miércoles, a XVIII deste mes" de diciembre de 1504. (Id. Id., p. 268).

    Del proyecto de arreglo de la sepultura, enviado por el conde de Tendilla desde Granada al secretario Miguel Pérez de Almazán, se desprende que deseaban en Granada respetar el deseo de la Reina de una sepultura baja con una "losa plaza". Ellos piensan que esta lasa se puede pisar, y dicen se les permita colocarla en forma que resalte "como cuatro dedos sobre el suelo". Y todavía, encima desta piedra, porque no se pueda hollar, devía aver una rexa de plata con unas puntas en las junturas della, tan altas como dos dedos". (Memorial del conde, Id. Id., 261-262).